viernes, 25 de enero de 2013

Los otros 30 días


LOS OTROS 30 DÍAS


10 de septiembre de 2062


Kurt se levantó al oír el timbre. Era extraño que el cartero estuviera allí a esas horas y más que llamara a su puerta directamente.


—¿Franz Muller?


—Soy su hijo. Franz murío hace un par de años.  


—Lo siento —respondió el cartero por cortesía—. En ese caso se lo explicaré a usted. No se si se habrá enterado que hace unos días, encontramos un saco de cartas que deberían haber llegado a sus destinos hace treinta años.


Hizo una pausa y prosiguió al ver la negativa en mi gesto.


—Ahora estamos repartiendo esas cartas. Una era para su padre. Siento que no haya podido recibirla él mismo.


Kurt miró el sobre con curiosidad. Se notaba que habían pasado por él los años. Dio la vuelta al envoltorio y el corazón empezó a latirle deprisa. Leyó el Remitente repetidas veces pensando que había leído mal. Pero no, el nombre estaba claro, Henrick Muller, su hermano muerto a la edad de 5 años.


Debía tratarse de una broma de mal gusto. Dentro de él, la foto de un hombre y una carta. El estómago le dio un vuelco. Aquel hombre tenía algo familiar, eran sus ojos, podía reconocer en ellos a su hermano. Parecía una locura. Sin embargo, el asombroso parecido lo convenció, de que por muy extraño que pareciera, aquella foto era real y leyó la carta:


20 de octubre de 2072


Querido padre,


La foto que te mando es una prueba de que no miento y que soy yo, tu hijo Henrick, el que te envía esta carta.


Siento darte esta noticia, pero tu hijo Kurt morirá hoy. Morirá atropellado por un coche al salir de la panadería, exactamente a las 12:36 de la mañana. Este hecho te afectará a lo largo de toda tu vida y de la del resto de tu familia.


He pasado muchos años intentando hacer que te sintieras mejor, sin conseguir ningún resultado. Sin embargo, hace unos años comencé una investigación y junto a mis compañeros, conseguí construir una máquina extraordinaria. Hoy me he dado cuenta de que la utilidad de esta máquina es avisarte para evitar la tragedia.


Imagino que te costará creer lo que estás leyendo. Por favor, aunque no me creas, sólo por si acaso, no vayas hoy a la tienda.


No se si funcionará, pero espero que así sea.


Tu hijo, que te quiere,


Henrick Muller.


Kurt estaba blanco como la nieve. Definitivamente era una locura. Su hermano, el que llevaba muerto treinta años, había mandado una carta desde el futuro para evitar su muerte. Claramente era una broma, pero aquella foto era tan real...


Aún así la verdad era evidente, él estaba vivo y su hermano estaba muerto. Lo que relataba esa carta no había sucedido y si él estaba leyéndola en aquel momento era porque no había llegado a su destino, así que tampoco había podido evitar el suceso. La lógica era aplastante, pero los ojos de aquel hombre impreso no dejaban de mirarle. Su hermano. El que podría haber sido su hermano de no haber muerto aquel día. Resignado, decidió pensar que era verdad. En ese caso, ¿que había salido mal? ¿Por qué había muerto su hermano en lugar de él?  


Se sentía impotente. Era tarde para arreglar lo sucedido. Desgraciadamente, él no poseía la máquina que había permitido a su hermano enviar aquel mensaje y aunque lo mandara, volvería a perderse en aquel amasijo de cartas durante otros 30 años.


Releyó la carta varias veces en busca de alguna solución, algo que consiguiera quitarle su inquietud. Entonces, una idea empezó a forjarse al volver a leer las palabras «junto a mis compañeros». Su hermano no había sido el único en construir aquel invento. ¿Sería posible pensar que aquella gente lo había desarrollado a pesar de su muerte? Miró la dirección que aparecía en el remite y se encaminó hacia allí.


Aquella dirección correspondía a unos apartamentos cerca de la universidad. Llamó a la puerta, nervioso. Un hombre de unos cuarenta años abrió y le miró extrañado. Se sentía estúpido en aquella situación. Sabía cuál sería la respuesta, pero decidió preguntar de todas formas.


—¿Conoce a  Henrick Muller?


—No, no me suena de nada. ¿Es algun profesor de la universidad?


—No —contestó Kurt dubitativo.


—Pues creo que  se ha equivocado, estos edificios son las residencias de los profesores.


Cayó en la cuenta. Al leer la carta pensó que su hermano trabajaría en alguna clase de laboratorio pero, ¿y si hubiera sido profesor?


—Por casualidad no enseñarán ciencias...


—Sí —respondió el hombre extrañado—. ¿Es usted alumno? No le reconozco.


—No, no voy a la universidad. Creo que el hombre que le he mencionado sí. Bueno, al menos lo hizo, posiblemente como profesor. Aunque en realidad no... bueno, es difícil de explicar. ¿Trabaja usted en algún proyecto actualmente?


—Oiga, no se muy bien de qué va esto —dijo de pronto a la defensiva—. Creo que debería irse.


—Espere, por favor. Es difícil de explicar. Si no es quien creo que es, me tomará por loco.


—Pues intente explicarse.


Kurt no vió más alternativa que entregarle la carta que llevaba en el bolsillo y dejar que la leyera. La cara de aquel hombre cambió por completo al leerla.


