martes, 24 de junio de 2014

Génesis

GÉNESIS

«Una grieta surcó el cielo provocando un sonoro crujido. El ruido fue tan fuerte que, aunque la grieta sólo podía verse desde el norte de Europa y parte de Rusia oriental, se oyó por todo el mundo. Nadie sabía qué hacer.

En los países subdesarrollados, desde donde no se percibía nada extraño en el cielo, achacaron aquel ruido a las deidades de cada lugar. En unos sitios estaban enfadadas, en otros anunciaba una intervención de propósito desconocido y en otros muchos se creyó que intentaban ponerse en contacto con el hombre para advertirles sobre un peligro.

En cualquier caso, en los lugares donde existía la ciencia, supieron enseguida cuál era el motivo real de aquel extraño suceso. La Tierra, recubierta de gases para protegernos, había sido víctima de una mezcla química entre las emisiones nocivas del humano en el suelo y las radiaciones cósmicas provenientes del espacio. Esta mezcla explosiva había dado lugar a que la capa de gases sufriera una sublimación inversa convirtiéndola en una gruesa capa de materia sólida.

Desde la superficie nadie se había percatado de tal cambio de estado. Sin embargo, las continuas lluvias de pequeñas rocas espaciales lo habían dejado al descubierto. Una de estas rocas, un poco más grande que las demás, había chocado con fuerza sobre la cúpula creando la grieta y generando un gran problema para el ser humano.

El tiempo que le quedaba a la Tierra para seguir siendo un planeta habitable era un misterio. Si la cúpula se rompía por completo crearía un agujero por el cual los rayos del sol entrarían sin filtros y el vacío del espacio lo consumiría todo en cuestión de horas. Si eso pasaba no habría escapatoria posible.

Horas después de aparecer la grieta teorizaban sobre la posibilidad de devolver la atmósfera a su estado gaseoso, pero al desconocer cuál era el nuevo material que se había formado era imposible encontrar una manera segura de llevarlo a cabo. Cuando al fin descubrieron que no había manera de devolverla a la normalidad empezaron a plantearse maneras de escapar de la Tierra.

Las naves espaciales que tantos años llevaban construyéndose no sólo no eran una opción sino que no podían albergar a toda la gente del planeta.Y si el cielo era una gruesa capa de un material sólido no podrían escapar hasta que esta no se rompiera por completo.

La situación era difícil y se estaba yendo de las manos. Poco a poco la población mundial empezó a conocer todos los detalles del asunto y el pánico se extendió por todo el globo. Aquellos que estaban tratando de encontrar una solución hicieron lo posible para que  cualquier idea, por descabellada que fuera, llegara a sus manos. Era una carrera contrarreloj y nadie sabía si realmente daría tiempo a encontrar una solución.

Pero finalmente una persona de entre todas ellas la encontró. Nadie supo nunca a ciencia cierta quién fue esa persona, pero lo importante es que salvó la vida de todos. Su idea no era otra que construir habitáculos herméticos como los que se utilizaban al aislar amenazas biológicas. Su estructura debía ser más consistente y en lugar de llevar filtros hacia el exterior debía llevar una subcámara invernadero donde las plantas generarían el oxígeno y la comida suficiente para todos los tripulantes. A su alrededor llevaría cámaras que almacenarían agua congelada para absorber la radiación procedente del sol.

Parecía una idea descabellada pero, al no tener otra mejor, enseguida se llevó a cabo. En pocos años cada país poseía multitud de  “casas espaciales”. Aunque existían varios problemas como qué hacer en caso de encontrar otro planeta habitable o si realmente podrían vivir una cantidad de tiempo indefinido en ellas, el problema principal estaba resuelto. Todo el mundo entró y esperó.

Pasaron los días y cuanto más tiempo pasaba más gente se inquietaba pensando que el mundo siempre seguiría igual. Pero al mirar al cielo veían la grieta y se daban cuenta de que el momento llegaría antes o después.

