martes, 24 de junio de 2014

Loop

LOOP

La densa oscuridad me ciega. No se donde estoy. El ambiente está cargado y el suelo es frío. Sólo distingo un rectángulo de claridad frente a mí. Me levanto del suelo y me pregunto cómo he llegado aquí.

Recuerdo que no estaba en casa. Estaba con un par de amigos en las afueras de la ciudad. Me esfuerzo por recordar dónde. Música, colores, animales,gente... Por alguna razón todo eso me viene a la mente. ¡Un circo! Lo recuerdo. Estaba en un circo a las afueras de la ciudad.

Rebusco en mi cabeza para concretar más mi posición, pero unas voces me interrumpen. Vienen del rectángulo. Charlan animadas y al oírlas me recorre una sensación de Deja vù. Me acerco lentamente al recuadro de luz en busca de una salida pero me topo con un grueso cristal. Las voces cada vez están más cerca. Pego la cara intentando ver algo a mi alrededor. Al otro lado sólo hay una sala iluminada tenuemente. Al momento, tres personas entran en ella.

Las miro y me resultan extrañamente familiares. Conozco sus movimientos, conozco sus siluetas y conozco sus voces. Se acercan a mí y me separo despacio, con la mirada atenta. Ríen y charlan despreocupadas y, al aproximarse, como si de una revelación se tratara, comprendo que las figuras al otro lado del cristal somos mis amigos y yo. Antes de estar aquí estaba ahí, en la sala de los espejos.

No comprendo nada. Observo atentamente lo que parece una película con los últimos sucesos conocidos de mi vida. Ellos y yo están tan tranquilos, divirtiéndose, haciendo muecas frente al espejo tras el que estoy encerrado, ignorantes de la realidad que los rodea.

Muevo los labios recitando la frase que dirán a continuación. «Date un beso». Antes de poder pronunciarla entera mis dos amigos vitorean y dan palmas cantando a coro la frase. «¡Date un beso! ¡Date un beso!» cantan al unísono, divertidos, esperando que lo haga para tener algo gracioso que contar después.

Veo como acerco mis labios y beso mi reflejo. Ellos explotan en un mar de carcajadas mientras lo hago y algo comienza a suceder en mi lado del espejo. Una masa se forma donde mi boca se juntaba al cristal. Cambia tan rápido que es imposible seguir los pasos de la transformación. Se hace grande y adquiere forma humana. Cae al suelo golpeando fuertemente como un peso muerto.

Miro seguidamente al suelo y al espejo sin poder creer lo que veo, sin poder creer que mi yo al otro lado del cristal no ha oído el golpe y puede continuar su visita como si no hubiera pasado nada.

El otro yo y mis amigos salen de la habitación y oigo como se alejan sus risas. Me acerco despacio a esa figura inerte que yace encogida en el suelo. La toco con cuidado. Noto su pulso y el calor que emana. Mis sentidos se agudizan para reaccionar rápido ante cualquier indicio de peligro. Oigo murmullos y noto como se mueve el aire. Poco a poco se me encoge el corazón y noto sudores fríos. Reconozco el rostro de la persona que hay en el suelo. Reconozco el rostro de la multitud que ha salido de entre las sombras y ahora me rodea. Puedo sentir como se dilatan mis pupilas y se acelera el corazón al comprender que no soy el primero. Tampoco seré el último. Ni yo, ni mi copia gemela que descansa en el suelo esperando despertar a una pesadilla inexplicable. Decenas de caras iguales a la mía me miran comprensivas y entiendo que debo retirarme a la oscuridad. Esperando a que el bucle comience de nuevo, un bucle infinito perdido en el tiempo justo en aquel momento en que beso el espejo.

El Mitte

EL MITTE

Me pregunto cómo he llegado a esta situación. Estoy aquí porque el Mitte quería un artículo. Soy un privilegiado por estar aquí, ante el Mitte, en su gran Cybercastillo vetado a todo el mundo. Un privilegiado por ver la cara, no sólo de uno de los Mitte, sino del Gran Mitte. Pero temo por mi vida.

