sábado, 7 de febrero de 2015

La Muerte del Cosmonauta

LA MUERTE DEL COSMONAUTA


La luz artificial entró por las falsas ventanas anunciando la hora de levantarse. A pesar de estar a años luz de su casa habían dormido bien.

Uri Dolman fue el primero en levantarse e ir al módulo cocina a preparar el desayuno. Poco después, Aleksander entró por la puerta.

—¿Qué tenemos para hoy? —preguntó entre bostezos.

—Lo mismo de siempre, papilla de vitaminas con sabor a plátano.

—No, me refiero al trabajo. ¿Cuál es nuestra prioridad ahora que estamos en la superficie?

—Aquel punto en el mapa —Mientras se llevaba la comida a la boca, señaló a su izquierda.

El mapa del satélite brillaba en azul sobre un fondo negro en una pantalla colgada del techo. En el se apreciaban los escasos accidentes geográficos y un punto palpitante en la esquina noreste.

—¿De qué se trata?

—No lo sé —contestó Dolman masticando su puré—. Por eso tenemos que ir a verlo.

—Pero, ¿es algo grande?

Aleksander no estaba muy convencido de querer salir de la Cápsula de Superficie, aunque sabía que era algo inevitable. Estaba allí precisamente para explorar aquel satélite al que nunca antes había llegado nadie. Por un lado era emocionante, ser el primero en pisar un lugar tan apartado de la Tierra, pero por otro, no podía quitarse la sensación de claustrofobia. Al fin y al cabo, él sólo estaba allí por sus conocimientos sobre medicina especializada y arqueología, algo asombroso por sí sólo, pero que carecía de utilidad para explorar un satélite en medio de la nada. Pero, cosas de la vida, le habían elegido a él para acompañar a Dolman y no había podido negarse.

—No lo parece. Antes de aterrizar programé la Nave Nodriza para que hiciera un análisis detallado de la superficie cada quince minutos. Ese punto es lo único que aparece. No ocupa más de dos metros cuadrados y lleva ahí toda la noche. Tendremos que ir a comprobar de qué se trata.

La superficie del satélite era arenosa y carente de colorido. Las rocas salpicaban el paisaje de forma heterogénea provocando una sensación de caos y soledad. La penumbra continua lo acentuaba. La arena se esparcía por el horizonte mostrando que fuera se movía el aire aunque dentro de sus trajes no pudieran notarlo.

—Aquí es —anunció Dolman a través del comunicador con voz metálica.

—¿Ya? Por el mapa hubiera jurado que estábamos más lejos.

—Las apariencias engañan. Este satélite es muy pequeño —Torpemente sacó un aparato del traje y lo miró. Tras unos segundos, frunció el ceño y observó alternativamente aparato y entorno esperando encontrar algo—. No veo nada raro. Aquí sólo hay rocas.

Aleksander observó también.

—¿Cómo de exacto es ese aparato?

—Digamos que tiene cierto margen de error.

—A lo mejor lo que buscamos se esconde tras una de estas rocas.

Dolman pareció considerar esa opción unos momentos hasta que finalmente accedió.

La búsqueda era tediosa. Aquellos aparatosos trajes lo hacían todo el doble de complicado. A esas alturas habían perdido toda esperanza de encontrar algo. Entonces fue cuando Dolman masculló un «¡Oh Dios mio!» que hizo que a Aleksander se le helara la sangre.

—¡Qué pasa! ¡Qué has visto!

—Miralo tu mismo —contestó sin apartar la vista de lo que había detrás de una enorme roca.

Allí, semienterrado, estaba el cuerpo sin vida de un cosmonauta. A través del cristal de su casco podía verse el hueso amarillento del cráneo, sin un átomo de carne por el paso del tiempo. Los dos se miraron sin saber qué decir. Aquello era demasiado para el primer día.

—¿Cómo…? —fue lo único que consiguió articular Aleksander sin poder decir en voz alta la pregunta que los dos tenían en la cabeza: ¿Cómo narices había llegado hasta allí?

