MÖRKEN
—Míralo, no se como tiene el valor de dejarse ver en un sitio público.
Viktor dirigió su mirada hacia el lugar donde apuntaba Gustav y asintió con la cabeza.
—Si, no se como se atreve.
—No creo que sea tan descabellado separarlos de nosotros, al fin y al cabo son peligrosos, todo el mundo lo sabe.
—No todos —se atrevió a decir Viktor entre dientes.
—¿Cómo dices?
—Digo que no todos son peligrosos.
Gustav levantó una ceja sorprendido.
—¿Desde cuando defiendes tú a los androides?
—No estoy defendiendo a nadie. Sólo digo que no todos los robots son peligrosos. Eso es una generalización excesiva. Supongo que habrá alguna excepción.
—¡Increible! —dijo Gustav meneando la cabeza de un lado a otro—. Sabes que esas cosas fueron retiradas del mercado porque eran peligrosas. Eso no me lo invento yo, es un hecho, algo que ha pasado de verdad. Sabes que esas cosas escaparon matando personas y que ahora están libres campando a sus anchas. ¿Eso no te parece peligroso? ¡Y para colmo se pasean como si nada por la calle!
Había levantado tanto la voz que Gustav se sonrojó nada más terminar la frase. Bajó la mano acusadora que apuntaba directamente hacia el androide y la gente que pasaba por la calle, volvió a sus cosas como si todo lo interesante hubiera pasado. El androide, que estaba lo suficientemente cerca como para entender de qué iba la cosa, sostuvo la mirada un poco más antes de seguir con lo que estaba haciendo.
—Encima tengo que aguantar que el maldito androide me mire como si le hubiera ofendido —dijo ahora en un tono de voz más bajo—. Además, ¿qué pretende? ¿ser como uno de nosotros? Está patético sentado en ese banco, leyendo un libro como si pudiera imaginar o disfrutar de la naturaleza que lo rodea. No sé dónde vamos a llegar.
Viktor dejó que se calmara un rato antes de continuar la conversación.
—Tienes razón. Se que algunos de esos robots mataron personas y que algunos son peligrosos. Pero tú tienes que reconocer que no todos participaron en aquello. Simplemente huyeron por su seguridad y la gran mayoría no hizo daño a nadie. Cada robot, como cada humano, tiene su propia personalidad. No es que los esté comparando a nosotros pero… ¿acaso no existe también gente peligrosa suelta por el mundo?
—No es lo mismo.
Gustav seguía mirando fijamente al androide con desprecio. Éste levantaba la vista de vez en cuando y la apartaba rápidamente. Cada vez se sentía más incómodo y no tardaría en marcharse, exactamente lo que Gustav pretendía que pasara.
Viktor echó una mano al hombro de su amigo tratando de desviar su atención del robot.
—Déjalo ya. ¿No ves que esto no va a ningún lado?
—Viktor, por el amor de Dios, no consigo comprender por qué no lo ves igual que yo. ¡Es un despreciable robot! Nunca llegarán a ser como nosotros y no son útiles en ningún sentido. No deberían existir. Es así de sencillo. Son simples máquinas que aumentan el riesgo de encontrar problemas a los humanos que los rodean. Es pura lógica.
Finalmente el androide perdió la batalla recogiendo sus cosas y marchando de allí sin mirar atrás. Al verlo, Gustav se relajó notablemente e incluso apareció una sonrisa de satisfacción en su cara. A Viktor, sin embargo, se le ensombreció el gesto.
—¿Qué te pasa? —preguntó Gustav preocupándose por su amigo, ahora que ya no tenía distracciones.
—Nada.
—No seas idiota. A ti te pasa algo. Parece que te hubieran dicho que vas a morir en unos días. Venga, suéltalo.
—Es sólo que creo que todo es una farsa.
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué has tenido que portarte así con el robot?
—No me digas que voy a tener que volver a explicártelo.
—No, no hace falta. Me ha quedado claro.
Gustav se removió inquieto. No entendía nada. Su exposición era lógica y el único que se comportaba de forma preocupante para él era Viktor. No sabía qué decirle, ni siquiera sabía por qué hablaba así y esperó impaciente a que su amigo continuara.
—Dices que los robots no sirven para nada. ¿Y para qué sirvo yo? ¿Para qué sirves tú?