—Por favor, siéntese. No tiene de qué preocuparse. El complejo está diseñado con la mejor tecnología. Gracias a su sistema de seguridad nada puede atravesar estas cuatro paredes. Ni siquiera nosotros —Lo dice tranquilo y con un aire de superioridad. Parece que no le importa que alguien esté tratando de atentar contra su vida—. Si le parece bien podemos comenzar con la entrevista. Al fin y al cabo es para lo que ha venido y pasará un buen rato hasta que salgamos de aquí.

Yo, nervioso, con un molesto pitido en el oído por culpa de la explosión ocurrida hace unos momentos, me siento y enciendo mi instrumental.

—Como sabe, su identidad y aspecto físico no serán mencionados en ningún lugar debido a la conocida ley de anonimato del órgano gubernamental.

—Si. Una ley muy práctica. Si toda la Tierra está bajo el mismo gobierno es lo mejor. Es más difícil odiar a un gobierno sin cara. No hay prejuicios sobre su físico, ni su labia, ni su vida… Incluso resulta más fácil aceptar sus decisiones —Me mira esperando ver mi reacción a su elaborada respuesta.

—Es posible que tenga razón —contesto. Y realmente creo que tiene razón. De haberle visto antes le habría odiado de inmediato—. Comenzaré con la primera pregunta. ¿Cómo se siente al gobernar sobre el mundo entero?

—Mal, me siento mal —Me sorprende su respuesta—. No me mire así. Es mucha responsabilidad. Hace siglos lo máximo era gobernar un país, ahora poseo el mundo y el mundo no es nada agradecido —Miro sus ojos y veo que su contestación es sincera.

—Al parecer siente que el mundo no agradece su mandato ¿Qué cree que ha hecho este gobierno por el mundo y qué mejoras piensan hacer?

—Decir lo que ha hecho este gobierno no sirve de nada. Nunca se puede tener contento a todos —Mira sus manos y calla. La pausa se hace eterna—. En cuanto a las mejoras… todo va a cambiar. No se si a mejor o a peor, pero supongo que espero que todo vaya mejor dado que la historia demuestra que no somos capaces de gobernar de una manera eficiente.

Algo no encaja. Me mira directamente a los ojos y parece que espera que dé con la solución. Sus planes de futuro me inquietan a pesar de no entender qué ha querido decir.

—Creo que no le sigo, ¿Dónde ve el mundo dentro de unos años? —pregunto intentando mantener la profesionalidad.

—Gobernado por otros.

Siento que se ríe de mí y decido terminar con la farsa.

—Se acabó el juego. ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me ha pedido que le entreviste? Y ¿qué está pasando ahí fuera?

Me mira decepcionado. Supongo que esperaba que el juego durara un poco más.

—Hoy acaba mi mandato. He vendido el mundo y pienso acabar con mi vida. Sólo quería que alguien pudiera explicar el porqué —Le miro insistentemente, esperando que prosiga—. Al final, parece que no estamos solos y creo que ellos sabrán dar un uso a la Tierra que nosotros no hemos sabido darle. Toda esta tecnología no podrá salvarnos de la mala gestión que hemos hecho hasta ahora. Yo no puedo seguir con esto. He visto los problemas del mundo y solo ellos pueden arreglarlo.

No entiendo nada. No tiene sentido.

—¡Explicate! —grito mientras me levanto y le agarro de la camisa.

Él, todavía en calma, me responde entre susurros «A ellos» y señala hacia la ventana. Le suelto y me aproximo con lentitud. Una gran masa metálica atraviesa el cielo y siembra el caos. Vuelvo la vista, incrédulo, para confirmar que lo que ven mis ojos es real. El Mitte ya no está en su sillón. Detrás de su escritorio agarra un arma con la mano y sonríe antes de dispararse. Vuelvo a mirar por la ventana. El fin del mundo se aproxima.

Träumen

TRÄUMEN

Miro a mi alrededor y veo a la gente paseando. Yo, sólo, con la única compañía de un periódico pasado de fecha y un café, me acomodo en un banco cerca del estanque. Me relaja ver cómo los niños juegan y la gente sonríe. Despreocupado, doy un sorbo y abro el periódico. Una hoja cae.