Aleksander se dio un susto de muerte cuando escuchó la voz del sistema del traje. «Oxígeno al 10%. Quedan 60 minutos de autonomía». Sin darse cuenta habían pasado horas observando la espeluznante escena sin articular palabra.

—¿Qué hacemos? —dijo Aleksander.

—Llevémoslo a la nave. Es lo único que se me ocurre.
Entre los dos, sujetaron el cuerpo con cuidado y lo llevaron hasta la nave, algo nada difícil teniendo en cuenta que sólo era un saco de huesos, y lo colocaron sobre la camilla del módulo médico. Ahora, ya sin aquel incómodo traje de por medio, observaron al sujeto detenidamente.

—¿Te has dado cuenta de que su traje es demasiado ligero para ir sobre una superficie extraterrestre?

—Si, es lo primero que he visto, creo que no se trata de un traje espacial —contestó Aleksander meditabundo—. Diría que se trata de un traje biológico de nivel 4, el de mayor protección.

—No lo entiendo —En la cara de Dolman se plasmaba la frustración. Nada tenía sentido.

—¿No se suponía que éramos los primeros en viajar más allá de Marte?

Dolman no contestó. La respuesta a esa pregunta era clara y sin embargo allí estaba ese esqueleto para ponerla en duda.

Un examen de los restos determinó que se trataba de un hombre caucásico que, en algún momento de su vida, se había fracturado un brazo que había cicatrizado perfectamente. Nada en el traje daba algún dato adicional. Al menos los conocimientos de Aleksander habían servido para algo.

Por más que Dolman miraba el instrumental de la cápsula nada indicaba que en la superficie del satélite hubiera alguna nave. Pero entonces, ¿Cómo había llegado aquel hombre allí? Y, si alguien lo había llevado y luego se había marchado ¿Por qué lo habían abandonado?

—Debemos volver donde lo encontramos —sugirió Dolman al cabo de unos días—. Está claro que ni su cuerpo ni su ropa pueden decirnos nada más. A lo mejor allí queda algo que no vimos la primera vez.

Aunque reacio, Aleksander accedió a volver. No tenían alternativa.

Era como si allí nunca hubiera ocurrido nada. La arena que el viento arrastraba había borrado sus huellas y había tapado el lugar donde antes estaba el cuerpo.

—Tendremos que buscar bajo la arena —mencionó Dolman con un gesto de resignación.

El oxígeno descendía lentamente. 90%, 80%, 85%... Las horas pasaban y la búsqueda se hacía cada vez más tediosa con la arena como enemiga.

—Creo que tengo algo —dijo al fin Dolman y sacó algo del suelo.

—¿Qué es?

—No se… ¿Una caja? ¿Un maletín? Tú deberías saber mas de esto que yo.

La caminata de vuelta se hizo más larga que de costumbre mientras pensaban en el botín. Al abrirlo comprobaron que, efectivamente, se trataba de un maletín.

—Es una maleta de muestras. Se utiliza para guardar los residuos microbióticos que se encuentran al explorar una zona infectada. Es muy común cuando surge una epidemia de una enfermedad desconocida. Lo que no alcanzo a comprender es qué pinta esto aquí. No se utilizan este tipo de equipos en el espacio.

—Bueno, al menos es una confirmación de que, el traje que lleva nuestro cosmonauta misterioso, es un traje biológico y no uno espacial.

—No se de qué puede servirnos ese dato, estamos igual que al principio.

—Todavía nos queda la caja —señaló hacia ella como un mago al mostrar el conejo de la chistera.

Aleksander lo miró amonestador y se acercó a examinar el contenido.

—Muestras varias… —dijo apartando pequeñas bolsas de plástico transparente con tejidos minúsculos en su interior— y esto.

