viernes, 25 de enero de 2013

Los otros 30 días


LOS OTROS 30 DÍAS


10 de septiembre de 2062


Kurt se levantó al oír el timbre. Era extraño que el cartero estuviera allí a esas horas y más que llamara a su puerta directamente.


—¿Franz Muller?


—Soy su hijo. Franz murío hace un par de años.  


—Lo siento —respondió el cartero por cortesía—. En ese caso se lo explicaré a usted. No se si se habrá enterado que hace unos días, encontramos un saco de cartas que deberían haber llegado a sus destinos hace treinta años.


Hizo una pausa y prosiguió al ver la negativa en mi gesto.


—Ahora estamos repartiendo esas cartas. Una era para su padre. Siento que no haya podido recibirla él mismo.


Kurt miró el sobre con curiosidad. Se notaba que habían pasado por él los años. Dio la vuelta al envoltorio y el corazón empezó a latirle deprisa. Leyó el Remitente repetidas veces pensando que había leído mal. Pero no, el nombre estaba claro, Henrick Muller, su hermano muerto a la edad de 5 años.


Debía tratarse de una broma de mal gusto. Dentro de él, la foto de un hombre y una carta. El estómago le dio un vuelco. Aquel hombre tenía algo familiar, eran sus ojos, podía reconocer en ellos a su hermano. Parecía una locura. Sin embargo, el asombroso parecido lo convenció, de que por muy extraño que pareciera, aquella foto era real y leyó la carta:


20 de octubre de 2072


Querido padre,


La foto que te mando es una prueba de que no miento y que soy yo, tu hijo Henrick, el que te envía esta carta.


Siento darte esta noticia, pero tu hijo Kurt morirá hoy. Morirá atropellado por un coche al salir de la panadería, exactamente a las 12:36 de la mañana. Este hecho te afectará a lo largo de toda tu vida y de la del resto de tu familia.


He pasado muchos años intentando hacer que te sintieras mejor, sin conseguir ningún resultado. Sin embargo, hace unos años comencé una investigación y junto a mis compañeros, conseguí construir una máquina extraordinaria. Hoy me he dado cuenta de que la utilidad de esta máquina es avisarte para evitar la tragedia.


Imagino que te costará creer lo que estás leyendo. Por favor, aunque no me creas, sólo por si acaso, no vayas hoy a la tienda.


No se si funcionará, pero espero que así sea.


Tu hijo, que te quiere,


Henrick Muller.


Kurt estaba blanco como la nieve. Definitivamente era una locura. Su hermano, el que llevaba muerto treinta años, había mandado una carta desde el futuro para evitar su muerte. Claramente era una broma, pero aquella foto era tan real...


Aún así la verdad era evidente, él estaba vivo y su hermano estaba muerto. Lo que relataba esa carta no había sucedido y si él estaba leyéndola en aquel momento era porque no había llegado a su destino, así que tampoco había podido evitar el suceso. La lógica era aplastante, pero los ojos de aquel hombre impreso no dejaban de mirarle. Su hermano. El que podría haber sido su hermano de no haber muerto aquel día. Resignado, decidió pensar que era verdad. En ese caso, ¿que había salido mal? ¿Por qué había muerto su hermano en lugar de él?  


Se sentía impotente. Era tarde para arreglar lo sucedido. Desgraciadamente, él no poseía la máquina que había permitido a su hermano enviar aquel mensaje y aunque lo mandara, volvería a perderse en aquel amasijo de cartas durante otros 30 años.


Releyó la carta varias veces en busca de alguna solución, algo que consiguiera quitarle su inquietud. Entonces, una idea empezó a forjarse al volver a leer las palabras «junto a mis compañeros». Su hermano no había sido el único en construir aquel invento. ¿Sería posible pensar que aquella gente lo había desarrollado a pesar de su muerte? Miró la dirección que aparecía en el remite y se encaminó hacia allí.


Aquella dirección correspondía a unos apartamentos cerca de la universidad. Llamó a la puerta, nervioso. Un hombre de unos cuarenta años abrió y le miró extrañado. Se sentía estúpido en aquella situación. Sabía cuál sería la respuesta, pero decidió preguntar de todas formas.


—¿Conoce a  Henrick Muller?


