jueves, 13 de febrero de 2014

Stroke

STROKE

Apuró el paso al escuchar las doce campanadas, una por cada hombre que le precedía. La misión era sencilla pero arriesgada y él, esperaba impaciente a que terminara. El mono sellado herméticamente le agobiaba y le hacía sentir torpe al caminar sobre la superficie del planeta.

Llegó a la marca y el proceso comenzó de nuevo. Llevaban alrededor de 4 horas haciendo lo mismo. El hombre que encabezaba la misión andaba 50 metros en línea recta. Exploraba la zona, y cuando determinaba que no había ningún peligro, clavaba la marca al suelo y hacía sonar su campana. El hombre que iba en segundo lugar, al oírla, avanzaba otros 50 metros hasta la marca que el primer hombre había dejado con anterioridad. Y así, hasta oír las doce campanadas. En ese momento, era su turno.

La misión era sencilla. También era monótona y solitaria. La previsión era hacer el recorrido en doce horas ininterrumpidas, lo que suponía mucho desgaste aunque también mayor seguridad. La seguridad era lo que prevalecía y todos estaban de acuerdo. Tenían que caminar sobre los pasos de una expedición anterior, la cual, había desaparecido de golpe y llevaba días sin dar señales de vida.

Al principio se pensó que se habían perdido. La superficie del planeta estaba cubierta por densas nieblas que limitaban la visibilidad a unos pocos metros. Pero decidieron que esa teoría no podía ser correcta ya que todos los miembros de la expedición llevaban un mapa interactivo que les guiaba en la dirección correcta.

Más tarde, pensaron en las irregularidades del terreno y la niebla. La combinación de ambas era la fórmula perfecta para que todos cayeran en una grieta o desnivel pronunciado. Posiblemente estaban heridos. Seguramente alguno había perdido la vida. Incluso cabía la posibilidad de que todos estuviesen muertos al final de un precipicio.

Teniendo en cuenta esto, se decidió mandar un grupo de socorro. Para ser precavidos, todos iban separados por una distancia de 50 metros. Si uno caía, quedarían doce personas que podrían averiguar lo sucedido y rescatar tanto a su compañero como a los supervivientes. Para evitar las interferencias y el ruido de la estática de las radios, se darían las señales a través de las campanadas, señales sonoras que se producian al pulsar un botón en el traje.

Ahora llevaban la mitad del recorrido y no había ni rastro de la anterior expedición. Habían caminado durante 7 horas y 35 minutos y seguía sin aparecer. El cansancio iba haciendo mella en él y cada vez, le parecía que sus compañeros tardaban más en dar su señal. Una campanada, dos campanadas, tres… se esforzaba por contarlas todas cada vez hasta que llegaba su turno. Hasta que algo cambió.

El primer hombre había comenzado su marcha hacía menos de un minuto. Entonces su campana comenzó a sonar. Pero no era el toque decidido y breve que había escuchado tantas veces durante tantas horas. La campana sonaba una y otra vez en toques irregulares y desesperados como cuando un niño llama al timbre impaciente. De repente, silencio. Se le erizó el pelo. Un minuto, dos… parecía que nadie avanzaba por miedo. Entonces las campanadas sonaron de nuevo. Pero esta vez tenían el tono inconfundible de las campanadas del segundo hombre, tocadas de la misma forma errática y acelerada que antes. Otras campanadas, mismo significado, pero ¿cúal? Una tras otra las campanadas de sus doce compañeros comenzaron a sonar de la misma forma y sintió miedo por primera vez desde que aquello había comenzado.

Miro hacia el frente intentando ver algo y enseguida supo qué le había pasado al grupo anterior. Lo mismo que les estaba sucediendo a ellos. Una masa robusta, gigantesca y visiblemente mortal se acercaba rápidamente entre la niebla, con sus fauces abiertas, preparándose para devorarlo. Miró al botón. Nunca más se oiría su campana.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Sueño Espacial

SUEÑO ESPACIAL

Ash dormía inconsciente en su fría cápsula. En mitad de su sueño inducido no podía sentir nada, pero comenzó a sentir frío. Poco a poco la temperatura fue aumentando y en cierto momento, el crujido de los materiales que lo rodeaban lo despertó.