Sobre la mesa, un objeto cuadrado, negro y hermético adquiría toda la atención. A primera vista era difícil saber de qué se trataba, pero conforme lo observaban, descubrieron que era un receptor que debía recibir grabaciones de algún micrófono inalámbrico. Un análisis más exhaustivo del traje les reveló que el micrófono se encontraba incrustado al casco.

—¿Crees que grabó algo antes de morir? —dijo Aleksander.

—Creo que si lo hizo, podremos escucharlo.

—¿Cómo?

—Tengo por aquí algo que puede servir —dijo mientras rebuscaba por algunos cajones—. Aquí está. Si abro la carcasa y saco la tarjeta de memoria puedo conectarlo con este adaptador al ordenador. Las tarjetas de estos chismes suelen ser universales así que no debería haber problema.

Junto al receptor desguazado Dolman conectó la tarjeta al adaptador. En el ordenador apareció un archivo de audio confirmando el éxito. La duración era de cinco horas.

«14 de Octubre de 2023. Entrada 1. Antecedentes.

A día 13 de Octubre de 2013 un grupo de espeleólogos han hallado restos de una estructura incierta en las profundidades de la Cueva de Voronia o Cueva de Kruber en el distrito de Gagra, Georgia. Según las declaraciones de los cinco espeleólogos la estructura es avanzada tecnológicamente, muestra signos de envejecimiento y permanece rodeada de follaje no identificado.

Fin de la entrada 1.

15 de Octubre de 2013. Entrada 2. Primera Exploración

Me dispongo a entrar en la zona R5-2350 de la Cueva de Kruber, lugar del avistamiento de una estructura avanzada tecnológicamente de procedencia desconocida y rodeada de follaje no identificado. La zona muestra los signos de desgaste propios del paso de aguas subterráneas pero no de acción humana.

(Ruido de pasos)

Confirmación visual con la estructura en cuestión.

(Ruidos diversos de movimientos y un clic)

Tomada fotografía general de la escena y catalogada como Evidencia 1.

(Ruido de pasos)

La estructura está rodeada por un extraño follaje. No consigo identificar ninguna de las plantas. Procedo a tomar muestras de algunas de ellas al azar para examinarlas con posterioridad. Catalogadas como Muestras 1 a 10.

(Ruido de traje en movimiento)

La estructura está formada por lo que parece ser algún tipo de aleación de metales y muestra evidentes signos de envejecimiento por desuso. Queda descartado el hierro por no haber indicios de óxido.

Me dispongo a adentrarme en la estructura.

(Ruido de pasos)

El interior presenta unas ….

(Ruido de estática)

(Ruido ambiental y unos extraños gemidos de fondo que van desapareciendo)

(Ruido ambiental)»

Pasados unos minutos apagaron la cinta y se miraron con evidente preocupación.

—Creo que no me ha quedado claro —dijo Dolman— ¿Ha dicho que estaba en Georgia?

—Eso parece.

—¿Y cómo narices ha llegado aquí desde Georgia?

—No se… ¿Crees que tiene algo que ver con la estructura que estaba investigando?

—Supongo que nunca lo sabremos con certeza.

—¿Y ahora qué?

Los dos estaban demasiado confundidos para saber qué hacer. Aunque la información que tenían parecía indicar que aquella estructura era la causante de todo, la grabación era demasiado confusa como para afirmarlo. Incluso en caso de ser cierto, todavía quedaba la cuestión de cómo una estructura en la Tierra podía enviar un hombre a un satélite situado a años luz.

—Deberíamos deshacernos del cadáver. Ya sabemos todo lo que podíamos saber y no pretendo llevarlo de souvenir.

—Coincido contigo. ¿Qué hacemos con él? —preguntó Aleksander.

—Podemos llevarlo de vuelta a donde lo encontramos y darle un entierro digno. Lo enterraremos junto a la roca en un hoyo profundo.

—¿Y qué hacemos con la grabación y las muestras?

—Eso nos lo quedamos. Lo metemos en una de esas bolsas herméticas y hacemos un informe detallado de todo lo ocurrido. Cuando lleguemos lo entregamos y nos olvidamos de todo.

