martes, 2 de junio de 2015

Trummor

TRUMMOR

Ahí estaba otra vez, como cada día, observando desde el otro lado de la habitación. Me miraba con ansia, como si esperara el momento adecuado para actuar. Sus ojos brillaban entre las sombras y nunca conseguía ver su aspecto. En parte, era por el terror que sentía. No era capaz de mirar directamente a aquel ser que llevaba meses en mi casa. Me observaba, me seguía… Su olor ya era parte de mi hogar, su sonido, lo que me impedía dormir por las noches.

—Doctor Larion, lo estoy viendo —dije a mi psicólogo al escuchar su respiración tras el teléfono.

—De acuerdo, ¿dónde está?

—Está al otro lado de la habitación, en el rincón más oscuro.

—Vale. Recuerda, lo primero es controlar la respiración. Es el momento de poner en práctica los ejercicios que estuvimos ensayando en la consulta. Inspira y expira. Hazlo despacio e intenta relajarte.

Inspiré y expiré tal como decía el doctor. Pero él seguía allí, mirando desde la oscuridad.

—No puedo. Todavía lo veo, me mira. Está esperando.

—Ya lo hemos hablado, Sverd, no es real. Ese bicho gigantesco que te mira y que vive en tu casa no está en realidad, es sólo un producto de tu imaginación. Puede desaparecer si te concentras y te tranquilizas.

—Se lo he dicho Doctor. Es real. No me diga que no lo es. Mi familia lo huele cuando vienen aquí. Piensan que utilizo un nuevo ambientador. Pero no, es él. Huele así desde que él vive aquí. También lo oyen. Escuchan el ruido que hace y ni siquiera se inmutan.

—Lo sé, lo sé. Pero ya sabes que estuvimos analizando eso y llegamos a la conclusión de que vives en un edificio, tanto el olor como los ruidos pueden venir de uno de tus vecinos. Cualquiera de ellos podría  tener algo que oliera así y escuchar esa música con tambores. ¿Hiciste lo que te dije? ¿Preguntaste a tus vecinos?

—No, no lo hice. No quiero que piensen que estoy loco.

—Pues es la única manera. Ya lo sabes. En el momento que comprendas que no es real, dejarás de verlo.

Miré fijamente hacia la oscuridad. Los tambores retumbaban en mis oídos. Cada golpe me paraba el corazón. Me dolían los ojos de mirar fijamente sin ni siquiera parpadear. Los músculos agarrotados tiraban de mí. No podía seguir allí.

—¿Cree que podría tomarme unas vacaciones? No creo que eso entre en conflicto con la terapia y podría ayudarme. Necesito salir de aquí.

—No es lo que yo recomendaría, preferiría que enfrentaras la situación, pero si es lo que necesitas no veo inconveniente. ¿A dónde irás?

—Mi hermano vive en la colonia Lunar. Cogeré una nave hacia allí.

Había cerrado la puerta tras de mí con fuerza y me marchaba solo con lo puesto. No tenía tiempo que perder.

A esas horas, la nave hacia la colonia lunar estaba vacía. El viaje era largo, pero al fin podía descansar. Sabía que era real. Otras personas podían olerlo y escucharlo. Incluso había conseguido grabar sus ojos, una noche en la que todo me daba igual. Pero nadie me creía. Incluso el psicólogo pensaba que era un recurso desesperado para hacer que le creyera. Ahora, en la nave, fuera de allí, estaba a salvo. Me recosté sobre el asiento y cerré los ojos. Escuché el silencio de la nave vacía. Descargué mis pulmones aliviado. Al volver a llenarlos, un olor familiar llegó sutilmente. Al reconocerlo, mis músculos se tensaron. Los tambores comenzaron a sonar.

lunes, 4 de mayo de 2015

Trilogía Terror en la Red. Parte 1: Emot[icon]

TRILOGÍA TERROR EN LA RED
PARTE 1

EMOT[ICON]

TPRÓLOGO

Henry miraba la pantalla esperando una respuesta de su amigo. No esperaba nada interesante, solo algo que lo sacara de su estado actual. «Me aburro» eran las palabras que había escrito por última vez. Dos minutos y medio después, un sonido de campanilla le avisó de que su amigo había contestado.

«Yo también :( », fue la respuesta. Al momento, Henry notó algo raro. El emoticono triste le miraba. No podía explicar por qué, pero por momentos podía notar como esa cara cobraba vida. Parecía algún tipo de alucinación provocada por sustancias tóxicas, pero Henry llevaba días sin tomar nada. En seguida, escribió a su amigo lo que estaba pasando.

—Tío, estoy alucinando. Tu emoticono se mueve.

—Jajajaja ¡Venga ya! ¿Cuantos porros te has fumado hoy?

—No bromeo, es como si saliera de la pantalla, me está dando miedo....

—Estás muy mal colega, tú sí que das miedo.

Henry veía como el emoticono se hacía cada vez más y más grande, pero su expresión no cambiaba. Le miraba fijamente con esos dos puntos que tenía por ojos y su boca inclinada hacia el suelo. No le dio tiempo a explicar lo que pasaba. El pánico se apoderó de él. Unos segundos más tarde, Henry estaba muerto.