Y sin hacerse esperar demasiado el día llegó. Un estruendo más fuerte que el que le precedió golpeó la cúpula por segunda vez. Miles de grietas se abrieron paso desde la grieta inicial y comenzó a granizar. Enormes pelotas de material sólido golpeaban las casas protectoras y todos esperaban que se rompieran de un momento a otro. Sin embargo el siguiente meteoro abrió un boquete en el cielo lo suficientemente grande para que el espacio se colara por él. El vacío inundaba el planeta y los fuertes golpes del granizo cada vez se escuchaban menos. En cierto momento, el sonido del exterior desapareció y todo lo que había alrededor comenzó a flotar. Aunque parecía que flotaba sin un rumbo fijo iban directos hacia el agujero. Otro meteorito golpeó la cúpula partiéndola en mil pedazos que cayeron de forma progresiva abriendo el hueco hacia el exterior cada vez más. Una tras otra las casa salieron hacia el espacio y todos comprobaron aliviados que estaban vivos y que el invento había cumplido su objetivo.

Pasaron muchisimos años y todo iba muy bien... hasta que lo encontraron. Aquel planeta era perfecto. Una segunda Tierra se alzaba inalcanzable ante sus ojos»

—¿Y consiguieron entrar en el planeta? —preguntó el niño con los ojos bien abiertos, mirando expectante.

—¡Claro que lo consiguieron! Por eso estás aquí. Aquel planeta que tus antepasados descubrieron y que les trajo tantos quebraderos de cabeza es este mismo, en el que tú estás viviendo.

—¿Y cuándo llegaron ya había casas?

El abuelo no pudo contener una carcajada.

—Claro que no —dijo mientras posaba su mano sobre la cabeza del niño y le revolvía el pelo— las casas las construyeron ellos. Tardaron mucho tiempo en conseguir que este sitio se pareciera a lo que es hoy. Tuvieron mucha suerte de encontrar un planeta con oxigeno, agua y un clima apropiado, pero conseguir los materiales y trabajarlos sin apenas herramientas fue todo un desafío.

—¿Tú construiste las casas? —dijo el niño abriendo la boca asombrado ante la posibilidad de tener ante él a una de esas personas.

—¡Tan viejo no soy! —contestó exagerando su reacción.

El niño sonrió consciente de que su abuelo bromeaba y comprendió que la historia que le estaba contando había ocurrido hacía mucho tiempo. Agarró el borde de las mantas que le cubrían todo el cuerpo y miró hacia fuera a través de la ventana.

—¿Cómo entraron? —preguntó al fin.

—Eso lo dejamos para mañana, ahora toca dormir.

El abuelo colocó las mantas asegurándose de que su nieto no pasara frío y le dió un beso en la frente antes de apagar la luz.

—Buenas noches —musitó en el umbral de la puerta.

—Buenas noches abuelo.

Y tras dormirse no pudo evitar soñar toda la noche con aquella historia, la historia de sus antepasados, la historia de cómo se había formado el mundo que él conocía.

Loop

LOOP

La densa oscuridad me ciega. No se donde estoy. El ambiente está cargado y el suelo es frío. Sólo distingo un rectángulo de claridad frente a mí. Me levanto del suelo y me pregunto cómo he llegado aquí.

Recuerdo que no estaba en casa. Estaba con un par de amigos en las afueras de la ciudad. Me esfuerzo por recordar dónde. Música, colores, animales,gente... Por alguna razón todo eso me viene a la mente. ¡Un circo! Lo recuerdo. Estaba en un circo a las afueras de la ciudad.

Rebusco en mi cabeza para concretar más mi posición, pero unas voces me interrumpen. Vienen del rectángulo. Charlan animadas y al oírlas me recorre una sensación de Deja vù. Me acerco lentamente al recuadro de luz en busca de una salida pero me topo con un grueso cristal. Las voces cada vez están más cerca. Pego la cara intentando ver algo a mi alrededor. Al otro lado sólo hay una sala iluminada tenuemente. Al momento, tres personas entran en ella.