A pesar de notar el peso de sus huesos, durante la caminata, todo parecía un mal sueño. Incluso mientras cavaban bajo la roca a más profundidad de la necesaria todo parecía irreal.

—¿Qué es eso que hay al fondo?

Más irreal se convirtió cuando Dolman encontró aquella placa metálica al fondo de la improvisada tumba.

—No lo toques, sólo puede traernos más problemas. Enterremos al hombre y vayámonos de aquí.

Pero todo se volvió realmente ilusorio cuando Dolman tocó la placa en contra de las advertencias de su amigo. El mundo se hundió en una profunda oscuridad y al despertar ninguno de los dos podía creer donde se encontraban. La extraña estructura de la Cueva de Kruben ahora se había convertido en su tumba.

martes, 24 de junio de 2014

Génesis

GÉNESIS

«Una grieta surcó el cielo provocando un sonoro crujido. El ruido fue tan fuerte que, aunque la grieta sólo podía verse desde el norte de Europa y parte de Rusia oriental, se oyó por todo el mundo. Nadie sabía qué hacer.

En los países subdesarrollados, desde donde no se percibía nada extraño en el cielo, achacaron aquel ruido a las deidades de cada lugar. En unos sitios estaban enfadadas, en otros anunciaba una intervención de propósito desconocido y en otros muchos se creyó que intentaban ponerse en contacto con el hombre para advertirles sobre un peligro.

En cualquier caso, en los lugares donde existía la ciencia, supieron enseguida cuál era el motivo real de aquel extraño suceso. La Tierra, recubierta de gases para protegernos, había sido víctima de una mezcla química entre las emisiones nocivas del humano en el suelo y las radiaciones cósmicas provenientes del espacio. Esta mezcla explosiva había dado lugar a que la capa de gases sufriera una sublimación inversa convirtiéndola en una gruesa capa de materia sólida.

Desde la superficie nadie se había percatado de tal cambio de estado. Sin embargo, las continuas lluvias de pequeñas rocas espaciales lo habían dejado al descubierto. Una de estas rocas, un poco más grande que las demás, había chocado con fuerza sobre la cúpula creando la grieta y generando un gran problema para el ser humano.

El tiempo que le quedaba a la Tierra para seguir siendo un planeta habitable era un misterio. Si la cúpula se rompía por completo crearía un agujero por el cual los rayos del sol entrarían sin filtros y el vacío del espacio lo consumiría todo en cuestión de horas. Si eso pasaba no habría escapatoria posible.

Horas después de aparecer la grieta teorizaban sobre la posibilidad de devolver la atmósfera a su estado gaseoso, pero al desconocer cuál era el nuevo material que se había formado era imposible encontrar una manera segura de llevarlo a cabo. Cuando al fin descubrieron que no había manera de devolverla a la normalidad empezaron a plantearse maneras de escapar de la Tierra.

Las naves espaciales que tantos años llevaban construyéndose no sólo no eran una opción sino que no podían albergar a toda la gente del planeta.Y si el cielo era una gruesa capa de un material sólido no podrían escapar hasta que esta no se rompiera por completo.

La situación era difícil y se estaba yendo de las manos. Poco a poco la población mundial empezó a conocer todos los detalles del asunto y el pánico se extendió por todo el globo. Aquellos que estaban tratando de encontrar una solución hicieron lo posible para que  cualquier idea, por descabellada que fuera, llegara a sus manos. Era una carrera contrarreloj y nadie sabía si realmente daría tiempo a encontrar una solución.

Pero finalmente una persona de entre todas ellas la encontró. Nadie supo nunca a ciencia cierta quién fue esa persona, pero lo importante es que salvó la vida de todos. Su idea no era otra que construir habitáculos herméticos como los que se utilizaban al aislar amenazas biológicas. Su estructura debía ser más consistente y en lugar de llevar filtros hacia el exterior debía llevar una subcámara invernadero donde las plantas generarían el oxígeno y la comida suficiente para todos los tripulantes. A su alrededor llevaría cámaras que almacenarían agua congelada para absorber la radiación procedente del sol.