Recojo cuidadosamente la hoja del suelo y veo que tiene algo escrito. «Te veo», reza en una perfecta caligrafía y yo vuelvo a mirar a mi alrededor. Pero no percibo nada extraño. Supongo que la nota forma parte de algún tipo de broma y que no va dirigida a mí expresamente, así que vuelvo a ponerme en posición y leo el periódico.

Al pasar página cae otra nota. «Tu nombre es Crane y conozco todos tus secretos». Me asusto al ver mi nombre escrito. Si, mi nombre es Crane pero, ¿quién es la persona que ha escrito esas notas? Levanto la vista por tercera vez y en esta ocasión examino la zona en profundidad. La gente sigue riendo y paseando tranquilamente. ¿Es que nadie se da cuenta de lo que sucede? Lo que antes me relajaba ahora me pone nervioso. Siento sus risas y todo el mundo me parece culpable. Les acuso en silencio mientras me invade la inquietud.

Vuelvo a mi periódico, esta vez con un ojo puesto en él y otro en la multitud. Me dispongo a pasar de hoja de nuevo, ahora con mucho más cuidado, y como temía, otra nota cae a mi regazo. «Sé lo de Bill. Sé que fuiste tú». El corazón me late deprisa. La cabeza empieza a dolerme y siento una presión en el pecho que va en aumento. ¿Cómo puede saberlo? Vuelco el periódico, desesperado, en busca de respuestas. Una tras otra empiezan a caer notas escritas con la misma perfecta caligrafía que las demás. El aire hace que vuelen en un remolino que las lleva directamente frente a mí, para que pueda ver como, cada una, revela un pequeño detalle sobre mi oscuro secreto.

Muevo los brazos violentamente apartando las hojas y fijo la vista más allá de los papeles que me rodean. Ahora todo está vacío. ¿Dónde ha ido todo el mundo?

Me levanto con cuidado. Paranoico, miro mi cuerpo en busca de una pequeña luz roja que me apunte directamente al corazón. Pero sería imposible. Estoy absolutamente sólo. Ahora no hay risas. No hay nada.

Corro por mi vida. Siento encima de mí esa amenaza impersonal que me observa. Me dispongo a salir del parque por su puerta principal y al cruzarla, me encuentro en el mismo lugar donde todo comenzó. Estoy en el banco cerca del estanque. Pero sigue sin haber nadie alrededor. Lo intento una vez más y corro hacia la salida. Otra vez el mismo sitio.

Me mareo. Mi mente no puede con esta situación. «¿Cómo he llegado aquí?» me pregunto y me doy cuenta de que literalmente no sé cómo he llegado aquí. No recuerdo donde estaba antes del parque, antes del banco, antes de las notas. No recuerdo nada en absoluto antes de esta pesadilla que no me deja escapar y de pronto, despierto.

—¿Estás bien? —Oigo de fondo, muy lejos.

Aparto algo de mi cara de forma sistemática y adapto mi vista al entorno que ahora veo borroso. Noto una mano en el hombro.

—¿Estás bien? —La misma pregunta. Ésta vez más nítida.

—Creo que sí —respondo sin estar muy convencido.

—Ví en la pantalla que el juego estaba había fallado y me acerqué. A veces pasa, y creeme, no es una experiencia agradable.

Miro mis manos y comienzo a atar cabos. En ellas están mis gafas de realidad virtual. Las que utilizo en la sala de juegos. Observo al extraño y comprendo que estoy allí, que nunca estuve en el parque y le respondo.

—No pasa nada. Son gajes del oficio.

El chico se va tranquilo al comprobar que estoy bien y yo echo un vistazo a mis gafas. Reacio, las acerco a mi cara. Necesito saber por qué el juego conocía mis secretos.

Euthanasia

EUTHANASIA

—¿No crees que deberían ser ellos quienes elijan qué hacer con su vida?

—Van a morir de todas formas y lo sabes. Sólo les estamos ahorrando una muerte lenta y dolorosa.