—No, no me suena de nada. ¿Es algun profesor de la universidad?


—No —contestó Kurt dubitativo.


—Pues creo que  se ha equivocado, estos edificios son las residencias de los profesores.


Cayó en la cuenta. Al leer la carta pensó que su hermano trabajaría en alguna clase de laboratorio pero, ¿y si hubiera sido profesor?


—Por casualidad no enseñarán ciencias...


—Sí —respondió el hombre extrañado—. ¿Es usted alumno? No le reconozco.


—No, no voy a la universidad. Creo que el hombre que le he mencionado sí. Bueno, al menos lo hizo, posiblemente como profesor. Aunque en realidad no... bueno, es difícil de explicar. ¿Trabaja usted en algún proyecto actualmente?


—Oiga, no se muy bien de qué va esto —dijo de pronto a la defensiva—. Creo que debería irse.


—Espere, por favor. Es difícil de explicar. Si no es quien creo que es, me tomará por loco.


—Pues intente explicarse.


Kurt no vió más alternativa que entregarle la carta que llevaba en el bolsillo y dejar que la leyera. La cara de aquel hombre cambió por completo al leerla.


—Es curioso —respondió el profesor— llevo trabajando en un proyecto parecido más de diez años.


—Al parecer funciona. Ya lo ha hecho en algún momento.


El profesor invitó a Kurt a entrar. Se sentaron en una pequeña sala de estar y volvió a leerla.  Kurt le explicó lo que había sucedido cuando su hermano sólo tenía cinco años y lo confuso que se había sentido al recibir la carta.


—Todavía no me lo creo. Pensé que mi invento no funcionaría —dijo el profesor pensando en voz alta.


—¿Y por qué cree que todo ha cambiado?


—Efecto mariposa. Al mandar la carta pasó algo imperceptible que cambió el curso de los acontecimientos provocando que fuera él en lugar de usted el que muriera.


Kurt ya había oído hablar del efecto mariposa en alguna otra ocasión, así que sin pedir mayor explicación dio por bueno ese argumento.


—¿Podemos hacer algo?


—Cambiar algo en el pasado es peligroso. Puede que ayudándolo provoque la muerte de otra persona. Incluso puede que provoque una catástrofe.


—Pero en realidad ya sabemos qué sucederá si mi hermano sobrevive. Será profesor en esta universidad y le ayudará con su invento.


—No es tan sencillo —contestó el profesor frunciendo el ceño—. El tiempo es impredecible. Puede que esta vez muera su padre en lugar de su hermano o puede que provoque que otra cosa se estropee en otro lugar.


—No lo entiendo. Entonces, ¿para qué ha invertido tanto tiempo inventado esa máquina?


El profesor hizo amago de contestar pero vio que no había respuesta. Llevaba razón, había inventado la máquina para usarla. Él había pensado en algo distinto. Pensaba utilizarlo para descubrir la verdad sobre la antigüedad, sobre las costumbres de civilizaciones que habían existido hace miles de años. Incluso se había propuesto resolver el debate sobre el comienzo de la raza humana. Pero se dio cuenta de que, el resultado, podría ser el mismo. Un fallo en otro tiempo tan lejano podía costar la vida a millones de personas y sin embargo, tenía la oportunidad de ayudar a alguien y que sirviera para algo más. Salvar una vida. Cambiar un mal suceso por uno bueno. ¿Cambiaría el transcurso de la historia? Pensándolo bien solo eran 30 años y lo más probable era que el cambio fuera mínimo.


—Esta bien, le ayudaré.


Mientras Kurt escribía la carta, el profesor puso en funcionamiento la máquina. Era la primera vez que la iba a utilizar de verdad. Para evitar pasados errores, decidieron enviarla directamente a la puerta de la casa, así su padre la vería nada más salir.


Colocaron el sobre en la máquina y después de un breve zumbido el sobre desapareció. La suerte estaba echada.


20 de octubre de 2032


Franz abrochó el abrigo al pequeño Henrick mientras Kurt, torpemente, se abrochaba el suyo. Abrió, dispuesto a salir, pero le detuvo un sobre al pie de la puerta. Tenía su nombre escrito en mayúsculas. Extrañado, lo abrió.