Parecía una idea descabellada pero, al no tener otra mejor, enseguida se llevó a cabo. En pocos años cada país poseía multitud de  “casas espaciales”. Aunque existían varios problemas como qué hacer en caso de encontrar otro planeta habitable o si realmente podrían vivir una cantidad de tiempo indefinido en ellas, el problema principal estaba resuelto. Todo el mundo entró y esperó.

Pasaron los días y cuanto más tiempo pasaba más gente se inquietaba pensando que el mundo siempre seguiría igual. Pero al mirar al cielo veían la grieta y se daban cuenta de que el momento llegaría antes o después.

Y sin hacerse esperar demasiado el día llegó. Un estruendo más fuerte que el que le precedió golpeó la cúpula por segunda vez. Miles de grietas se abrieron paso desde la grieta inicial y comenzó a granizar. Enormes pelotas de material sólido golpeaban las casas protectoras y todos esperaban que se rompieran de un momento a otro. Sin embargo el siguiente meteoro abrió un boquete en el cielo lo suficientemente grande para que el espacio se colara por él. El vacío inundaba el planeta y los fuertes golpes del granizo cada vez se escuchaban menos. En cierto momento, el sonido del exterior desapareció y todo lo que había alrededor comenzó a flotar. Aunque parecía que flotaba sin un rumbo fijo iban directos hacia el agujero. Otro meteorito golpeó la cúpula partiéndola en mil pedazos que cayeron de forma progresiva abriendo el hueco hacia el exterior cada vez más. Una tras otra las casa salieron hacia el espacio y todos comprobaron aliviados que estaban vivos y que el invento había cumplido su objetivo.

Pasaron muchisimos años y todo iba muy bien... hasta que lo encontraron. Aquel planeta era perfecto. Una segunda Tierra se alzaba inalcanzable ante sus ojos»

—¿Y consiguieron entrar en el planeta? —preguntó el niño con los ojos bien abiertos, mirando expectante.

—¡Claro que lo consiguieron! Por eso estás aquí. Aquel planeta que tus antepasados descubrieron y que les trajo tantos quebraderos de cabeza es este mismo, en el que tú estás viviendo.

—¿Y cuándo llegaron ya había casas?

El abuelo no pudo contener una carcajada.

—Claro que no —dijo mientras posaba su mano sobre la cabeza del niño y le revolvía el pelo— las casas las construyeron ellos. Tardaron mucho tiempo en conseguir que este sitio se pareciera a lo que es hoy. Tuvieron mucha suerte de encontrar un planeta con oxigeno, agua y un clima apropiado, pero conseguir los materiales y trabajarlos sin apenas herramientas fue todo un desafío.

—¿Tú construiste las casas? —dijo el niño abriendo la boca asombrado ante la posibilidad de tener ante él a una de esas personas.

—¡Tan viejo no soy! —contestó exagerando su reacción.

El niño sonrió consciente de que su abuelo bromeaba y comprendió que la historia que le estaba contando había ocurrido hacía mucho tiempo. Agarró el borde de las mantas que le cubrían todo el cuerpo y miró hacia fuera a través de la ventana.

—¿Cómo entraron? —preguntó al fin.

—Eso lo dejamos para mañana, ahora toca dormir.

El abuelo colocó las mantas asegurándose de que su nieto no pasara frío y le dió un beso en la frente antes de apagar la luz.

—Buenas noches —musitó en el umbral de la puerta.

—Buenas noches abuelo.

Y tras dormirse no pudo evitar soñar toda la noche con aquella historia, la historia de sus antepasados, la historia de cómo se había formado el mundo que él conocía.

Loop

LOOP

La densa oscuridad me ciega. No se donde estoy. El ambiente está cargado y el suelo es frío. Sólo distingo un rectángulo de claridad frente a mí. Me levanto del suelo y me pregunto cómo he llegado aquí.

