viernes, 25 de octubre de 2013

Y si atropellara un perro

Y SI ATROPELLARA UN PERRO


Bob volvía a casa desde el trabajo y veía como el día empezaba a oscurecer. Conducía a una velocidad moderada girando de unas calles a otras intentando no pensar en la única calle que temía cruzar. No había pasado nada concreto en ella, pero era estrecha, oscura y solitaria. Ese tipo de lugar por el que uno no quería pasear a altas horas de la noche. Incluso, había estudiado otras rutas alternativas para poder evitarla. Pero era imposible, era de tránsito obligatorio si quería llegar a casa.

Aquella tarde, la calle estaba más oscura que de costumbre. Bob aceleró intentando pasar por allí cuanto antes. En ese momento, mientras pisaba el acelerador, vió una pequeña figura abalanzándose a la calzada, directamente hacia su coche. Era un perro que había salido de una casa a toda velocidad. Y ahora, iba a morir.

Pensó en las opciones que tenía y cuáles serían sus consecuencias. El perro iba a ser atropellado. Eso era algo que ya había asumido, no quedaba alternativa. Pero después de aquello debía reaccionar. Pensó que lo más sensato sería bajarse del coche y comprobar el estado del animal. Entonces recordó que se encontraba en esa calle. ¿Y si el perro era en realidad una bestia que intentaba atacarlo? Pensó en las decenas de películas sobre hombres lobo y como, muchos de ellos, había acabado así por ayudar a un perro en la carretera. Pero, pensándolo bien, aquello era exagerado. Todo el mundo sabía que los hombres lobo eran ficticios.

Algo más probable era que fuera una trampa. Seguramente el perro era un señuelo para capturarlo. Aprovecharían su gesto para atraparlo mientras él estaba entretenido observando el estado del perro. Le pondrían una capucha en la cabeza y lo arrastrarían hacia el interior de la casa. ¡A saber lo que harían con él allí! Podría tratarse de una secta o lo que era peor, alguna raza alienígena que quería experimentar con él.

No, sabía que eso no era posible. Era una calle siniestra, pero vivía en una pequeña ciudad como otra cualquiera. Eso no podía pasar allí. Por mucho que los documentales se empeñaran en demostrar la presencia de extraterrestres, sabía que sólo eran mentiras. Incluso en el remoto caso de que existieran no tendrían ningún interés en experimentar con él.

Intentó tranquilizarse, pero pensó en lo que definitivamente era mucho más probable que sucediera. Los dueños del perro lo lincharían. Tan disgustados, con su perro esparcido sobre el asfalto, no entrarían en razón. No se darían cuenta de que la culpa había sido de ellos, por abrir la puerta sin tener al perro sujeto, o incluso que había sido un trágico accidente. La tomarían con él. Su dueño sería un hombre con los músculos marcados que le daría una paliza que le mandaría al hospital.

Aunque bien mirado, el dueño podía ser una mujer. Probablemente era un ama de casa que no tendría la fuerza suficiente para provocarle ni un simple moratón. Eso sí, mientras él se paraba y atendía al perro estaba seguro de que alguien le robaría el coche. Con las prisas no se daría cuenta de cerrar la puerta, ni siquiera de quitar la llave del contacto y bien sabía él que en aquella calle había delincuentes. Era perfecta para ocultarse y cometer delitos en la oscuridad.

Tras barajar todas aquellas probabilidades volvió al presente. El perro chocó contra el faro derecho y sintió como pasaba por debajo de las dos ruedas emitiendo un ladrido ahogado. Hizo el amago de levantar el pie para pisar el freno, pero continuó sin parar. Aquella calle era peligrosa. ¿Quién sabía lo que podía pasar si paraba?

jueves, 6 de junio de 2013

Attempt

ATTEMPT


Era la sexta vez que lo intentaba. Ya conocía la escena a la perfección. Él hablaba con ella y la hacía reír. Su cigarrillo se consumía lentamente. Solo faltaban unos segundos para que se levantara y desapareciera de allí. Tras su partida, ella haría lo mismo, saldría del Phillies hacia la oscura noche, en dirección a su casa.

