GÉNESIS
«Una grieta surcó el cielo provocando un sonoro crujido. El ruido fue tan fuerte que, aunque la grieta sólo podía verse desde el norte de Europa y parte de Rusia oriental, se oyó por todo el mundo. Nadie sabía qué hacer.
En los países subdesarrollados, desde donde no se percibía nada extraño en el cielo, achacaron aquel ruido a las deidades de cada lugar. En unos sitios estaban enfadadas, en otros anunciaba una intervención de propósito desconocido y en otros muchos se creyó que intentaban ponerse en contacto con el hombre para advertirles sobre un peligro.
En cualquier caso, en los lugares donde existía la ciencia, supieron enseguida cuál era el motivo real de aquel extraño suceso. La Tierra, recubierta de gases para protegernos, había sido víctima de una mezcla química entre las emisiones nocivas del humano en el suelo y las radiaciones cósmicas provenientes del espacio. Esta mezcla explosiva había dado lugar a que la capa de gases sufriera una sublimación inversa convirtiéndola en una gruesa capa de materia sólida.
Desde la superficie nadie se había percatado de tal cambio de estado. Sin embargo, las continuas lluvias de pequeñas rocas espaciales lo habían dejado al descubierto. Una de estas rocas, un poco más grande que las demás, había chocado con fuerza sobre la cúpula creando la grieta y generando un gran problema para el ser humano.
El tiempo que le quedaba a la Tierra para seguir siendo un planeta habitable era un misterio. Si la cúpula se rompía por completo crearía un agujero por el cual los rayos del sol entrarían sin filtros y el vacío del espacio lo consumiría todo en cuestión de horas. Si eso pasaba no habría escapatoria posible.
Horas después de aparecer la grieta teorizaban sobre la posibilidad de devolver la atmósfera a su estado gaseoso, pero al desconocer cuál era el nuevo material que se había formado era imposible encontrar una manera segura de llevarlo a cabo. Cuando al fin descubrieron que no había manera de devolverla a la normalidad empezaron a plantearse maneras de escapar de la Tierra.
Las naves espaciales que tantos años llevaban construyéndose no sólo no eran una opción sino que no podían albergar a toda la gente del planeta.Y si el cielo era una gruesa capa de un material sólido no podrían escapar hasta que esta no se rompiera por completo.
La situación era difícil y se estaba yendo de las manos. Poco a poco la población mundial empezó a conocer todos los detalles del asunto y el pánico se extendió por todo el globo. Aquellos que estaban tratando de encontrar una solución hicieron lo posible para que cualquier idea, por descabellada que fuera, llegara a sus manos. Era una carrera contrarreloj y nadie sabía si realmente daría tiempo a encontrar una solución.
Pero finalmente una persona de entre todas ellas la encontró. Nadie supo nunca a ciencia cierta quién fue esa persona, pero lo importante es que salvó la vida de todos. Su idea no era otra que construir habitáculos herméticos como los que se utilizaban al aislar amenazas biológicas. Su estructura debía ser más consistente y en lugar de llevar filtros hacia el exterior debía llevar una subcámara invernadero donde las plantas generarían el oxígeno y la comida suficiente para todos los tripulantes. A su alrededor llevaría cámaras que almacenarían agua congelada para absorber la radiación procedente del sol.
Parecía una idea descabellada pero, al no tener otra mejor, enseguida se llevó a cabo. En pocos años cada país poseía multitud de “casas espaciales”. Aunque existían varios problemas como qué hacer en caso de encontrar otro planeta habitable o si realmente podrían vivir una cantidad de tiempo indefinido en ellas, el problema principal estaba resuelto. Todo el mundo entró y esperó.
Pasaron los días y cuanto más tiempo pasaba más gente se inquietaba pensando que el mundo siempre seguiría igual. Pero al mirar al cielo veían la grieta y se daban cuenta de que el momento llegaría antes o después.
Y sin hacerse esperar demasiado el día llegó. Un estruendo más fuerte que el que le precedió golpeó la cúpula por segunda vez. Miles de grietas se abrieron paso desde la grieta inicial y comenzó a granizar. Enormes pelotas de material sólido golpeaban las casas protectoras y todos esperaban que se rompieran de un momento a otro. Sin embargo el siguiente meteoro abrió un boquete en el cielo lo suficientemente grande para que el espacio se colara por él. El vacío inundaba el planeta y los fuertes golpes del granizo cada vez se escuchaban menos. En cierto momento, el sonido del exterior desapareció y todo lo que había alrededor comenzó a flotar. Aunque parecía que flotaba sin un rumbo fijo iban directos hacia el agujero. Otro meteorito golpeó la cúpula partiéndola en mil pedazos que cayeron de forma progresiva abriendo el hueco hacia el exterior cada vez más. Una tras otra las casa salieron hacia el espacio y todos comprobaron aliviados que estaban vivos y que el invento había cumplido su objetivo.
Pasaron muchisimos años y todo iba muy bien... hasta que lo encontraron. Aquel planeta era perfecto. Una segunda Tierra se alzaba inalcanzable ante sus ojos»
—¿Y consiguieron entrar en el planeta? —preguntó el niño con los ojos bien abiertos, mirando expectante.
—¡Claro que lo consiguieron! Por eso estás aquí. Aquel planeta que tus antepasados descubrieron y que les trajo tantos quebraderos de cabeza es este mismo, en el que tú estás viviendo.
—¿Y cuándo llegaron ya había casas?
El abuelo no pudo contener una carcajada.
—Claro que no —dijo mientras posaba su mano sobre la cabeza del niño y le revolvía el pelo— las casas las construyeron ellos. Tardaron mucho tiempo en conseguir que este sitio se pareciera a lo que es hoy. Tuvieron mucha suerte de encontrar un planeta con oxigeno, agua y un clima apropiado, pero conseguir los materiales y trabajarlos sin apenas herramientas fue todo un desafío.
—¿Tú construiste las casas? —dijo el niño abriendo la boca asombrado ante la posibilidad de tener ante él a una de esas personas.
—¡Tan viejo no soy! —contestó exagerando su reacción.
El niño sonrió consciente de que su abuelo bromeaba y comprendió que la historia que le estaba contando había ocurrido hacía mucho tiempo. Agarró el borde de las mantas que le cubrían todo el cuerpo y miró hacia fuera a través de la ventana.
—¿Cómo entraron? —preguntó al fin.
—Eso lo dejamos para mañana, ahora toca dormir.
El abuelo colocó las mantas asegurándose de que su nieto no pasara frío y le dió un beso en la frente antes de apagar la luz.
—Buenas noches —musitó en el umbral de la puerta.
—Buenas noches abuelo.
Y tras dormirse no pudo evitar soñar toda la noche con aquella historia, la historia de sus antepasados, la historia de cómo se había formado el mundo que él conocía.