lunes, 2 de diciembre de 2013

Sueño Espacial

SUEÑO ESPACIAL

Ash dormía inconsciente en su fría cápsula. En mitad de su sueño inducido no podía sentir nada, pero comenzó a sentir frío. Poco a poco la temperatura fue aumentando y en cierto momento, el crujido de los materiales que lo rodeaban lo despertó.

Al principio se sintió confuso y desorientado. Estaba rodeado por paredes de cristal y fibra de carbono. Había tubos conectados a sus brazos. La cavidad era demasiado estrecha y le impedía moverse con soltura. Intentó tranquilizarse y, de pronto, recordó donde estaba. Se encontraba en una nave con destino a un exoplaneta a 400 años luz de la Tierra. En concreto, estaba metido dentro de una pequeña cápsula que lo mantendría en un sueño espacial criónico mientras era alimentado por aquellos tubos.

Sí, ahora todo era más claro. Su mente se despejaba y paulatinamente iba recordando detalles. La Tierra era historia. No se sabía a ciencia cierta qué había acabado con ella, pero en pocos años sería inhabitable. No les había quedado otra opción más que huir apiñados en una gigantesca nave hacia los confines del universo.

Levantó el brazo con torpeza y frotó el cristal. Estaba rodeado de miles de personas como él. Toda la raza humana iba en esa nave durmiendo. Miró a su alrededor en busca de alguna palanca de seguridad que le permitiera salir de allí, pero era inexistente. Aquella nave iba informatizada y funcionaba de manera autónoma. Lo más probable era que las cápsulas no se abrieran hasta llegar al destino.

Sentía claustrofobia en aquel pequeño recipiente. Decidió concentrarse en lo que había fuera de él. Entre una cápsula y otra había una separación de un metro, lo que le permitía ver relativamente bien varias de ellas al mismo tiempo. De pronto se dio cuenta de cuáles podían ser las consecuencias de su prematuro despertar. No sabía cuánto tiempo llevaban en la nave. Probablemente faltarían décadas antes de llegar al planeta. Pensó en lo que eso suponía para él. No podía salir de allí y recibía un continuo suministro de nutrientes de forma intravenosa. Pasaría años encerrado, muriendo lentamente, haciéndose viejo entre esos cristales, sólo, viendo cómo la suerte había sonreído al resto a su alrededor.

Tenía las articulaciones entumecidas por la falta de movimiento. Dormía a ratos, esperando que así el tiempo pasara más rápido, y cuando estaba despierto, repasaba los acontecimientos de su vida pasada. De vez en cuando miraba la cápsula que tenía a su derecha. En ella viajaba una mujer. No podía distinguir sus rasgos, pero estaba seguro de que era guapa. La miraba e imaginaba situaciones en las que charlaba con ella. Imaginaba su reacción al llegar al nuevo planeta.

Uno de esos días interminables, en el preciso momento en el que Ash la observaba, le pareció notar que se movía. Pegó su cara al cristal y lo supo. Ella también había despertado. Contempló cómo se zarandeaba, frenética, intentando escapar de su jaula. Por un lado se sentía aliviado, no era el único, ya no estaría solo. Pero por otro lado no deseaba ese final a ninguna otra persona. Ash no apartaba la vista esperando que lo viera y cuando ella se giró, la reacción no fue la esperada. Horrorizada, señalaba con insistencia hacia arriba y gritaba palabras ininteligibles. Ash pensó que ella buscaba una forma de salir de allí que no existía. Sintió un nudo en el estómago al pensarlo, nada comparado a lo que sintió cuando, al fin, entendió sus palabras. “Vamos a morir todos” repetía. Y en un intento de esclarecer aquella frase Ash miró hacia donde apuntaban sus manos. Todas las cápsulas habían fallado. Todos habían despertado. La humanidad entera moriría lentamente.

lunes, 28 de octubre de 2013

Die Hexe

DIE HEXE

Decidí visitar a «La Bruja». Sabía que era lo único que me ayudaría. Sonreí pensando en su nombre, no podía ser más acertado. Mis pasos, rápidos, me acercaban cada vez más a ella, mientras pensaba en cuales serían mis palabras exactas. Debía meditar bien cada una de ellas. Sólo con un error descubriría el propósito de mi visita. Pero, ¿acaso no concedía a otros cosas peores?