—Eso no lo sabes —dijo Dave en una voz casi inaudible. Sabía que Ryan llevaba razón—. Y aunque fuera así, no podemos decidir por ellos.

—Ellos están dormidos Dave. No saben lo que pasa, no se enterarán de nada. Podríamos decir que volar la nave es un acto de humanidad.

—¿Un acto de humanidad? —Dave barajaba la idea sin acabar realmente convencido. No podía ser él quien decidiera si toda la tripulación debía morir o vivir.

—Si, un acto de humanidad. No me mires así. Si caemos en ese planeta sabes lo que nos espera. Con suerte moriremos todos del impacto. Pero quién sabe, estas naves son resistentes. Al menos la mitad sobrevivirán, para despertar desconcertados en un lugar desconocido y descubrir más tarde, que están en ese planeta del que todos hablan —Se detuvo y Dave vio como le recorría un escalofrío—. Ese planeta en el que los humanos no son bien recibidos, en el que, a cualquiera que caiga, le espera una muerte horrible.

Dave veía como Ryan no dejaba de mirar el botón. Aquel botón, rojo, rodeado de un estampado de rayas negras y amarillas, cubierto por un protector de plástico que ahora permanecía abierto y dos cerraduras con sus llaves respectivamente colocadas y accionadas. Su llave y la de Ryan. Llevaban horas discutiendo y sabía que no se pondrían de acuerdo. Ryan seguía mirando el botón con los puños apretados.

—¿Quién eres tú para decidir sobre la vida de todas esas personas? —Escupió Dave como último recurso, sabiendo que no surtiría efecto—. Hay gente que ha sobrevivido, no es ningún secreto. Fueron pocos, pero lo consiguieron. Yo puedo decidir qué hacer conmigo y sé que no me importa morir aquí. Sé que lo prefiero a morir allí. Pero no sé qué es lo que quieren los demás y no queda tiempo para preguntarles —Hizo una pausa y se acercó a Ryan—. Si todo sale mal, si caemos y seguimos vivos, seguimos teniendo la opción de elegir morir. Y ellos también la tendrán. Podrán decidir si quieren acabar con su vida o probar suerte.

Dave miró sus ojos y lo supo. Vio en ellos determinación. Iba a presionar el botón y nadie podría impedirlo. Con paso firme, observó como Ryan se acercaba lentamente hacia él, con la mano preparada para pulsarlo. Y él no podía hacer otra cosa que situarse entre el botón y Ryan.

—Aparta —dijo Ryan con falsa calma.

—Sabes que no lo haré.

Inmediatamente después, el puño de Ryan se alzó para apartarlo a la fuerza. El golpe le hizo crujir la mandíbula y le produjo un pitido en el oído. La reacción no se hizo esperar. Dave se lanzó sobre Ryan sujetando sus brazos con firmeza. Pero era demasiado fuerte. Ryan forcejeaba intentando escapar de aquel abrazo opresor, consiguiendo finalmente liberar una extremidad. Ese brazo se alzaba por encima del hombro de Dave, intentando alcanzar el botón. Dave empujaba con todas sus fuerzas, no quería pegarle, sólo retenerlo, pero no podía con él.

Sus esfuerzos no servían para nada. Ryan había conseguido liberar el otro brazo y le empujaba la cara impulsandose por encima suyo hacia el botón, que ya casi podía rozar con la punta de los dedos. Dave le sujetaba por el pecho. En un último esfuerzo, empujó con todas sus fuerzas y consiguió tirarlo al suelo. Se colocó a horcajadas sobre su estómago y le sujetó los hombros.

—¡Cálmate! ¡Déjalo ya!

Ryan seguía forcejeando, pero repentinamente se detuvo. La nave vibraba y sonaba el característico crujido del metal al entrar en contacto con el calor de la atmósfera. Ryan le miró con odio en sus ojos.

—Mátame —susurró.

Y Dave lo miró sabiendo que debía hacerlo. No podía matar a una tripulación sin voz ni voto, pero él se lo estaba pidiendo directamente. Sacó una navaja y tras la confirmación de su amigo, la clavó en el pecho. La sangre fluía. La nave iba a estrellarse. Él había tomado su decisión, ahora el resto tendría que tomar la suya.

