viernes, 25 de octubre de 2013

Y si atropellara un perro

Y SI ATROPELLARA UN PERRO


Bob volvía a casa desde el trabajo y veía como el día empezaba a oscurecer. Conducía a una velocidad moderada girando de unas calles a otras intentando no pensar en la única calle que temía cruzar. No había pasado nada concreto en ella, pero era estrecha, oscura y solitaria. Ese tipo de lugar por el que uno no quería pasear a altas horas de la noche. Incluso, había estudiado otras rutas alternativas para poder evitarla. Pero era imposible, era de tránsito obligatorio si quería llegar a casa.

Aquella tarde, la calle estaba más oscura que de costumbre. Bob aceleró intentando pasar por allí cuanto antes. En ese momento, mientras pisaba el acelerador, vió una pequeña figura abalanzándose a la calzada, directamente hacia su coche. Era un perro que había salido de una casa a toda velocidad. Y ahora, iba a morir.

Pensó en las opciones que tenía y cuáles serían sus consecuencias. El perro iba a ser atropellado. Eso era algo que ya había asumido, no quedaba alternativa. Pero después de aquello debía reaccionar. Pensó que lo más sensato sería bajarse del coche y comprobar el estado del animal. Entonces recordó que se encontraba en esa calle. ¿Y si el perro era en realidad una bestia que intentaba atacarlo? Pensó en las decenas de películas sobre hombres lobo y como, muchos de ellos, había acabado así por ayudar a un perro en la carretera. Pero, pensándolo bien, aquello era exagerado. Todo el mundo sabía que los hombres lobo eran ficticios.

Algo más probable era que fuera una trampa. Seguramente el perro era un señuelo para capturarlo. Aprovecharían su gesto para atraparlo mientras él estaba entretenido observando el estado del perro. Le pondrían una capucha en la cabeza y lo arrastrarían hacia el interior de la casa. ¡A saber lo que harían con él allí! Podría tratarse de una secta o lo que era peor, alguna raza alienígena que quería experimentar con él.

No, sabía que eso no era posible. Era una calle siniestra, pero vivía en una pequeña ciudad como otra cualquiera. Eso no podía pasar allí. Por mucho que los documentales se empeñaran en demostrar la presencia de extraterrestres, sabía que sólo eran mentiras. Incluso en el remoto caso de que existieran no tendrían ningún interés en experimentar con él.

Intentó tranquilizarse, pero pensó en lo que definitivamente era mucho más probable que sucediera. Los dueños del perro lo lincharían. Tan disgustados, con su perro esparcido sobre el asfalto, no entrarían en razón. No se darían cuenta de que la culpa había sido de ellos, por abrir la puerta sin tener al perro sujeto, o incluso que había sido un trágico accidente. La tomarían con él. Su dueño sería un hombre con los músculos marcados que le daría una paliza que le mandaría al hospital.

Aunque bien mirado, el dueño podía ser una mujer. Probablemente era un ama de casa que no tendría la fuerza suficiente para provocarle ni un simple moratón. Eso sí, mientras él se paraba y atendía al perro estaba seguro de que alguien le robaría el coche. Con las prisas no se daría cuenta de cerrar la puerta, ni siquiera de quitar la llave del contacto y bien sabía él que en aquella calle había delincuentes. Era perfecta para ocultarse y cometer delitos en la oscuridad.

Tras barajar todas aquellas probabilidades volvió al presente. El perro chocó contra el faro derecho y sintió como pasaba por debajo de las dos ruedas emitiendo un ladrido ahogado. Hizo el amago de levantar el pie para pisar el freno, pero continuó sin parar. Aquella calle era peligrosa. ¿Quién sabía lo que podía pasar si paraba?

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