Paré al llegar a la gran puerta de metal. La crucé con cautela y miré a mi alrededor. Allí estaba, «La Bruja», la máquina más grande e inteligente que el hombre había construido. Un mundo lleno de posibilidades, todas las opciones al alcance de la mano. Con una sola petición, aquella máquina hacía realidad lo que necesitabas. Cualquier artilugio, inventado o no, salía de sus entrañas para concederte tus deseos. Pero no siempre eran cosas nobles las que ayudaba a conseguir.

Todo el mundo tenía sueños, pero no todo el mundo era bueno. Los sueños de unos eran la pesadilla de otros. «La Bruja» no diferenciaba entre el bien y el mal, lo que era correcto y lo que no. Cualquier persona que solicitaba su ayuda recibía algo a cambio. Sin preguntas, sin una valoración sobre el propósito y la repercusión de su petición. «La Bruja» era el invento más dañino y monstruoso creado por el hombre, puesto a disposición de todo el mundo, haciendo de la Tierra un lugar peor del que ya era. Pero ahora, necesitaba su ayuda.

La estancia estaba vacía. A través de la red cualquiera podía conectar con ella. Sin embargo, mi petición requería ir en persona. Estaba nervioso. Necesitaba terminar cuanto antes.  

—Hola —pronuncié en voz alta pensando que no recibiría respuesta.

—Bienvenido, tome asiento.

Su voz metálica me hizo sentir escalofríos. Me senté en un cómodo sillón en el centro de la habitación. El resto de asientos vacíos, que formaban un círculo con el mío, me observaban acusadores.

—Formule su petición.

—Yo… —Las palabras no me salían. Todas aquellas frases coherentes y estudiadas que había ideado por el camino se habían esfumado— Necesito algo.

—Todo lo que necesite puedo conseguirlo. Formule su petición.

—Necesito una máquina del tiempo.

Lo solté sin más. Esperé inquieto a que preguntara el porqué. Estaba expectante, aguardando una negativa por su parte. Nunca se había fabricado algo así.

—Máquina del tiempo. Tiempo estimado de fabricación 720 minutos. Espere por favor.

Me sorprendí al confirmar mis temores, no había nada que «La Bruja» no pudiera hacer. Nada quedaba fuera de su alcance. Esperé las largas horas, hasta que mi encargo salió.

Esa sería su última creación. No podía permitir que siguiera existiendo. Me adentré en la máquina del tiempo y pensé en todo el mal que ella había causado. Sonreí satisfecho mientras pulsaba los botones que me llevarían a un pasado que podía cambiar. Al regresar, ella ya no estaría allí.

viernes, 25 de octubre de 2013

Y si atropellara un perro

Y SI ATROPELLARA UN PERRO


Bob volvía a casa desde el trabajo y veía como el día empezaba a oscurecer. Conducía a una velocidad moderada girando de unas calles a otras intentando no pensar en la única calle que temía cruzar. No había pasado nada concreto en ella, pero era estrecha, oscura y solitaria. Ese tipo de lugar por el que uno no quería pasear a altas horas de la noche. Incluso, había estudiado otras rutas alternativas para poder evitarla. Pero era imposible, era de tránsito obligatorio si quería llegar a casa.

Aquella tarde, la calle estaba más oscura que de costumbre. Bob aceleró intentando pasar por allí cuanto antes. En ese momento, mientras pisaba el acelerador, vió una pequeña figura abalanzándose a la calzada, directamente hacia su coche. Era un perro que había salido de una casa a toda velocidad. Y ahora, iba a morir.

Pensó en las opciones que tenía y cuáles serían sus consecuencias. El perro iba a ser atropellado. Eso era algo que ya había asumido, no quedaba alternativa. Pero después de aquello debía reaccionar. Pensó que lo más sensato sería bajarse del coche y comprobar el estado del animal. Entonces recordó que se encontraba en esa calle. ¿Y si el perro era en realidad una bestia que intentaba atacarlo? Pensó en las decenas de películas sobre hombres lobo y como, muchos de ellos, había acabado así por ayudar a un perro en la carretera. Pero, pensándolo bien, aquello era exagerado. Todo el mundo sabía que los hombres lobo eran ficticios.