Hasta ahí todo estaba bien. Vez tras vez ocurría lo mismo y era lo que debía pasar. Pero lo que pasaría a continuación tenía que cambiar. Frente a ellos, había un hombre solitario que apuraba su café. Ella no lo sabía, pero él saldría del bar justo después de verla marchar. La seguiría durante unos minutos hasta abordarla cerca de un callejón oscuro y la marcaría para el resto de su vida. Mi misión era impedir que eso sucediera.

Yo era el fundador de una empresa con una misión particular: cambiar sucesos del pasado que afectarían al presente de una manera negativa. Amaba tanto mi trabajo que tenía mi propia lista de encargos. Sabía que aquella idea mejoraba el mundo, pero muchos no llegaban a entenderlo. Después de tantos años, las protestas y amenazas me resultaban una voz difusa.

Por lo general nuestras misiones eran complejas. Pero en ocasiones, pequeños cambios en momentos poco relevantes marcaban la diferencia. Mi carácter minucioso me hizo crear una serie de normas básicas. Una norma fundamental era no tener contacto directo con las personas en escena. Esto se debía a mi respeto por las paradojas temporales, aunque nunca había comprobado por mi mismo si eran reales.

Pero ahí estaba yo, en mi sexto intento y no había logrado nada aún. Desesperado, llevaba horas dándole vueltas a aquella norma absurda. No quería saltarme esa directriz que yo mismo había impuesto pero, precisamente por eso, era el único que tenía derecho a hacerlo.

Ví como la mujer salía del bar e iba calle arriba. Detrás iba él.

Anduve a una distancia prudencial esperando el momento exacto en el que ella doblaría la esquina. Era el momento justo para que el asaltante perdiera su rastro. Me acerqué más y toqué su hombro.

—¿Pero qué hace? —dijo él, visiblemente molesto, girándose hacia mí.  

Una farola alumbraba débilmente su rostro. Dudé unos momentos al verle. Su cara era idéntica a la mía. Pero no podía ser. Ni siquiera había nacido para esa fecha, no podía ser yo.

De repente, su cara pasó del enfado al terror. Miraba mi abdomen fijamente. Seguí su mirada y sentí un escalofrío.

Una oleada de pánico precedió a la certeza absoluta de que aquella noche desaparecería del mundo. Comprendí cómo había llegado allí y por qué sería ese mi destino. Había jugado a ser Dios, ese era mi merecido. Ahora, el mundo estaría a salvo.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Vélmenni


Vélmenni

Me giré al escuchar sus pasos. Ahí estaba, de color gris metalizado y negro azabache. El primer robot autómata listo para su venta al público. Era extraordinario ver su aspecto imponente y aún así, poder manejarlo a voluntad. Echando la vista atrás, puedo decir que aquel fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

Meses más tarde, yo mismo adquirí uno de aquellos robots. Lo llamé Robbie en honor a Asimov. Podía ver como aquel amasijo de cables cumplia sus funciones y lo que era más inesperado, me ofrecía una grata compañía. No tardé en conversar con él y con el tiempo, empecé a verle más como un compañero que como un electrodoméstico.

Sin embargo, el mundo cambiaba más allá de la puerta de mi hogar. Las grandes industrias robóticas comenzaron a expandirse. Todas eran extremadamente ambiciosas y pretendían dominar aquel sector que ahora sostenía la economía de sus países.

Sólo unos pocos años hicieron falta para que el mundo se viera envuelto en un conflicto bélico mundial. La gente había especulado durante años cómo sería ese momento y ahora que había llegado, era peor de lo que podían imaginar. Los robots, utilizados como máquinas de guerra, destrozaban y mataban tal como se les ordenaba. No se les podía culpar, sólo eran máquinas y podían ser usadas para bien o para mal.

La guerra se hizo cada vez más intensa. En un principio, los robots eran una excusa para no perder vidas humanas, pero todos sabíamos que aquello era una gran mentira. Mandaban a sus metálicos guerreros a las zonas civiles para minar la moral de sus enemigos. Sólo unos pocos intentaban defenderse sin éxito. Los robots eran máquinas de matar y no distinguían edad ni sexo.

