martes, 24 de junio de 2014

Euthanasia

EUTHANASIA

—¿No crees que deberían ser ellos quienes elijan qué hacer con su vida?

—Van a morir de todas formas y lo sabes. Sólo les estamos ahorrando una muerte lenta y dolorosa.

—Eso no lo sabes —dijo Dave en una voz casi inaudible. Sabía que Ryan llevaba razón—. Y aunque fuera así, no podemos decidir por ellos.

—Ellos están dormidos Dave. No saben lo que pasa, no se enterarán de nada. Podríamos decir que volar la nave es un acto de humanidad.

—¿Un acto de humanidad? —Dave barajaba la idea sin acabar realmente convencido. No podía ser él quien decidiera si toda la tripulación debía morir o vivir.

—Si, un acto de humanidad. No me mires así. Si caemos en ese planeta sabes lo que nos espera. Con suerte moriremos todos del impacto. Pero quién sabe, estas naves son resistentes. Al menos la mitad sobrevivirán, para despertar desconcertados en un lugar desconocido y descubrir más tarde, que están en ese planeta del que todos hablan —Se detuvo y Dave vio como le recorría un escalofrío—. Ese planeta en el que los humanos no son bien recibidos, en el que, a cualquiera que caiga, le espera una muerte horrible.

Dave veía como Ryan no dejaba de mirar el botón. Aquel botón, rojo, rodeado de un estampado de rayas negras y amarillas, cubierto por un protector de plástico que ahora permanecía abierto y dos cerraduras con sus llaves respectivamente colocadas y accionadas. Su llave y la de Ryan. Llevaban horas discutiendo y sabía que no se pondrían de acuerdo. Ryan seguía mirando el botón con los puños apretados.

—¿Quién eres tú para decidir sobre la vida de todas esas personas? —Escupió Dave como último recurso, sabiendo que no surtiría efecto—. Hay gente que ha sobrevivido, no es ningún secreto. Fueron pocos, pero lo consiguieron. Yo puedo decidir qué hacer conmigo y sé que no me importa morir aquí. Sé que lo prefiero a morir allí. Pero no sé qué es lo que quieren los demás y no queda tiempo para preguntarles —Hizo una pausa y se acercó a Ryan—. Si todo sale mal, si caemos y seguimos vivos, seguimos teniendo la opción de elegir morir. Y ellos también la tendrán. Podrán decidir si quieren acabar con su vida o probar suerte.

Dave miró sus ojos y lo supo. Vio en ellos determinación. Iba a presionar el botón y nadie podría impedirlo. Con paso firme, observó como Ryan se acercaba lentamente hacia él, con la mano preparada para pulsarlo. Y él no podía hacer otra cosa que situarse entre el botón y Ryan.

—Aparta —dijo Ryan con falsa calma.

—Sabes que no lo haré.

Inmediatamente después, el puño de Ryan se alzó para apartarlo a la fuerza. El golpe le hizo crujir la mandíbula y le produjo un pitido en el oído. La reacción no se hizo esperar. Dave se lanzó sobre Ryan sujetando sus brazos con firmeza. Pero era demasiado fuerte. Ryan forcejeaba intentando escapar de aquel abrazo opresor, consiguiendo finalmente liberar una extremidad. Ese brazo se alzaba por encima del hombro de Dave, intentando alcanzar el botón. Dave empujaba con todas sus fuerzas, no quería pegarle, sólo retenerlo, pero no podía con él.

Sus esfuerzos no servían para nada. Ryan había conseguido liberar el otro brazo y le empujaba la cara impulsandose por encima suyo hacia el botón, que ya casi podía rozar con la punta de los dedos. Dave le sujetaba por el pecho. En un último esfuerzo, empujó con todas sus fuerzas y consiguió tirarlo al suelo. Se colocó a horcajadas sobre su estómago y le sujetó los hombros.

—¡Cálmate! ¡Déjalo ya!

Ryan seguía forcejeando, pero repentinamente se detuvo. La nave vibraba y sonaba el característico crujido del metal al entrar en contacto con el calor de la atmósfera. Ryan le miró con odio en sus ojos.

—Mátame —susurró.

Y Dave lo miró sabiendo que debía hacerlo. No podía matar a una tripulación sin voz ni voto, pero él se lo estaba pidiendo directamente. Sacó una navaja y tras la confirmación de su amigo, la clavó en el pecho. La sangre fluía. La nave iba a estrellarse. Él había tomado su decisión, ahora el resto tendría que tomar la suya.