Recuerdo que no estaba en casa. Estaba con un par de amigos en las afueras de la ciudad. Me esfuerzo por recordar dónde. Música, colores, animales,gente... Por alguna razón todo eso me viene a la mente. ¡Un circo! Lo recuerdo. Estaba en un circo a las afueras de la ciudad.

Rebusco en mi cabeza para concretar más mi posición, pero unas voces me interrumpen. Vienen del rectángulo. Charlan animadas y al oírlas me recorre una sensación de Deja vù. Me acerco lentamente al recuadro de luz en busca de una salida pero me topo con un grueso cristal. Las voces cada vez están más cerca. Pego la cara intentando ver algo a mi alrededor. Al otro lado sólo hay una sala iluminada tenuemente. Al momento, tres personas entran en ella.

Las miro y me resultan extrañamente familiares. Conozco sus movimientos, conozco sus siluetas y conozco sus voces. Se acercan a mí y me separo despacio, con la mirada atenta. Ríen y charlan despreocupadas y, al aproximarse, como si de una revelación se tratara, comprendo que las figuras al otro lado del cristal somos mis amigos y yo. Antes de estar aquí estaba ahí, en la sala de los espejos.

No comprendo nada. Observo atentamente lo que parece una película con los últimos sucesos conocidos de mi vida. Ellos y yo están tan tranquilos, divirtiéndose, haciendo muecas frente al espejo tras el que estoy encerrado, ignorantes de la realidad que los rodea.

Muevo los labios recitando la frase que dirán a continuación. «Date un beso». Antes de poder pronunciarla entera mis dos amigos vitorean y dan palmas cantando a coro la frase. «¡Date un beso! ¡Date un beso!» cantan al unísono, divertidos, esperando que lo haga para tener algo gracioso que contar después.

Veo como acerco mis labios y beso mi reflejo. Ellos explotan en un mar de carcajadas mientras lo hago y algo comienza a suceder en mi lado del espejo. Una masa se forma donde mi boca se juntaba al cristal. Cambia tan rápido que es imposible seguir los pasos de la transformación. Se hace grande y adquiere forma humana. Cae al suelo golpeando fuertemente como un peso muerto.

Miro seguidamente al suelo y al espejo sin poder creer lo que veo, sin poder creer que mi yo al otro lado del cristal no ha oído el golpe y puede continuar su visita como si no hubiera pasado nada.

El otro yo y mis amigos salen de la habitación y oigo como se alejan sus risas. Me acerco despacio a esa figura inerte que yace encogida en el suelo. La toco con cuidado. Noto su pulso y el calor que emana. Mis sentidos se agudizan para reaccionar rápido ante cualquier indicio de peligro. Oigo murmullos y noto como se mueve el aire. Poco a poco se me encoge el corazón y noto sudores fríos. Reconozco el rostro de la persona que hay en el suelo. Reconozco el rostro de la multitud que ha salido de entre las sombras y ahora me rodea. Puedo sentir como se dilatan mis pupilas y se acelera el corazón al comprender que no soy el primero. Tampoco seré el último. Ni yo, ni mi copia gemela que descansa en el suelo esperando despertar a una pesadilla inexplicable. Decenas de caras iguales a la mía me miran comprensivas y entiendo que debo retirarme a la oscuridad. Esperando a que el bucle comience de nuevo, un bucle infinito perdido en el tiempo justo en aquel momento en que beso el espejo.

El Mitte

EL MITTE

Me pregunto cómo he llegado a esta situación. Estoy aquí porque el Mitte quería un artículo. Soy un privilegiado por estar aquí, ante el Mitte, en su gran Cybercastillo vetado a todo el mundo. Un privilegiado por ver la cara, no sólo de uno de los Mitte, sino del Gran Mitte. Pero temo por mi vida.