Algo más probable era que fuera una trampa. Seguramente el perro era un señuelo para capturarlo. Aprovecharían su gesto para atraparlo mientras él estaba entretenido observando el estado del perro. Le pondrían una capucha en la cabeza y lo arrastrarían hacia el interior de la casa. ¡A saber lo que harían con él allí! Podría tratarse de una secta o lo que era peor, alguna raza alienígena que quería experimentar con él.

No, sabía que eso no era posible. Era una calle siniestra, pero vivía en una pequeña ciudad como otra cualquiera. Eso no podía pasar allí. Por mucho que los documentales se empeñaran en demostrar la presencia de extraterrestres, sabía que sólo eran mentiras. Incluso en el remoto caso de que existieran no tendrían ningún interés en experimentar con él.

Intentó tranquilizarse, pero pensó en lo que definitivamente era mucho más probable que sucediera. Los dueños del perro lo lincharían. Tan disgustados, con su perro esparcido sobre el asfalto, no entrarían en razón. No se darían cuenta de que la culpa había sido de ellos, por abrir la puerta sin tener al perro sujeto, o incluso que había sido un trágico accidente. La tomarían con él. Su dueño sería un hombre con los músculos marcados que le daría una paliza que le mandaría al hospital.

Aunque bien mirado, el dueño podía ser una mujer. Probablemente era un ama de casa que no tendría la fuerza suficiente para provocarle ni un simple moratón. Eso sí, mientras él se paraba y atendía al perro estaba seguro de que alguien le robaría el coche. Con las prisas no se daría cuenta de cerrar la puerta, ni siquiera de quitar la llave del contacto y bien sabía él que en aquella calle había delincuentes. Era perfecta para ocultarse y cometer delitos en la oscuridad.

Tras barajar todas aquellas probabilidades volvió al presente. El perro chocó contra el faro derecho y sintió como pasaba por debajo de las dos ruedas emitiendo un ladrido ahogado. Hizo el amago de levantar el pie para pisar el freno, pero continuó sin parar. Aquella calle era peligrosa. ¿Quién sabía lo que podía pasar si paraba?

jueves, 6 de junio de 2013

Attempt

ATTEMPT


Era la sexta vez que lo intentaba. Ya conocía la escena a la perfección. Él hablaba con ella y la hacía reír. Su cigarrillo se consumía lentamente. Solo faltaban unos segundos para que se levantara y desapareciera de allí. Tras su partida, ella haría lo mismo, saldría del Phillies hacia la oscura noche, en dirección a su casa.

Hasta ahí todo estaba bien. Vez tras vez ocurría lo mismo y era lo que debía pasar. Pero lo que pasaría a continuación tenía que cambiar. Frente a ellos, había un hombre solitario que apuraba su café. Ella no lo sabía, pero él saldría del bar justo después de verla marchar. La seguiría durante unos minutos hasta abordarla cerca de un callejón oscuro y la marcaría para el resto de su vida. Mi misión era impedir que eso sucediera.

Yo era el fundador de una empresa con una misión particular: cambiar sucesos del pasado que afectarían al presente de una manera negativa. Amaba tanto mi trabajo que tenía mi propia lista de encargos. Sabía que aquella idea mejoraba el mundo, pero muchos no llegaban a entenderlo. Después de tantos años, las protestas y amenazas me resultaban una voz difusa.

Por lo general nuestras misiones eran complejas. Pero en ocasiones, pequeños cambios en momentos poco relevantes marcaban la diferencia. Mi carácter minucioso me hizo crear una serie de normas básicas. Una norma fundamental era no tener contacto directo con las personas en escena. Esto se debía a mi respeto por las paradojas temporales, aunque nunca había comprobado por mi mismo si eran reales.

Pero ahí estaba yo, en mi sexto intento y no había logrado nada aún. Desesperado, llevaba horas dándole vueltas a aquella norma absurda. No quería saltarme esa directriz que yo mismo había impuesto pero, precisamente por eso, era el único que tenía derecho a hacerlo.