Las miro y me resultan extrañamente familiares. Conozco sus movimientos, conozco sus siluetas y conozco sus voces. Se acercan a mí y me separo despacio, con la mirada atenta. Ríen y charlan despreocupadas y, al aproximarse, como si de una revelación se tratara, comprendo que las figuras al otro lado del cristal somos mis amigos y yo. Antes de estar aquí estaba ahí, en la sala de los espejos.

No comprendo nada. Observo atentamente lo que parece una película con los últimos sucesos conocidos de mi vida. Ellos y yo están tan tranquilos, divirtiéndose, haciendo muecas frente al espejo tras el que estoy encerrado, ignorantes de la realidad que los rodea.

Muevo los labios recitando la frase que dirán a continuación. «Date un beso». Antes de poder pronunciarla entera mis dos amigos vitorean y dan palmas cantando a coro la frase. «¡Date un beso! ¡Date un beso!» cantan al unísono, divertidos, esperando que lo haga para tener algo gracioso que contar después.

Veo como acerco mis labios y beso mi reflejo. Ellos explotan en un mar de carcajadas mientras lo hago y algo comienza a suceder en mi lado del espejo. Una masa se forma donde mi boca se juntaba al cristal. Cambia tan rápido que es imposible seguir los pasos de la transformación. Se hace grande y adquiere forma humana. Cae al suelo golpeando fuertemente como un peso muerto.

Miro seguidamente al suelo y al espejo sin poder creer lo que veo, sin poder creer que mi yo al otro lado del cristal no ha oído el golpe y puede continuar su visita como si no hubiera pasado nada.

El otro yo y mis amigos salen de la habitación y oigo como se alejan sus risas. Me acerco despacio a esa figura inerte que yace encogida en el suelo. La toco con cuidado. Noto su pulso y el calor que emana. Mis sentidos se agudizan para reaccionar rápido ante cualquier indicio de peligro. Oigo murmullos y noto como se mueve el aire. Poco a poco se me encoge el corazón y noto sudores fríos. Reconozco el rostro de la persona que hay en el suelo. Reconozco el rostro de la multitud que ha salido de entre las sombras y ahora me rodea. Puedo sentir como se dilatan mis pupilas y se acelera el corazón al comprender que no soy el primero. Tampoco seré el último. Ni yo, ni mi copia gemela que descansa en el suelo esperando despertar a una pesadilla inexplicable. Decenas de caras iguales a la mía me miran comprensivas y entiendo que debo retirarme a la oscuridad. Esperando a que el bucle comience de nuevo, un bucle infinito perdido en el tiempo justo en aquel momento en que beso el espejo.

El Mitte

EL MITTE

Me pregunto cómo he llegado a esta situación. Estoy aquí porque el Mitte quería un artículo. Soy un privilegiado por estar aquí, ante el Mitte, en su gran Cybercastillo vetado a todo el mundo. Un privilegiado por ver la cara, no sólo de uno de los Mitte, sino del Gran Mitte. Pero temo por mi vida.

—Por favor, siéntese. No tiene de qué preocuparse. El complejo está diseñado con la mejor tecnología. Gracias a su sistema de seguridad nada puede atravesar estas cuatro paredes. Ni siquiera nosotros —Lo dice tranquilo y con un aire de superioridad. Parece que no le importa que alguien esté tratando de atentar contra su vida—. Si le parece bien podemos comenzar con la entrevista. Al fin y al cabo es para lo que ha venido y pasará un buen rato hasta que salgamos de aquí.

Yo, nervioso, con un molesto pitido en el oído por culpa de la explosión ocurrida hace unos momentos, me siento y enciendo mi instrumental.

—Como sabe, su identidad y aspecto físico no serán mencionados en ningún lugar debido a la conocida ley de anonimato del órgano gubernamental.