Papá, soy tu hijo, Kurt. Seguramente no lo creas pero, aún así, intenta creerlo. Hoy, día 20 de octubre de 2032 uno de tus hijos morirá atropellado a la salida de la panadería. Se que te diriges allí ahora mismo. No nos lleves contigo. Esto ya ha pasado antes, en una ocasión morí yo y Henrick mandó una nota similar. Gracias a esa nota supe que podía hacer algo por evitar que en esta ocasión fuera Henrick el que muriera.


Espero que me creas,


Kurt Muller.


Franz miró a su hijo, que todavía forcejeaba con el último botón del abrigo. Sabía que él no había escrito aquello. Era demasiado pequeño para pensar y escribir una cosa así.


A pesar de que todo apuntaba a que era una broma de mal gusto, Franz decidió no llevar a ninguno de sus hijos a comprar. Más tarde, a las 12:36 de la mañana, vería que aquello no era una broma, cuando un coche gris se accidentó a la puerta de la panadería, arrollando todo lo que había a su paso. Franz se sintió agradecido por aquella carta y supo que había hecho bien siguiendo su consejo, sus hijos estaban a salvo en casa.


10 septiembre de 2062


Kurt despertó y lo primero que hizo fue llamar a su hermano Henrick. Al oír su voz notó cierto alivio. Parecía como si llevara años sin escucharla. Esa extraña sensación desapareció poco después. Ni Kurt ni Henrick sabrían nunca que habían salvado la vida de su hermano.

jueves, 24 de enero de 2013

Última parada


ÚLTIMA PARADA

Entré en el primer tren que salía de la estación. No sabía cual era el destino, pero tampoco importaba. Atravesé los pasillos con calma hasta que encontré un vagón vacío. Me senté y repasé lo que acababa de suceder. Mi conciencia me hacía sentir remordimientos por lo que había ocurrido y, sin embargo, sabía que yo no era el culpable. La ansiedad iba ascendiendo, hasta que, el sonido de la puerta, interrumpió mis pensamientos.

Un hombre alto, de unos cuarentaitantos y con buen porte, aunque algo decaído, se sentó al otro extremo del vagón. Parecía estar sumido en sus propias preocupaciones. Su presencia me molestaba. Había escogido este vagón para estar solo.

El tren empezó a moverse y el traqueteo me tranquilizó. Fuera llovía y, al salir de la estación, las gotas comenzaron a caer en el cristal. Intenté pensar en cuál era la solución. No había ninguna, lo sabía. Sólo podía desaparecer. No tenía otra alternativa. Yo era inocente, pero no podía demostrarlo. El hecho era que tenía que huir y comenzar una nueva vida. ¿Pero cómo? Iba a ser difícil. Sin embargo, mi trabajo me permitía la libertad de vivir en cualquier ciudad del mundo. Precisamente ahora, me dirigía a una ciudad de la cual ni siquiera sabía el nombre. No quería saberlo. No quería que nadie lo supiera.

El revisor abrió la puerta del vagón dejando entrar el ruido de las ruedas sobre el rail. Se acercó a mi asiento y me saludó con un rutinario “billete por favor”. Yo no llevaba billete. Simplemente, había cogido el primer tren que estaba listo para partir.

—Deme uno para la última parada.

Su cara expresó la molestia de tener que extender el billete.

—¿En qué estación ha cogido el tren?

—En la anterior. Acabo de subir.

—Tome, aquí lo tiene. Y por favor, para la próxima vez, procure sacar su billete en taquilla.

Sin darme oportunidad a responder, fue directo hacia mi compañero de viaje. Al parecer, él tampoco lo había cogido. Se notaba la exasperación del revisor y, por el simple hecho, de que el causante de la misma fuera aquel hombre, sentí simpatía por él.  

Decidí que no me convenía pasar lo que quedaba de viaje pensando en aquello. Mientras durara, no podía hacer nada por remediar la situación. Nadie sabía nada excepto yo y ella. Puede que en unas horas lo supiera alguien más. Ella no lo iba a contar, eso lo tenía claro, pero tampoco podría ocultarlo si la veían. El miedo me había hecho huir deprisa y eso jugaría en mi contra. Aún así, ya era tarde. No podía hacer nada. Yo no era el responsable, pero tampoco tenía a quién echarle la culpa. Yo estaba haciendo mi trabajo. No me sentía culpable, solo molesto conmigo mismo por haber llegado a esa situación.  