Virtteka

VIRTTEKA

Era mi primera visita a Virtteka. Un gran letrero sobre la puerta rezaba “Disfruta de los clásicos como nunca antes”, acompañado de un gran libro abierto del cual salían unos mortíferos tentáculos. Estaba realmente emocionado.

Entré y eché un vistazo general a la estancia. Ésta, estaba decorada a la vieja usanza. Bonitas estanterías, libros viejos por todas partes y lámparas de pie junto a grandes butacas y mesitas de té. Sólo las zonas de lectura reflejaban el carácter tecnológico de aquella biblioteca virtual.

—¿Es la primera vez que viene? —preguntó uno de los empleados.

—Sí —contesté tímidamente.

—Le explicaré cual es el funcionamiento. Estos sillones de aquí son los puntos de lectura —dijo señalando una butaca que recordaba a los secadores de un salón de belleza—. Todos estos sillones llevan incorporados el sistema Virtteka. Este sistema le permite crear una cuenta de usuario y leer todos los libros que quiera. Su cuenta permanecerá activa siempre, tarde lo que tarde en volver. Al comenzar un libro, puede elegir el personaje que será durante la novela y si quiere salir del programa puede hacerlo de dos maneras, o bien utilizando la acción salir, en la esquina superior derecha de la pantalla, o bien esperando a que termine el libro. El programa es muy intuitivo, no tendrá problema en manejarlo, pero si tiene alguna pregunta no dude en buscarme.

Esperé a que se fuera y me senté. El sistema me detectó al momento y creó un usuario automáticamente a partir de la huella de mi retina. Elegí al doctor Jeckyll y comencé el clásico libro.

En mitad de una calle de Londres podía ver como Utterson, el notario, de cara arrugada y jamás iluminada por una sonrisa, andaba calle abajo.

A los pocos minutos, apareció el menú principal. Solo dos opciones en la pantalla: continuar y comenzar libro nuevo. Sin pararme a leer pulsé continuar.

En seguida me di cuenta que no era el mismo libro que había comenzado. «¡Cuán extraño! permanecer aquí mientras ese objeto está viendo la luz del día por primera vez desde que comenzaron en la Tierra los periodos glaciares» fue el pensamiento que acudió a mí, mientras me invadía la sensación de estar a una gran distancia de la Tierra. «¿Por qué su color negro?» seguí pensando inducido por el libro que otra persona había dejado a medias. Intenté salir de allí, pero Virtteka no respondía. El libro continuaba, y entonces, el menú de inicio volvió a aparecer.

Repetí la misma acción que anteriormente y entré en otro libro distinto. El mismo proceso se produjo en varias ocasiones.

Claramente Virtteka estaba fallando. Saltaba de libro y usuario y, lo que era peor, no me dejaba salir del programa. Recordé que había otra forma de salir de allí, leyendo un libro completo. Pero el menú aparecía al finalizar la página sin darme opción a continuar con el mismo ejemplar. ¿Encontraría un libro abierto por el final? Decidí probar suerte.

Escogí continuar por enésima vez. Ahora me encontraba en una habitación, mi habitación, y estaba a oscuras. Olía a mar, como cuando todo ocurrió. Sentí la culpa de quien había hecho algo horrible. «¿Puedo nadar hasta la isla, miss Claythorne?» sonaba en mi cabeza. Noté como una mano gélida rozaba mi hombro y grité. Enseguida Lombard, Blove y Amstrong vinieron en mi ayuda. Solo había sido un alga colgada del techo por una mente macabra... y de nuevo el menú de inicio.

Ya estaba cansado, quería salir de allí. Marqué la opción de continuar deseando que fuera la última y por fin tuve suerte. Allí estaba, montado a caballo, escapando del príncipe Humperdink. Todavía notaba el cuerpo pesado, al fin y al cabo hacía unas horas había estado muerto. Parecía que todo iba a terminar bien, pero vi como Fezzik conducía su caballo hacía el camino equivocado, Iñigo caía del suyo malherido y yo no podía sostenerme, estábamos acorralados.