Al principio se sintió confuso y desorientado. Estaba rodeado por paredes de cristal y fibra de carbono. Había tubos conectados a sus brazos. La cavidad era demasiado estrecha y le impedía moverse con soltura. Intentó tranquilizarse y, de pronto, recordó donde estaba. Se encontraba en una nave con destino a un exoplaneta a 400 años luz de la Tierra. En concreto, estaba metido dentro de una pequeña cápsula que lo mantendría en un sueño espacial criónico mientras era alimentado por aquellos tubos.

Sí, ahora todo era más claro. Su mente se despejaba y paulatinamente iba recordando detalles. La Tierra era historia. No se sabía a ciencia cierta qué había acabado con ella, pero en pocos años sería inhabitable. No les había quedado otra opción más que huir apiñados en una gigantesca nave hacia los confines del universo.

Levantó el brazo con torpeza y frotó el cristal. Estaba rodeado de miles de personas como él. Toda la raza humana iba en esa nave durmiendo. Miró a su alrededor en busca de alguna palanca de seguridad que le permitiera salir de allí, pero era inexistente. Aquella nave iba informatizada y funcionaba de manera autónoma. Lo más probable era que las cápsulas no se abrieran hasta llegar al destino.

Sentía claustrofobia en aquel pequeño recipiente. Decidió concentrarse en lo que había fuera de él. Entre una cápsula y otra había una separación de un metro, lo que le permitía ver relativamente bien varias de ellas al mismo tiempo. De pronto se dio cuenta de cuáles podían ser las consecuencias de su prematuro despertar. No sabía cuánto tiempo llevaban en la nave. Probablemente faltarían décadas antes de llegar al planeta. Pensó en lo que eso suponía para él. No podía salir de allí y recibía un continuo suministro de nutrientes de forma intravenosa. Pasaría años encerrado, muriendo lentamente, haciéndose viejo entre esos cristales, sólo, viendo cómo la suerte había sonreído al resto a su alrededor.

Tenía las articulaciones entumecidas por la falta de movimiento. Dormía a ratos, esperando que así el tiempo pasara más rápido, y cuando estaba despierto, repasaba los acontecimientos de su vida pasada. De vez en cuando miraba la cápsula que tenía a su derecha. En ella viajaba una mujer. No podía distinguir sus rasgos, pero estaba seguro de que era guapa. La miraba e imaginaba situaciones en las que charlaba con ella. Imaginaba su reacción al llegar al nuevo planeta.

Uno de esos días interminables, en el preciso momento en el que Ash la observaba, le pareció notar que se movía. Pegó su cara al cristal y lo supo. Ella también había despertado. Contempló cómo se zarandeaba, frenética, intentando escapar de su jaula. Por un lado se sentía aliviado, no era el único, ya no estaría solo. Pero por otro lado no deseaba ese final a ninguna otra persona. Ash no apartaba la vista esperando que lo viera y cuando ella se giró, la reacción no fue la esperada. Horrorizada, señalaba con insistencia hacia arriba y gritaba palabras ininteligibles. Ash pensó que ella buscaba una forma de salir de allí que no existía. Sintió un nudo en el estómago al pensarlo, nada comparado a lo que sintió cuando, al fin, entendió sus palabras. “Vamos a morir todos” repetía. Y en un intento de esclarecer aquella frase Ash miró hacia donde apuntaban sus manos. Todas las cápsulas habían fallado. Todos habían despertado. La humanidad entera moriría lentamente.

lunes, 28 de octubre de 2013

Die Hexe

DIE HEXE

Decidí visitar a «La Bruja». Sabía que era lo único que me ayudaría. Sonreí pensando en su nombre, no podía ser más acertado. Mis pasos, rápidos, me acercaban cada vez más a ella, mientras pensaba en cuales serían mis palabras exactas. Debía meditar bien cada una de ellas. Sólo con un error descubriría el propósito de mi visita. Pero, ¿acaso no concedía a otros cosas peores?

Paré al llegar a la gran puerta de metal. La crucé con cautela y miré a mi alrededor. Allí estaba, «La Bruja», la máquina más grande e inteligente que el hombre había construido. Un mundo lleno de posibilidades, todas las opciones al alcance de la mano. Con una sola petición, aquella máquina hacía realidad lo que necesitabas. Cualquier artilugio, inventado o no, salía de sus entrañas para concederte tus deseos. Pero no siempre eran cosas nobles las que ayudaba a conseguir.