—Si. Una ley muy práctica. Si toda la Tierra está bajo el mismo gobierno es lo mejor. Es más difícil odiar a un gobierno sin cara. No hay prejuicios sobre su físico, ni su labia, ni su vida… Incluso resulta más fácil aceptar sus decisiones —Me mira esperando ver mi reacción a su elaborada respuesta.

—Es posible que tenga razón —contesto. Y realmente creo que tiene razón. De haberle visto antes le habría odiado de inmediato—. Comenzaré con la primera pregunta. ¿Cómo se siente al gobernar sobre el mundo entero?

—Mal, me siento mal —Me sorprende su respuesta—. No me mire así. Es mucha responsabilidad. Hace siglos lo máximo era gobernar un país, ahora poseo el mundo y el mundo no es nada agradecido —Miro sus ojos y veo que su contestación es sincera.

—Al parecer siente que el mundo no agradece su mandato ¿Qué cree que ha hecho este gobierno por el mundo y qué mejoras piensan hacer?

—Decir lo que ha hecho este gobierno no sirve de nada. Nunca se puede tener contento a todos —Mira sus manos y calla. La pausa se hace eterna—. En cuanto a las mejoras… todo va a cambiar. No se si a mejor o a peor, pero supongo que espero que todo vaya mejor dado que la historia demuestra que no somos capaces de gobernar de una manera eficiente.

Algo no encaja. Me mira directamente a los ojos y parece que espera que dé con la solución. Sus planes de futuro me inquietan a pesar de no entender qué ha querido decir.

—Creo que no le sigo, ¿Dónde ve el mundo dentro de unos años? —pregunto intentando mantener la profesionalidad.

—Gobernado por otros.

Siento que se ríe de mí y decido terminar con la farsa.

—Se acabó el juego. ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me ha pedido que le entreviste? Y ¿qué está pasando ahí fuera?

Me mira decepcionado. Supongo que esperaba que el juego durara un poco más.

—Hoy acaba mi mandato. He vendido el mundo y pienso acabar con mi vida. Sólo quería que alguien pudiera explicar el porqué —Le miro insistentemente, esperando que prosiga—. Al final, parece que no estamos solos y creo que ellos sabrán dar un uso a la Tierra que nosotros no hemos sabido darle. Toda esta tecnología no podrá salvarnos de la mala gestión que hemos hecho hasta ahora. Yo no puedo seguir con esto. He visto los problemas del mundo y solo ellos pueden arreglarlo.

No entiendo nada. No tiene sentido.

—¡Explicate! —grito mientras me levanto y le agarro de la camisa.

Él, todavía en calma, me responde entre susurros «A ellos» y señala hacia la ventana. Le suelto y me aproximo con lentitud. Una gran masa metálica atraviesa el cielo y siembra el caos. Vuelvo la vista, incrédulo, para confirmar que lo que ven mis ojos es real. El Mitte ya no está en su sillón. Detrás de su escritorio agarra un arma con la mano y sonríe antes de dispararse. Vuelvo a mirar por la ventana. El fin del mundo se aproxima.

Träumen

TRÄUMEN

Miro a mi alrededor y veo a la gente paseando. Yo, sólo, con la única compañía de un periódico pasado de fecha y un café, me acomodo en un banco cerca del estanque. Me relaja ver cómo los niños juegan y la gente sonríe. Despreocupado, doy un sorbo y abro el periódico. Una hoja cae.

Recojo cuidadosamente la hoja del suelo y veo que tiene algo escrito. «Te veo», reza en una perfecta caligrafía y yo vuelvo a mirar a mi alrededor. Pero no percibo nada extraño. Supongo que la nota forma parte de algún tipo de broma y que no va dirigida a mí expresamente, así que vuelvo a ponerme en posición y leo el periódico.

Al pasar página cae otra nota. «Tu nombre es Crane y conozco todos tus secretos». Me asusto al ver mi nombre escrito. Si, mi nombre es Crane pero, ¿quién es la persona que ha escrito esas notas? Levanto la vista por tercera vez y en esta ocasión examino la zona en profundidad. La gente sigue riendo y paseando tranquilamente. ¿Es que nadie se da cuenta de lo que sucede? Lo que antes me relajaba ahora me pone nervioso. Siento sus risas y todo el mundo me parece culpable. Les acuso en silencio mientras me invade la inquietud.

