TRILOGÍA TERROR EN LA RED
PARTE 1
EMOT[ICON]
TPRÓLOGO
Henry miraba la pantalla esperando una respuesta de su amigo. No esperaba nada interesante, solo algo que lo sacara de su estado actual. «Me aburro» eran las palabras que había escrito por última vez. Dos minutos y medio después, un sonido de campanilla le avisó de que su amigo había contestado.
«Yo también :( », fue la respuesta. Al momento, Henry notó algo raro. El emoticono triste le miraba. No podía explicar por qué, pero por momentos podía notar como esa cara cobraba vida. Parecía algún tipo de alucinación provocada por sustancias tóxicas, pero Henry llevaba días sin tomar nada. En seguida, escribió a su amigo lo que estaba pasando.
—Tío, estoy alucinando. Tu emoticono se mueve.
—Jajajaja ¡Venga ya! ¿Cuantos porros te has fumado hoy?
—No bromeo, es como si saliera de la pantalla, me está dando miedo....
—Estás muy mal colega, tú sí que das miedo.
Henry veía como el emoticono se hacía cada vez más y más grande, pero su expresión no cambiaba. Le miraba fijamente con esos dos puntos que tenía por ojos y su boca inclinada hacia el suelo. No le dio tiempo a explicar lo que pasaba. El pánico se apoderó de él. Unos segundos más tarde, Henry estaba muerto.
Al otro lado, su amigo miraba el ordenador, pensando que a Henry se le había ido la olla. Seguramente había tomado algo aunque lo negara. Tras media hora de espera, apagó el ordenador. Ya le preguntaría mañana que había pasado.
CAPÍTULO 1
No todo el mundo era capaz de hacer el trabajo que hacía Dirk. Tampoco era nada del otro mundo, pero cuando tocaba trabajar había que quebrarse los sesos y, porqué no decirlo, tener buen estómago.
Hoy tocaba trabajar. Un joven de 17 años llamado Henry había muerto ahogado en su cuarto. No había ni una gota de agua a su alrededor. Claramente era un caso para Dirk.
El cuerpo yacía boca arriba en el suelo con expresión de pánico. La silla donde antes se sentaba, ahora descansaba tirada a un lado.
— Decidimos llamarte en cuanto los sanitarios nos dijeron que había muerto ahogado. Sabemos que prefieres encontrar la escena tal y como estaba en el momento de la muerte.
—Os lo agradezco. ¿Qué os ha hecho pensar en mi?
—Básicamente que no hay ni rastro de agua en toda la habitación. Ni siquiera la típica botellita para beber por las noches. La moqueta donde lo han encontrado está totalmente seca y su ropa tampoco muestra indicios del ahogamiento.
—Podría haberse secado.
—Sería razonable pensar eso si no fuera porque han fijado la hora de la muerte a las diez en punto, un cuarto de hora antes de que la madre lo encontrara. Para entonces, ella afirma que su hijo estaba seco y no había agua ni ningún otro producto líquido cerca. Con la humedad de estos días dudo que el líquido se secara tan rápido.
—Tienes toda la razón —dijo Dirk pensando en las diferentes posibilidades—. Veré que puedo hacer.
Dirk quedó solo en la habitación y observó detenidamente la escena. No había indicios de que otra persona hubiera estado allí aparte de Henry. Era un joven ordenado y todo estaba en su sitio salvo por las deportivas que descansaban al pie del escritorio. Por la posición del cuerpo, quedaba claro que el chico estaba sentado frente al ordenador antes de morir. La madre corroboraba esa versión. Según ella, el ordenador estaba encendido cuando lo encontró. Por curiosidad, Dirk decidió ver qué miraba Henry justo antes de su muerte. Apretó el botón de encendido y en la pantalla apareció una ventana de chat. Las últimas frases de aquella conversación eran confusas. Seguramente, era algún tipo de broma que Henry tenía con su amigo y a la que no había que dar más importancia. Mientras leía, llegó un nuevo mensaje de su amigo virtual.
—Ey colega!! qué tal estás?? ya se te han pasado los efectos de eso que te fumaste anoche?
Esta había sido la última persona con la que había hablado el chico. Era difícil determinar si podía aportar información de utilidad, pero la mención de “aquello que te fumaste anoche” podía ser una pista de cómo había acabado así. Decidió contestar.