Todo el mundo tenía sueños, pero no todo el mundo era bueno. Los sueños de unos eran la pesadilla de otros. «La Bruja» no diferenciaba entre el bien y el mal, lo que era correcto y lo que no. Cualquier persona que solicitaba su ayuda recibía algo a cambio. Sin preguntas, sin una valoración sobre el propósito y la repercusión de su petición. «La Bruja» era el invento más dañino y monstruoso creado por el hombre, puesto a disposición de todo el mundo, haciendo de la Tierra un lugar peor del que ya era. Pero ahora, necesitaba su ayuda.

La estancia estaba vacía. A través de la red cualquiera podía conectar con ella. Sin embargo, mi petición requería ir en persona. Estaba nervioso. Necesitaba terminar cuanto antes.  

—Hola —pronuncié en voz alta pensando que no recibiría respuesta.

—Bienvenido, tome asiento.

Su voz metálica me hizo sentir escalofríos. Me senté en un cómodo sillón en el centro de la habitación. El resto de asientos vacíos, que formaban un círculo con el mío, me observaban acusadores.

—Formule su petición.

—Yo… —Las palabras no me salían. Todas aquellas frases coherentes y estudiadas que había ideado por el camino se habían esfumado— Necesito algo.

—Todo lo que necesite puedo conseguirlo. Formule su petición.

—Necesito una máquina del tiempo.

Lo solté sin más. Esperé inquieto a que preguntara el porqué. Estaba expectante, aguardando una negativa por su parte. Nunca se había fabricado algo así.

—Máquina del tiempo. Tiempo estimado de fabricación 720 minutos. Espere por favor.

Me sorprendí al confirmar mis temores, no había nada que «La Bruja» no pudiera hacer. Nada quedaba fuera de su alcance. Esperé las largas horas, hasta que mi encargo salió.

Esa sería su última creación. No podía permitir que siguiera existiendo. Me adentré en la máquina del tiempo y pensé en todo el mal que ella había causado. Sonreí satisfecho mientras pulsaba los botones que me llevarían a un pasado que podía cambiar. Al regresar, ella ya no estaría allí.

viernes, 25 de octubre de 2013

Y si atropellara un perro

Y SI ATROPELLARA UN PERRO


Bob volvía a casa desde el trabajo y veía como el día empezaba a oscurecer. Conducía a una velocidad moderada girando de unas calles a otras intentando no pensar en la única calle que temía cruzar. No había pasado nada concreto en ella, pero era estrecha, oscura y solitaria. Ese tipo de lugar por el que uno no quería pasear a altas horas de la noche. Incluso, había estudiado otras rutas alternativas para poder evitarla. Pero era imposible, era de tránsito obligatorio si quería llegar a casa.

Aquella tarde, la calle estaba más oscura que de costumbre. Bob aceleró intentando pasar por allí cuanto antes. En ese momento, mientras pisaba el acelerador, vió una pequeña figura abalanzándose a la calzada, directamente hacia su coche. Era un perro que había salido de una casa a toda velocidad. Y ahora, iba a morir.

Pensó en las opciones que tenía y cuáles serían sus consecuencias. El perro iba a ser atropellado. Eso era algo que ya había asumido, no quedaba alternativa. Pero después de aquello debía reaccionar. Pensó que lo más sensato sería bajarse del coche y comprobar el estado del animal. Entonces recordó que se encontraba en esa calle. ¿Y si el perro era en realidad una bestia que intentaba atacarlo? Pensó en las decenas de películas sobre hombres lobo y como, muchos de ellos, había acabado así por ayudar a un perro en la carretera. Pero, pensándolo bien, aquello era exagerado. Todo el mundo sabía que los hombres lobo eran ficticios.

Algo más probable era que fuera una trampa. Seguramente el perro era un señuelo para capturarlo. Aprovecharían su gesto para atraparlo mientras él estaba entretenido observando el estado del perro. Le pondrían una capucha en la cabeza y lo arrastrarían hacia el interior de la casa. ¡A saber lo que harían con él allí! Podría tratarse de una secta o lo que era peor, alguna raza alienígena que quería experimentar con él.

No, sabía que eso no era posible. Era una calle siniestra, pero vivía en una pequeña ciudad como otra cualquiera. Eso no podía pasar allí. Por mucho que los documentales se empeñaran en demostrar la presencia de extraterrestres, sabía que sólo eran mentiras. Incluso en el remoto caso de que existieran no tendrían ningún interés en experimentar con él.