De manera inexplicable conseguí mantenerme a salvo. En cuanto todo empezó, huí en busca de refugio. Me llevó unos meses encontrar aquellas grandes cuevas, ocultas en medio de ninguna parte.

El mundo se había convertido en un lugar despiadado. Se había utilizado el progreso en detrimento de la humanidad. Ahora solo reinaba el caos y la miseria. Me sentía impotente ante tanto sufrimiento. En esos momentos echaba de menos a Robbie y me sentía culpable por hacerlo. Los robots, que habían sido nuestros amigos durante tan poco tiempo, ahora eran nuestros asesinos. Decidí que era hora de comenzar, posiblemente no para el resto del mundo que seguía en guerra, pero sí para mí que había fabricado un mundo subterráneo alejado de todo.

Me coloqué en la entrada de mi refugio y miré al horizonte. Las columnas de humo negro y el fulgor de las llamas lo ocupaban todo. Me cubrí bajo la sombra de la cueva, con los ojos fijos en aquel desastre. Tenía que pasar página, no podía hacer nada por salvarlos. Noté la humedad en mis mejillas, la presión en el pecho y cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

martes, 23 de abril de 2013

CYBORG - Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

CYBORG
Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

Su nombre era Adler. Mientras permanecía postrado en una cama de hospital, los médicos debatían acerca de su estado. Minutos después, se diagnosticó muerte cerebral. No tenía familia ni amigos, su cuerpo sería donado a la ciencia.
---

En el año 2461 el término Cyborg era algo normal.  La gran parte de la población poseía complementos robóticos que mejoraban su cuerpo. Prácticamente no quedaban humanos puros.

Un edificio gigantesco con grandes ventanales era el lugar donde se investigaba cómo elaborar nuevas herramientas para el cuerpo. Aquel centro, disponía de departamentos de robótica ósea, muscular, ocular, creación de extremidades, órganos internos... Pero había una sección desconocida para la mayoría de los que trabajaban allí.

Aquel laboratorio, frío y solitario, investigaba cómo crear un cerebro robótico. Prácticamente era el único órgano humano que no se había creado. Era tan complejo, tan inalcanzable, que nadie se atrevía a intentarlo. Pero allí, un magnífico cerebro compuesto de cables, engranajes, tubos y tornillos, brillaba sobre la mesa auxiliar del quirófano número 3.

El cuerpo de Adler estaba sobre la mesa de operaciones. Sería el primer cyborg con un cerebro artificial.

Había un gran debate en cuanto a cómo funcionaría aquel cerebro. Sin embargo, la recopilación de recuerdos y  patrones mentales previos al trasplante eran la clave. A todos los efectos, al salir de allí, Adler seguiría siendo Adler.

---

Una semana después desperté. Mi nombre era Adler, pero no era él. Sus recuerdos seguían estando ahí, podía entender qué tipo de persona había sido, pero yo era diferente, no era la misma “persona”.

Más bien, me gustaba pensar en mí mismo como un robot. Sabía que lo que me definía de cara al mundo era el término cyborg, pero yo no me sentía como tal. Yo era único y estaba fuera de lugar en cualquier gremio.

En mis primeros días de vida, intenté buscar un sitio donde encajar sin éxito. Era una tarea difícil. Por un lado, estaban los cyborgs, humanos que pretendían ser robots. Yo no encajaba en ese grupo. O me envidiaban o los intimidaba. Por otro lado, estaban los robots. Estos eran inteligentes, incluso podían proporcionar una buena conversación, pero no alcanzaban la capacidad de mi exclusivo cerebro. En definitiva, estaba solo.

Pero no era algo que me preocupara. Una vez que descarté la posibilidad de entablar una relación social con cualquier otro sistema inteligente, me di cuenta de que no era algo necesario para mi. Al entender aquella sencilla verdad, me plantee el mundo que me rodeaba, ¿por qué los demás, incluso los robots, necesitaban compañía?