Al otro lado, su amigo miraba el ordenador, pensando que a Henry se le había ido la olla. Seguramente había tomado algo aunque lo negara. Tras media hora de espera, apagó el ordenador. Ya le preguntaría mañana que había pasado.

CAPÍTULO 1

No todo el mundo era capaz de hacer el trabajo que hacía Dirk. Tampoco era nada del otro mundo, pero cuando tocaba trabajar había que quebrarse los sesos y, porqué no decirlo, tener buen estómago.

Hoy tocaba trabajar. Un joven de 17 años llamado Henry había muerto ahogado en su cuarto. No había ni una gota de agua a su alrededor. Claramente era un caso para Dirk.

El cuerpo yacía boca arriba en el suelo con expresión de pánico. La silla donde antes se sentaba, ahora descansaba tirada a un lado.

— Decidimos llamarte en cuanto los sanitarios nos dijeron que había muerto ahogado. Sabemos que prefieres encontrar la escena tal y como estaba en el momento de la muerte.

—Os lo agradezco. ¿Qué os ha hecho pensar en mi?

—Básicamente que no hay ni rastro de agua en toda la habitación. Ni siquiera la típica botellita para beber por las noches. La moqueta donde lo han encontrado está totalmente seca y su ropa tampoco muestra indicios del ahogamiento.

—Podría haberse secado.

—Sería razonable pensar eso si no fuera porque han fijado la hora de la muerte a las diez en punto, un cuarto de hora antes de que la madre lo encontrara. Para entonces, ella afirma que su hijo estaba seco y no había agua ni ningún otro producto líquido cerca. Con la humedad de estos días dudo que el líquido se secara tan rápido.

—Tienes toda la razón —dijo Dirk pensando en las diferentes posibilidades—. Veré que puedo hacer.

Dirk quedó solo en la habitación y observó detenidamente la escena. No había indicios de que otra persona hubiera estado allí aparte de Henry. Era un joven ordenado y todo estaba en su sitio salvo por las deportivas que descansaban al pie del escritorio. Por la posición del cuerpo, quedaba claro que el chico estaba sentado frente al ordenador antes de morir. La madre corroboraba esa versión. Según ella, el ordenador estaba encendido cuando lo encontró. Por curiosidad, Dirk decidió ver qué miraba Henry justo antes de su muerte. Apretó el botón de encendido y en la pantalla apareció una ventana de chat. Las últimas frases de aquella conversación eran confusas. Seguramente, era algún tipo de broma que Henry tenía con su amigo y a la que no había que dar más importancia. Mientras leía, llegó un nuevo mensaje de su amigo virtual.

—Ey colega!! qué tal estás?? ya se te han pasado los efectos de eso que te fumaste anoche?

Esta había sido la última persona con la que había hablado el chico. Era difícil determinar si podía aportar información de utilidad, pero la mención de “aquello que te fumaste anoche” podía ser una pista de cómo había acabado así. Decidió contestar.

—Hola. Mi nombre es Dirk y me gustaría hacerte unas preguntas.

—jajajaj Parece que sigues igual...

—Eres amigo de Henry, ¿verdad? Veo que anoche estuvisteis hablando hasta las diez.

—Se supone que estás haciendo de detective o algo así? ya sabes que hablé contigo hasta que empezaste a flipar y dejaste de hablarme. Ahora en serio, que ya me aburre el royo este.
Por lo visto, el colega virtual no podía imaginarse lo que había pasado. Sabía que no era muy ortodoxo pero la única manera de conseguir que el chico hablara era hacerse pasar por el difunto Henry.

—Está bien, ya me dejo de bromas. Necesito que me digas tu movil porque he cambiado de telefono y tengo que apuntar los números otra vez.

—Has cambiado de teléfono? y cual te has pillado?

—Uno mejor, pero necesito tu número porque sin números en la agenda no me sirve de mucho.

—Esta bién. Apunta.

Dirk tomo nota y seguidamente llamó. Esperó alrededor de cuatro tonos hasta que saltó el contestador.

—Tío, me estás llamando tú? —dijo el chico a través del ordenador.

—Si, es que quiero probar una cosa del móvil nuevo. Cógelo.

Llamó por segunda vez. En esta ocasión el interlocutor descolgó sin dejar que sonara más de dos veces.

—Haces unas cosas muy raras últimamente —saludó el chico sin dar tiempo a Dirk para presentarse.

—No soy Henry. Siento ser yo quien te de la noticia pero a tu amigo le ha pasado algo.

—¿Es una broma?

—No. Ya te lo he dicho por el chat, a tu amigo le ha pasado algo y necesito que contestes unas sencillas preguntas.

—¿Está bien? ¿Qué le ha pasado? —dijo el amigo de Henry con un tono de preocupación en su voz.

—Lo siento, pero Henry ha fallecido. Ocurrió a las 10 de la pasada noche, mientras hablaba contigo.