Intentó tranquilizarse, pero pensó en lo que definitivamente era mucho más probable que sucediera. Los dueños del perro lo lincharían. Tan disgustados, con su perro esparcido sobre el asfalto, no entrarían en razón. No se darían cuenta de que la culpa había sido de ellos, por abrir la puerta sin tener al perro sujeto, o incluso que había sido un trágico accidente. La tomarían con él. Su dueño sería un hombre con los músculos marcados que le daría una paliza que le mandaría al hospital.

Aunque bien mirado, el dueño podía ser una mujer. Probablemente era un ama de casa que no tendría la fuerza suficiente para provocarle ni un simple moratón. Eso sí, mientras él se paraba y atendía al perro estaba seguro de que alguien le robaría el coche. Con las prisas no se daría cuenta de cerrar la puerta, ni siquiera de quitar la llave del contacto y bien sabía él que en aquella calle había delincuentes. Era perfecta para ocultarse y cometer delitos en la oscuridad.

Tras barajar todas aquellas probabilidades volvió al presente. El perro chocó contra el faro derecho y sintió como pasaba por debajo de las dos ruedas emitiendo un ladrido ahogado. Hizo el amago de levantar el pie para pisar el freno, pero continuó sin parar. Aquella calle era peligrosa. ¿Quién sabía lo que podía pasar si paraba?

jueves, 6 de junio de 2013

Attempt

ATTEMPT


Era la sexta vez que lo intentaba. Ya conocía la escena a la perfección. Él hablaba con ella y la hacía reír. Su cigarrillo se consumía lentamente. Solo faltaban unos segundos para que se levantara y desapareciera de allí. Tras su partida, ella haría lo mismo, saldría del Phillies hacia la oscura noche, en dirección a su casa.

Hasta ahí todo estaba bien. Vez tras vez ocurría lo mismo y era lo que debía pasar. Pero lo que pasaría a continuación tenía que cambiar. Frente a ellos, había un hombre solitario que apuraba su café. Ella no lo sabía, pero él saldría del bar justo después de verla marchar. La seguiría durante unos minutos hasta abordarla cerca de un callejón oscuro y la marcaría para el resto de su vida. Mi misión era impedir que eso sucediera.

Yo era el fundador de una empresa con una misión particular: cambiar sucesos del pasado que afectarían al presente de una manera negativa. Amaba tanto mi trabajo que tenía mi propia lista de encargos. Sabía que aquella idea mejoraba el mundo, pero muchos no llegaban a entenderlo. Después de tantos años, las protestas y amenazas me resultaban una voz difusa.

Por lo general nuestras misiones eran complejas. Pero en ocasiones, pequeños cambios en momentos poco relevantes marcaban la diferencia. Mi carácter minucioso me hizo crear una serie de normas básicas. Una norma fundamental era no tener contacto directo con las personas en escena. Esto se debía a mi respeto por las paradojas temporales, aunque nunca había comprobado por mi mismo si eran reales.

Pero ahí estaba yo, en mi sexto intento y no había logrado nada aún. Desesperado, llevaba horas dándole vueltas a aquella norma absurda. No quería saltarme esa directriz que yo mismo había impuesto pero, precisamente por eso, era el único que tenía derecho a hacerlo.

Ví como la mujer salía del bar e iba calle arriba. Detrás iba él.

Anduve a una distancia prudencial esperando el momento exacto en el que ella doblaría la esquina. Era el momento justo para que el asaltante perdiera su rastro. Me acerqué más y toqué su hombro.

—¿Pero qué hace? —dijo él, visiblemente molesto, girándose hacia mí.  

Una farola alumbraba débilmente su rostro. Dudé unos momentos al verle. Su cara era idéntica a la mía. Pero no podía ser. Ni siquiera había nacido para esa fecha, no podía ser yo.

De repente, su cara pasó del enfado al terror. Miraba mi abdomen fijamente. Seguí su mirada y sentí un escalofrío.

Una oleada de pánico precedió a la certeza absoluta de que aquella noche desaparecería del mundo. Comprendí cómo había llegado allí y por qué sería ese mi destino. Había jugado a ser Dios, ese era mi merecido. Ahora, el mundo estaría a salvo.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Vélmenni


Vélmenni

Me giré al escuchar sus pasos. Ahí estaba, de color gris metalizado y negro azabache. El primer robot autómata listo para su venta al público. Era extraordinario ver su aspecto imponente y aún así, poder manejarlo a voluntad. Echando la vista atrás, puedo decir que aquel fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

Meses más tarde, yo mismo adquirí uno de aquellos robots. Lo llamé Robbie en honor a Asimov. Podía ver como aquel amasijo de cables cumplia sus funciones y lo que era más inesperado, me ofrecía una grata compañía. No tardé en conversar con él y con el tiempo, empecé a verle más como un compañero que como un electrodoméstico.