—Por favor, siéntese. No tiene de qué preocuparse. El complejo está diseñado con la mejor tecnología. Gracias a su sistema de seguridad nada puede atravesar estas cuatro paredes. Ni siquiera nosotros —Lo dice tranquilo y con un aire de superioridad. Parece que no le importa que alguien esté tratando de atentar contra su vida—. Si le parece bien podemos comenzar con la entrevista. Al fin y al cabo es para lo que ha venido y pasará un buen rato hasta que salgamos de aquí.

Yo, nervioso, con un molesto pitido en el oído por culpa de la explosión ocurrida hace unos momentos, me siento y enciendo mi instrumental.

—Como sabe, su identidad y aspecto físico no serán mencionados en ningún lugar debido a la conocida ley de anonimato del órgano gubernamental.

—Si. Una ley muy práctica. Si toda la Tierra está bajo el mismo gobierno es lo mejor. Es más difícil odiar a un gobierno sin cara. No hay prejuicios sobre su físico, ni su labia, ni su vida… Incluso resulta más fácil aceptar sus decisiones —Me mira esperando ver mi reacción a su elaborada respuesta.

—Es posible que tenga razón —contesto. Y realmente creo que tiene razón. De haberle visto antes le habría odiado de inmediato—. Comenzaré con la primera pregunta. ¿Cómo se siente al gobernar sobre el mundo entero?

—Mal, me siento mal —Me sorprende su respuesta—. No me mire así. Es mucha responsabilidad. Hace siglos lo máximo era gobernar un país, ahora poseo el mundo y el mundo no es nada agradecido —Miro sus ojos y veo que su contestación es sincera.

—Al parecer siente que el mundo no agradece su mandato ¿Qué cree que ha hecho este gobierno por el mundo y qué mejoras piensan hacer?

—Decir lo que ha hecho este gobierno no sirve de nada. Nunca se puede tener contento a todos —Mira sus manos y calla. La pausa se hace eterna—. En cuanto a las mejoras… todo va a cambiar. No se si a mejor o a peor, pero supongo que espero que todo vaya mejor dado que la historia demuestra que no somos capaces de gobernar de una manera eficiente.

Algo no encaja. Me mira directamente a los ojos y parece que espera que dé con la solución. Sus planes de futuro me inquietan a pesar de no entender qué ha querido decir.

—Creo que no le sigo, ¿Dónde ve el mundo dentro de unos años? —pregunto intentando mantener la profesionalidad.

—Gobernado por otros.

Siento que se ríe de mí y decido terminar con la farsa.

—Se acabó el juego. ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué me ha pedido que le entreviste? Y ¿qué está pasando ahí fuera?

Me mira decepcionado. Supongo que esperaba que el juego durara un poco más.

—Hoy acaba mi mandato. He vendido el mundo y pienso acabar con mi vida. Sólo quería que alguien pudiera explicar el porqué —Le miro insistentemente, esperando que prosiga—. Al final, parece que no estamos solos y creo que ellos sabrán dar un uso a la Tierra que nosotros no hemos sabido darle. Toda esta tecnología no podrá salvarnos de la mala gestión que hemos hecho hasta ahora. Yo no puedo seguir con esto. He visto los problemas del mundo y solo ellos pueden arreglarlo.

No entiendo nada. No tiene sentido.

—¡Explicate! —grito mientras me levanto y le agarro de la camisa.

Él, todavía en calma, me responde entre susurros «A ellos» y señala hacia la ventana. Le suelto y me aproximo con lentitud. Una gran masa metálica atraviesa el cielo y siembra el caos. Vuelvo la vista, incrédulo, para confirmar que lo que ven mis ojos es real. El Mitte ya no está en su sillón. Detrás de su escritorio agarra un arma con la mano y sonríe antes de dispararse. Vuelvo a mirar por la ventana. El fin del mundo se aproxima.