Virtteka

VIRTTEKA

Era mi primera visita a Virtteka. Un gran letrero sobre la puerta rezaba “Disfruta de los clásicos como nunca antes”, acompañado de un gran libro abierto del cual salían unos mortíferos tentáculos. Estaba realmente emocionado.

Entré y eché un vistazo general a la estancia. Ésta, estaba decorada a la vieja usanza. Bonitas estanterías, libros viejos por todas partes y lámparas de pie junto a grandes butacas y mesitas de té. Sólo las zonas de lectura reflejaban el carácter tecnológico de aquella biblioteca virtual.

—¿Es la primera vez que viene? —preguntó uno de los empleados.

—Sí —contesté tímidamente.

—Le explicaré cual es el funcionamiento. Estos sillones de aquí son los puntos de lectura —dijo señalando una butaca que recordaba a los secadores de un salón de belleza—. Todos estos sillones llevan incorporados el sistema Virtteka. Este sistema le permite crear una cuenta de usuario y leer todos los libros que quiera. Su cuenta permanecerá activa siempre, tarde lo que tarde en volver. Al comenzar un libro, puede elegir el personaje que será durante la novela y si quiere salir del programa puede hacerlo de dos maneras, o bien utilizando la acción salir, en la esquina superior derecha de la pantalla, o bien esperando a que termine el libro. El programa es muy intuitivo, no tendrá problema en manejarlo, pero si tiene alguna pregunta no dude en buscarme.

Esperé a que se fuera y me senté. El sistema me detectó al momento y creó un usuario automáticamente a partir de la huella de mi retina. Elegí al doctor Jeckyll y comencé el clásico libro.

En mitad de una calle de Londres podía ver como Utterson, el notario, de cara arrugada y jamás iluminada por una sonrisa, andaba calle abajo.

A los pocos minutos, apareció el menú principal. Solo dos opciones en la pantalla: continuar y comenzar libro nuevo. Sin pararme a leer pulsé continuar.

En seguida me di cuenta que no era el mismo libro que había comenzado. «¡Cuán extraño! permanecer aquí mientras ese objeto está viendo la luz del día por primera vez desde que comenzaron en la Tierra los periodos glaciares» fue el pensamiento que acudió a mí, mientras me invadía la sensación de estar a una gran distancia de la Tierra. «¿Por qué su color negro?» seguí pensando inducido por el libro que otra persona había dejado a medias. Intenté salir de allí, pero Virtteka no respondía. El libro continuaba, y entonces, el menú de inicio volvió a aparecer.

Repetí la misma acción que anteriormente y entré en otro libro distinto. El mismo proceso se produjo en varias ocasiones.

Claramente Virtteka estaba fallando. Saltaba de libro y usuario y, lo que era peor, no me dejaba salir del programa. Recordé que había otra forma de salir de allí, leyendo un libro completo. Pero el menú aparecía al finalizar la página sin darme opción a continuar con el mismo ejemplar. ¿Encontraría un libro abierto por el final? Decidí probar suerte.

Escogí continuar por enésima vez. Ahora me encontraba en una habitación, mi habitación, y estaba a oscuras. Olía a mar, como cuando todo ocurrió. Sentí la culpa de quien había hecho algo horrible. «¿Puedo nadar hasta la isla, miss Claythorne?» sonaba en mi cabeza. Noté como una mano gélida rozaba mi hombro y grité. Enseguida Lombard, Blove y Amstrong vinieron en mi ayuda. Solo había sido un alga colgada del techo por una mente macabra... y de nuevo el menú de inicio.

Ya estaba cansado, quería salir de allí. Marqué la opción de continuar deseando que fuera la última y por fin tuve suerte. Allí estaba, montado a caballo, escapando del príncipe Humperdink. Todavía notaba el cuerpo pesado, al fin y al cabo hacía unas horas había estado muerto. Parecía que todo iba a terminar bien, pero vi como Fezzik conducía su caballo hacía el camino equivocado, Iñigo caía del suyo malherido y yo no podía sostenerme, estábamos acorralados.