Sin embargo, el mundo cambiaba más allá de la puerta de mi hogar. Las grandes industrias robóticas comenzaron a expandirse. Todas eran extremadamente ambiciosas y pretendían dominar aquel sector que ahora sostenía la economía de sus países.

Sólo unos pocos años hicieron falta para que el mundo se viera envuelto en un conflicto bélico mundial. La gente había especulado durante años cómo sería ese momento y ahora que había llegado, era peor de lo que podían imaginar. Los robots, utilizados como máquinas de guerra, destrozaban y mataban tal como se les ordenaba. No se les podía culpar, sólo eran máquinas y podían ser usadas para bien o para mal.

La guerra se hizo cada vez más intensa. En un principio, los robots eran una excusa para no perder vidas humanas, pero todos sabíamos que aquello era una gran mentira. Mandaban a sus metálicos guerreros a las zonas civiles para minar la moral de sus enemigos. Sólo unos pocos intentaban defenderse sin éxito. Los robots eran máquinas de matar y no distinguían edad ni sexo.

De manera inexplicable conseguí mantenerme a salvo. En cuanto todo empezó, huí en busca de refugio. Me llevó unos meses encontrar aquellas grandes cuevas, ocultas en medio de ninguna parte.

El mundo se había convertido en un lugar despiadado. Se había utilizado el progreso en detrimento de la humanidad. Ahora solo reinaba el caos y la miseria. Me sentía impotente ante tanto sufrimiento. En esos momentos echaba de menos a Robbie y me sentía culpable por hacerlo. Los robots, que habían sido nuestros amigos durante tan poco tiempo, ahora eran nuestros asesinos. Decidí que era hora de comenzar, posiblemente no para el resto del mundo que seguía en guerra, pero sí para mí que había fabricado un mundo subterráneo alejado de todo.

Me coloqué en la entrada de mi refugio y miré al horizonte. Las columnas de humo negro y el fulgor de las llamas lo ocupaban todo. Me cubrí bajo la sombra de la cueva, con los ojos fijos en aquel desastre. Tenía que pasar página, no podía hacer nada por salvarlos. Noté la humedad en mis mejillas, la presión en el pecho y cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

martes, 23 de abril de 2013

CYBORG - Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

CYBORG
Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

Su nombre era Adler. Mientras permanecía postrado en una cama de hospital, los médicos debatían acerca de su estado. Minutos después, se diagnosticó muerte cerebral. No tenía familia ni amigos, su cuerpo sería donado a la ciencia.
---

En el año 2461 el término Cyborg era algo normal.  La gran parte de la población poseía complementos robóticos que mejoraban su cuerpo. Prácticamente no quedaban humanos puros.

Un edificio gigantesco con grandes ventanales era el lugar donde se investigaba cómo elaborar nuevas herramientas para el cuerpo. Aquel centro, disponía de departamentos de robótica ósea, muscular, ocular, creación de extremidades, órganos internos... Pero había una sección desconocida para la mayoría de los que trabajaban allí.

Aquel laboratorio, frío y solitario, investigaba cómo crear un cerebro robótico. Prácticamente era el único órgano humano que no se había creado. Era tan complejo, tan inalcanzable, que nadie se atrevía a intentarlo. Pero allí, un magnífico cerebro compuesto de cables, engranajes, tubos y tornillos, brillaba sobre la mesa auxiliar del quirófano número 3.

El cuerpo de Adler estaba sobre la mesa de operaciones. Sería el primer cyborg con un cerebro artificial.

Había un gran debate en cuanto a cómo funcionaría aquel cerebro. Sin embargo, la recopilación de recuerdos y  patrones mentales previos al trasplante eran la clave. A todos los efectos, al salir de allí, Adler seguiría siendo Adler.

---

Una semana después desperté. Mi nombre era Adler, pero no era él. Sus recuerdos seguían estando ahí, podía entender qué tipo de persona había sido, pero yo era diferente, no era la misma “persona”.

Más bien, me gustaba pensar en mí mismo como un robot. Sabía que lo que me definía de cara al mundo era el término cyborg, pero yo no me sentía como tal. Yo era único y estaba fuera de lugar en cualquier gremio.