El libro acabó. No podía creerlo. ¿Era libre de verdad? Me levanté con prisa de aquel sillón y miré a mi alrededor en busca de alguien que supiera lo que acababa de pasar. Nadie había notado nada. Informé del error a alguien que me miró con cara de pocos amigos y salí de allí a toda prisa. Siempre había pensado que no había mejor sensación que leer uno de aquellos libros antiguos con sus tapas de cartón y páginas desgastadas. Ahora sabía que estaba en lo cierto.

jueves, 13 de febrero de 2014

Stroke

STROKE

Apuró el paso al escuchar las doce campanadas, una por cada hombre que le precedía. La misión era sencilla pero arriesgada y él, esperaba impaciente a que terminara. El mono sellado herméticamente le agobiaba y le hacía sentir torpe al caminar sobre la superficie del planeta.

Llegó a la marca y el proceso comenzó de nuevo. Llevaban alrededor de 4 horas haciendo lo mismo. El hombre que encabezaba la misión andaba 50 metros en línea recta. Exploraba la zona, y cuando determinaba que no había ningún peligro, clavaba la marca al suelo y hacía sonar su campana. El hombre que iba en segundo lugar, al oírla, avanzaba otros 50 metros hasta la marca que el primer hombre había dejado con anterioridad. Y así, hasta oír las doce campanadas. En ese momento, era su turno.

La misión era sencilla. También era monótona y solitaria. La previsión era hacer el recorrido en doce horas ininterrumpidas, lo que suponía mucho desgaste aunque también mayor seguridad. La seguridad era lo que prevalecía y todos estaban de acuerdo. Tenían que caminar sobre los pasos de una expedición anterior, la cual, había desaparecido de golpe y llevaba días sin dar señales de vida.

Al principio se pensó que se habían perdido. La superficie del planeta estaba cubierta por densas nieblas que limitaban la visibilidad a unos pocos metros. Pero decidieron que esa teoría no podía ser correcta ya que todos los miembros de la expedición llevaban un mapa interactivo que les guiaba en la dirección correcta.

Más tarde, pensaron en las irregularidades del terreno y la niebla. La combinación de ambas era la fórmula perfecta para que todos cayeran en una grieta o desnivel pronunciado. Posiblemente estaban heridos. Seguramente alguno había perdido la vida. Incluso cabía la posibilidad de que todos estuviesen muertos al final de un precipicio.

Teniendo en cuenta esto, se decidió mandar un grupo de socorro. Para ser precavidos, todos iban separados por una distancia de 50 metros. Si uno caía, quedarían doce personas que podrían averiguar lo sucedido y rescatar tanto a su compañero como a los supervivientes. Para evitar las interferencias y el ruido de la estática de las radios, se darían las señales a través de las campanadas, señales sonoras que se producian al pulsar un botón en el traje.

Ahora llevaban la mitad del recorrido y no había ni rastro de la anterior expedición. Habían caminado durante 7 horas y 35 minutos y seguía sin aparecer. El cansancio iba haciendo mella en él y cada vez, le parecía que sus compañeros tardaban más en dar su señal. Una campanada, dos campanadas, tres… se esforzaba por contarlas todas cada vez hasta que llegaba su turno. Hasta que algo cambió.

El primer hombre había comenzado su marcha hacía menos de un minuto. Entonces su campana comenzó a sonar. Pero no era el toque decidido y breve que había escuchado tantas veces durante tantas horas. La campana sonaba una y otra vez en toques irregulares y desesperados como cuando un niño llama al timbre impaciente. De repente, silencio. Se le erizó el pelo. Un minuto, dos… parecía que nadie avanzaba por miedo. Entonces las campanadas sonaron de nuevo. Pero esta vez tenían el tono inconfundible de las campanadas del segundo hombre, tocadas de la misma forma errática y acelerada que antes. Otras campanadas, mismo significado, pero ¿cúal? Una tras otra las campanadas de sus doce compañeros comenzaron a sonar de la misma forma y sintió miedo por primera vez desde que aquello había comenzado.

Miro hacia el frente intentando ver algo y enseguida supo qué le había pasado al grupo anterior. Lo mismo que les estaba sucediendo a ellos. Una masa robusta, gigantesca y visiblemente mortal se acercaba rápidamente entre la niebla, con sus fauces abiertas, preparándose para devorarlo. Miró al botón. Nunca más se oiría su campana.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Sueño Espacial

SUEÑO ESPACIAL

Ash dormía inconsciente en su fría cápsula. En mitad de su sueño inducido no podía sentir nada, pero comenzó a sentir frío. Poco a poco la temperatura fue aumentando y en cierto momento, el crujido de los materiales que lo rodeaban lo despertó.