—Hola. Mi nombre es Dirk y me gustaría hacerte unas preguntas.
—jajajaj Parece que sigues igual...
—Eres amigo de Henry, ¿verdad? Veo que anoche estuvisteis hablando hasta las diez.
—Se supone que estás haciendo de detective o algo así? ya sabes que hablé contigo hasta que empezaste a flipar y dejaste de hablarme. Ahora en serio, que ya me aburre el royo este.
Por lo visto, el colega virtual no podía imaginarse lo que había pasado. Sabía que no era muy ortodoxo pero la única manera de conseguir que el chico hablara era hacerse pasar por el difunto Henry.
—Está bien, ya me dejo de bromas. Necesito que me digas tu movil porque he cambiado de telefono y tengo que apuntar los números otra vez.
—Has cambiado de teléfono? y cual te has pillado?
—Uno mejor, pero necesito tu número porque sin números en la agenda no me sirve de mucho.
—Esta bién. Apunta.
Dirk tomo nota y seguidamente llamó. Esperó alrededor de cuatro tonos hasta que saltó el contestador.
—Tío, me estás llamando tú? —dijo el chico a través del ordenador.
—Si, es que quiero probar una cosa del móvil nuevo. Cógelo.
Llamó por segunda vez. En esta ocasión el interlocutor descolgó sin dejar que sonara más de dos veces.
—Haces unas cosas muy raras últimamente —saludó el chico sin dar tiempo a Dirk para presentarse.
—No soy Henry. Siento ser yo quien te de la noticia pero a tu amigo le ha pasado algo.
—¿Es una broma?
—No. Ya te lo he dicho por el chat, a tu amigo le ha pasado algo y necesito que contestes unas sencillas preguntas.
—¿Está bien? ¿Qué le ha pasado? —dijo el amigo de Henry con un tono de preocupación en su voz.
—Lo siento, pero Henry ha fallecido. Ocurrió a las 10 de la pasada noche, mientras hablaba contigo.
Hubo un largo silencio por respuesta. Por un momento, Dirk pensó que se había cortado la llamada, pero entonces oyó la respiración del chico que estaba asimilando la noticia.
—No puede ser —contestó al fin.
Dirk tardó unos diez minutos en explicarle lo sucedido a Clive, que era como se llamaba el chico, y que, todavía en estado de shock, le explico lo que habían hablado antes de su muerte.
Finalmente no pudo sacar nada en claro de la conversación. Aparte de ese extraño comentario sobre el emoticono, Clive no había notado nada raro en él. Y como él mismo había mencionado, era posible que tuviera que ver con algún tipo de sustancia ingerida por la víctima. Decidió que lo mejor que podía hacer era esperar los resultados del laboratorio.
PRIMER INTERLUDIO
Sentada frente al ordenador, Meryl hablaba animadamente con su amiga Sue por videoconferencia. Charlaban de cosas sin importancia y por eso, como medida de entretenimiento, decidió examinar los emoticonos del programa. Entusiasmada por la gran variedad de dibujos, no dudó en proponerle un juego para matar el tiempo. Una pondria una serie de emoticonos seguidos y la otra tendría que adivinar la película. «Empezaré con una fácil», sugirió mientras elegía una cara sin expresión y la colocaba junto a un cuchillo y una ducha. Tras enviar el jeroglífico, se quedó petrificada. Con una expresión de espanto, su amiga miraba la pantalla, tan asustada, que era incapaz de gritar. Justo después, algo se colocó ante la pantalla obstruyendo la visión. A través de los altavoces podía oír un murmullo parecido al de una cascada y los gemidos ahogados de Sue mientras forcejeaba. Sólo podían verse pequeños movimientos como si algo gigantesco se hubiera colocado delante.
Tras unos minutos de puro terror, Meryl comprobó aliviada que lo que antes tapaba la cámara ahora había desaparecido. Pero su alivio duró menos de lo que cabría esperar. Sue permanecía tendida en el suelo sobre un charco de sangre.
