STROKE
Apuró el paso al escuchar las doce campanadas, una por cada hombre que le precedía. La misión era sencilla pero arriesgada y él, esperaba impaciente a que terminara. El mono sellado herméticamente le agobiaba y le hacía sentir torpe al caminar sobre la superficie del planeta.
Llegó a la marca y el proceso comenzó de nuevo. Llevaban alrededor de 4 horas haciendo lo mismo. El hombre que encabezaba la misión andaba 50 metros en línea recta. Exploraba la zona, y cuando determinaba que no había ningún peligro, clavaba la marca al suelo y hacía sonar su campana. El hombre que iba en segundo lugar, al oírla, avanzaba otros 50 metros hasta la marca que el primer hombre había dejado con anterioridad. Y así, hasta oír las doce campanadas. En ese momento, era su turno.
La misión era sencilla. También era monótona y solitaria. La previsión era hacer el recorrido en doce horas ininterrumpidas, lo que suponía mucho desgaste aunque también mayor seguridad. La seguridad era lo que prevalecía y todos estaban de acuerdo. Tenían que caminar sobre los pasos de una expedición anterior, la cual, había desaparecido de golpe y llevaba días sin dar señales de vida.
Al principio se pensó que se habían perdido. La superficie del planeta estaba cubierta por densas nieblas que limitaban la visibilidad a unos pocos metros. Pero decidieron que esa teoría no podía ser correcta ya que todos los miembros de la expedición llevaban un mapa interactivo que les guiaba en la dirección correcta.
Más tarde, pensaron en las irregularidades del terreno y la niebla. La combinación de ambas era la fórmula perfecta para que todos cayeran en una grieta o desnivel pronunciado. Posiblemente estaban heridos. Seguramente alguno había perdido la vida. Incluso cabía la posibilidad de que todos estuviesen muertos al final de un precipicio.
Teniendo en cuenta esto, se decidió mandar un grupo de socorro. Para ser precavidos, todos iban separados por una distancia de 50 metros. Si uno caía, quedarían doce personas que podrían averiguar lo sucedido y rescatar tanto a su compañero como a los supervivientes. Para evitar las interferencias y el ruido de la estática de las radios, se darían las señales a través de las campanadas, señales sonoras que se producian al pulsar un botón en el traje.
Ahora llevaban la mitad del recorrido y no había ni rastro de la anterior expedición. Habían caminado durante 7 horas y 35 minutos y seguía sin aparecer. El cansancio iba haciendo mella en él y cada vez, le parecía que sus compañeros tardaban más en dar su señal. Una campanada, dos campanadas, tres… se esforzaba por contarlas todas cada vez hasta que llegaba su turno. Hasta que algo cambió.
El primer hombre había comenzado su marcha hacía menos de un minuto. Entonces su campana comenzó a sonar. Pero no era el toque decidido y breve que había escuchado tantas veces durante tantas horas. La campana sonaba una y otra vez en toques irregulares y desesperados como cuando un niño llama al timbre impaciente. De repente, silencio. Se le erizó el pelo. Un minuto, dos… parecía que nadie avanzaba por miedo. Entonces las campanadas sonaron de nuevo. Pero esta vez tenían el tono inconfundible de las campanadas del segundo hombre, tocadas de la misma forma errática y acelerada que antes. Otras campanadas, mismo significado, pero ¿cúal? Una tras otra las campanadas de sus doce compañeros comenzaron a sonar de la misma forma y sintió miedo por primera vez desde que aquello había comenzado.
Miro hacia el frente intentando ver algo y enseguida supo qué le había pasado al grupo anterior. Lo mismo que les estaba sucediendo a ellos. Una masa robusta, gigantesca y visiblemente mortal se acercaba rápidamente entre la niebla, con sus fauces abiertas, preparándose para devorarlo. Miró al botón. Nunca más se oiría su campana.
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