Ví como la mujer salía del bar e iba calle arriba. Detrás iba él.

Anduve a una distancia prudencial esperando el momento exacto en el que ella doblaría la esquina. Era el momento justo para que el asaltante perdiera su rastro. Me acerqué más y toqué su hombro.

—¿Pero qué hace? —dijo él, visiblemente molesto, girándose hacia mí.  

Una farola alumbraba débilmente su rostro. Dudé unos momentos al verle. Su cara era idéntica a la mía. Pero no podía ser. Ni siquiera había nacido para esa fecha, no podía ser yo.

De repente, su cara pasó del enfado al terror. Miraba mi abdomen fijamente. Seguí su mirada y sentí un escalofrío.

Una oleada de pánico precedió a la certeza absoluta de que aquella noche desaparecería del mundo. Comprendí cómo había llegado allí y por qué sería ese mi destino. Había jugado a ser Dios, ese era mi merecido. Ahora, el mundo estaría a salvo.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Vélmenni


Vélmenni

Me giré al escuchar sus pasos. Ahí estaba, de color gris metalizado y negro azabache. El primer robot autómata listo para su venta al público. Era extraordinario ver su aspecto imponente y aún así, poder manejarlo a voluntad. Echando la vista atrás, puedo decir que aquel fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

Meses más tarde, yo mismo adquirí uno de aquellos robots. Lo llamé Robbie en honor a Asimov. Podía ver como aquel amasijo de cables cumplia sus funciones y lo que era más inesperado, me ofrecía una grata compañía. No tardé en conversar con él y con el tiempo, empecé a verle más como un compañero que como un electrodoméstico.

Sin embargo, el mundo cambiaba más allá de la puerta de mi hogar. Las grandes industrias robóticas comenzaron a expandirse. Todas eran extremadamente ambiciosas y pretendían dominar aquel sector que ahora sostenía la economía de sus países.

Sólo unos pocos años hicieron falta para que el mundo se viera envuelto en un conflicto bélico mundial. La gente había especulado durante años cómo sería ese momento y ahora que había llegado, era peor de lo que podían imaginar. Los robots, utilizados como máquinas de guerra, destrozaban y mataban tal como se les ordenaba. No se les podía culpar, sólo eran máquinas y podían ser usadas para bien o para mal.

La guerra se hizo cada vez más intensa. En un principio, los robots eran una excusa para no perder vidas humanas, pero todos sabíamos que aquello era una gran mentira. Mandaban a sus metálicos guerreros a las zonas civiles para minar la moral de sus enemigos. Sólo unos pocos intentaban defenderse sin éxito. Los robots eran máquinas de matar y no distinguían edad ni sexo.

De manera inexplicable conseguí mantenerme a salvo. En cuanto todo empezó, huí en busca de refugio. Me llevó unos meses encontrar aquellas grandes cuevas, ocultas en medio de ninguna parte.

El mundo se había convertido en un lugar despiadado. Se había utilizado el progreso en detrimento de la humanidad. Ahora solo reinaba el caos y la miseria. Me sentía impotente ante tanto sufrimiento. En esos momentos echaba de menos a Robbie y me sentía culpable por hacerlo. Los robots, que habían sido nuestros amigos durante tan poco tiempo, ahora eran nuestros asesinos. Decidí que era hora de comenzar, posiblemente no para el resto del mundo que seguía en guerra, pero sí para mí que había fabricado un mundo subterráneo alejado de todo.

Me coloqué en la entrada de mi refugio y miré al horizonte. Las columnas de humo negro y el fulgor de las llamas lo ocupaban todo. Me cubrí bajo la sombra de la cueva, con los ojos fijos en aquel desastre. Tenía que pasar página, no podía hacer nada por salvarlos. Noté la humedad en mis mejillas, la presión en el pecho y cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

martes, 23 de abril de 2013

CYBORG - Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

CYBORG
Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

Su nombre era Adler. Mientras permanecía postrado en una cama de hospital, los médicos debatían acerca de su estado. Minutos después, se diagnosticó muerte cerebral. No tenía familia ni amigos, su cuerpo sería donado a la ciencia.
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En el año 2461 el término Cyborg era algo normal.  La gran parte de la población poseía complementos robóticos que mejoraban su cuerpo. Prácticamente no quedaban humanos puros.