Me levanté y avancé hacia el otro hombre. Intenté poner una cara agradable, a pesar de las circunstancias. Observé que en su cara también se reflejaba preocupación y comprendí que, seguramente, le haría un favor al acercarme a hablar. Necesitaba distracción tanto como yo.

—Hola. ¿Puedo sentarme?

—La verdad es que no me siento muy hablador. Si no le importa, preferiría estar solo.

—Ya, bueno, en realidad... por eso quería sentarme a hablar con usted. He visto que está algo preocupado y he de reconocerle que yo también tengo un problema bastante grave que no me deja disfrutar del viaje. He pensado que, a lo mejor, nos vendría bien algo de distracción. Una charla insustancial. Tampoco quiero que me cuente sus problemas. Simplemente, hacer el viaje más ameno.

—No se si mi conversación le servirá de algo. Lo que sí sé, es que no surtirá el mismo efecto en mi. Dudo que su problema sea tan grave como el mío.

Aunque sus palabras fueron secas ví que no las había dicho con intención de ofender. Más bien, estaba constatando un hecho. Le creí sin dudarlo. Su problema era mucho más grave que el mio. Pero eso no me echó para atrás. Si su problema era más grave, necesitaba la distracción mucho más que yo.

—Lo creo. Seguramente su problema sea más grave que el mio. Si no quiere conversar no voy a obligarle. Aun así, ¿podría sentarme enfrente suya? En mi asiento no funciona la calefacción y tengo un poco de frío.

—Siéntese si quiere.

Pasaron diez minutos de un silencio incómodo. Yo procuraba no mirarle y hacía como que apreciaba el bello paisaje que había tras la ventana. Él seguía pensando en sus problemas, con el codo apoyado en el reposabrazos y la mano tapándole media cara. Percibí que, de cuando en cuando, me lanzaba una mirada furtiva. Al cabo de otros diez minutos empezó a resultarle incomoda mi presencia. Finalmente se vio obligado a entablar conversación.

—¿Hacia dónde se dirige?

—Creo que a la última parada. Tampoco estoy muy seguro. No voy a ningún sitio en particular.

—¿Busca tiempo para pensar, lejos de todo?

—En realidad huyo de una vida que ya no puedo tener y pretendo construir una nueva. ¿Y usted? ¿A dónde se dirige? No estaba escuchando, pero le he oído pedir un billete para la última parada. Me sería de utilidad saber hacia dónde voy.

—Estoy en la misma situación que usted, con la diferencia de que yo lo hago para meditar.

—¿Y sobre qué quiere meditar? Si no es mucha indiscreción.

Se paró a pensar unos momentos, seguramente elaborando una respuesta que dijera lo suficiente sin decir demasiado.

—Me ha sucedido un imprevisto. Tenía mi vida planeada pero todo se ha torcido. Por un momento he llegado a pensar que no me quedaba nada. Pero no soy de los que se dejan pisotear. Tengo un... “negocio” entre manos, por llamarlo de alguna manera. No va ha solucionar esa parte de mi vida que es imposible enderezar, pero puede que me dé una nueva perspectiva de cómo seguir adelante. No lo sabré hasta que no lo lleve a cabo.

—¿Y qué tipo de negocio es?

—Creo que hace demasiadas preguntas. No me importa porque no le diré nada que no quiera decirle, pero me resulta curioso que sea tan indiscreto. Parecía más formal cuando se acercó hace un momento a pedirme conversación. Le diré que es un negocio lo suficientemente complejo como para que coja el primer tren que salga, sin saber a donde vá, con el fin de apartarme del mundo para elaborar un plan de acción.

—Pues espero que después de invertir tantos esfuerzos en él le salga bien. Siento si le ha molestado que pregunte. No soy indiscreto, soy curioso. No pierdo nada por preguntar. Como usted dice, no tiene por qué decirme nada que no quiera decirme.