Hubo un largo silencio por respuesta. Por un momento, Dirk pensó que se había cortado la llamada, pero entonces oyó la respiración del chico que estaba asimilando la noticia.

—No puede ser —contestó al fin.

Dirk tardó unos diez minutos en explicarle lo sucedido a Clive, que era como se llamaba el chico, y que, todavía en estado de shock, le explico lo que habían hablado antes de su muerte.

Finalmente no pudo sacar nada en claro de la conversación. Aparte de ese extraño comentario sobre el emoticono, Clive no había notado nada raro en él. Y como él mismo había mencionado, era posible que tuviera que ver con algún tipo de sustancia ingerida por la víctima. Decidió que lo mejor que podía hacer era esperar los resultados del laboratorio.


PRIMER INTERLUDIO

Sentada frente al ordenador, Meryl hablaba animadamente con su amiga Sue por videoconferencia. Charlaban de cosas sin importancia y por eso, como medida de entretenimiento, decidió examinar los emoticonos del programa. Entusiasmada por la gran variedad de dibujos, no dudó en proponerle un juego para matar el tiempo. Una pondria una serie de emoticonos seguidos y la otra tendría que adivinar la película. «Empezaré con una fácil», sugirió mientras elegía una cara sin expresión y la colocaba junto a un cuchillo y una ducha. Tras enviar el jeroglífico, se quedó petrificada. Con una expresión de espanto, su amiga miraba la pantalla, tan asustada, que era incapaz de gritar. Justo después, algo se colocó ante la pantalla obstruyendo la visión. A través de los altavoces podía oír un murmullo parecido al de una cascada y los gemidos ahogados de Sue mientras forcejeaba. Sólo podían verse pequeños movimientos como si algo gigantesco se hubiera colocado delante.

Tras unos minutos de puro terror, Meryl comprobó aliviada que lo que antes tapaba la cámara ahora había desaparecido. Pero su alivio duró menos de lo que cabría esperar. Sue permanecía tendida en el suelo sobre un charco de sangre.

CAPÍTULO 2

Una oleada de muertes sacudía el planeta. En pocos días la mitad de la población de entre 12 y 50 años había muerto en extrañas circunstancias frente al ordenador. Dirk ya no sabía qué pensar. Henry había sido el primero de una serie de asesinatos en masa. Era físicamente imposible hablar de un asesino en serie. Las muertes se sucedían de un extremo al otro del mundo, tan lejanas unas de otras, que no podía ser obra de un mismo individuo. Tampoco podía pensar en un virus. Aquellas muertes no tenían nada en común salvo por el hecho de haberse producido frente a una pantalla de ordenador. La situación era un caos y no tenían nada con lo que poder avanzar. Pero aún era pronto para rendirse, el último incidente había contado con un espectador.

Meryl Evans, el único testigo que tenían hasta el momento, miraba al vacío sentada en el sofá de su amiga Sue. Estaba visiblemente conmocionada. Dirk dudaba que pudiera sacarla algo coherente, pero aún así lo intentó. Después de un breve interrogatorio comprobó que, aunque poco detallado y confuso, el relato de esa chica aclararía muchas cosas. Decidió subir a la habitación de Sue para completar el rompecabezas.

Todavía podía verse su cadáver en el suelo, tapado con una sábana de forma precipitada, en la que empezaban a marcarse las huellas de sangre. Los pies y las manos sobresalían por debajo. Como en las anteriores escenas, la silla descansaba tumbada a un lado. Era el primer caso en el que la víctima había sido apuñalada. Muchos había muerto por un golpe, ahogados, asfixiados, devorados o incluso drogados pero no así.

Dirk levantó la sábana para ver el cuerpo. Al menos diez puñaladas repartidas entre el pecho y el abdomen habían sido las causantes de su muerte. Lamentablemente Meryl no había visto cómo se cometía el asesinato, sólo movimientos difusos en la pantalla y la agonía de Sue por los altavoces. Por enésima vez en las últimas semanas, revisó qué miraba la víctima antes de morir.

«Me aburro un montón... ¿te apetece que juguemos a una cosa que se me acaba de ocurrir?», decía Meryl a su amiga.

Unas pocas líneas después aparecía el siguiente grupo de emoticonos: Una cara indiferente, un cuchillo y una ducha. ¿Qué había dicho Meryl sobre un rumor de agua mientras asesinaban a su amiga? Empezó a pensar en algo siniestro, pero era demasiado disparatado como para ser verdad. Siguiendo su intuición, buscó el registro de conversaciones de las víctimas que llevaba en el móvil. Pensó que lo más sensato sería mirarlas de manera aleatoria dada la gran cantidad de conversaciones. Notó una extraña sensación en el estómago. Una tras otra leía las últimas frases de cada conversación y todas tenían aquello que estaba buscando. Estaba en lo cierto, había encontrado el factor común. ¿Pero cómo era posible? ¿De qué manera aquella loca teoría podía ser verdad y cómo no se había percatado antes de lo parecidas que eran todas las conversaciones?

—¿Ves algo que nos interese? —Le preguntó el agente Newman.

