miércoles, 29 de mayo de 2013

Vélmenni


Vélmenni

Me giré al escuchar sus pasos. Ahí estaba, de color gris metalizado y negro azabache. El primer robot autómata listo para su venta al público. Era extraordinario ver su aspecto imponente y aún así, poder manejarlo a voluntad. Echando la vista atrás, puedo decir que aquel fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

Meses más tarde, yo mismo adquirí uno de aquellos robots. Lo llamé Robbie en honor a Asimov. Podía ver como aquel amasijo de cables cumplia sus funciones y lo que era más inesperado, me ofrecía una grata compañía. No tardé en conversar con él y con el tiempo, empecé a verle más como un compañero que como un electrodoméstico.

Sin embargo, el mundo cambiaba más allá de la puerta de mi hogar. Las grandes industrias robóticas comenzaron a expandirse. Todas eran extremadamente ambiciosas y pretendían dominar aquel sector que ahora sostenía la economía de sus países.

Sólo unos pocos años hicieron falta para que el mundo se viera envuelto en un conflicto bélico mundial. La gente había especulado durante años cómo sería ese momento y ahora que había llegado, era peor de lo que podían imaginar. Los robots, utilizados como máquinas de guerra, destrozaban y mataban tal como se les ordenaba. No se les podía culpar, sólo eran máquinas y podían ser usadas para bien o para mal.

La guerra se hizo cada vez más intensa. En un principio, los robots eran una excusa para no perder vidas humanas, pero todos sabíamos que aquello era una gran mentira. Mandaban a sus metálicos guerreros a las zonas civiles para minar la moral de sus enemigos. Sólo unos pocos intentaban defenderse sin éxito. Los robots eran máquinas de matar y no distinguían edad ni sexo.

De manera inexplicable conseguí mantenerme a salvo. En cuanto todo empezó, huí en busca de refugio. Me llevó unos meses encontrar aquellas grandes cuevas, ocultas en medio de ninguna parte.

El mundo se había convertido en un lugar despiadado. Se había utilizado el progreso en detrimento de la humanidad. Ahora solo reinaba el caos y la miseria. Me sentía impotente ante tanto sufrimiento. En esos momentos echaba de menos a Robbie y me sentía culpable por hacerlo. Los robots, que habían sido nuestros amigos durante tan poco tiempo, ahora eran nuestros asesinos. Decidí que era hora de comenzar, posiblemente no para el resto del mundo que seguía en guerra, pero sí para mí que había fabricado un mundo subterráneo alejado de todo.

Me coloqué en la entrada de mi refugio y miré al horizonte. Las columnas de humo negro y el fulgor de las llamas lo ocupaban todo. Me cubrí bajo la sombra de la cueva, con los ojos fijos en aquel desastre. Tenía que pasar página, no podía hacer nada por salvarlos. Noté la humedad en mis mejillas, la presión en el pecho y cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.