CAPÍTULO 2
Una oleada de muertes sacudía el planeta. En pocos días la mitad de la población de entre 12 y 50 años había muerto en extrañas circunstancias frente al ordenador. Dirk ya no sabía qué pensar. Henry había sido el primero de una serie de asesinatos en masa. Era físicamente imposible hablar de un asesino en serie. Las muertes se sucedían de un extremo al otro del mundo, tan lejanas unas de otras, que no podía ser obra de un mismo individuo. Tampoco podía pensar en un virus. Aquellas muertes no tenían nada en común salvo por el hecho de haberse producido frente a una pantalla de ordenador. La situación era un caos y no tenían nada con lo que poder avanzar. Pero aún era pronto para rendirse, el último incidente había contado con un espectador.
Meryl Evans, el único testigo que tenían hasta el momento, miraba al vacío sentada en el sofá de su amiga Sue. Estaba visiblemente conmocionada. Dirk dudaba que pudiera sacarla algo coherente, pero aún así lo intentó. Después de un breve interrogatorio comprobó que, aunque poco detallado y confuso, el relato de esa chica aclararía muchas cosas. Decidió subir a la habitación de Sue para completar el rompecabezas.
Todavía podía verse su cadáver en el suelo, tapado con una sábana de forma precipitada, en la que empezaban a marcarse las huellas de sangre. Los pies y las manos sobresalían por debajo. Como en las anteriores escenas, la silla descansaba tumbada a un lado. Era el primer caso en el que la víctima había sido apuñalada. Muchos había muerto por un golpe, ahogados, asfixiados, devorados o incluso drogados pero no así.
Dirk levantó la sábana para ver el cuerpo. Al menos diez puñaladas repartidas entre el pecho y el abdomen habían sido las causantes de su muerte. Lamentablemente Meryl no había visto cómo se cometía el asesinato, sólo movimientos difusos en la pantalla y la agonía de Sue por los altavoces. Por enésima vez en las últimas semanas, revisó qué miraba la víctima antes de morir.
«Me aburro un montón... ¿te apetece que juguemos a una cosa que se me acaba de ocurrir?», decía Meryl a su amiga.
Unas pocas líneas después aparecía el siguiente grupo de emoticonos: Una cara indiferente, un cuchillo y una ducha. ¿Qué había dicho Meryl sobre un rumor de agua mientras asesinaban a su amiga? Empezó a pensar en algo siniestro, pero era demasiado disparatado como para ser verdad. Siguiendo su intuición, buscó el registro de conversaciones de las víctimas que llevaba en el móvil. Pensó que lo más sensato sería mirarlas de manera aleatoria dada la gran cantidad de conversaciones. Notó una extraña sensación en el estómago. Una tras otra leía las últimas frases de cada conversación y todas tenían aquello que estaba buscando. Estaba en lo cierto, había encontrado el factor común. ¿Pero cómo era posible? ¿De qué manera aquella loca teoría podía ser verdad y cómo no se había percatado antes de lo parecidas que eran todas las conversaciones?
—¿Ves algo que nos interese? —Le preguntó el agente Newman.
—Mira esto —Dirk inclinó el teléfono hacia el agente—. He encontrado el factor común de todos los casos, algo más relevante que el simple hecho de estar frente al ordenador. Fíjate, absolutamente todas las conversaciones mencionan las palabras “me aburro”, siempre en las dos o tres últimas líneas antes de la muerte.
—Déjame ver —el agente seleccionó varias conversaciones al azar para verlo por sí mismo—. Tienes razón ¿cómo no lo hemos visto antes?
—No lo se. Cada conversación iba de una cosa distinta, no eran más que un par de palabras sin relevancia. Pero lo más curioso es lo que viene a continuación. Tengo una teoría de por qué han muerto de maneras distinta y a qué se debe.
—¡No puede ser! ¿Por qué crees que ha sido?
—Es una teoría un poco... extraña. Espero que no me tomes por loco, pero creo que muriendo de una manera u otra dependiendo de los emoticonos que se usaron después de mencionar la frase “me aburro”.
Newman torció el gesto haciendo notar su escepticismo.
—Te lo puedo demostrar. Dime cualquiera de los chicos, los que murieron de una manera más extraña que los demás.
—Billy, el chaval que murió por una sobredosis de productos sintéticos imposibles de identificar.
—De acuerdo. Veamos la conversación. «Tio, me aburro que no veas, te apetece quedar y nos tomamos una de estas» —pasó el teléfono a Newman para que viera el emoticono. Era una cápsula roja y amarilla.