Sabía que yo no era como el Adler original. Compartiamos esa esencia de ser ermitaño, pero había una diferencia abismal entre su sentimiento de soledad y mi indiferencia ante el mismo problema. Que no necesitara a nadie no era algo heredado de sus patrones mentales.

Busqué en esos recuerdos extraños que había en mi cabeza y descubrí que Adler había sido un tipo bastante inculto. Sabía leer, escribir y era inteligente pero no había aprovechado el gran afluente de información que existía a su alrededor, lo que hacía que mi nivel de conocimientos del mundo exterior fuera escaso.

Semanas que se convirtieron en meses y meses que se convirtieron en años pasaron mientras yo recogía toda aquella información. Entonces comprendí algo evidente y desconcertante: Mientras que los humanos luchaban por convertirse en robots, los robots luchaban por convertirse en humanos, pero el porqué, era algo que escapaba a mi singular cerebro.

Hasta cierto punto, podía comprender que los humanos quisieran ser robots. Era una manera de mejorar sus capacidades. Yo no había necesitado recurrir a nada de eso, mi cerebro era el único elemento artificial de mi cuerpo. Y ¿para qué cambiar nada más? El cuerpo podía funcionar de manera perfecta sin añadir nada. Admiraba el uso de estas extensiones sintéticas en el caso de gente enferma o discapacitada, pero su uso en gente totalmente sana me parecía un insulto a la naturaleza humana. No negaba el hecho de que había elementos prácticos, pero prefería a los humanos puros. Seguramente era algo fácil de pensar cuando ya disponía de la mejor herramienta artificial que se había fabricado.

Sin embargo, lo que me era más difícil de asimilar era que los robots quisieran ser humanos. ¿Era posible que simplemente fuera una farsa vendida en los libros y las películas? Sin embargo, no lo era. Todos los robots que había conocido querían experimentar los sentimientos.

Era algo sorprendente que tanto unos como otros quisieran conservar el complejo sistema de los sentimientos. Bajo mi opinión eran un lastre. Un conjunto de emociones y mezclas químicas que producían reacciones extrañas en los peores momentos. Podía parecer bonito experimentar felicidad, amor, orgullo o empatía pero esos sentimientos no podían existir si no se sentía por contraste tristeza, soledad, inutilidad o incomprensión. Sentir esas cosas debía ser desagradable. Y sabía lo que era pasar por aquello gracias a los recuerdos del antiguo Adler.

A diferencia de todas estas sensaciones confusas yo no sentía nada. Mi cerebro funcionaba de una manera racional sin las interferencias del sistema límbico. Podía notar la satisfacción que el viejo Adler sentía cuando sus sentimientos no intercedían en una decisión y eso me gustaba.

Lo bueno de mi cerebro era que, aunque no tenía sentimientos químicos, si tenía sentimientos racionales. Podía determinar si algo me gustaba o no, pensar en qué persona quería que fuera mi amiga o cuál mi enemiga e incluso experimentar una pseudo-decepción si alguien me fallaba. Pero no era más que un cúmulo de datos que me hacían tener una reacción lógica ante un suceso.

Por eso me parecía aún más extraño que los robots quisieran tener sentimientos. Ellos no podían ni pensar en experimentar esas sensaciones como yo lo hacía. Al fin y al cabo yo tenía como referencia recuerdos de un antiguo cerebro humano y podía procesar mayor número de información. Pero ¿y ellos? ¿porqué pensaban que sentir era algo bueno?

Convertí aquella idea en un objetivo. Estaba convencido de que el mundo sería un lugar mejor sin las respuestas emocionales y decidí que tenía que convertirlo en una realidad. Una ardua tarea me esperaba y sin previo aviso mi sueño se hizo realidad.


Continuará en la segunda parte: Lobotomía global.

martes, 2 de abril de 2013

Proyecto Arcoiris


PROYECTO ARCOIRIS

En el año 1943, el gobierno de los EEUU estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial. Tras la pérdida de gran parte de sus embarcaciones a manos de los Alemanes, decidieron que debían cambiar las tornas. Su plan no era otro más que conseguir la invisibilidad de sus barcos en los radares enemigos.