—Mira esto —Dirk inclinó el teléfono hacia el agente—. He encontrado el factor común de todos los casos, algo más relevante que el simple hecho de estar frente al ordenador. Fíjate, absolutamente todas las conversaciones mencionan las palabras “me aburro”, siempre en las dos o tres últimas líneas antes de la muerte.

—Déjame ver —el agente seleccionó varias conversaciones al azar para verlo por sí mismo—. Tienes razón ¿cómo no lo hemos visto antes?

—No lo se. Cada conversación iba de una cosa distinta, no eran más que un par de palabras sin relevancia. Pero lo más curioso es lo que viene a continuación. Tengo una teoría de por qué han muerto de maneras distinta y a qué se debe.

—¡No puede ser! ¿Por qué crees que ha sido?

—Es una teoría un poco... extraña. Espero que no me tomes por loco, pero creo que muriendo de una manera u otra dependiendo de los emoticonos que se usaron después de mencionar la frase “me aburro”.

Newman torció el gesto haciendo notar su escepticismo.

—Te lo puedo demostrar. Dime cualquiera de los chicos, los que murieron de una manera más extraña que los demás.

—Billy, el chaval que murió por una sobredosis de productos sintéticos imposibles de identificar.

—De acuerdo. Veamos la conversación. «Tio, me aburro que no veas, te apetece quedar y nos tomamos una de estas» —pasó el teléfono a  Newman para que viera el emoticono. Era una cápsula roja y amarilla.

—Vale, eso puede ser una coincidencia. ¿Qué me dices de Norman, el hombre que murió electrocutado, por una descarga tan intensa que se quedó carbonizado en segundos?

Dirk buscó la conversación del tal Norman en el listado con rapidez.

—Norman dice: «Siempre me aburro en esas fiestas, además es un royo que esté al aire libre, dicen que va ha llover»;  y su amigo contesta: «No se como puedes decir eso, esta fiesta va ha ser brutal, yo iré aunque diluvie» ¿Y a que no adivinas el emoticono? Un rayo. ¿Me crees ahora?

—Creo que empiezo a ver lo que intentas decirme. Pero no lo entiendo, es imposible. Piensa que estamos barajando la posibilidad de que el causante de las muertes sea un emoticono. Es ridículo. Es más, no todas las muertes guardan relación con la conversación. ¿Qué hay de Henry? El murió ahogado y más tarde se determinó que el líquido que tenía en los pulmones tenía una composición similar al de la saliva humana, sin embargo el emoticono que puso su amigo fue una cara triste.

—Bueno, puestos a imaginar, digamos que el emoticono se hiciera grande. La misma Meryl dice que aquello que mató a su amiga bloqueaba toda la pantalla. Puede que ese líquido fuera realmente saliva.

—No puedo creer que estés diciendo eso —dijo Newman alarmado— la idea de pensarlo me parece absurda, inconcebible. No se como hemos podido llegar a este punto de la conversación. Emoticonos asesinos Dirk, es de locos. Emoticonos que electrocutan, drogan, queman y al parecer también ahogan a sus víctimas mientras intentan devorarlas. Creo que esta teoría se nos ha ido de las manos.

Dirk miró al agente Newman con complicidad. Sabía que estaba en lo cierto, todo eso era imposible. Pero había tantas coincidencias que sería un error dejarlas pasar solo porque no hubiera una explicación racional. Había que comprobar que se equivocaban y que realmente aquello era imposible.

—Solo hay una manera de averiguarlo —comentó Dirk en voz alta aunque para sí mismo— tenemos que probarlo nosotros.

SEGUNDO  INTERLUDIO

Observaban desde fuera su nuevo hogar. Era realmente maravilloso, pero todavía no era el momento, debían esperar. Era imposible bajar allí sin antes acabar con la plaga. Habían utilizado varios sistemas, pero era una especie muy resistente. Tanto como aquellos seres que había en su planeta, sólo que estos eran más inteligentes. Realmente, toda especie viva tenía algo de inteligencia, y no es que la de esta raza fuera sobresaliente, pero ahí estaba.

Aún así, no podían convivir con ellos y no solo se debía a su aspecto espeluznante, sino también, al hecho de que transmitían una infinidad de enfermedades mortales. Esto último había sido decisivo para decidir exterminarlos.

Cinco métodos distintos habían sido probados ya y sólo éste parecía dar algún resultado. Lo habían logrado atacando a sus costumbres. Al parecer, estos seres poseían cierta tecnología rudimentaria con la que comunicarse y, buscando una manera de descifrar su idioma, dieron con aquellos símbolos. Eran simples y sencillos pero cargados de significado. A diario intercambiaban infinidad de ellos y les producían estímulos que activaban un mecanismo interior que afectaba a su comportamiento. Era realmente fascinante ver el efecto que esos símbolos producían en ellos.