—Vale, eso puede ser una coincidencia. ¿Qué me dices de Norman, el hombre que murió electrocutado, por una descarga tan intensa que se quedó carbonizado en segundos?
Dirk buscó la conversación del tal Norman en el listado con rapidez.
—Norman dice: «Siempre me aburro en esas fiestas, además es un royo que esté al aire libre, dicen que va ha llover»; y su amigo contesta: «No se como puedes decir eso, esta fiesta va ha ser brutal, yo iré aunque diluvie» ¿Y a que no adivinas el emoticono? Un rayo. ¿Me crees ahora?
—Creo que empiezo a ver lo que intentas decirme. Pero no lo entiendo, es imposible. Piensa que estamos barajando la posibilidad de que el causante de las muertes sea un emoticono. Es ridículo. Es más, no todas las muertes guardan relación con la conversación. ¿Qué hay de Henry? El murió ahogado y más tarde se determinó que el líquido que tenía en los pulmones tenía una composición similar al de la saliva humana, sin embargo el emoticono que puso su amigo fue una cara triste.
—Bueno, puestos a imaginar, digamos que el emoticono se hiciera grande. La misma Meryl dice que aquello que mató a su amiga bloqueaba toda la pantalla. Puede que ese líquido fuera realmente saliva.
—No puedo creer que estés diciendo eso —dijo Newman alarmado— la idea de pensarlo me parece absurda, inconcebible. No se como hemos podido llegar a este punto de la conversación. Emoticonos asesinos Dirk, es de locos. Emoticonos que electrocutan, drogan, queman y al parecer también ahogan a sus víctimas mientras intentan devorarlas. Creo que esta teoría se nos ha ido de las manos.
Dirk miró al agente Newman con complicidad. Sabía que estaba en lo cierto, todo eso era imposible. Pero había tantas coincidencias que sería un error dejarlas pasar solo porque no hubiera una explicación racional. Había que comprobar que se equivocaban y que realmente aquello era imposible.
—Solo hay una manera de averiguarlo —comentó Dirk en voz alta aunque para sí mismo— tenemos que probarlo nosotros.
SEGUNDO INTERLUDIO
Observaban desde fuera su nuevo hogar. Era realmente maravilloso, pero todavía no era el momento, debían esperar. Era imposible bajar allí sin antes acabar con la plaga. Habían utilizado varios sistemas, pero era una especie muy resistente. Tanto como aquellos seres que había en su planeta, sólo que estos eran más inteligentes. Realmente, toda especie viva tenía algo de inteligencia, y no es que la de esta raza fuera sobresaliente, pero ahí estaba.
Aún así, no podían convivir con ellos y no solo se debía a su aspecto espeluznante, sino también, al hecho de que transmitían una infinidad de enfermedades mortales. Esto último había sido decisivo para decidir exterminarlos.
Cinco métodos distintos habían sido probados ya y sólo éste parecía dar algún resultado. Lo habían logrado atacando a sus costumbres. Al parecer, estos seres poseían cierta tecnología rudimentaria con la que comunicarse y, buscando una manera de descifrar su idioma, dieron con aquellos símbolos. Eran simples y sencillos pero cargados de significado. A diario intercambiaban infinidad de ellos y les producían estímulos que activaban un mecanismo interior que afectaba a su comportamiento. Era realmente fascinante ver el efecto que esos símbolos producían en ellos.
Algo que jugaba a su favor era que, este método, lo utilizaban los seres infectos más jóvenes, y por tanto, los que representaban una mayor amenaza. Manipulando su lenguaje y transformándolo en un arma letal no tendrían problema para acabar con el resto más tarde. En poco tiempo habían conseguido diezmar su población. Sólo unas pocas zonas del planeta, que no utilizaban ese sistema, habían aguantado. La victoria era inminente.
CAPÍTULO 3
El agente Newman se sentó en la silla a una distancia prudencial de la pantalla del ordenador. Cinco agentes armados le cubrían las espaldas por si todo salía como esperaban. Un buen número de cámaras repartidas estratégicamente por la sala proporcionaban una visión completa a Dirk, que estaba al otro lado del ordenador. Este otro ordenador, contaba con un gran receptor de imagen partido en multitud de pantallas más pequeñas que mostraban las grabaciones de todas las cámaras. Además, disponía de una segunda pantalla por la que mantendría la conversación de chat con el agente Newman.