Después de la breve conversación se acumuló un poco de tensión en el ambiente. Los dos dejamos de hablar y volvimos a la misma situación del principio: yo mirando por la ventana y él cavilando en sus asuntos. Transcurridos unos minutos, él retomó el diálogo.

—Creo que sería justo que, ya que yo le he contado lo que hago aquí, usted haga lo mismo. Me ha dicho que huye de una vida que ya no puede tener y busca una nueva ¿que es lo que le ha salido mal a usted?

No pude evitar sonreír. Detrás de la apariencia triste y vencida de ese hombre había una mente viva y activa. Sin embargo, por muy bien que me cayera no le contaría mi situación. No podía.

—Me gusta como ha girado la conversación a su favor. Con mucho gusto le contaré qué hago aquí. Pero no crea que no me he fijado en que se ha saltado muchos detalles de su historia. Si no le importa, para ser justos, yo haré de la misma manera.

—Me parece lógico.

—De acuerdo. Digamos que mi trabajo es delicado, necesita precisión y maestría. Hoy he cometido un fallo. En realidad, el fallo no ha sido mío, ha sido de otra persona. Aún así la responsabilidad recae sobre mi y no tengo manera de librarme. Es un asunto bastante serio y no tengo otra alternativa más que desaparecer. Y por eso estoy aquí. Estoy desapareciendo.

—No imagino qué tipo de trabajo puede tener.¿Y no deja familia, amigos...?

—No creo que llegara a adivinar nunca mi oficio. Y no, no dejo gente atrás. Soy un hombre solitario. Otro de los requisitos para trabajar de lo que trabajo.

—Me está picando la curiosidad. Parece un trabajo difícil. Debe de requerir mucho tiempo o mucha confidencialidad si ni siquiera le permite tener familia.

—Podría decirse que ambas cosas. Pero merece la pena si disfrutas de él. No me veo dedicándome a otra cosa.

—Entonces ha debido ser muy grave lo que ha hecho para decidir renunciar a su trabajo. Me ha dejado con más dudas que respuestas. ¿Puedo preguntarle cuál ha sido ese fallo?

—Veo que usted también es indiscreto después de todo. Déjeme pensarlo un momento.

No había forma de contarle cual había sido mi fallo. Ni siquiera hablando de manera tan abstracta como hasta el momento. Podía inventarme ciertos detalles. Seguro que lo que me había ocurrido podía compararse a algo más trivial.

—Está bien. Le contaré cual ha sido mi fallo si usted me cuenta que es lo que se ha torcido en su vida. ¿Le parece bien?

—Me parece bien.

—Podría asemejar mi caso al de una asistenta. Esta asistenta trabaja con mucha gente rica que puede echarla en cualquier momento. Un día uno de sus jefes le pide que vaya a cierta habitación y tire al contenedor todo lo que hay dentro. Su jefe tiene la extraña costumbre de decirle lo que tiene que hacer por medio de notas que deja en la nevera. La asistenta ve la nota, pasa a la habitación que indica y tira todo a la basura. Más tarde, descubre que en la nota que había dejado su jefe, había una errata y ha limpiado la habitación equivocada. Ha tirado a la basura cosas importantes que su jefe aprecia mucho y ahora se dispone a despedirla de manera humillante. La asistenta decide que lo mejor que puede hacer es desaparecer e ir a otro sitio en el que pueda seguir siendo asistenta y nadie sepa lo que ha pasado.

—Me hago una ligera idea, pero ha hecho trampas. Dijo que me contaría su fallo, no que utilizaría una metáfora. Aun así le he entendido. Por lo que me ha contado, supongo que pretende seguir con su oficio allá a donde vaya.

—Si, esa es mi idea. Ahora le toca, ¿que le pasó?

—También me ha ocurrido hoy mismo. No sabría como explicarlo... —sus ojos empezaron a empañarse y su rostro se ensombreció. Pensé que iba a derrumbarse en ese momento y entonces, se recompuso —Utilizaré una metáfora parecida a la de usted. Así quedaremos en paz por no haberme contado realmente cual a sido su historia. En este caso yo soy el dueño de la casa, aunque no soy rico ni déspota, o al menos así me considero yo. Tengo una casa sencilla y acogedora a la que no le sobra nada y en la que guardo muchas cosas de un gran valor sentimental. Un buen día, sin que nadie lo espere, alguien entra en la casa y me roba absolutamente todo lo que tengo dentro, dejándola vacía hasta el más mínimo rincón. No puedo volver a amueblarla porque nunca recuperaré lo que había dentro. Mi única opción es buscar al ladrón.