Vuelvo a mi periódico, esta vez con un ojo puesto en él y otro en la multitud. Me dispongo a pasar de hoja de nuevo, ahora con mucho más cuidado, y como temía, otra nota cae a mi regazo. «Sé lo de Bill. Sé que fuiste tú». El corazón me late deprisa. La cabeza empieza a dolerme y siento una presión en el pecho que va en aumento. ¿Cómo puede saberlo? Vuelco el periódico, desesperado, en busca de respuestas. Una tras otra empiezan a caer notas escritas con la misma perfecta caligrafía que las demás. El aire hace que vuelen en un remolino que las lleva directamente frente a mí, para que pueda ver como, cada una, revela un pequeño detalle sobre mi oscuro secreto.

Muevo los brazos violentamente apartando las hojas y fijo la vista más allá de los papeles que me rodean. Ahora todo está vacío. ¿Dónde ha ido todo el mundo?

Me levanto con cuidado. Paranoico, miro mi cuerpo en busca de una pequeña luz roja que me apunte directamente al corazón. Pero sería imposible. Estoy absolutamente sólo. Ahora no hay risas. No hay nada.

Corro por mi vida. Siento encima de mí esa amenaza impersonal que me observa. Me dispongo a salir del parque por su puerta principal y al cruzarla, me encuentro en el mismo lugar donde todo comenzó. Estoy en el banco cerca del estanque. Pero sigue sin haber nadie alrededor. Lo intento una vez más y corro hacia la salida. Otra vez el mismo sitio.

Me mareo. Mi mente no puede con esta situación. «¿Cómo he llegado aquí?» me pregunto y me doy cuenta de que literalmente no sé cómo he llegado aquí. No recuerdo donde estaba antes del parque, antes del banco, antes de las notas. No recuerdo nada en absoluto antes de esta pesadilla que no me deja escapar y de pronto, despierto.

—¿Estás bien? —Oigo de fondo, muy lejos.

Aparto algo de mi cara de forma sistemática y adapto mi vista al entorno que ahora veo borroso. Noto una mano en el hombro.

—¿Estás bien? —La misma pregunta. Ésta vez más nítida.

—Creo que sí —respondo sin estar muy convencido.

—Ví en la pantalla que el juego estaba había fallado y me acerqué. A veces pasa, y creeme, no es una experiencia agradable.

Miro mis manos y comienzo a atar cabos. En ellas están mis gafas de realidad virtual. Las que utilizo en la sala de juegos. Observo al extraño y comprendo que estoy allí, que nunca estuve en el parque y le respondo.

—No pasa nada. Son gajes del oficio.

El chico se va tranquilo al comprobar que estoy bien y yo echo un vistazo a mis gafas. Reacio, las acerco a mi cara. Necesito saber por qué el juego conocía mis secretos.

Euthanasia

EUTHANASIA

—¿No crees que deberían ser ellos quienes elijan qué hacer con su vida?

—Van a morir de todas formas y lo sabes. Sólo les estamos ahorrando una muerte lenta y dolorosa.

—Eso no lo sabes —dijo Dave en una voz casi inaudible. Sabía que Ryan llevaba razón—. Y aunque fuera así, no podemos decidir por ellos.

—Ellos están dormidos Dave. No saben lo que pasa, no se enterarán de nada. Podríamos decir que volar la nave es un acto de humanidad.

—¿Un acto de humanidad? —Dave barajaba la idea sin acabar realmente convencido. No podía ser él quien decidiera si toda la tripulación debía morir o vivir.