Su objetivo, era crear un campo electromagnético que curvara la luz alrededor del objeto permitiendo que se volviera invisible. Para este fin, utilizaron el USS Eldridge, el cual equiparon con grandes generadores para producir dicho campo electromagnético.

El primer intento, realizado el 22 de julio de 1943, tuvo lugar en la bahía de Filadelfia. Los resultados fueron sorprendentes cuando, en lugar de desaparecer a los radares, el buque, envuelto en una neblina verde, semi-desapareció a la vista durante unos segundos. Ahora, con esta nueva información, veían las posibilidades de hacer desaparecer físicamente sus barcos. Para perfeccionar este descubrimiento, decidieron parar los experimentos - los cuales acarrearon fuertes nauseas y dolores de cabeza a los marineros que participaron - y seguir investigando.

Tres meses después, el 28 de octubre de 1943, se llevó a cabo la segunda prueba. En esta ocasión el barco desapareció de forma física durante unos minutos. No sólo había desaparecido sino que algunas fuentes aseguraron que el barco se había teletransportado a la costa de Virginia.

Los resultados fueron desastrosos para la tripulación. Las consecuencias fueron desde problemas mentales y físicos hasta un pequeño número de marineros que regresaron incrustados en el acero, debido a la desintegración molecular.

Finalmente las investigaciones se abandonaron y el gobierno de los EEUU negó haber realizados dichos experimentos.

Esta es la historia de uno de aquellos marineros a bordo del USS Eldridge:


28 de octubre de 1943. Filadelfia. EEUU

Jerome Avner se dirigía hacia el barco con paso decidido. No sabía mucho sobre el experimento. Sólo sabía que intentaban hallar una manera de hacer los barcos invisibles al radar de los alemanes y que este no era el primer intento.

El nombre del barco era USS Eldridge. Estaba repleto de gente y su aspecto era diferente de cualquier destructor de escolta. Podían verse cuatro grandes bobinas de color cobrizo sobre la cubierta.

Estaba nervioso. Les habían dado instrucciones de que permanecieran en sus puestos con normalidad. De manera muy oportuna, recordó a aquel marine que había participado en el primer intento. Tenía unas migrañas terribles desde aquel día. No tenía por qué ser consecuencia directa del experimento, podía ser simple casualidad, pero no podía quitárselo de la cabeza.

Dieron aviso de que iban a comenzar. Al principio, no se notó nada distinto, pero pasado medio minuto, Jerome empezó a sentir miedo de verdad. Un zumbido intenso atravesó el barco. Al principio pensó que era el sonido de las máquinas, pero enseguida se dio cuenta de que aquel zumbido recorría su cuerpo de manera interna. Las bobinas de cubierta vibraban tanto que su forma se difuminaba. Aterrorizado, vio como una  niebla verdosa se formaba alrededor del barco.

Miró a su alrededor para buscar la cara de alguno de sus compañeros. Esperaba ver expresiones de calma y seguridad, que aquello que estaba pasando era algo de lo que no tenía que preocuparse. Pero lo que vió fue muy distinto. El pánico se dibujaba en sus rostros de la misma manera que se dibujaba en el de Jerome. La gran mayoría se habían quedado paralizados, esperando a que terminara. Sólo unos pocos intentaban moverse o huir.

Jerome Avner nunca había sido de los que se daban por vencidos. Después de contemplar el espectáculo, sabía que estaba en una situación peligrosa. Se lanzaría al mar antes de que fuera demasiado tarde. Comenzó a moverse. Aquel zumbido hacía sus miembros pesados. Levantó la pierna lentamente. Era como intentar moverse entre las aguas de un pantano. Su pierna permanecía en el aire, luchando por continuar su movimiento, entonces una luz azulada lo cegó. Después todo negro.