—¿Qué piensa hacer cuando le encuentre? ¿recuperar lo que le ha robado?

—Eso ya no me lo puede devolver. No solo lo robó sino que, además, lo estropeó todo y lo dejó tirado frente a la casa para que pudiera ver mis cosas hechas añicos.

—Espero que no le moleste la pregunta pero, las cosas de esa casa, ¿hacen referencia a una persona? ¿ha perdido a alguien?

—Parece que mi relato revela mucho más que el suyo.

—La razón es, que aunque sea más doloroso, su caso también es más común que él mio.

No me atreví a seguir preguntando. Obviamente, algún delincuente había matado a alguien muy allegado a él. Además, acababa de ocurrir hace unas horas. Posiblemente, ni siquiera le había dado tiempo ha hacerse a la idea de que la había perdido. Que triste. No quería imaginar cual sería su reacción al asimilar la pérdida. Había cometido una locura. ¿Hacer un cambio radical justo después de la muerte de un ser querido? Nunca, bajo ningún concepto había que hacer eso. Al menos, era mi forma de pensar. Tenía experiencia en ese campo, no por experiencia propia, pero si por la gente que me rodeaba. Seguramente aquel hombre, al llegar a su destino, vería que no hay manera de encontrar al “ladrón” de su historia. Se derrumbará. Solo veía dos finales: suicidio o alcoholismo. En cualquier caso, ninguno de los dos era bueno.

—Parece que le ha incomodado saber mi historia. No pretendía contarsela. Creí que no llegaría a leer entre líneas.

—No se preocupe. —contesté —Creo que hace bien en contarlo. Es un buen método para desahogarse ¿no le parece?

—Es posible. No creo que desahogarme sirva de mucho. Sólo hay una cosa que puede animarme y no se si llegaré a cumplirla.

—¿Se refiere a encontrar al “ladrón”? ¿Y qué hará cuando le encuentre?

—En confianza le diré que pretendo matarlo. Todavía no se como, ni si podré, pero sé que es lo único que me ayudará.

—Pues, en confianza, le diré que me parece bien. Yo haría lo mismo.

—¿Y como lo haría usted? —claramente, buscaba que le dijera cómo podía hacerlo. Pero mis métodos no le servirían —

—Pistola, revolver, escopeta... cualquier arma de fuego.

—Creo que no me sirve su idea. Demasiadas pruebas al descubierto.

—No se si se da cuenta, de que estamos hablando sobre cómo matar a un hombre.

Sus ojos reflejaban la seguridad de alguien que sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo más seguro es, que estuviera pensando en cómo salir del paso. Me había comentado que quería matar a un hombre. Si yo fuera un hombre honrado habría llamado a la policía. Le habría intentado convencer de que no lo hiciera. Pero yo no era un hombre honrado. Finalmente respondió.

—Me doy cuenta. De la misma manera que me doy cuenta, de que usted, habla del tema como algo natural. ¿Ha matado alguna vez?

Curiosa pregunta. Aquella conversación había empezado como algo para pasar el tiempo. Simplemente “¿hacia donde viaja?”, y de una simple pregunta, había surgido el tema de mi vida. Intenté no ponerme nervioso. Había mentido muchas veces, pero nunca me habían preguntado directamente. Me había pillado de improvisto, no tenía ninguna respuesta preparada y tenía la extraña sensación de que era imposible mentir a aquel hombre.

—No hace falta que responda. Yo también sé leer entre líneas. No se por qué lo haría ni si estaba justificado. Espero que así fuera. Me resulta interesante que, después de saber esto, cambie mi concepto de usted. Pensaba que era una buena persona, pero ahora, creo que hay que tener un lado muy oscuro dentro para poder matar a alguien. Parece ser que yo también lo tengo ¿no? al fin y al cabo, me dispongo a convertirme en lo mismo que  usted dentro de poco. ¿se arrepiente de haberlo hecho?

—¿Quiere una respuesta sincera?