—Si, un acto de humanidad. No me mires así. Si caemos en ese planeta sabes lo que nos espera. Con suerte moriremos todos del impacto. Pero quién sabe, estas naves son resistentes. Al menos la mitad sobrevivirán, para despertar desconcertados en un lugar desconocido y descubrir más tarde, que están en ese planeta del que todos hablan —Se detuvo y Dave vio como le recorría un escalofrío—. Ese planeta en el que los humanos no son bien recibidos, en el que, a cualquiera que caiga, le espera una muerte horrible.

Dave veía como Ryan no dejaba de mirar el botón. Aquel botón, rojo, rodeado de un estampado de rayas negras y amarillas, cubierto por un protector de plástico que ahora permanecía abierto y dos cerraduras con sus llaves respectivamente colocadas y accionadas. Su llave y la de Ryan. Llevaban horas discutiendo y sabía que no se pondrían de acuerdo. Ryan seguía mirando el botón con los puños apretados.

—¿Quién eres tú para decidir sobre la vida de todas esas personas? —Escupió Dave como último recurso, sabiendo que no surtiría efecto—. Hay gente que ha sobrevivido, no es ningún secreto. Fueron pocos, pero lo consiguieron. Yo puedo decidir qué hacer conmigo y sé que no me importa morir aquí. Sé que lo prefiero a morir allí. Pero no sé qué es lo que quieren los demás y no queda tiempo para preguntarles —Hizo una pausa y se acercó a Ryan—. Si todo sale mal, si caemos y seguimos vivos, seguimos teniendo la opción de elegir morir. Y ellos también la tendrán. Podrán decidir si quieren acabar con su vida o probar suerte.

Dave miró sus ojos y lo supo. Vio en ellos determinación. Iba a presionar el botón y nadie podría impedirlo. Con paso firme, observó como Ryan se acercaba lentamente hacia él, con la mano preparada para pulsarlo. Y él no podía hacer otra cosa que situarse entre el botón y Ryan.

—Aparta —dijo Ryan con falsa calma.

—Sabes que no lo haré.

Inmediatamente después, el puño de Ryan se alzó para apartarlo a la fuerza. El golpe le hizo crujir la mandíbula y le produjo un pitido en el oído. La reacción no se hizo esperar. Dave se lanzó sobre Ryan sujetando sus brazos con firmeza. Pero era demasiado fuerte. Ryan forcejeaba intentando escapar de aquel abrazo opresor, consiguiendo finalmente liberar una extremidad. Ese brazo se alzaba por encima del hombro de Dave, intentando alcanzar el botón. Dave empujaba con todas sus fuerzas, no quería pegarle, sólo retenerlo, pero no podía con él.

Sus esfuerzos no servían para nada. Ryan había conseguido liberar el otro brazo y le empujaba la cara impulsandose por encima suyo hacia el botón, que ya casi podía rozar con la punta de los dedos. Dave le sujetaba por el pecho. En un último esfuerzo, empujó con todas sus fuerzas y consiguió tirarlo al suelo. Se colocó a horcajadas sobre su estómago y le sujetó los hombros.

—¡Cálmate! ¡Déjalo ya!

Ryan seguía forcejeando, pero repentinamente se detuvo. La nave vibraba y sonaba el característico crujido del metal al entrar en contacto con el calor de la atmósfera. Ryan le miró con odio en sus ojos.

—Mátame —susurró.

Y Dave lo miró sabiendo que debía hacerlo. No podía matar a una tripulación sin voz ni voto, pero él se lo estaba pidiendo directamente. Sacó una navaja y tras la confirmación de su amigo, la clavó en el pecho. La sangre fluía. La nave iba a estrellarse. Él había tomado su decisión, ahora el resto tendría que tomar la suya.

Virtteka

VIRTTEKA

Era mi primera visita a Virtteka. Un gran letrero sobre la puerta rezaba “Disfruta de los clásicos como nunca antes”, acompañado de un gran libro abierto del cual salían unos mortíferos tentáculos. Estaba realmente emocionado.

Entré y eché un vistazo general a la estancia. Ésta, estaba decorada a la vieja usanza. Bonitas estanterías, libros viejos por todas partes y lámparas de pie junto a grandes butacas y mesitas de té. Sólo las zonas de lectura reflejaban el carácter tecnológico de aquella biblioteca virtual.