Gustav se quedó pensativo. Nunca se lo había planteado así, pero la respuesta era sencilla para él. Ellos tenían derecho a estar allí. Eran humanos, eran naturales. Los robots eran máquinas inventadas por él hombre. El problema era que no sabía cómo expresarlo para que su amigo lo entendiera de una vez.
—Nosotros somos humanos —dijo dubitativo, mientras se le ocurría una manera de explicarlo—. Tú sirves para ser mi amigo. Sirves para hacer feliz a la gente que te rodea. En definitiva, aunque no hicieras ningún trabajo de provecho en el mundo, servirias para transmitir sentimientos a las personas que te rodean y eso ya es algo de utilidad.
Viktor sonrió y miró a su amigo como quien mira a un ingenuo niño que acaba de decir que la pobreza se puede eliminar creando más billetes.
—Si esa es la regla que utilizas para separar robots inútiles de humanos útiles estás más perdido de lo que pensaba. ¿Qué piensas al ver a ese robot leyendo bajo un árbol, en el parque, a plena luz del día?
—Se me revuelve el estómago —contestó rápidamente Gustav haciendo una mueca.
—Pues eso, querido amigo, es un sentimiento. Así que, según tú, ese robot ya es útil porque te ha hecho sentir algo.
—No, no, no. No intentes tergiversar mis palabras. Cuando digo “hacer sentir” me refiero a cosas positivas, a poder confiar en él, que te haga sentir bien, que no creas que pueden cruzársele los cables en cualquier momento y matarte sin un motivo aparente.
—¿Y tú sientes eso por todas las personas que te rodean? No sabía que te llevaras bien con todo el mundo. Mismamente el otro día me estuviste hablando sin parar de “aquel idiota que no dejaba de molestarte” y que “odiabas profundamente”.
—Ya bueno, pero eso es distinto.
—Mira Gustav, no tienes ni idea, eso es lo que pienso. Miras a un robot y sientes desprecio por él y lo que no sabes es que si ese robot tuviera la misma apariencia que tú no te enterarías de lo que es. Esas máquinas pueden aportar cosas, de eso estoy totalmente seguro, no se cuales ni si serán lo que tú llamas útiles, pero lo que está claro es que sirven para algo. Si no puedes ver eso es que estás totalmente ciego. ¡Que digo! Estás totalmente ciego de verdad y ni siquiera lo sabes.
Nunca había oído hablar así a Viktor. Se comportaba de una manera totalmente desconocida para él. En los breves momentos después de su disertación, meditó sobre todas aquellas palabras. ¿Por qué le molestaba tanto a Viktor que pensara así de los robots? ¿Qué se le estaba escapando? Pensó en lo que había dicho, robots con la misma apariencia que él, y le entró un escalofrío. Pero luego volvió a pensarlo. Robots como humanos. ¿Cómo podría notar la diferencia? ¿Acaso Viktor estaba en lo cierto? No, no podía estarlo. Un robot era un robot. Aunque uno de ellos se vistiera de humano se notaría lo que era. En el mismo momento en que le respondiera al saludo sabría que era un robot. ¡Qué disparate! Ninguna persona podría conversar con un robot. Era imposible que uno de ellos mantuviera una conversación compleja como la que estaba teniendo con su amigo. Esas conversaciones eran las que forjaban amistades, las que creaban conflictos y las que determinaban la personalidad de quienes nos rodean. Un robot no podía tener una de esas conversaciones.
—Me daría cuenta. Si tuviera la misma apariencia que cualquier otro humano lo sabría.
—No estés tan seguro.
—¿Por qué no?
Viktor levantó la mano y se hizo un corte a la altura del dedo índice con algo que Gustav no supo identificar ni averiguar de dónde había salido. El corte rodeaba el dedo en su base y la sangre brotaba. Tras dejar el utensilio cortante en el banco, agarró el dedo con la otra mano y comenzó a darle vueltas. Gustav estaba tan estupefacto que no podía articular palabra. Después de varias vueltas, el dedo se separó de la mano, uniéndose únicamente por unas cuerdas ensangrentadas y retorcidas que no se correspondían con la anatomía humana. Gustav tardó unos momentos en comprender que eran cables. Miró alternativamente el dedo y la cara de su amigo sin saber qué decir. Viktor habló por él.
—Te lo he dicho. Estás ciego y ni siquiera lo sabes.