—Por supuesto.

—No. No me arrepiento.

Volvimos al silencio. Él estaría pensando en la nueva información que había obtenido sobre mí. Yo estaba pensado que, después de esta conversación, aquel hombre sabía más de mí que cualquier otra persona sobre la faz de la tierra. Y eso que no sabía ni la mitad. Había cambiado su concepto sobre mi por haber matado a una persona ¿que diría si supiera que había sido más de una? Pero dentro de poco sería compañero del gremio. Le miré y me miró. Seguidamente retomó la conversación.

—Creo que después de hablar de asuntos tan íntimos merezco saber su nombre ¿no le parece?

—Por supuesto. Me llamo Brandon. Y el suyo es...

—Noah.

Noah... ese nombre me iba a perseguir hasta el final de mis días. El maldito nombre que me estaba haciendo huir. Él no tenía la culpa de llamarse así pero... ¡Noah! ¿Por qué precisamente ese nombre de entre todos los que existen? Odiaría ese nombre hasta mi muerte. Incluso había decidido odiar a todo el que se llamara así. Si Noah era claramente un nombres masculino ¿por qué la gente se había empeñado en ponerselo a sus hijas? Si no hubiera sido por eso... Aunque la equivocación no era mía. No había sido yo quien había marcado la casilla equivocada. No había sido quien estaba en una casa que no era la mía. Noah era él no ella. ¿Cómo podía saberlo?

Había hecho aquello millones de veces. Nunca había cometido ningún error. No podía permitirme cometer ningún error. No es como el que vende casas o el que hace muebles, no, esto era más serio. Y por un único error, que ni siquiera era mío, tenía que comenzar de nuevo.

Al parecer, mi cara reflejaba demasiado bien mis emociones. La cara de Noah mostraba preocupación. Preocupación y frustración por no saber que me pasaba. Solo su nombre me había alterado. Para alguien que no supiera de qué iba la cosa debía resultar desconcertante.

—¿Te encuentras bien?—preguntó.

—Creo que me he mareado un poco. ¿Dónde está el servicio?

Con un ademán me indicó la puerta del fondo.

—Al subir e visto que estaba después de ese vagón.

Me levanté y fui hacia allí. Era incómodo, estrecho y olía mal. Abrí el grifo y me lavé la cara. Necesitaba calmarme. Aquel hombre sabía demasiado. Lo mejor que podía hacer era despedirme y bajar en la siguiente estación. Habíamos profundizado mucho. No sabía quien era, pero sabía parte de lo que era. Solo me tranquilizaba saber que yo también sabía algo sobre él. Si encontraba a su hombre, estaríamos en paz. Los dos seríamos asesinos. Era la única manera de seguir a salvo. Al fin y al cabo, él podría arrepentirse, pensar que matar a un hombre era algo malo y avisar a la policía. Incluso podría estar haciéndolo en ese mismo momento, mientras me lavaba la cara. La única manera de conseguir que no hablara sobre mí, era teniendo que ocultar un pecado similar al mio. Desee buscar yo mismo a esa persona. Entregársela en bandeja para que me viera como un igual. Pero me era imposible. No sabía quien era.

Pensé detenidamente. Estaba lo suficientemente lejos de donde había pasado todo. Nadie sabía qué tren había cogido. Ni siquiera lo sabía yo. No sabía si estaba más al norte o más al sur. Me bajaría en la siguiente estación. Estaba decidido.

Salí del servicio. Cerré la puerta con cuidado y avancé hacia mi asiento. Mientras cruzaba el vagón contiguo al mío pude ver, a través del cristal de la puerta, como mi amigo esperaba en el hueco entre vagones. Temí que estuviera esperando, junto a la puerta de salida, para bajar en la siguiente estación. Si así era, yo permanecería en el tren.

Al principio no me había visto, pero cuando me vió acercándome su expresión cambió. En milésimas de segundo su cara reflejó rabia, duda, arrepentimiento, asco, tristeza... Fueron tantos sentimientos los que afloraron en él al verme que me asusté. Relenticé mi paso y me puse a pensar. ¿Por qué me miraba así? ¿Que había pasado mientras me había ido?