—¿Es la primera vez que viene? —preguntó uno de los empleados.

—Sí —contesté tímidamente.

—Le explicaré cual es el funcionamiento. Estos sillones de aquí son los puntos de lectura —dijo señalando una butaca que recordaba a los secadores de un salón de belleza—. Todos estos sillones llevan incorporados el sistema Virtteka. Este sistema le permite crear una cuenta de usuario y leer todos los libros que quiera. Su cuenta permanecerá activa siempre, tarde lo que tarde en volver. Al comenzar un libro, puede elegir el personaje que será durante la novela y si quiere salir del programa puede hacerlo de dos maneras, o bien utilizando la acción salir, en la esquina superior derecha de la pantalla, o bien esperando a que termine el libro. El programa es muy intuitivo, no tendrá problema en manejarlo, pero si tiene alguna pregunta no dude en buscarme.

Esperé a que se fuera y me senté. El sistema me detectó al momento y creó un usuario automáticamente a partir de la huella de mi retina. Elegí al doctor Jeckyll y comencé el clásico libro.

En mitad de una calle de Londres podía ver como Utterson, el notario, de cara arrugada y jamás iluminada por una sonrisa, andaba calle abajo.

A los pocos minutos, apareció el menú principal. Solo dos opciones en la pantalla: continuar y comenzar libro nuevo. Sin pararme a leer pulsé continuar.

En seguida me di cuenta que no era el mismo libro que había comenzado. «¡Cuán extraño! permanecer aquí mientras ese objeto está viendo la luz del día por primera vez desde que comenzaron en la Tierra los periodos glaciares» fue el pensamiento que acudió a mí, mientras me invadía la sensación de estar a una gran distancia de la Tierra. «¿Por qué su color negro?» seguí pensando inducido por el libro que otra persona había dejado a medias. Intenté salir de allí, pero Virtteka no respondía. El libro continuaba, y entonces, el menú de inicio volvió a aparecer.

Repetí la misma acción que anteriormente y entré en otro libro distinto. El mismo proceso se produjo en varias ocasiones.

Claramente Virtteka estaba fallando. Saltaba de libro y usuario y, lo que era peor, no me dejaba salir del programa. Recordé que había otra forma de salir de allí, leyendo un libro completo. Pero el menú aparecía al finalizar la página sin darme opción a continuar con el mismo ejemplar. ¿Encontraría un libro abierto por el final? Decidí probar suerte.

Escogí continuar por enésima vez. Ahora me encontraba en una habitación, mi habitación, y estaba a oscuras. Olía a mar, como cuando todo ocurrió. Sentí la culpa de quien había hecho algo horrible. «¿Puedo nadar hasta la isla, miss Claythorne?» sonaba en mi cabeza. Noté como una mano gélida rozaba mi hombro y grité. Enseguida Lombard, Blove y Amstrong vinieron en mi ayuda. Solo había sido un alga colgada del techo por una mente macabra... y de nuevo el menú de inicio.

Ya estaba cansado, quería salir de allí. Marqué la opción de continuar deseando que fuera la última y por fin tuve suerte. Allí estaba, montado a caballo, escapando del príncipe Humperdink. Todavía notaba el cuerpo pesado, al fin y al cabo hacía unas horas había estado muerto. Parecía que todo iba a terminar bien, pero vi como Fezzik conducía su caballo hacía el camino equivocado, Iñigo caía del suyo malherido y yo no podía sostenerme, estábamos acorralados.