El libro acabó. No podía creerlo. ¿Era libre de verdad? Me levanté con prisa de aquel sillón y miré a mi alrededor en busca de alguien que supiera lo que acababa de pasar. Nadie había notado nada. Informé del error a alguien que me miró con cara de pocos amigos y salí de allí a toda prisa. Siempre había pensado que no había mejor sensación que leer uno de aquellos libros antiguos con sus tapas de cartón y páginas desgastadas. Ahora sabía que estaba en lo cierto.

jueves, 13 de febrero de 2014

Stroke

STROKE

Apuró el paso al escuchar las doce campanadas, una por cada hombre que le precedía. La misión era sencilla pero arriesgada y él, esperaba impaciente a que terminara. El mono sellado herméticamente le agobiaba y le hacía sentir torpe al caminar sobre la superficie del planeta.

Llegó a la marca y el proceso comenzó de nuevo. Llevaban alrededor de 4 horas haciendo lo mismo. El hombre que encabezaba la misión andaba 50 metros en línea recta. Exploraba la zona, y cuando determinaba que no había ningún peligro, clavaba la marca al suelo y hacía sonar su campana. El hombre que iba en segundo lugar, al oírla, avanzaba otros 50 metros hasta la marca que el primer hombre había dejado con anterioridad. Y así, hasta oír las doce campanadas. En ese momento, era su turno.

La misión era sencilla. También era monótona y solitaria. La previsión era hacer el recorrido en doce horas ininterrumpidas, lo que suponía mucho desgaste aunque también mayor seguridad. La seguridad era lo que prevalecía y todos estaban de acuerdo. Tenían que caminar sobre los pasos de una expedición anterior, la cual, había desaparecido de golpe y llevaba días sin dar señales de vida.

Al principio se pensó que se habían perdido. La superficie del planeta estaba cubierta por densas nieblas que limitaban la visibilidad a unos pocos metros. Pero decidieron que esa teoría no podía ser correcta ya que todos los miembros de la expedición llevaban un mapa interactivo que les guiaba en la dirección correcta.

Más tarde, pensaron en las irregularidades del terreno y la niebla. La combinación de ambas era la fórmula perfecta para que todos cayeran en una grieta o desnivel pronunciado. Posiblemente estaban heridos. Seguramente alguno había perdido la vida. Incluso cabía la posibilidad de que todos estuviesen muertos al final de un precipicio.

Teniendo en cuenta esto, se decidió mandar un grupo de socorro. Para ser precavidos, todos iban separados por una distancia de 50 metros. Si uno caía, quedarían doce personas que podrían averiguar lo sucedido y rescatar tanto a su compañero como a los supervivientes. Para evitar las interferencias y el ruido de la estática de las radios, se darían las señales a través de las campanadas, señales sonoras que se producian al pulsar un botón en el traje.

Ahora llevaban la mitad del recorrido y no había ni rastro de la anterior expedición. Habían caminado durante 7 horas y 35 minutos y seguía sin aparecer. El cansancio iba haciendo mella en él y cada vez, le parecía que sus compañeros tardaban más en dar su señal. Una campanada, dos campanadas, tres… se esforzaba por contarlas todas cada vez hasta que llegaba su turno. Hasta que algo cambió.

El primer hombre había comenzado su marcha hacía menos de un minuto. Entonces su campana comenzó a sonar. Pero no era el toque decidido y breve que había escuchado tantas veces durante tantas horas. La campana sonaba una y otra vez en toques irregulares y desesperados como cuando un niño llama al timbre impaciente. De repente, silencio. Se le erizó el pelo. Un minuto, dos… parecía que nadie avanzaba por miedo. Entonces las campanadas sonaron de nuevo. Pero esta vez tenían el tono inconfundible de las campanadas del segundo hombre, tocadas de la misma forma errática y acelerada que antes. Otras campanadas, mismo significado, pero ¿cúal? Una tras otra las campanadas de sus doce compañeros comenzaron a sonar de la misma forma y sintió miedo por primera vez desde que aquello había comenzado.

