THROB
Un timbre estridente sonó eliminando la paz que reinaba en la casa. Hank descolgó el teléfono y esperó a escuchar la voz al otro lado.
—¿Hank? —dijo emocionada.
Reconociendo a un viejo amigo decidió contestar.
—¡Hola Leonard! ¿Cómo va la vida en el espacio?
—Va, que no es poco. Aunque últimamente está mucho más interesante de lo que estaba cuando vivías aquí.
—Vaya, no sé si tomarme mal eso… —contestó Hank intentando simular molestia.
—No seas tonto. Sabes que contigo lo pasaba en grande. Además, no pretenderás que viva deprimido por tu ausencia cuando me abandonaste por eso que llaman Tierra. ¿Qué tal están las cosas por allí?
—Bien, tranquilas. Las estaciones cambian, brilla el sol y puedo bañarme en el mar. Esas cosas que no hay en “La Jaula”.
Leonard soltó una carcajada.
—Siempre me gustó ese nombre. Por aquí lo utilizan tanto que prevén olvidar el real en un par de años. Pero ahora en serio, no te llamo sólo para recordar viejos tiempos.
—¿Ah no? ¿Y para qué entonces?
—Ha pasado algo alucinante y te necesito aquí. Hemos encontrado un ser vivo. Al fin.
—No puede ser.
—Si, lo es y es espectacular. Su composición es increíble. Ni un sólo elemento de la tabla periódica aparece en él y, por si fuera poco, cambia la vibración de sus partículas cuando quiere.Tienes que verlo.
—¿Qué aspecto tiene?
—No, no. No te voy a contar nada más. He preparado el teletransporte para dentro de una hora y no acepto un no por respuesta.
Al colgar, Hank sintió un nudo en el estómago, en parte por emoción y en parte por miedo. Odiaba el teletransporte. La extraña sensación de sentir las cosas a tu alrededor aunque su cerebro estuviera dividido en un millón de partículas, le ponía los pelos de punta. Sin embargo, no podía perdérselo. Tendría que pasar por ello.
Una hora más tarde, Hank estaba subido en el teletransporte. Sintió cómo se iba separando lentamente y la fuerte atracción de la Estación Espacial. En cuestión de segundos, sentía el vacío del espacio y podía ver un reflejo en su mente de “La Jaula”, a lo lejos, coronando el planeta, como si se tratara de un sombrero. Y entonces dejó de sentirla. Había desaparecido. A su mente llegó la sombra de la conversación con Leonard. “Cambia la vibración de sus partículas” oía una y otra vez. Entonces comprendió que si la nave vibraba a una frecuencia distinta y, como consecuencia, desaparecia a otro plano del universo, su cuerpo no llegaría a ningún lugar. Ya no sentía la atracción de “La Jaula” esperando al otro lado para recomponer su cuerpo. Vagaría por el espacio eternamente convertido en una nube de partículas.