Un edificio gigantesco con grandes ventanales era el lugar donde se investigaba cómo elaborar nuevas herramientas para el cuerpo. Aquel centro, disponía de departamentos de robótica ósea, muscular, ocular, creación de extremidades, órganos internos... Pero había una sección desconocida para la mayoría de los que trabajaban allí.

Aquel laboratorio, frío y solitario, investigaba cómo crear un cerebro robótico. Prácticamente era el único órgano humano que no se había creado. Era tan complejo, tan inalcanzable, que nadie se atrevía a intentarlo. Pero allí, un magnífico cerebro compuesto de cables, engranajes, tubos y tornillos, brillaba sobre la mesa auxiliar del quirófano número 3.

El cuerpo de Adler estaba sobre la mesa de operaciones. Sería el primer cyborg con un cerebro artificial.

Había un gran debate en cuanto a cómo funcionaría aquel cerebro. Sin embargo, la recopilación de recuerdos y  patrones mentales previos al trasplante eran la clave. A todos los efectos, al salir de allí, Adler seguiría siendo Adler.

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Una semana después desperté. Mi nombre era Adler, pero no era él. Sus recuerdos seguían estando ahí, podía entender qué tipo de persona había sido, pero yo era diferente, no era la misma “persona”.

Más bien, me gustaba pensar en mí mismo como un robot. Sabía que lo que me definía de cara al mundo era el término cyborg, pero yo no me sentía como tal. Yo era único y estaba fuera de lugar en cualquier gremio.

En mis primeros días de vida, intenté buscar un sitio donde encajar sin éxito. Era una tarea difícil. Por un lado, estaban los cyborgs, humanos que pretendían ser robots. Yo no encajaba en ese grupo. O me envidiaban o los intimidaba. Por otro lado, estaban los robots. Estos eran inteligentes, incluso podían proporcionar una buena conversación, pero no alcanzaban la capacidad de mi exclusivo cerebro. En definitiva, estaba solo.

Pero no era algo que me preocupara. Una vez que descarté la posibilidad de entablar una relación social con cualquier otro sistema inteligente, me di cuenta de que no era algo necesario para mi. Al entender aquella sencilla verdad, me plantee el mundo que me rodeaba, ¿por qué los demás, incluso los robots, necesitaban compañía?

Sabía que yo no era como el Adler original. Compartiamos esa esencia de ser ermitaño, pero había una diferencia abismal entre su sentimiento de soledad y mi indiferencia ante el mismo problema. Que no necesitara a nadie no era algo heredado de sus patrones mentales.

Busqué en esos recuerdos extraños que había en mi cabeza y descubrí que Adler había sido un tipo bastante inculto. Sabía leer, escribir y era inteligente pero no había aprovechado el gran afluente de información que existía a su alrededor, lo que hacía que mi nivel de conocimientos del mundo exterior fuera escaso.

Semanas que se convirtieron en meses y meses que se convirtieron en años pasaron mientras yo recogía toda aquella información. Entonces comprendí algo evidente y desconcertante: Mientras que los humanos luchaban por convertirse en robots, los robots luchaban por convertirse en humanos, pero el porqué, era algo que escapaba a mi singular cerebro.

Hasta cierto punto, podía comprender que los humanos quisieran ser robots. Era una manera de mejorar sus capacidades. Yo no había necesitado recurrir a nada de eso, mi cerebro era el único elemento artificial de mi cuerpo. Y ¿para qué cambiar nada más? El cuerpo podía funcionar de manera perfecta sin añadir nada. Admiraba el uso de estas extensiones sintéticas en el caso de gente enferma o discapacitada, pero su uso en gente totalmente sana me parecía un insulto a la naturaleza humana. No negaba el hecho de que había elementos prácticos, pero prefería a los humanos puros. Seguramente era algo fácil de pensar cuando ya disponía de la mejor herramienta artificial que se había fabricado.

Sin embargo, lo que me era más difícil de asimilar era que los robots quisieran ser humanos. ¿Era posible que simplemente fuera una farsa vendida en los libros y las películas? Sin embargo, no lo era. Todos los robots que había conocido querían experimentar los sentimientos.