Estaba confuso. No sabía dónde estaba, no sabía que había pasado. Notaba una extraña sensación. Parecía que flotara, pero no notaba aire a su alrededor. Realmente no notaba nada. Ni frio, ni calor, ni dolor... ni siquiera se notaba a él mismo. Estaba soñando. Era la única explicación racional que podía procesar. Pero era tan real... Podía tratarse de un sueño lúcido. Pero en aquellos sueños uno podía hacer lo que quisiera y, sin embargo, él no podía moverse. No podía hacer nada. No podía definir lo que pasaba realmente, pero podría haberlo definido como flotar en el espacio.

Después de un tiempo indeterminado en aquel estado, otra luz lo cegó. Sintió un chisporroteo en todo el cuerpo similar al que se siente cuando se ha dormido una extremidad. Creyó percibir que volvía a estar en cubierta. Sin darse cuenta, continuó con la laboriosa tarea de mover su cuerpo hacia el borde del barco. Su pierna se movió unos míseros centímetros y volvió a desaparecer. Esa era la sensación correcta, desaparecer. Tanto la primera vez como esta notaba que había desaparecido de la faz del planeta. Era como no existir.  

De nuevo, aquella sensación de vacío e impotencia. Flotaba sin rumbo en la no existencia. Pensó en su vida, en como sería a partir de ese momento. Sólo quería regresar. Volver a notar el suelo bajo sus pies. Un dolor punzante en la cabeza le hizo abandonar sus pensamientos. Era tan intenso que ni siquiera podía pensar en la idea de querer morir. Otro destello de luz lo devolvió a la superficie del barco.

Al igual que la vez anterior, continuó con el movimiento que había iniciado hace ya mucho tiempo. Esta vez no había barreras, nada impedía que moviera su cuerpo libremente, lo que provocó, que al intentar apoyar la pierna, cayera al suelo. Su pierna había desaparecido. Un muslo cortado de manera limpia y con una base tersa y lisa se hallaba en su lugar. Ante la horrible visión se desmayó. Al despertar nada volvió a ser igual. Jerome nunca sabría lo que había sucedido. Las secuelas psicológicas del incidente le hicieron perder la razón y nunca sabría la respuesta a qué sería de su vida después de aquello. Ya no tendría una vida, se la habían robado.

viernes, 1 de marzo de 2013

Anacrofobia


ANACROFOBIA

Llegaba media hora tarde. El disfraz, elegido por Will, había dado más problemas que otra cosa. Me había tocado ir de astronauta.

Desde fuera podía oírse la música. Llamé al timbre y esperé. Poco después, un robot me abrió la puerta.

—¡Pensaba que ya no vendrías! Estaba a punto de llamarte.

—Lo sé, lo siento. Ha sido culpa del disfraz. No pensé bien lo de las cremalleras.  

Pasé lentamente por la puerta y me sentí inquieto. No sabía porqué era, pero no me gustaba. Todo estaba muy oscuro. La música electrónica retumbaba en el suelo y las puertas estaban pintadas como si fueran escotillas de un submarino.

—Se nota que te has currado la decoración —dije a Will gritando para que mi voz se oyera.

—Lo se. Y todavía te queda lo mejor.

Mi inquietud crecía y se convertía en ansiedad. ¿Que había allí que me hacía sentirme tan inseguro? Will abrió la puerta del comedor y mi pregunta encontró respuesta. Era una fiesta temática. Tema: El futuro.

No podía respirar. Me mareaba. Necesitaba sentarme. Me aparté a duras penas de la puerta y me senté en los escalones de la entrada. Me quité el casco rápidamente y pegué una bocanada de aire.

—¿Te encuentras bien?  

—No. Creo que me voy a ir. No puedo estar aquí.

—¿Qué tontería estás diciendo? ¿Porqué? ¿Qué pasa? —preguntó Will entre gritos y gestos.

—No puedo explicártelo.

—No te oigo nada ¿«No...» qué?

Tras una serie de ademanes claros, acompañé a Will a la planta superior.

—En serio, si te lo cuento te reirás de mí.

—Te prometo que no lo haré.

Miré escéptico a mi amigo y tardé unos instantes en decidir si contárselo o no.

—Tengo Anacrofobia.

Will torció el gesto e hizo un amago de risa.