Träumen

TRÄUMEN

Miro a mi alrededor y veo a la gente paseando. Yo, sólo, con la única compañía de un periódico pasado de fecha y un café, me acomodo en un banco cerca del estanque. Me relaja ver cómo los niños juegan y la gente sonríe. Despreocupado, doy un sorbo y abro el periódico. Una hoja cae.

Recojo cuidadosamente la hoja del suelo y veo que tiene algo escrito. «Te veo», reza en una perfecta caligrafía y yo vuelvo a mirar a mi alrededor. Pero no percibo nada extraño. Supongo que la nota forma parte de algún tipo de broma y que no va dirigida a mí expresamente, así que vuelvo a ponerme en posición y leo el periódico.

Al pasar página cae otra nota. «Tu nombre es Crane y conozco todos tus secretos». Me asusto al ver mi nombre escrito. Si, mi nombre es Crane pero, ¿quién es la persona que ha escrito esas notas? Levanto la vista por tercera vez y en esta ocasión examino la zona en profundidad. La gente sigue riendo y paseando tranquilamente. ¿Es que nadie se da cuenta de lo que sucede? Lo que antes me relajaba ahora me pone nervioso. Siento sus risas y todo el mundo me parece culpable. Les acuso en silencio mientras me invade la inquietud.

Vuelvo a mi periódico, esta vez con un ojo puesto en él y otro en la multitud. Me dispongo a pasar de hoja de nuevo, ahora con mucho más cuidado, y como temía, otra nota cae a mi regazo. «Sé lo de Bill. Sé que fuiste tú». El corazón me late deprisa. La cabeza empieza a dolerme y siento una presión en el pecho que va en aumento. ¿Cómo puede saberlo? Vuelco el periódico, desesperado, en busca de respuestas. Una tras otra empiezan a caer notas escritas con la misma perfecta caligrafía que las demás. El aire hace que vuelen en un remolino que las lleva directamente frente a mí, para que pueda ver como, cada una, revela un pequeño detalle sobre mi oscuro secreto.

Muevo los brazos violentamente apartando las hojas y fijo la vista más allá de los papeles que me rodean. Ahora todo está vacío. ¿Dónde ha ido todo el mundo?

Me levanto con cuidado. Paranoico, miro mi cuerpo en busca de una pequeña luz roja que me apunte directamente al corazón. Pero sería imposible. Estoy absolutamente sólo. Ahora no hay risas. No hay nada.

Corro por mi vida. Siento encima de mí esa amenaza impersonal que me observa. Me dispongo a salir del parque por su puerta principal y al cruzarla, me encuentro en el mismo lugar donde todo comenzó. Estoy en el banco cerca del estanque. Pero sigue sin haber nadie alrededor. Lo intento una vez más y corro hacia la salida. Otra vez el mismo sitio.

Me mareo. Mi mente no puede con esta situación. «¿Cómo he llegado aquí?» me pregunto y me doy cuenta de que literalmente no sé cómo he llegado aquí. No recuerdo donde estaba antes del parque, antes del banco, antes de las notas. No recuerdo nada en absoluto antes de esta pesadilla que no me deja escapar y de pronto, despierto.

—¿Estás bien? —Oigo de fondo, muy lejos.

Aparto algo de mi cara de forma sistemática y adapto mi vista al entorno que ahora veo borroso. Noto una mano en el hombro.

—¿Estás bien? —La misma pregunta. Ésta vez más nítida.

—Creo que sí —respondo sin estar muy convencido.

—Ví en la pantalla que el juego estaba había fallado y me acerqué. A veces pasa, y creeme, no es una experiencia agradable.

Miro mis manos y comienzo a atar cabos. En ellas están mis gafas de realidad virtual. Las que utilizo en la sala de juegos. Observo al extraño y comprendo que estoy allí, que nunca estuve en el parque y le respondo.

—No pasa nada. Son gajes del oficio.

El chico se va tranquilo al comprobar que estoy bien y yo echo un vistazo a mis gafas. Reacio, las acerco a mi cara. Necesito saber por qué el juego conocía mis secretos.