Algo que jugaba a su favor era que, este método, lo utilizaban los seres infectos más jóvenes, y por tanto, los que representaban una mayor amenaza. Manipulando su lenguaje y transformándolo en un arma letal no tendrían problema para acabar con el resto más tarde. En poco tiempo habían conseguido diezmar su población. Sólo unas pocas zonas del planeta, que no utilizaban ese sistema, habían aguantado. La victoria era inminente.

CAPÍTULO 3

El agente Newman se sentó en la silla a una distancia prudencial de la pantalla del ordenador. Cinco agentes armados le cubrían las espaldas por si todo salía como esperaban. Un buen número de cámaras repartidas estratégicamente por la sala proporcionaban una visión completa a Dirk, que estaba al otro lado del ordenador. Este otro ordenador, contaba con un gran receptor de imagen partido en multitud de pantallas más pequeñas que mostraban las grabaciones de todas las cámaras. Además, disponía de una segunda pantalla por la que mantendría la conversación de chat con el agente Newman.

Los dos contaban con un guión bien estudiado. Habían determinado que el efecto que esperaban sólo se produciría si se mencionaban las palabras “me aburro” antes de enviar el emoticono. Por si se trataba de un sistema inteligente, habían decidido simular una conversación real, aunque no pensaban que fuera un factor decisivo. Gracias a los anteriores casos, podían determinar que el tamaño de la conversación no era relevante.

Otra cuestión importante era elegir el emoticono que utilizarían para su experimento. Era difícil predecir con exactitud el resultado de enviar uno u otro aunque, evidentemente, ya habían descartado los que se habían utilizado hasta el momento. Finalmente y de manera unánime, se pensó que lo más sensato sería utilizar una flor. Eran  inofensivas, no dotadas de personalidad, de textura suave y flexibles y, por tanto, eran la opción menos peligrosa.

—Hola —saludó Dirk a través del chat— estamos listos.

—Te sales del guión —sugirió Newman al otro lado.

—No creo que importe, pero empecemos con él.

Según la conversación, que cada uno tenía en papel sobre su escritorio, Dirk sería quien mandase el emoticono a Newman.

—Me aburro, este trabajo no es nada interesante —comenzó Newman.

—Sería mucho mejor si trabajaramos en algo relacionado con el campo.

Justo después de esa frase Dirk mandó el emoticono, una flor rosa y pequeña, y esperó a que algo sucediera. Pasados unos segundos, pensó que probablemente no pasaría nada y se relajó en su asiento, pero en ese mismo instante, pudo ver como algo sobresalía de la pantalla del agente.

Habían acertado, el emoticono se hacía cada vez más grande. El agente Newman se levantó de su silla y se echó hacia atrás alejándose de él. Los agentes que estaban con él apuntaban hacia la flor con sus armas. Poco a poco todos se tranquilizaron. La planta había crecido hasta el techo y no parecía que fuera peligrosa. Sin embargo, un polvo amarillento y tan fino que era imperceptible al ojo humano, se estaba colando disimuladamente en sus pulmones. No había pasado ni un minuto cuando empezaron a notar los síntomas. Se estaban asfixiando.

EPÍLOGO

El final era inminente. El humano era una especie en extinción. Lo que había empezado como extrañas muertes a través de la red se había convertido en una masacre a escala mundial. No habían hecho falta más de tres meses para acabar con toda la población joven de los países desarrollados. No mucho después, una extraña enfermedad, había atacado a la población joven de los países del tercer mundo. Más tarde, unas temperaturas extremas, habían provocado el exterminio de los mayores y los niños. Todo estaba desolado. Ahora, sólo unos pocos seguían con vida esperando su fatídico final. Entre ellos estaba Dirk.

Era extraño haber llegado tan lejos, haber sobrevivido y ser de los últimos ejemplares de su especie. Podría parecer que el mundo ahora era un caos, pero todo estaba más tranquilo que nunca. Ni los emoticonos, ni las enfermedades, ni las temperaturas extremas habían podido con él, y como regalo, podía pasearse entre las ciudades perfectas y vacías. Nada de escombros. Nada de edificios derruidos. Simplemente el mundo vacío.

Hasta cierto punto, Dirk se sentía afortunado. Siempre había querido vivir una experiencia impactante que marcara su vida y que cambiara sus prioridades. Ahora no importaban el trabajo ni las costumbres sociales. Había pasado todo tan rápido que nadie había tenido tiempo de reaccionar. La literatura y el cine se equivocaban, en nada se parecía aquello a sus mundos postapocalípticos. No les había dado tiempo a atacarse los unos a los otros como método de supervivencia y ni siquiera habían tenido un enemigo del que defenderse. Sencillamente había pasado y no se sabía por qué.

Dirk se sentó al borde del edificio más alto contemplando el horizonte. Se sentía culpable por pensar que nunca antes había sido tan feliz como ahora, después de la catástrofe. Ni siquiera podía saber si era realmente el final pero, después de sobrevivir a tal ataque, se sentía con fuerzas para afrontar lo que viniera. No obstante, tuvo que cambiar de opinión cuando lo vio. Un inmenso objeto cruzaba el cielo proveniente del espacio. Nunca antes había visto nada parecido. Todo quedaba claro, ese había sido su enemigo desde el primer momento y ahora sabía que no tenían escapatoria.

lunes, 30 de marzo de 2015

Throb

THROB

Un timbre estridente sonó eliminando la paz que reinaba en la casa. Hank descolgó el teléfono y esperó a escuchar la voz al otro lado.