—¿Qué tienes qué?

—Anacrofobia, miedo a los viajes en el tiempo. ¡Y tu gran idea es una fiesta en la que parece que hemos viajado mil años al futuro!

—¿Anacrofobia? ni sabía que eso existía —continuó Will todavía sorprendido—. Pero los viajes en el tiempo son algo imposible, sólo teoría. ¡Menuda tontería! Baja conmigo y disfruta de la fiesta. En cuanto te relaciones un poco te olvidarás de los trajes y el decorado. Me lo debes. Hoy no tienes excusa para irte.

Obligado y a regañadiente, bajé al epicentro de la fiesta. No podía aguantarlo, pero tenía que seguir allí.

—Mira, aquella parece interesante —gritó Will en mi oreja a la par que señalaba a una chica vestida de alienígena—. Vete y habla con ella. Seguro que después de que habléis un rato se te olvida que tienes esa cosa.

Me acerqué intentando no mirar a mi alrededor, centrándome sólo en la copa que ella sujetaba en la mano.

—Hola —dije algo nervioso y con la mirada fija en el suelo— me llamo Brian.

—¡Ooh! ¡Un cosmonauta! Es justo lo que estaba esperando. ¿Te gusta navegar por el espacio?

Levanté la vista y enarqué una ceja. La chica se había metido en el papel. Pero, si no dejaba de hablarme como si fuera un auténtico astronauta, no podría aguantar mucho más. Sin embargo, Will tenía razón, la chica era muy guapa y no quería ser grosero con ella, así que decidí seguirle el juego.

—Sí, es fantástico. Conozco muchas razas alienígenas pero hasta ahora ninguna tan atractiva como tú.

—Que pena que nuestras especies no puedan mezclarse...

La respuesta me hizo reir. Había sido un no en toda regla. Por un segundo, me olvidé de mi fobia. Pero mi reacción la dejó paralizada. No esperaba que me riera. ¿Acaso no era un chiste?

—Perdón. A lo mejor mi reacción ha sido exagerada. La verdad es que me gustaría charlar contigo. Pareces simpática.

Ella sonrió e hizo un gesto de comprensión.

—Entonces tengo la solución. Pero tendrías que venir conmigo.

—¿Ir contigo? —respondí extrañado— ¿A dónde?

—A mi casa. Aquí no estoy cómoda, hay mucho ruido. Allí seguro que podemos hacer algo para que tu especie y la mía sean compatibles —Mi cara debía ser un cuadro. Primero me rechazaba y ahora me invitaba a su casa— Pero sólo si quieres venir, puede que a lo mejor no estés preparado.

—¿Vives muy lejos? —respondí sin entender muy bien el juego de aquella chica.

—No demasiado. Unos cientos de años.

Comencé a sonreír pero un click sonó en mi cabeza. Mi sonrisa desapareció cuando vi que ella no reía. Ni siquiera parecía que estuviese bromeando. ¿Era cierto? ¿Vivía en otra época a «cientos de años»? Entré en pánico. Miré a mi alrededor en busca de Will pero quedé paralizado. Entonces, observé su mano sujetando mi brazo. Lentamente acercó su pulsera a la boca y sus labios susurraron, «Año 2326»

Noté un vacío y lo supe. Mi peor pesadilla se había hecho realidad.

viernes, 8 de febrero de 2013

Manía Persecutoria


MANÍA PERSECUTORIA


Los ensayos avanzaban satisfactoriamente. Yo tenía el papel protagonista y me lo sabía a la perfección. Todo era inmejorable, la idea de realizar la obra, poder contar con aquella gente, aquel teatro impresionante... pero algo en el ambiente cambió.

Alguien poco atento nunca lo hubiera dicho, pero yo lo notaba, todos estaban confabulados entre sí. Me di cuenta en uno de los primeros ensayos. Yago hablaba con Casio cuando aparecí y cruzaron una expresión de alarma. Duró unos instantes, pero ahí estaba.  Decidí fijarme más y fue en ese momento cuando confirmé que algo se tramaba entre mis compañeros.