En mis primeros días de vida, intenté buscar un sitio donde encajar sin éxito. Era una tarea difícil. Por un lado, estaban los cyborgs, humanos que pretendían ser robots. Yo no encajaba en ese grupo. O me envidiaban o los intimidaba. Por otro lado, estaban los robots. Estos eran inteligentes, incluso podían proporcionar una buena conversación, pero no alcanzaban la capacidad de mi exclusivo cerebro. En definitiva, estaba solo.

Pero no era algo que me preocupara. Una vez que descarté la posibilidad de entablar una relación social con cualquier otro sistema inteligente, me di cuenta de que no era algo necesario para mi. Al entender aquella sencilla verdad, me plantee el mundo que me rodeaba, ¿por qué los demás, incluso los robots, necesitaban compañía?

Sabía que yo no era como el Adler original. Compartiamos esa esencia de ser ermitaño, pero había una diferencia abismal entre su sentimiento de soledad y mi indiferencia ante el mismo problema. Que no necesitara a nadie no era algo heredado de sus patrones mentales.

Busqué en esos recuerdos extraños que había en mi cabeza y descubrí que Adler había sido un tipo bastante inculto. Sabía leer, escribir y era inteligente pero no había aprovechado el gran afluente de información que existía a su alrededor, lo que hacía que mi nivel de conocimientos del mundo exterior fuera escaso.

Semanas que se convirtieron en meses y meses que se convirtieron en años pasaron mientras yo recogía toda aquella información. Entonces comprendí algo evidente y desconcertante: Mientras que los humanos luchaban por convertirse en robots, los robots luchaban por convertirse en humanos, pero el porqué, era algo que escapaba a mi singular cerebro.

Hasta cierto punto, podía comprender que los humanos quisieran ser robots. Era una manera de mejorar sus capacidades. Yo no había necesitado recurrir a nada de eso, mi cerebro era el único elemento artificial de mi cuerpo. Y ¿para qué cambiar nada más? El cuerpo podía funcionar de manera perfecta sin añadir nada. Admiraba el uso de estas extensiones sintéticas en el caso de gente enferma o discapacitada, pero su uso en gente totalmente sana me parecía un insulto a la naturaleza humana. No negaba el hecho de que había elementos prácticos, pero prefería a los humanos puros. Seguramente era algo fácil de pensar cuando ya disponía de la mejor herramienta artificial que se había fabricado.

Sin embargo, lo que me era más difícil de asimilar era que los robots quisieran ser humanos. ¿Era posible que simplemente fuera una farsa vendida en los libros y las películas? Sin embargo, no lo era. Todos los robots que había conocido querían experimentar los sentimientos.

Era algo sorprendente que tanto unos como otros quisieran conservar el complejo sistema de los sentimientos. Bajo mi opinión eran un lastre. Un conjunto de emociones y mezclas químicas que producían reacciones extrañas en los peores momentos. Podía parecer bonito experimentar felicidad, amor, orgullo o empatía pero esos sentimientos no podían existir si no se sentía por contraste tristeza, soledad, inutilidad o incomprensión. Sentir esas cosas debía ser desagradable. Y sabía lo que era pasar por aquello gracias a los recuerdos del antiguo Adler.

A diferencia de todas estas sensaciones confusas yo no sentía nada. Mi cerebro funcionaba de una manera racional sin las interferencias del sistema límbico. Podía notar la satisfacción que el viejo Adler sentía cuando sus sentimientos no intercedían en una decisión y eso me gustaba.

Lo bueno de mi cerebro era que, aunque no tenía sentimientos químicos, si tenía sentimientos racionales. Podía determinar si algo me gustaba o no, pensar en qué persona quería que fuera mi amiga o cuál mi enemiga e incluso experimentar una pseudo-decepción si alguien me fallaba. Pero no era más que un cúmulo de datos que me hacían tener una reacción lógica ante un suceso.

Por eso me parecía aún más extraño que los robots quisieran tener sentimientos. Ellos no podían ni pensar en experimentar esas sensaciones como yo lo hacía. Al fin y al cabo yo tenía como referencia recuerdos de un antiguo cerebro humano y podía procesar mayor número de información. Pero ¿y ellos? ¿porqué pensaban que sentir era algo bueno?

Convertí aquella idea en un objetivo. Estaba convencido de que el mundo sería un lugar mejor sin las respuestas emocionales y decidí que tenía que convertirlo en una realidad. Una ardua tarea me esperaba y sin previo aviso mi sueño se hizo realidad.


Continuará en la segunda parte: Lobotomía global.