martes, 24 de junio de 2014

Träumen

TRÄUMEN

Miro a mi alrededor y veo a la gente paseando. Yo, sólo, con la única compañía de un periódico pasado de fecha y un café, me acomodo en un banco cerca del estanque. Me relaja ver cómo los niños juegan y la gente sonríe. Despreocupado, doy un sorbo y abro el periódico. Una hoja cae.

Recojo cuidadosamente la hoja del suelo y veo que tiene algo escrito. «Te veo», reza en una perfecta caligrafía y yo vuelvo a mirar a mi alrededor. Pero no percibo nada extraño. Supongo que la nota forma parte de algún tipo de broma y que no va dirigida a mí expresamente, así que vuelvo a ponerme en posición y leo el periódico.

Al pasar página cae otra nota. «Tu nombre es Crane y conozco todos tus secretos». Me asusto al ver mi nombre escrito. Si, mi nombre es Crane pero, ¿quién es la persona que ha escrito esas notas? Levanto la vista por tercera vez y en esta ocasión examino la zona en profundidad. La gente sigue riendo y paseando tranquilamente. ¿Es que nadie se da cuenta de lo que sucede? Lo que antes me relajaba ahora me pone nervioso. Siento sus risas y todo el mundo me parece culpable. Les acuso en silencio mientras me invade la inquietud.

Vuelvo a mi periódico, esta vez con un ojo puesto en él y otro en la multitud. Me dispongo a pasar de hoja de nuevo, ahora con mucho más cuidado, y como temía, otra nota cae a mi regazo. «Sé lo de Bill. Sé que fuiste tú». El corazón me late deprisa. La cabeza empieza a dolerme y siento una presión en el pecho que va en aumento. ¿Cómo puede saberlo? Vuelco el periódico, desesperado, en busca de respuestas. Una tras otra empiezan a caer notas escritas con la misma perfecta caligrafía que las demás. El aire hace que vuelen en un remolino que las lleva directamente frente a mí, para que pueda ver como, cada una, revela un pequeño detalle sobre mi oscuro secreto.

Muevo los brazos violentamente apartando las hojas y fijo la vista más allá de los papeles que me rodean. Ahora todo está vacío. ¿Dónde ha ido todo el mundo?

Me levanto con cuidado. Paranoico, miro mi cuerpo en busca de una pequeña luz roja que me apunte directamente al corazón. Pero sería imposible. Estoy absolutamente sólo. Ahora no hay risas. No hay nada.

Corro por mi vida. Siento encima de mí esa amenaza impersonal que me observa. Me dispongo a salir del parque por su puerta principal y al cruzarla, me encuentro en el mismo lugar donde todo comenzó. Estoy en el banco cerca del estanque. Pero sigue sin haber nadie alrededor. Lo intento una vez más y corro hacia la salida. Otra vez el mismo sitio.

Me mareo. Mi mente no puede con esta situación. «¿Cómo he llegado aquí?» me pregunto y me doy cuenta de que literalmente no sé cómo he llegado aquí. No recuerdo donde estaba antes del parque, antes del banco, antes de las notas. No recuerdo nada en absoluto antes de esta pesadilla que no me deja escapar y de pronto, despierto.

—¿Estás bien? —Oigo de fondo, muy lejos.

Aparto algo de mi cara de forma sistemática y adapto mi vista al entorno que ahora veo borroso. Noto una mano en el hombro.

—¿Estás bien? —La misma pregunta. Ésta vez más nítida.

—Creo que sí —respondo sin estar muy convencido.

—Ví en la pantalla que el juego estaba había fallado y me acerqué. A veces pasa, y creeme, no es una experiencia agradable.

Miro mis manos y comienzo a atar cabos. En ellas están mis gafas de realidad virtual. Las que utilizo en la sala de juegos. Observo al extraño y comprendo que estoy allí, que nunca estuve en el parque y le respondo.

—No pasa nada. Son gajes del oficio.

El chico se va tranquilo al comprobar que estoy bien y yo echo un vistazo a mis gafas. Reacio, las acerco a mi cara. Necesito saber por qué el juego conocía mis secretos.

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