LOOP
La densa oscuridad me ciega. No se donde estoy. El ambiente está cargado y el suelo es frío. Sólo distingo un rectángulo de claridad frente a mí. Me levanto del suelo y me pregunto cómo he llegado aquí.
Recuerdo que no estaba en casa. Estaba con un par de amigos en las afueras de la ciudad. Me esfuerzo por recordar dónde. Música, colores, animales,gente... Por alguna razón todo eso me viene a la mente. ¡Un circo! Lo recuerdo. Estaba en un circo a las afueras de la ciudad.
Rebusco en mi cabeza para concretar más mi posición, pero unas voces me interrumpen. Vienen del rectángulo. Charlan animadas y al oírlas me recorre una sensación de Deja vù. Me acerco lentamente al recuadro de luz en busca de una salida pero me topo con un grueso cristal. Las voces cada vez están más cerca. Pego la cara intentando ver algo a mi alrededor. Al otro lado sólo hay una sala iluminada tenuemente. Al momento, tres personas entran en ella.
Las miro y me resultan extrañamente familiares. Conozco sus movimientos, conozco sus siluetas y conozco sus voces. Se acercan a mí y me separo despacio, con la mirada atenta. Ríen y charlan despreocupadas y, al aproximarse, como si de una revelación se tratara, comprendo que las figuras al otro lado del cristal somos mis amigos y yo. Antes de estar aquí estaba ahí, en la sala de los espejos.
No comprendo nada. Observo atentamente lo que parece una película con los últimos sucesos conocidos de mi vida. Ellos y yo están tan tranquilos, divirtiéndose, haciendo muecas frente al espejo tras el que estoy encerrado, ignorantes de la realidad que los rodea.
Muevo los labios recitando la frase que dirán a continuación. «Date un beso». Antes de poder pronunciarla entera mis dos amigos vitorean y dan palmas cantando a coro la frase. «¡Date un beso! ¡Date un beso!» cantan al unísono, divertidos, esperando que lo haga para tener algo gracioso que contar después.
Veo como acerco mis labios y beso mi reflejo. Ellos explotan en un mar de carcajadas mientras lo hago y algo comienza a suceder en mi lado del espejo. Una masa se forma donde mi boca se juntaba al cristal. Cambia tan rápido que es imposible seguir los pasos de la transformación. Se hace grande y adquiere forma humana. Cae al suelo golpeando fuertemente como un peso muerto.
Miro seguidamente al suelo y al espejo sin poder creer lo que veo, sin poder creer que mi yo al otro lado del cristal no ha oído el golpe y puede continuar su visita como si no hubiera pasado nada.
El otro yo y mis amigos salen de la habitación y oigo como se alejan sus risas. Me acerco despacio a esa figura inerte que yace encogida en el suelo. La toco con cuidado. Noto su pulso y el calor que emana. Mis sentidos se agudizan para reaccionar rápido ante cualquier indicio de peligro. Oigo murmullos y noto como se mueve el aire. Poco a poco se me encoge el corazón y noto sudores fríos. Reconozco el rostro de la persona que hay en el suelo. Reconozco el rostro de la multitud que ha salido de entre las sombras y ahora me rodea. Puedo sentir como se dilatan mis pupilas y se acelera el corazón al comprender que no soy el primero. Tampoco seré el último. Ni yo, ni mi copia gemela que descansa en el suelo esperando despertar a una pesadilla inexplicable. Decenas de caras iguales a la mía me miran comprensivas y entiendo que debo retirarme a la oscuridad. Esperando a que el bucle comience de nuevo, un bucle infinito perdido en el tiempo justo en aquel momento en que beso el espejo.
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