Miro hacia el frente intentando ver algo y enseguida supo qué le había pasado al grupo anterior. Lo mismo que les estaba sucediendo a ellos. Una masa robusta, gigantesca y visiblemente mortal se acercaba rápidamente entre la niebla, con sus fauces abiertas, preparándose para devorarlo. Miró al botón. Nunca más se oiría su campana.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Sueño Espacial

SUEÑO ESPACIAL

Ash dormía inconsciente en su fría cápsula. En mitad de su sueño inducido no podía sentir nada, pero comenzó a sentir frío. Poco a poco la temperatura fue aumentando y en cierto momento, el crujido de los materiales que lo rodeaban lo despertó.

Al principio se sintió confuso y desorientado. Estaba rodeado por paredes de cristal y fibra de carbono. Había tubos conectados a sus brazos. La cavidad era demasiado estrecha y le impedía moverse con soltura. Intentó tranquilizarse y, de pronto, recordó donde estaba. Se encontraba en una nave con destino a un exoplaneta a 400 años luz de la Tierra. En concreto, estaba metido dentro de una pequeña cápsula que lo mantendría en un sueño espacial criónico mientras era alimentado por aquellos tubos.

Sí, ahora todo era más claro. Su mente se despejaba y paulatinamente iba recordando detalles. La Tierra era historia. No se sabía a ciencia cierta qué había acabado con ella, pero en pocos años sería inhabitable. No les había quedado otra opción más que huir apiñados en una gigantesca nave hacia los confines del universo.

Levantó el brazo con torpeza y frotó el cristal. Estaba rodeado de miles de personas como él. Toda la raza humana iba en esa nave durmiendo. Miró a su alrededor en busca de alguna palanca de seguridad que le permitiera salir de allí, pero era inexistente. Aquella nave iba informatizada y funcionaba de manera autónoma. Lo más probable era que las cápsulas no se abrieran hasta llegar al destino.

Sentía claustrofobia en aquel pequeño recipiente. Decidió concentrarse en lo que había fuera de él. Entre una cápsula y otra había una separación de un metro, lo que le permitía ver relativamente bien varias de ellas al mismo tiempo. De pronto se dio cuenta de cuáles podían ser las consecuencias de su prematuro despertar. No sabía cuánto tiempo llevaban en la nave. Probablemente faltarían décadas antes de llegar al planeta. Pensó en lo que eso suponía para él. No podía salir de allí y recibía un continuo suministro de nutrientes de forma intravenosa. Pasaría años encerrado, muriendo lentamente, haciéndose viejo entre esos cristales, sólo, viendo cómo la suerte había sonreído al resto a su alrededor.

Tenía las articulaciones entumecidas por la falta de movimiento. Dormía a ratos, esperando que así el tiempo pasara más rápido, y cuando estaba despierto, repasaba los acontecimientos de su vida pasada. De vez en cuando miraba la cápsula que tenía a su derecha. En ella viajaba una mujer. No podía distinguir sus rasgos, pero estaba seguro de que era guapa. La miraba e imaginaba situaciones en las que charlaba con ella. Imaginaba su reacción al llegar al nuevo planeta.

Uno de esos días interminables, en el preciso momento en el que Ash la observaba, le pareció notar que se movía. Pegó su cara al cristal y lo supo. Ella también había despertado. Contempló cómo se zarandeaba, frenética, intentando escapar de su jaula. Por un lado se sentía aliviado, no era el único, ya no estaría solo. Pero por otro lado no deseaba ese final a ninguna otra persona. Ash no apartaba la vista esperando que lo viera y cuando ella se giró, la reacción no fue la esperada. Horrorizada, señalaba con insistencia hacia arriba y gritaba palabras ininteligibles. Ash pensó que ella buscaba una forma de salir de allí que no existía. Sintió un nudo en el estómago al pensarlo, nada comparado a lo que sintió cuando, al fin, entendió sus palabras. “Vamos a morir todos” repetía. Y en un intento de esclarecer aquella frase Ash miró hacia donde apuntaban sus manos. Todas las cápsulas habían fallado. Todos habían despertado. La humanidad entera moriría lentamente.