—¿Hank? —dijo emocionada.

Reconociendo a un viejo amigo decidió contestar.

—¡Hola Leonard! ¿Cómo va la vida en el espacio?

—Va, que no es poco. Aunque últimamente está mucho más interesante de lo que estaba cuando vivías aquí.

—Vaya, no sé si tomarme mal eso… —contestó Hank intentando simular molestia.

—No seas tonto. Sabes que contigo lo pasaba en grande. Además, no pretenderás que viva deprimido por tu ausencia cuando me abandonaste por eso que llaman Tierra. ¿Qué tal están las cosas por allí?

—Bien, tranquilas. Las estaciones cambian, brilla el sol y puedo bañarme en el mar. Esas cosas que no hay en “La Jaula”.

Leonard soltó una carcajada.

—Siempre me gustó ese nombre. Por aquí lo utilizan tanto que prevén olvidar el real en un par de años. Pero ahora en serio, no te llamo sólo para recordar viejos tiempos.

—¿Ah no? ¿Y para qué entonces?

—Ha pasado algo alucinante y te necesito aquí. Hemos encontrado un ser vivo. Al fin.

—No puede ser.

—Si, lo es y es espectacular. Su composición es increíble. Ni un sólo elemento de la tabla periódica aparece en él y, por si fuera poco, cambia la vibración de sus partículas cuando quiere.Tienes que verlo.

—¿Qué aspecto tiene?

—No, no. No te voy a contar nada más. He preparado el teletransporte para dentro de una hora y no acepto un no por respuesta.

Al colgar, Hank sintió un nudo en el estómago, en parte por emoción y en parte por miedo. Odiaba el teletransporte. La extraña sensación de sentir las cosas a tu alrededor aunque su cerebro estuviera dividido en un millón de partículas, le ponía los pelos de punta. Sin embargo, no podía perdérselo. Tendría que pasar por ello.

Una hora más tarde, Hank estaba subido en el teletransporte. Sintió cómo se iba separando lentamente y la fuerte atracción de la Estación Espacial. En cuestión de segundos, sentía el vacío del espacio y podía ver un reflejo en su mente de “La Jaula”, a lo lejos, coronando el planeta, como si se tratara de un sombrero. Y entonces dejó de sentirla. Había desaparecido. A su mente llegó la sombra de la conversación con Leonard. “Cambia la vibración de sus partículas” oía una y otra vez. Entonces comprendió que si la nave vibraba a una frecuencia distinta y, como consecuencia, desaparecia a otro plano del universo, su cuerpo no llegaría a ningún lugar. Ya no sentía la atracción de “La Jaula” esperando al otro lado para recomponer su cuerpo. Vagaría por el espacio eternamente convertido en una nube de partículas.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Doppelgänger

DOPPELGÄNGER

Su experimento había dado resultado, pero no el que él esperaba. Su reflejo, con una expresión fría y con un toque de locura, lo miraba fijamente. Pero esa no era la expresión que él tenía en aquel momento. Él sentía miedo, un miedo tan profundo que creía que el más mínimo movimiento conduciría a la catástrofe. Su reflejo sonrió. Él seguía inmóvil.

—¿Quién eres? —se atrevió a preguntar, aunque sabía perfectamente la respuesta.

«Tú» fue la réplica sorda que leyó en sus labios. Detrás de su reflejo podía ver como todo era distinto. Todo distorsionado y con un halo de crueldad alrededor. Los colores eran más intensos y todos los rostros, reflejados en las fotografías a su alrededor, lo miraban con la misma sonrisa maléfica y la mirada ausente.

Su reflejo movió los labios. Su boca era tan grande y sus dientes tan afilados que no quería mirarla. «Ven» decía, pero no entendía a qué se refería. En un momento de valentía miró a su alrededor. Seguía sólo, en su oscuro cuarto, igual que hace un momento y nadie podía ayudarlo. Pero, ¿Qué le impedía salir de allí? Una fuerza oscura tan grande que él no podía controlar lo llamaba desde el espejo.

Al mirar de un lado a otro supo que si no lo miraba, todo sería más fácil. Entonces su reflejo hizo un aspaviento para llamar su atención. «¿Qué buscas?», articuló con su asquerosa boca. «Aquí no hay nadie que pueda ayudarte». Aquellos intensos ojos se fijaron en los suyos y volvió a hablar sin producir sonido. «Acércate».

¿Qué había de malo en acercarse? Su mente lógica no dejaba de recordarle que sólo era un espejo, que aquel hombre siniestro no estaba allí realmente, pero el miedo en sus entrañas le avisaba de un mal mayor, le gritaba que debía huir enseguida. Al fin y al cabo nada de lo que estaba pasando era lógico. Nunca pensó que sus teorías fueran a dar un resultado real y menos aún que esos resultados se manifestarían en su propia casa, en su habitación, en el momento menos esperado.