Los dos contaban con un guión bien estudiado. Habían determinado que el efecto que esperaban sólo se produciría si se mencionaban las palabras “me aburro” antes de enviar el emoticono. Por si se trataba de un sistema inteligente, habían decidido simular una conversación real, aunque no pensaban que fuera un factor decisivo. Gracias a los anteriores casos, podían determinar que el tamaño de la conversación no era relevante.
Otra cuestión importante era elegir el emoticono que utilizarían para su experimento. Era difícil predecir con exactitud el resultado de enviar uno u otro aunque, evidentemente, ya habían descartado los que se habían utilizado hasta el momento. Finalmente y de manera unánime, se pensó que lo más sensato sería utilizar una flor. Eran inofensivas, no dotadas de personalidad, de textura suave y flexibles y, por tanto, eran la opción menos peligrosa.
—Hola —saludó Dirk a través del chat— estamos listos.
—Te sales del guión —sugirió Newman al otro lado.
—No creo que importe, pero empecemos con él.
Según la conversación, que cada uno tenía en papel sobre su escritorio, Dirk sería quien mandase el emoticono a Newman.
—Me aburro, este trabajo no es nada interesante —comenzó Newman.
—Sería mucho mejor si trabajaramos en algo relacionado con el campo.
Justo después de esa frase Dirk mandó el emoticono, una flor rosa y pequeña, y esperó a que algo sucediera. Pasados unos segundos, pensó que probablemente no pasaría nada y se relajó en su asiento, pero en ese mismo instante, pudo ver como algo sobresalía de la pantalla del agente.
Habían acertado, el emoticono se hacía cada vez más grande. El agente Newman se levantó de su silla y se echó hacia atrás alejándose de él. Los agentes que estaban con él apuntaban hacia la flor con sus armas. Poco a poco todos se tranquilizaron. La planta había crecido hasta el techo y no parecía que fuera peligrosa. Sin embargo, un polvo amarillento y tan fino que era imperceptible al ojo humano, se estaba colando disimuladamente en sus pulmones. No había pasado ni un minuto cuando empezaron a notar los síntomas. Se estaban asfixiando.
EPÍLOGO
El final era inminente. El humano era una especie en extinción. Lo que había empezado como extrañas muertes a través de la red se había convertido en una masacre a escala mundial. No habían hecho falta más de tres meses para acabar con toda la población joven de los países desarrollados. No mucho después, una extraña enfermedad, había atacado a la población joven de los países del tercer mundo. Más tarde, unas temperaturas extremas, habían provocado el exterminio de los mayores y los niños. Todo estaba desolado. Ahora, sólo unos pocos seguían con vida esperando su fatídico final. Entre ellos estaba Dirk.
Era extraño haber llegado tan lejos, haber sobrevivido y ser de los últimos ejemplares de su especie. Podría parecer que el mundo ahora era un caos, pero todo estaba más tranquilo que nunca. Ni los emoticonos, ni las enfermedades, ni las temperaturas extremas habían podido con él, y como regalo, podía pasearse entre las ciudades perfectas y vacías. Nada de escombros. Nada de edificios derruidos. Simplemente el mundo vacío.
Hasta cierto punto, Dirk se sentía afortunado. Siempre había querido vivir una experiencia impactante que marcara su vida y que cambiara sus prioridades. Ahora no importaban el trabajo ni las costumbres sociales. Había pasado todo tan rápido que nadie había tenido tiempo de reaccionar. La literatura y el cine se equivocaban, en nada se parecía aquello a sus mundos postapocalípticos. No les había dado tiempo a atacarse los unos a los otros como método de supervivencia y ni siquiera habían tenido un enemigo del que defenderse. Sencillamente había pasado y no se sabía por qué.
Dirk se sentó al borde del edificio más alto contemplando el horizonte. Se sentía culpable por pensar que nunca antes había sido tan feliz como ahora, después de la catástrofe. Ni siquiera podía saber si era realmente el final pero, después de sobrevivir a tal ataque, se sentía con fuerzas para afrontar lo que viniera. No obstante, tuvo que cambiar de opinión cuando lo vio. Un inmenso objeto cruzaba el cielo proveniente del espacio. Nunca antes había visto nada parecido. Todo quedaba claro, ese había sido su enemigo desde el primer momento y ahora sabía que no tenían escapatoria.
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