Al principio se sintió confuso y desorientado. Estaba rodeado por paredes de cristal y fibra de carbono. Había tubos conectados a sus brazos. La cavidad era demasiado estrecha y le impedía moverse con soltura. Intentó tranquilizarse y, de pronto, recordó donde estaba. Se encontraba en una nave con destino a un exoplaneta a 400 años luz de la Tierra. En concreto, estaba metido dentro de una pequeña cápsula que lo mantendría en un sueño espacial criónico mientras era alimentado por aquellos tubos.

Sí, ahora todo era más claro. Su mente se despejaba y paulatinamente iba recordando detalles. La Tierra era historia. No se sabía a ciencia cierta qué había acabado con ella, pero en pocos años sería inhabitable. No les había quedado otra opción más que huir apiñados en una gigantesca nave hacia los confines del universo.

Levantó el brazo con torpeza y frotó el cristal. Estaba rodeado de miles de personas como él. Toda la raza humana iba en esa nave durmiendo. Miró a su alrededor en busca de alguna palanca de seguridad que le permitiera salir de allí, pero era inexistente. Aquella nave iba informatizada y funcionaba de manera autónoma. Lo más probable era que las cápsulas no se abrieran hasta llegar al destino.

Sentía claustrofobia en aquel pequeño recipiente. Decidió concentrarse en lo que había fuera de él. Entre una cápsula y otra había una separación de un metro, lo que le permitía ver relativamente bien varias de ellas al mismo tiempo. De pronto se dio cuenta de cuáles podían ser las consecuencias de su prematuro despertar. No sabía cuánto tiempo llevaban en la nave. Probablemente faltarían décadas antes de llegar al planeta. Pensó en lo que eso suponía para él. No podía salir de allí y recibía un continuo suministro de nutrientes de forma intravenosa. Pasaría años encerrado, muriendo lentamente, haciéndose viejo entre esos cristales, sólo, viendo cómo la suerte había sonreído al resto a su alrededor.

Tenía las articulaciones entumecidas por la falta de movimiento. Dormía a ratos, esperando que así el tiempo pasara más rápido, y cuando estaba despierto, repasaba los acontecimientos de su vida pasada. De vez en cuando miraba la cápsula que tenía a su derecha. En ella viajaba una mujer. No podía distinguir sus rasgos, pero estaba seguro de que era guapa. La miraba e imaginaba situaciones en las que charlaba con ella. Imaginaba su reacción al llegar al nuevo planeta.

Uno de esos días interminables, en el preciso momento en el que Ash la observaba, le pareció notar que se movía. Pegó su cara al cristal y lo supo. Ella también había despertado. Contempló cómo se zarandeaba, frenética, intentando escapar de su jaula. Por un lado se sentía aliviado, no era el único, ya no estaría solo. Pero por otro lado no deseaba ese final a ninguna otra persona. Ash no apartaba la vista esperando que lo viera y cuando ella se giró, la reacción no fue la esperada. Horrorizada, señalaba con insistencia hacia arriba y gritaba palabras ininteligibles. Ash pensó que ella buscaba una forma de salir de allí que no existía. Sintió un nudo en el estómago al pensarlo, nada comparado a lo que sintió cuando, al fin, entendió sus palabras. “Vamos a morir todos” repetía. Y en un intento de esclarecer aquella frase Ash miró hacia donde apuntaban sus manos. Todas las cápsulas habían fallado. Todos habían despertado. La humanidad entera moriría lentamente.

lunes, 28 de octubre de 2013

Die Hexe

DIE HEXE

Decidí visitar a «La Bruja». Sabía que era lo único que me ayudaría. Sonreí pensando en su nombre, no podía ser más acertado. Mis pasos, rápidos, me acercaban cada vez más a ella, mientras pensaba en cuales serían mis palabras exactas. Debía meditar bien cada una de ellas. Sólo con un error descubriría el propósito de mi visita. Pero, ¿acaso no concedía a otros cosas peores?

Paré al llegar a la gran puerta de metal. La crucé con cautela y miré a mi alrededor. Allí estaba, «La Bruja», la máquina más grande e inteligente que el hombre había construido. Un mundo lleno de posibilidades, todas las opciones al alcance de la mano. Con una sola petición, aquella máquina hacía realidad lo que necesitabas. Cualquier artilugio, inventado o no, salía de sus entrañas para concederte tus deseos. Pero no siempre eran cosas nobles las que ayudaba a conseguir.