El libro acabó. No podía creerlo. ¿Era libre de verdad? Me levanté con prisa de aquel sillón y miré a mi alrededor en busca de alguien que supiera lo que acababa de pasar. Nadie había notado nada. Informé del error a alguien que me miró con cara de pocos amigos y salí de allí a toda prisa. Siempre había pensado que no había mejor sensación que leer uno de aquellos libros antiguos con sus tapas de cartón y páginas desgastadas. Ahora sabía que estaba en lo cierto.

jueves, 13 de febrero de 2014

Stroke

STROKE

Apuró el paso al escuchar las doce campanadas, una por cada hombre que le precedía. La misión era sencilla pero arriesgada y él, esperaba impaciente a que terminara. El mono sellado herméticamente le agobiaba y le hacía sentir torpe al caminar sobre la superficie del planeta.

Llegó a la marca y el proceso comenzó de nuevo. Llevaban alrededor de 4 horas haciendo lo mismo. El hombre que encabezaba la misión andaba 50 metros en línea recta. Exploraba la zona, y cuando determinaba que no había ningún peligro, clavaba la marca al suelo y hacía sonar su campana. El hombre que iba en segundo lugar, al oírla, avanzaba otros 50 metros hasta la marca que el primer hombre había dejado con anterioridad. Y así, hasta oír las doce campanadas. En ese momento, era su turno.

La misión era sencilla. También era monótona y solitaria. La previsión era hacer el recorrido en doce horas ininterrumpidas, lo que suponía mucho desgaste aunque también mayor seguridad. La seguridad era lo que prevalecía y todos estaban de acuerdo. Tenían que caminar sobre los pasos de una expedición anterior, la cual, había desaparecido de golpe y llevaba días sin dar señales de vida.

Al principio se pensó que se habían perdido. La superficie del planeta estaba cubierta por densas nieblas que limitaban la visibilidad a unos pocos metros. Pero decidieron que esa teoría no podía ser correcta ya que todos los miembros de la expedición llevaban un mapa interactivo que les guiaba en la dirección correcta.

Más tarde, pensaron en las irregularidades del terreno y la niebla. La combinación de ambas era la fórmula perfecta para que todos cayeran en una grieta o desnivel pronunciado. Posiblemente estaban heridos. Seguramente alguno había perdido la vida. Incluso cabía la posibilidad de que todos estuviesen muertos al final de un precipicio.

Teniendo en cuenta esto, se decidió mandar un grupo de socorro. Para ser precavidos, todos iban separados por una distancia de 50 metros. Si uno caía, quedarían doce personas que podrían averiguar lo sucedido y rescatar tanto a su compañero como a los supervivientes. Para evitar las interferencias y el ruido de la estática de las radios, se darían las señales a través de las campanadas, señales sonoras que se producian al pulsar un botón en el traje.

Ahora llevaban la mitad del recorrido y no había ni rastro de la anterior expedición. Habían caminado durante 7 horas y 35 minutos y seguía sin aparecer. El cansancio iba haciendo mella en él y cada vez, le parecía que sus compañeros tardaban más en dar su señal. Una campanada, dos campanadas, tres… se esforzaba por contarlas todas cada vez hasta que llegaba su turno. Hasta que algo cambió.

El primer hombre había comenzado su marcha hacía menos de un minuto. Entonces su campana comenzó a sonar. Pero no era el toque decidido y breve que había escuchado tantas veces durante tantas horas. La campana sonaba una y otra vez en toques irregulares y desesperados como cuando un niño llama al timbre impaciente. De repente, silencio. Se le erizó el pelo. Un minuto, dos… parecía que nadie avanzaba por miedo. Entonces las campanadas sonaron de nuevo. Pero esta vez tenían el tono inconfundible de las campanadas del segundo hombre, tocadas de la misma forma errática y acelerada que antes. Otras campanadas, mismo significado, pero ¿cúal? Una tras otra las campanadas de sus doce compañeros comenzaron a sonar de la misma forma y sintió miedo por primera vez desde que aquello había comenzado.

Miro hacia el frente intentando ver algo y enseguida supo qué le había pasado al grupo anterior. Lo mismo que les estaba sucediendo a ellos. Una masa robusta, gigantesca y visiblemente mortal se acercaba rápidamente entre la niebla, con sus fauces abiertas, preparándose para devorarlo. Miró al botón. Nunca más se oiría su campana.