«¿A qué esperas?» dijo su reflejo. ¿A qué esperaba? Tenía que salir de allí.

—¿Dónde estás? ¿Cómo es ese lugar? —Las palabras salieron solas ignorando el peligro.

«Acércate y míralo tu mismo»

No debía hacerlo, lo sabía. No debía acercarse.

—Tengo que irme de aquí —musitó sin apartar la vista de aquel inquietante personaje.

El reflejo se enfureció exagerando todavía más sus malvados rasgos. Aquella expresión de odio y crueldad fue el empujón que necesitaba para salir de allí de una vez por todas. Haciendo uso de todas sus fuerzas, consiguió darse la vuelta y levantó el pie en un intento de dirigirse hacia la puerta. En ese momento y sin que él lo viera, el reflejo enfurecido alargó su brazo atravesando la espesa masa de cristal líquido e introdujo su mano deforme en esta realidad que no era la suya. Antes de que pudiera dar un paso, agarró su camisa y tiró de él con fuerza arrastrándolo sin remedio. En cuanto atravesó por completo el portal que él mismo había creado, a aquella realidad malvada, la habitación quedó en silencio. El espejo no mostraba más que la oscuridad de esa tenebre habitación. Era como si nunca hubiese ocurrido nada.

sábado, 7 de febrero de 2015

Mörken

MÖRKEN

—Míralo, no se como tiene el valor de dejarse ver en un sitio público.

Viktor dirigió su mirada hacia el lugar donde apuntaba Gustav y asintió con la cabeza.

—Si, no se como se atreve.

—No creo que sea tan descabellado separarlos de nosotros, al fin y al cabo son peligrosos, todo el mundo lo sabe.

—No todos —se atrevió a decir Viktor entre dientes.

—¿Cómo dices?

—Digo que no todos son peligrosos.

Gustav levantó una ceja sorprendido.

—¿Desde cuando defiendes tú a los androides?

—No estoy defendiendo a nadie. Sólo digo que no todos los robots son peligrosos. Eso es una generalización excesiva. Supongo que habrá alguna excepción.

—¡Increible! —dijo Gustav meneando la cabeza de un lado a otro—. Sabes que esas cosas fueron retiradas del mercado porque eran peligrosas. Eso no me lo invento yo, es un hecho, algo que ha pasado de verdad. Sabes que esas cosas escaparon matando personas y que ahora están libres campando a sus anchas. ¿Eso no te parece peligroso? ¡Y para colmo se pasean como si nada por la calle!

Había levantado tanto la voz que Gustav se sonrojó nada más terminar la frase. Bajó la mano acusadora que apuntaba directamente hacia el androide y la gente que pasaba por la calle, volvió a sus cosas como si todo lo interesante hubiera pasado. El androide, que estaba lo suficientemente cerca como para entender de qué iba la cosa, sostuvo la mirada un poco más antes de seguir con lo que estaba haciendo.

—Encima tengo que aguantar que el maldito androide me mire como si le hubiera ofendido —dijo ahora en un tono de voz más bajo—. Además, ¿qué pretende? ¿ser como uno de nosotros? Está patético sentado en ese banco, leyendo un libro como si pudiera imaginar o disfrutar de la naturaleza que lo rodea. No sé dónde vamos a llegar.

Viktor dejó que se calmara un rato antes de continuar la conversación.

—Tienes razón. Se que algunos de esos robots mataron personas y que algunos son peligrosos. Pero tú tienes que reconocer que no todos participaron en aquello. Simplemente huyeron por su seguridad y la gran mayoría no hizo daño a nadie. Cada robot, como cada humano, tiene su propia personalidad. No es que los esté comparando a nosotros pero… ¿acaso no existe también gente peligrosa suelta por el mundo?

—No es lo mismo.

Gustav seguía mirando fijamente al androide con desprecio. Éste levantaba la vista de vez en cuando y la apartaba rápidamente. Cada vez se sentía más incómodo y no tardaría en marcharse, exactamente lo que Gustav pretendía que pasara.

Viktor echó una mano al hombro de su amigo tratando de desviar su atención del robot.

—Déjalo ya. ¿No ves que esto no va a ningún lado?

—Viktor, por el amor de Dios, no consigo comprender por qué no lo ves igual que yo. ¡Es un despreciable robot! Nunca llegarán a ser como nosotros y no son útiles en ningún sentido. No deberían existir. Es así de sencillo. Son simples máquinas que aumentan el riesgo de encontrar problemas a los humanos que los rodean. Es pura lógica.

Finalmente el androide perdió la batalla recogiendo sus cosas y marchando de allí sin mirar atrás. Al verlo, Gustav se relajó notablemente e incluso apareció una sonrisa de satisfacción en su cara. A Viktor, sin embargo, se le ensombreció el gesto.

—¿Qué te pasa? —preguntó Gustav preocupándose por su amigo, ahora que ya no tenía distracciones.

—Nada.