Pensé en mil cosas distintas. Al final me decanté por pensar que se habían cumplido mis predicciones. Me veía como un monstruo. Yo había matado, él todavía no.

Por fin, llegué a la puerta que nos separaba. La abrí con cuidado e intenté hacerme el despistado. Parecía nervioso. Se frotaba las manos y le caían gotas de sudor por la frente.

—¿Como es que te has levantado? ¿Qué haces aquí?

No me contestó. En varias ocasiones hizo el amago de decir algo pero parecía que no encontraba las palabras correctas. Intenté distraerlo.

—Es horrible como huelen los servicios aquí. He ido porque tenía mal cuerpo y he salido peor. Como mínimo deberían poner un ambientador. ¿tu que crees?

—Es posible.

Esa fue su respuesta, “es posible”. Estaba claro, tenía un dilema moral. No sabía si entregarme o dejame ir. Tenía que decir algo para calmarlo. Hacerle ver que no era tan malo. Podría mentirle, justificar mi crimen. Si le añadiera tintes de justicia y honor quizá lograra convencerlo. Defensa propia, esa era una buena razón para matar. Seguro que ahora estaba intentando buscar algo que le obligara a dejarlo pasar. Le daría la razón perfecta. Iba a soltar mi excusa, cuando habló.

—¿Te arrepientes más de haberte equivocado o de haberlo hecho?

No entendía la pregunta. Mi cabeza estaba llena de suposiciones. No sabía a qué se refería. Pensé y pensé durante lo que se me hizo eterno y caí en la cuenta. Se refería a mi error, por lo que estaba huyendo. Me sentí tan aliviado de encontrarle sentido a la pregunta que contesté sin pensar.

—Me arrepiento más de haberme equivocado, claro.

Entonces lo vi. Había sido tonto. Mi respuesta le hizo tomar una decisión. De repente, todo parecía claro. Los dos habíamos subido en la misma estación. Nuestras vidas habían cambiado el mismo día. Noah, ¿como no había caído? Era él. Era su nombre.

—Siendo así no me dejas otra opción. No lo vi claro hasta que reaccionaste así al escuchar mi nombre. Enlacé tu historia con la mía y ¡voila! todo encajaba. No estaba seguro, pero tu cara lo dice todo. Así que no te arrepientes de matarla. Me alegro, así yo no me arrepentiré de matarte a ti.

Accionó una palanca para emergencias y las puertas del tren se abrieron de par en par. Miré a mi alrededor pero los vagones que nos rodeaban estaban vacíos.

—Te resultará curioso saber, que hace un momento, deseaba entregarte a quien buscabas. ¿Cómo te sientes ahora que me tienes delante?

—Te odio. Siento odio hacia ti. He repasado toda la conversación mientras te has ido. No solo no te arrepientes de haberlo hecho sino que, además, disfrutas con ello. Pretendías seguir haciéndolo allá a donde fueras. Y encima tienes la cara de decir que fue el error de otra persona.

—Si hubiera hecho bien mi trabajo hubieras sido tú en lugar de ella. Y por si lo estás pensando, no preguntes, no sé quién te quiere muerto.

—Eso ya da igual. Ahora solo me queda hacer lo que quería hacer desde que la vi como tú la dejaste. Es la única manera de sentirme mejor. Al menos sabré que hice justicia. Incluso diré que me lo has puesto fácil. Matándote salvaré vidas.

Se lanzó hacia mi intentando sujetarme. Forcejee un buen rato, pero su rabia le hacía más fuerte. Estaba decidido a matarme. No quería morir. No era mi momento. ¿O quizá sí? No había hecho nada bueno en toda mi vida. Y ahora debía comenzar una nueva vida por un error. No podría vivir con un error a cuestas. Mi historial era intachable.

Volví en mí y quise seguir luchando. No obstante, los segundos que había barajado la posibilidad de morir fueron decisivos. Consiguió su objetivo. Me inmovilizó de espaldas a la puerta y de repente, se hizo patente el sonido metálico del tren dirigiéndose a su destino a gran velocidad.

“Ahora podré vivir tranquilo” me dijo. En ese momento me empujó y, mientras notaba como iba cayendo, ví su cara una última vez y lo supe. Mi muerte no le haría sentirse mejor.