—Es curioso —respondió el profesor— llevo trabajando en un proyecto parecido más de diez años.


—Al parecer funciona. Ya lo ha hecho en algún momento.


El profesor invitó a Kurt a entrar. Se sentaron en una pequeña sala de estar y volvió a leerla.  Kurt le explicó lo que había sucedido cuando su hermano sólo tenía cinco años y lo confuso que se había sentido al recibir la carta.


—Todavía no me lo creo. Pensé que mi invento no funcionaría —dijo el profesor pensando en voz alta.


—¿Y por qué cree que todo ha cambiado?


—Efecto mariposa. Al mandar la carta pasó algo imperceptible que cambió el curso de los acontecimientos provocando que fuera él en lugar de usted el que muriera.


Kurt ya había oído hablar del efecto mariposa en alguna otra ocasión, así que sin pedir mayor explicación dio por bueno ese argumento.


—¿Podemos hacer algo?


—Cambiar algo en el pasado es peligroso. Puede que ayudándolo provoque la muerte de otra persona. Incluso puede que provoque una catástrofe.


—Pero en realidad ya sabemos qué sucederá si mi hermano sobrevive. Será profesor en esta universidad y le ayudará con su invento.


—No es tan sencillo —contestó el profesor frunciendo el ceño—. El tiempo es impredecible. Puede que esta vez muera su padre en lugar de su hermano o puede que provoque que otra cosa se estropee en otro lugar.


—No lo entiendo. Entonces, ¿para qué ha invertido tanto tiempo inventado esa máquina?


El profesor hizo amago de contestar pero vio que no había respuesta. Llevaba razón, había inventado la máquina para usarla. Él había pensado en algo distinto. Pensaba utilizarlo para descubrir la verdad sobre la antigüedad, sobre las costumbres de civilizaciones que habían existido hace miles de años. Incluso se había propuesto resolver el debate sobre el comienzo de la raza humana. Pero se dio cuenta de que, el resultado, podría ser el mismo. Un fallo en otro tiempo tan lejano podía costar la vida a millones de personas y sin embargo, tenía la oportunidad de ayudar a alguien y que sirviera para algo más. Salvar una vida. Cambiar un mal suceso por uno bueno. ¿Cambiaría el transcurso de la historia? Pensándolo bien solo eran 30 años y lo más probable era que el cambio fuera mínimo.


—Esta bien, le ayudaré.


Mientras Kurt escribía la carta, el profesor puso en funcionamiento la máquina. Era la primera vez que la iba a utilizar de verdad. Para evitar pasados errores, decidieron enviarla directamente a la puerta de la casa, así su padre la vería nada más salir.


Colocaron el sobre en la máquina y después de un breve zumbido el sobre desapareció. La suerte estaba echada.


20 de octubre de 2032


Franz abrochó el abrigo al pequeño Henrick mientras Kurt, torpemente, se abrochaba el suyo. Abrió, dispuesto a salir, pero le detuvo un sobre al pie de la puerta. Tenía su nombre escrito en mayúsculas. Extrañado, lo abrió.


Papá, soy tu hijo, Kurt. Seguramente no lo creas pero, aún así, intenta creerlo. Hoy, día 20 de octubre de 2032 uno de tus hijos morirá atropellado a la salida de la panadería. Se que te diriges allí ahora mismo. No nos lleves contigo. Esto ya ha pasado antes, en una ocasión morí yo y Henrick mandó una nota similar. Gracias a esa nota supe que podía hacer algo por evitar que en esta ocasión fuera Henrick el que muriera.


Espero que me creas,


Kurt Muller.


Franz miró a su hijo, que todavía forcejeaba con el último botón del abrigo. Sabía que él no había escrito aquello. Era demasiado pequeño para pensar y escribir una cosa así.


A pesar de que todo apuntaba a que era una broma de mal gusto, Franz decidió no llevar a ninguno de sus hijos a comprar. Más tarde, a las 12:36 de la mañana, vería que aquello no era una broma, cuando un coche gris se accidentó a la puerta de la panadería, arrollando todo lo que había a su paso. Franz se sintió agradecido por aquella carta y supo que había hecho bien siguiendo su consejo, sus hijos estaban a salvo en casa.


10 septiembre de 2062


Kurt despertó y lo primero que hizo fue llamar a su hermano Henrick. Al oír su voz notó cierto alivio. Parecía como si llevara años sin escucharla. Esa extraña sensación desapareció poco después. Ni Kurt ni Henrick sabrían nunca que habían salvado la vida de su hermano.

1 comentario:

  1. Meterse en ciencia ficción con respecto al efecto mariposa e incluso las paradojas temporales es un barro muy profundo y, aunque en el texto, a mi parecer, has tomado algunas licencias, te ha quedado redondo. Ni que decir tiene que yo no me hubiera atrevido a escribir algo semejante básicamente por la dificultad que tiene y, aunque los hechos los simplificas solamente en un personaje y su familia (en este caso su hermano y su padre), la verdad es que ha sido interesante de leer.

    Así pues, felicidades por el resultado conseguido y, por supuesto, por haber sido tan valiente para tocar un tema tan complicado de llevar.

    PS: Este también lo busqué en el taller de Literautas pero no hubo manera de encontrarlo... ¿Para cuándo una publicación de ciencia ficción en el taller, que buena falta hace? :P

    ¡Un abrazo y nos leemos!

    ResponderEliminar