Era algo sorprendente que tanto unos como otros quisieran conservar el complejo sistema de los sentimientos. Bajo mi opinión eran un lastre. Un conjunto de emociones y mezclas químicas que producían reacciones extrañas en los peores momentos. Podía parecer bonito experimentar felicidad, amor, orgullo o empatía pero esos sentimientos no podían existir si no se sentía por contraste tristeza, soledad, inutilidad o incomprensión. Sentir esas cosas debía ser desagradable. Y sabía lo que era pasar por aquello gracias a los recuerdos del antiguo Adler.

A diferencia de todas estas sensaciones confusas yo no sentía nada. Mi cerebro funcionaba de una manera racional sin las interferencias del sistema límbico. Podía notar la satisfacción que el viejo Adler sentía cuando sus sentimientos no intercedían en una decisión y eso me gustaba.

Lo bueno de mi cerebro era que, aunque no tenía sentimientos químicos, si tenía sentimientos racionales. Podía determinar si algo me gustaba o no, pensar en qué persona quería que fuera mi amiga o cuál mi enemiga e incluso experimentar una pseudo-decepción si alguien me fallaba. Pero no era más que un cúmulo de datos que me hacían tener una reacción lógica ante un suceso.

Por eso me parecía aún más extraño que los robots quisieran tener sentimientos. Ellos no podían ni pensar en experimentar esas sensaciones como yo lo hacía. Al fin y al cabo yo tenía como referencia recuerdos de un antiguo cerebro humano y podía procesar mayor número de información. Pero ¿y ellos? ¿porqué pensaban que sentir era algo bueno?

Convertí aquella idea en un objetivo. Estaba convencido de que el mundo sería un lugar mejor sin las respuestas emocionales y decidí que tenía que convertirlo en una realidad. Una ardua tarea me esperaba y sin previo aviso mi sueño se hizo realidad.


Continuará en la segunda parte: Lobotomía global.

martes, 2 de abril de 2013

Proyecto Arcoiris


PROYECTO ARCOIRIS

En el año 1943, el gobierno de los EEUU estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial. Tras la pérdida de gran parte de sus embarcaciones a manos de los Alemanes, decidieron que debían cambiar las tornas. Su plan no era otro más que conseguir la invisibilidad de sus barcos en los radares enemigos.

Su objetivo, era crear un campo electromagnético que curvara la luz alrededor del objeto permitiendo que se volviera invisible. Para este fin, utilizaron el USS Eldridge, el cual equiparon con grandes generadores para producir dicho campo electromagnético.

El primer intento, realizado el 22 de julio de 1943, tuvo lugar en la bahía de Filadelfia. Los resultados fueron sorprendentes cuando, en lugar de desaparecer a los radares, el buque, envuelto en una neblina verde, semi-desapareció a la vista durante unos segundos. Ahora, con esta nueva información, veían las posibilidades de hacer desaparecer físicamente sus barcos. Para perfeccionar este descubrimiento, decidieron parar los experimentos - los cuales acarrearon fuertes nauseas y dolores de cabeza a los marineros que participaron - y seguir investigando.

Tres meses después, el 28 de octubre de 1943, se llevó a cabo la segunda prueba. En esta ocasión el barco desapareció de forma física durante unos minutos. No sólo había desaparecido sino que algunas fuentes aseguraron que el barco se había teletransportado a la costa de Virginia.

Los resultados fueron desastrosos para la tripulación. Las consecuencias fueron desde problemas mentales y físicos hasta un pequeño número de marineros que regresaron incrustados en el acero, debido a la desintegración molecular.

Finalmente las investigaciones se abandonaron y el gobierno de los EEUU negó haber realizados dichos experimentos.

Esta es la historia de uno de aquellos marineros a bordo del USS Eldridge:


28 de octubre de 1943. Filadelfia. EEUU

Jerome Avner se dirigía hacia el barco con paso decidido. No sabía mucho sobre el experimento. Sólo sabía que intentaban hallar una manera de hacer los barcos invisibles al radar de los alemanes y que este no era el primer intento.

