HYDRIA
Observó el tarro desde el asiento. Una presencia perenne desde su infancia. Aquella pieza de museo seguía siendo curiosa para él. Toda su niñez mirándola desde lejos, con la amenaza constante de un castigo épico si se acercaba. Pero ahora, adulto como era, no había vuelto a reparar en él hasta ese momento.
—¿Por qué no podíamos acercarnos? —dijo a su padre, sentado en un sillón frente a él, señalando con la mano.
—Pues, a decir verdad, nunca lo supe. Lleva generaciones en la familia y siempre ha sido así. En algún momento, un antepasado nuestro lo puso ahí y dio esas instrucciones y generación tras generación hemos creído que tendría sus motivos para darlas.
Tras la explicación, su padre se levantó torpemente del sillón.
—Voy a picar algo a la cocina. ¿Quieres que te traiga alguna cosa?
—No, gracias.
Aquella explicación había dejado frustrado a Luther, que miraba el bote con indignación. Toda una vida preguntándose cuál era el misterio que rodeaba a aquel objeto para nada.
En un acto de rebeldía, decidió que era hora de romper con la tradición. Cogió el tarro entre sus manos y se sintió satisfecho al tocarlo por primera vez.
El cristal brillaba con la luz a través de las ventanas. Dentro, la arena estaba tan compacta que ni siquiera se movía al inclinarlo. Sellado herméticamente, parecía una broma que aquello se hubiera conservado intacto a través de los años. Cambió el recipiente de mano para calibrar su peso y entonces se dio cuenta de su error. Los nervios. La transpiración consecuente. El cristal resbaló de su mano izquierda y chocó contra el suelo haciéndose añicos. La arena, tan cuidadosamente almacenada, se esparció por el suelo y de sus entrañas surgió algo. Un objeto desconocido.
Luther sintió que había cometido un error, pero aún así no podía cambiar lo que había hecho. Se agachó y recogió el extraño objeto del suelo. No era más que un cilindro con la longitud del ancho de su mano y un interruptor en el extremo. Llegados a ese punto, decidió que accionar el interruptor era el siguiente paso.
Un clic, resonó en el silencio de la habitación y Luther notó una pequeña corriente estática en la palma de su mano. Nada más, nada extraño.
—¡Dios mio! ¡Qué ha pasado! —gritó su padre al otro lado de la sala al ver los restos de la reliquia familiar esparcidos por el suelo.
Luther se giró para ofrecerle una contestación pero al mirarle notó algo. Enfado, frustración, tristeza, pérdida. Una amalgama de sentimientos emanaba de la figura de su padre como un aura que le mostraba cómo se sentía realmente, qué clase de persona era.
—Yo… —balbuceó.
—¿Tú? Ya veo lo que “tú” has hecho.
Decepción. Ira. Miedo.
—No temas papá. Lo arreglaré. No era más que un tarro de cristal lleno de arena. Volveré a dejarlo como estaba. Compraré otro, colocaré esta misma arena y será como si nada hubiera pasado.
—¿Acaso no entiendes que cada elemento formaba parte de un todo? Ya no podrá ser lo mismo. Ese “tarro de cristal”, como tu lo llamas, ha estado en esta familia por generaciones. Era el mismo tarro que tu antepasado decidió que debía ser y era la misma arena sin adulterar que él decidió que debía introducir en él. Lo hizo por algún motivo. No se si quería que sus descendientes aprendieran respeto por las normas o si realmente esa arena tenía algún valor para él, pero era por algo. Y ahora tú has acabado con ello.
Luther se sintió mal. Por primera vez en su vida comprendía perfectamente como se sentía su padre. Aquel antepasado no buscaba darles una lección, ni siquiera guardar la preciada arena. Escondía un artilugio en su interior que había protegido durante décadas. ¿Lo habría inventado él? ¿Por qué había decidido esconderlo a la vista de todos? Sólo él, que ahora conocía el secreto, podría responder esas preguntas algún día.