jueves, 6 de junio de 2013

Attempt

ATTEMPT


Era la sexta vez que lo intentaba. Ya conocía la escena a la perfección. Él hablaba con ella y la hacía reír. Su cigarrillo se consumía lentamente. Solo faltaban unos segundos para que se levantara y desapareciera de allí. Tras su partida, ella haría lo mismo, saldría del Phillies hacia la oscura noche, en dirección a su casa.

Hasta ahí todo estaba bien. Vez tras vez ocurría lo mismo y era lo que debía pasar. Pero lo que pasaría a continuación tenía que cambiar. Frente a ellos, había un hombre solitario que apuraba su café. Ella no lo sabía, pero él saldría del bar justo después de verla marchar. La seguiría durante unos minutos hasta abordarla cerca de un callejón oscuro y la marcaría para el resto de su vida. Mi misión era impedir que eso sucediera.

Yo era el fundador de una empresa con una misión particular: cambiar sucesos del pasado que afectarían al presente de una manera negativa. Amaba tanto mi trabajo que tenía mi propia lista de encargos. Sabía que aquella idea mejoraba el mundo, pero muchos no llegaban a entenderlo. Después de tantos años, las protestas y amenazas me resultaban una voz difusa.

Por lo general nuestras misiones eran complejas. Pero en ocasiones, pequeños cambios en momentos poco relevantes marcaban la diferencia. Mi carácter minucioso me hizo crear una serie de normas básicas. Una norma fundamental era no tener contacto directo con las personas en escena. Esto se debía a mi respeto por las paradojas temporales, aunque nunca había comprobado por mi mismo si eran reales.

Pero ahí estaba yo, en mi sexto intento y no había logrado nada aún. Desesperado, llevaba horas dándole vueltas a aquella norma absurda. No quería saltarme esa directriz que yo mismo había impuesto pero, precisamente por eso, era el único que tenía derecho a hacerlo.

Ví como la mujer salía del bar e iba calle arriba. Detrás iba él.

Anduve a una distancia prudencial esperando el momento exacto en el que ella doblaría la esquina. Era el momento justo para que el asaltante perdiera su rastro. Me acerqué más y toqué su hombro.

—¿Pero qué hace? —dijo él, visiblemente molesto, girándose hacia mí.  

Una farola alumbraba débilmente su rostro. Dudé unos momentos al verle. Su cara era idéntica a la mía. Pero no podía ser. Ni siquiera había nacido para esa fecha, no podía ser yo.

De repente, su cara pasó del enfado al terror. Miraba mi abdomen fijamente. Seguí su mirada y sentí un escalofrío.

Una oleada de pánico precedió a la certeza absoluta de que aquella noche desaparecería del mundo. Comprendí cómo había llegado allí y por qué sería ese mi destino. Había jugado a ser Dios, ese era mi merecido. Ahora, el mundo estaría a salvo.