El nombre del barco era USS Eldridge. Estaba repleto de gente y su aspecto era diferente de cualquier destructor de escolta. Podían verse cuatro grandes bobinas de color cobrizo sobre la cubierta.

Estaba nervioso. Les habían dado instrucciones de que permanecieran en sus puestos con normalidad. De manera muy oportuna, recordó a aquel marine que había participado en el primer intento. Tenía unas migrañas terribles desde aquel día. No tenía por qué ser consecuencia directa del experimento, podía ser simple casualidad, pero no podía quitárselo de la cabeza.

Dieron aviso de que iban a comenzar. Al principio, no se notó nada distinto, pero pasado medio minuto, Jerome empezó a sentir miedo de verdad. Un zumbido intenso atravesó el barco. Al principio pensó que era el sonido de las máquinas, pero enseguida se dio cuenta de que aquel zumbido recorría su cuerpo de manera interna. Las bobinas de cubierta vibraban tanto que su forma se difuminaba. Aterrorizado, vio como una  niebla verdosa se formaba alrededor del barco.

Miró a su alrededor para buscar la cara de alguno de sus compañeros. Esperaba ver expresiones de calma y seguridad, que aquello que estaba pasando era algo de lo que no tenía que preocuparse. Pero lo que vió fue muy distinto. El pánico se dibujaba en sus rostros de la misma manera que se dibujaba en el de Jerome. La gran mayoría se habían quedado paralizados, esperando a que terminara. Sólo unos pocos intentaban moverse o huir.

Jerome Avner nunca había sido de los que se daban por vencidos. Después de contemplar el espectáculo, sabía que estaba en una situación peligrosa. Se lanzaría al mar antes de que fuera demasiado tarde. Comenzó a moverse. Aquel zumbido hacía sus miembros pesados. Levantó la pierna lentamente. Era como intentar moverse entre las aguas de un pantano. Su pierna permanecía en el aire, luchando por continuar su movimiento, entonces una luz azulada lo cegó. Después todo negro.

Estaba confuso. No sabía dónde estaba, no sabía que había pasado. Notaba una extraña sensación. Parecía que flotara, pero no notaba aire a su alrededor. Realmente no notaba nada. Ni frio, ni calor, ni dolor... ni siquiera se notaba a él mismo. Estaba soñando. Era la única explicación racional que podía procesar. Pero era tan real... Podía tratarse de un sueño lúcido. Pero en aquellos sueños uno podía hacer lo que quisiera y, sin embargo, él no podía moverse. No podía hacer nada. No podía definir lo que pasaba realmente, pero podría haberlo definido como flotar en el espacio.

Después de un tiempo indeterminado en aquel estado, otra luz lo cegó. Sintió un chisporroteo en todo el cuerpo similar al que se siente cuando se ha dormido una extremidad. Creyó percibir que volvía a estar en cubierta. Sin darse cuenta, continuó con la laboriosa tarea de mover su cuerpo hacia el borde del barco. Su pierna se movió unos míseros centímetros y volvió a desaparecer. Esa era la sensación correcta, desaparecer. Tanto la primera vez como esta notaba que había desaparecido de la faz del planeta. Era como no existir.  

De nuevo, aquella sensación de vacío e impotencia. Flotaba sin rumbo en la no existencia. Pensó en su vida, en como sería a partir de ese momento. Sólo quería regresar. Volver a notar el suelo bajo sus pies. Un dolor punzante en la cabeza le hizo abandonar sus pensamientos. Era tan intenso que ni siquiera podía pensar en la idea de querer morir. Otro destello de luz lo devolvió a la superficie del barco.

Al igual que la vez anterior, continuó con el movimiento que había iniciado hace ya mucho tiempo. Esta vez no había barreras, nada impedía que moviera su cuerpo libremente, lo que provocó, que al intentar apoyar la pierna, cayera al suelo. Su pierna había desaparecido. Un muslo cortado de manera limpia y con una base tersa y lisa se hallaba en su lugar. Ante la horrible visión se desmayó. Al despertar nada volvió a ser igual. Jerome nunca sabría lo que había sucedido. Las secuelas psicológicas del incidente le hicieron perder la razón y nunca sabría la respuesta a qué sería de su vida después de aquello. Ya no tendría una vida, se la habían robado.