—No seas idiota. A ti te pasa algo. Parece que te hubieran dicho que vas a morir en unos días. Venga, suéltalo.

—Es sólo que creo que todo es una farsa.

—¿A qué te refieres?

—¿Por qué has tenido que portarte así con el robot?

—No me digas que voy a tener que volver a explicártelo.

—No, no hace falta. Me ha quedado claro.

Gustav se removió inquieto. No entendía nada. Su exposición era lógica y el único que se comportaba de forma preocupante para él era Viktor. No sabía qué decirle, ni siquiera sabía por qué hablaba así y esperó impaciente a que su amigo continuara.

—Dices que los robots no sirven para nada. ¿Y para qué sirvo yo? ¿Para qué sirves tú?

Gustav se quedó pensativo. Nunca se lo había planteado así, pero la respuesta era sencilla para él. Ellos tenían derecho a estar allí. Eran humanos, eran naturales. Los robots eran máquinas inventadas por él hombre. El problema era que no sabía cómo expresarlo para que su amigo lo entendiera de una vez.

—Nosotros somos humanos —dijo dubitativo, mientras se le ocurría una manera de explicarlo—. Tú sirves para ser mi amigo. Sirves para hacer feliz a la gente que te rodea. En definitiva, aunque no hicieras ningún trabajo de provecho en el mundo, servirias para transmitir sentimientos a las personas que te rodean y eso ya es algo de utilidad.

Viktor sonrió y miró a su amigo como quien mira a un ingenuo niño que acaba de decir que la pobreza se puede eliminar creando más billetes.

—Si esa es la regla que utilizas para separar robots inútiles de humanos útiles estás más perdido de lo que pensaba. ¿Qué piensas al ver a ese robot leyendo bajo un árbol, en el parque, a plena luz del día?

—Se me revuelve el estómago —contestó rápidamente Gustav haciendo una mueca.

—Pues eso, querido amigo, es un sentimiento. Así que, según tú, ese robot ya es útil porque te ha hecho sentir algo.

—No, no, no. No intentes tergiversar mis palabras. Cuando digo “hacer sentir” me refiero a cosas positivas, a poder confiar en él, que te haga sentir bien, que no creas que pueden cruzársele los cables en cualquier momento y matarte sin un motivo aparente.

—¿Y tú sientes eso por todas las personas que te rodean? No sabía que te llevaras bien con todo el mundo. Mismamente el otro día me estuviste hablando sin parar de “aquel idiota que no dejaba de molestarte” y que “odiabas profundamente”.

—Ya bueno, pero eso es distinto.

—Mira Gustav, no tienes ni idea, eso es lo que pienso. Miras a un robot y sientes desprecio por él y lo que no sabes es que si ese robot tuviera la misma apariencia que tú no te enterarías de lo que es. Esas máquinas pueden aportar cosas, de eso estoy totalmente seguro, no se cuales ni si serán lo que tú llamas útiles, pero lo que está claro es que sirven para algo. Si no puedes ver eso es que estás totalmente ciego. ¡Que digo! Estás totalmente ciego de verdad y ni siquiera lo sabes.

Nunca había oído hablar así a Viktor. Se comportaba de una manera totalmente desconocida para él. En los breves momentos después de su disertación, meditó sobre todas aquellas palabras. ¿Por qué le molestaba tanto a Viktor que pensara así de los robots? ¿Qué se le estaba escapando? Pensó en lo que había dicho, robots con la misma apariencia que él, y le entró un escalofrío. Pero luego volvió a pensarlo. Robots como humanos. ¿Cómo podría notar la diferencia? ¿Acaso Viktor estaba en lo cierto? No, no podía estarlo. Un robot era un robot. Aunque uno de ellos se vistiera de humano se notaría lo que era. En el mismo momento en que le respondiera al saludo sabría que era un robot. ¡Qué disparate! Ninguna persona podría conversar con un robot. Era imposible que uno de ellos mantuviera una conversación compleja como la que estaba teniendo con su amigo. Esas conversaciones eran las que forjaban amistades, las que creaban conflictos y las que determinaban la personalidad de quienes nos rodean. Un robot no podía tener una de esas conversaciones.

—Me daría cuenta. Si tuviera la misma apariencia que cualquier otro humano lo sabría.

—No estés tan seguro.

—¿Por qué no?

Viktor levantó la mano y se hizo un corte a la altura del dedo índice con algo que Gustav no supo identificar ni averiguar de dónde había salido. El corte rodeaba el dedo en su base y la sangre brotaba. Tras dejar el utensilio cortante en el banco, agarró el dedo con la otra mano y comenzó a darle vueltas. Gustav estaba tan estupefacto que no podía articular palabra. Después de varias vueltas, el dedo se separó de la mano, uniéndose únicamente por unas cuerdas ensangrentadas y retorcidas que no se correspondían con la anatomía humana. Gustav tardó unos momentos en comprender que eran cables. Miró alternativamente el dedo y  la cara de su amigo sin saber qué decir. Viktor habló por él.

—Te lo he dicho. Estás ciego y ni siquiera lo sabes.