Todo el mundo tenía sueños, pero no todo el mundo era bueno. Los sueños de unos eran la pesadilla de otros. «La Bruja» no diferenciaba entre el bien y el mal, lo que era correcto y lo que no. Cualquier persona que solicitaba su ayuda recibía algo a cambio. Sin preguntas, sin una valoración sobre el propósito y la repercusión de su petición. «La Bruja» era el invento más dañino y monstruoso creado por el hombre, puesto a disposición de todo el mundo, haciendo de la Tierra un lugar peor del que ya era. Pero ahora, necesitaba su ayuda.

La estancia estaba vacía. A través de la red cualquiera podía conectar con ella. Sin embargo, mi petición requería ir en persona. Estaba nervioso. Necesitaba terminar cuanto antes.  

—Hola —pronuncié en voz alta pensando que no recibiría respuesta.

—Bienvenido, tome asiento.

Su voz metálica me hizo sentir escalofríos. Me senté en un cómodo sillón en el centro de la habitación. El resto de asientos vacíos, que formaban un círculo con el mío, me observaban acusadores.

—Formule su petición.

—Yo… —Las palabras no me salían. Todas aquellas frases coherentes y estudiadas que había ideado por el camino se habían esfumado— Necesito algo.

—Todo lo que necesite puedo conseguirlo. Formule su petición.

—Necesito una máquina del tiempo.

Lo solté sin más. Esperé inquieto a que preguntara el porqué. Estaba expectante, aguardando una negativa por su parte. Nunca se había fabricado algo así.

—Máquina del tiempo. Tiempo estimado de fabricación 720 minutos. Espere por favor.

Me sorprendí al confirmar mis temores, no había nada que «La Bruja» no pudiera hacer. Nada quedaba fuera de su alcance. Esperé las largas horas, hasta que mi encargo salió.

Esa sería su última creación. No podía permitir que siguiera existiendo. Me adentré en la máquina del tiempo y pensé en todo el mal que ella había causado. Sonreí satisfecho mientras pulsaba los botones que me llevarían a un pasado que podía cambiar. Al regresar, ella ya no estaría allí.

viernes, 25 de octubre de 2013

Y si atropellara un perro

Y SI ATROPELLARA UN PERRO


Bob volvía a casa desde el trabajo y veía como el día empezaba a oscurecer. Conducía a una velocidad moderada girando de unas calles a otras intentando no pensar en la única calle que temía cruzar. No había pasado nada concreto en ella, pero era estrecha, oscura y solitaria. Ese tipo de lugar por el que uno no quería pasear a altas horas de la noche. Incluso, había estudiado otras rutas alternativas para poder evitarla. Pero era imposible, era de tránsito obligatorio si quería llegar a casa.

Aquella tarde, la calle estaba más oscura que de costumbre. Bob aceleró intentando pasar por allí cuanto antes. En ese momento, mientras pisaba el acelerador, vió una pequeña figura abalanzándose a la calzada, directamente hacia su coche. Era un perro que había salido de una casa a toda velocidad. Y ahora, iba a morir.

Pensó en las opciones que tenía y cuáles serían sus consecuencias. El perro iba a ser atropellado. Eso era algo que ya había asumido, no quedaba alternativa. Pero después de aquello debía reaccionar. Pensó que lo más sensato sería bajarse del coche y comprobar el estado del animal. Entonces recordó que se encontraba en esa calle. ¿Y si el perro era en realidad una bestia que intentaba atacarlo? Pensó en las decenas de películas sobre hombres lobo y como, muchos de ellos, había acabado así por ayudar a un perro en la carretera. Pero, pensándolo bien, aquello era exagerado. Todo el mundo sabía que los hombres lobo eran ficticios.

Algo más probable era que fuera una trampa. Seguramente el perro era un señuelo para capturarlo. Aprovecharían su gesto para atraparlo mientras él estaba entretenido observando el estado del perro. Le pondrían una capucha en la cabeza y lo arrastrarían hacia el interior de la casa. ¡A saber lo que harían con él allí! Podría tratarse de una secta o lo que era peor, alguna raza alienígena que quería experimentar con él.