Seguí trabajando en mi papel y acudiendo a los ensayos de manera regular, realizando mi labor de manera eficiente, pero cada vez era más evidente. Susurros, gestos, miradas, frases con mensajes ocultos que solo ellos entendían... ¿qué era aquello que ocultaban con tanta pasión?

Pasadas las semanas mi cabeza era un remolino. Habían pasado por ella todas las posibles explicaciones a aquel comportamiento y sin embargo, ninguna me convencía. En algún momento creí que todo se debía a delirios de persecución, pero algo en mi interior me decía que realmente me ocultaban algo. Intenté pensar que aquello no era tan grave y que la realidad era menos cruel que mi imaginación.

Noches en vela, días en ayunas y ellos continuaban compartiendo su secreto. Entonces, y a causa de aquel malestar, fallé prácticamente todas mis frases en el último ensayo. El director de la obra, que interpretaba el papel del Dux, se acercó y me dijo:

- Te veo desmejorado últimamente, ¿te pasa algo?

¿Qué podía contestar? “Si, creo que todos planeáis algo a mis espaldas. Me observáis y me evaluáis continuamente. No puedo comer ni dormir pensando en la variedad de calumnias  e insultos que todos decís sobre mí”. Pero no, no podía decir aquello. Pronunciando esas palabras quedaría como un paranoico y les daría otra razón más para insultarme mientras se tomaban tranquilamente un café.

- Estoy agobiado por el estreno de mañana. Creo que algo no saldrá bien y no he tenido la oportunidad de hablar con los demás sobre ello. - fué lo que contesté finalmente.

Noté su expresión de alarma. Las gotas de sudor comenzaban a surgir de su amplia frente y el labio inferior temblaba indeciso. Creí que era mi momento y decidí preguntar.

- ¿Cree que están incómodos conmigo?

- ¡No! - contestó rápidamente - no creo que se trate de eso. ¿Seguro que no es un malentendido? Yo creo que todos están muy agusto con usted.

Intentaba hacer lo que sabía que haría. Quería que creyera que eran cosas mías. No iba a permitir que me tomaran por un paranoico.

- Creo que por el momento no estoy loco - un brillo extraño cruzó sus ojos y me hizo detenerme, tras unos segundos continué - creo que me evitan y que no tienen una buena opinión de mi, incluido usted.

Su lenguaje corporal indicaba que quería escapar de aquella conversación, no se sentía cómodo. Buscaba apoyo mirando alrededor, como si creyera que debía consultar qué debía responder a continuación. Al verse acorralado y sin nadie cerca para aconsejarle, su rostro tornó a un blanco pálido enfermizo, sus piernas flojearon, sus ojos se dirigieron al infinito y lanzó su mano en mi dirección buscando apoyo.

- ¿Se encuentra bien?

Absurda pregunta. Sabía que no se encontraba bien. Pedí ayuda al resto de los que allí estaban y entre todos, le llevamos a un sillón que formaba parte del atrezzo de la obra. Poco a poco fue recuperando el color y ví como todos asentían a la par, confirmando que sabía qué había pasado: yo había estado a punto de dar en la clave. ¿Llegaría a saber algún día de qué iba todo aquello? Y al pensar así, una sensación de deja vù me recorrió el cuerpo y supe que esto ya lo había vivido. No era la primera vez, ni la segunda. Posiblemente ya había ocurrido infinidad de veces.

-----

Desperté en mi habitación acolchada, otra vez. Ahora que sabía la verdad quería volver a la ignorancia. Siempre pasaba lo mismo, siempre los tomaba por enemigos. ¿Cuando conseguiría sumirme en aquel mundo de alucinaciones sin salir de él? Mis imaginarios compañeros de reparto intentaban evitarlo por todos los medios pero siempre volvía a la realidad, aquella realidad amarga y dolorosa. Envuelto en un sentimiento depresivo, sabiendo que pese a estar cuerdo me envolvía la locura, conseguí dormirme.

-----

Me dirigí al ensayo emocionado. Por fin había conseguido el papel que llevaba esperando toda la vida. Interpretaría a Hamlet.