No, sabía que eso no era posible. Era una calle siniestra, pero vivía en una pequeña ciudad como otra cualquiera. Eso no podía pasar allí. Por mucho que los documentales se empeñaran en demostrar la presencia de extraterrestres, sabía que sólo eran mentiras. Incluso en el remoto caso de que existieran no tendrían ningún interés en experimentar con él.

Intentó tranquilizarse, pero pensó en lo que definitivamente era mucho más probable que sucediera. Los dueños del perro lo lincharían. Tan disgustados, con su perro esparcido sobre el asfalto, no entrarían en razón. No se darían cuenta de que la culpa había sido de ellos, por abrir la puerta sin tener al perro sujeto, o incluso que había sido un trágico accidente. La tomarían con él. Su dueño sería un hombre con los músculos marcados que le daría una paliza que le mandaría al hospital.

Aunque bien mirado, el dueño podía ser una mujer. Probablemente era un ama de casa que no tendría la fuerza suficiente para provocarle ni un simple moratón. Eso sí, mientras él se paraba y atendía al perro estaba seguro de que alguien le robaría el coche. Con las prisas no se daría cuenta de cerrar la puerta, ni siquiera de quitar la llave del contacto y bien sabía él que en aquella calle había delincuentes. Era perfecta para ocultarse y cometer delitos en la oscuridad.

Tras barajar todas aquellas probabilidades volvió al presente. El perro chocó contra el faro derecho y sintió como pasaba por debajo de las dos ruedas emitiendo un ladrido ahogado. Hizo el amago de levantar el pie para pisar el freno, pero continuó sin parar. Aquella calle era peligrosa. ¿Quién sabía lo que podía pasar si paraba?

jueves, 6 de junio de 2013

Attempt

ATTEMPT


Era la sexta vez que lo intentaba. Ya conocía la escena a la perfección. Él hablaba con ella y la hacía reír. Su cigarrillo se consumía lentamente. Solo faltaban unos segundos para que se levantara y desapareciera de allí. Tras su partida, ella haría lo mismo, saldría del Phillies hacia la oscura noche, en dirección a su casa.

Hasta ahí todo estaba bien. Vez tras vez ocurría lo mismo y era lo que debía pasar. Pero lo que pasaría a continuación tenía que cambiar. Frente a ellos, había un hombre solitario que apuraba su café. Ella no lo sabía, pero él saldría del bar justo después de verla marchar. La seguiría durante unos minutos hasta abordarla cerca de un callejón oscuro y la marcaría para el resto de su vida. Mi misión era impedir que eso sucediera.

Yo era el fundador de una empresa con una misión particular: cambiar sucesos del pasado que afectarían al presente de una manera negativa. Amaba tanto mi trabajo que tenía mi propia lista de encargos. Sabía que aquella idea mejoraba el mundo, pero muchos no llegaban a entenderlo. Después de tantos años, las protestas y amenazas me resultaban una voz difusa.

Por lo general nuestras misiones eran complejas. Pero en ocasiones, pequeños cambios en momentos poco relevantes marcaban la diferencia. Mi carácter minucioso me hizo crear una serie de normas básicas. Una norma fundamental era no tener contacto directo con las personas en escena. Esto se debía a mi respeto por las paradojas temporales, aunque nunca había comprobado por mi mismo si eran reales.

Pero ahí estaba yo, en mi sexto intento y no había logrado nada aún. Desesperado, llevaba horas dándole vueltas a aquella norma absurda. No quería saltarme esa directriz que yo mismo había impuesto pero, precisamente por eso, era el único que tenía derecho a hacerlo.

Ví como la mujer salía del bar e iba calle arriba. Detrás iba él.

Anduve a una distancia prudencial esperando el momento exacto en el que ella doblaría la esquina. Era el momento justo para que el asaltante perdiera su rastro. Me acerqué más y toqué su hombro.

—¿Pero qué hace? —dijo él, visiblemente molesto, girándose hacia mí.  

Una farola alumbraba débilmente su rostro. Dudé unos momentos al verle. Su cara era idéntica a la mía. Pero no podía ser. Ni siquiera había nacido para esa fecha, no podía ser yo.

De repente, su cara pasó del enfado al terror. Miraba mi abdomen fijamente. Seguí su mirada y sentí un escalofrío.

Una oleada de pánico precedió a la certeza absoluta de que aquella noche desaparecería del mundo. Comprendí cómo había llegado allí y por qué sería ese mi destino. Había jugado a ser Dios, ese era mi merecido. Ahora, el mundo estaría a salvo.