lunes, 30 de marzo de 2015

Throb

THROB

Un timbre estridente sonó eliminando la paz que reinaba en la casa. Hank descolgó el teléfono y esperó a escuchar la voz al otro lado.

—¿Hank? —dijo emocionada.

Reconociendo a un viejo amigo decidió contestar.

—¡Hola Leonard! ¿Cómo va la vida en el espacio?

—Va, que no es poco. Aunque últimamente está mucho más interesante de lo que estaba cuando vivías aquí.

—Vaya, no sé si tomarme mal eso… —contestó Hank intentando simular molestia.

—No seas tonto. Sabes que contigo lo pasaba en grande. Además, no pretenderás que viva deprimido por tu ausencia cuando me abandonaste por eso que llaman Tierra. ¿Qué tal están las cosas por allí?

—Bien, tranquilas. Las estaciones cambian, brilla el sol y puedo bañarme en el mar. Esas cosas que no hay en “La Jaula”.

Leonard soltó una carcajada.

—Siempre me gustó ese nombre. Por aquí lo utilizan tanto que prevén olvidar el real en un par de años. Pero ahora en serio, no te llamo sólo para recordar viejos tiempos.

—¿Ah no? ¿Y para qué entonces?

—Ha pasado algo alucinante y te necesito aquí. Hemos encontrado un ser vivo. Al fin.

—No puede ser.

—Si, lo es y es espectacular. Su composición es increíble. Ni un sólo elemento de la tabla periódica aparece en él y, por si fuera poco, cambia la vibración de sus partículas cuando quiere.Tienes que verlo.

—¿Qué aspecto tiene?

—No, no. No te voy a contar nada más. He preparado el teletransporte para dentro de una hora y no acepto un no por respuesta.

Al colgar, Hank sintió un nudo en el estómago, en parte por emoción y en parte por miedo. Odiaba el teletransporte. La extraña sensación de sentir las cosas a tu alrededor aunque su cerebro estuviera dividido en un millón de partículas, le ponía los pelos de punta. Sin embargo, no podía perdérselo. Tendría que pasar por ello.

Una hora más tarde, Hank estaba subido en el teletransporte. Sintió cómo se iba separando lentamente y la fuerte atracción de la Estación Espacial. En cuestión de segundos, sentía el vacío del espacio y podía ver un reflejo en su mente de “La Jaula”, a lo lejos, coronando el planeta, como si se tratara de un sombrero. Y entonces dejó de sentirla. Había desaparecido. A su mente llegó la sombra de la conversación con Leonard. “Cambia la vibración de sus partículas” oía una y otra vez. Entonces comprendió que si la nave vibraba a una frecuencia distinta y, como consecuencia, desaparecia a otro plano del universo, su cuerpo no llegaría a ningún lugar. Ya no sentía la atracción de “La Jaula” esperando al otro lado para recomponer su cuerpo. Vagaría por el espacio eternamente convertido en una nube de partículas.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Doppelgänger

DOPPELGÄNGER

Su experimento había dado resultado, pero no el que él esperaba. Su reflejo, con una expresión fría y con un toque de locura, lo miraba fijamente. Pero esa no era la expresión que él tenía en aquel momento. Él sentía miedo, un miedo tan profundo que creía que el más mínimo movimiento conduciría a la catástrofe. Su reflejo sonrió. Él seguía inmóvil.

—¿Quién eres? —se atrevió a preguntar, aunque sabía perfectamente la respuesta.

«Tú» fue la réplica sorda que leyó en sus labios. Detrás de su reflejo podía ver como todo era distinto. Todo distorsionado y con un halo de crueldad alrededor. Los colores eran más intensos y todos los rostros, reflejados en las fotografías a su alrededor, lo miraban con la misma sonrisa maléfica y la mirada ausente.

Su reflejo movió los labios. Su boca era tan grande y sus dientes tan afilados que no quería mirarla. «Ven» decía, pero no entendía a qué se refería. En un momento de valentía miró a su alrededor. Seguía sólo, en su oscuro cuarto, igual que hace un momento y nadie podía ayudarlo. Pero, ¿Qué le impedía salir de allí? Una fuerza oscura tan grande que él no podía controlar lo llamaba desde el espejo.

Al mirar de un lado a otro supo que si no lo miraba, todo sería más fácil. Entonces su reflejo hizo un aspaviento para llamar su atención. «¿Qué buscas?», articuló con su asquerosa boca. «Aquí no hay nadie que pueda ayudarte». Aquellos intensos ojos se fijaron en los suyos y volvió a hablar sin producir sonido. «Acércate».

¿Qué había de malo en acercarse? Su mente lógica no dejaba de recordarle que sólo era un espejo, que aquel hombre siniestro no estaba allí realmente, pero el miedo en sus entrañas le avisaba de un mal mayor, le gritaba que debía huir enseguida. Al fin y al cabo nada de lo que estaba pasando era lógico. Nunca pensó que sus teorías fueran a dar un resultado real y menos aún que esos resultados se manifestarían en su propia casa, en su habitación, en el momento menos esperado.

«¿A qué esperas?» dijo su reflejo. ¿A qué esperaba? Tenía que salir de allí.

—¿Dónde estás? ¿Cómo es ese lugar? —Las palabras salieron solas ignorando el peligro.

«Acércate y míralo tu mismo»

No debía hacerlo, lo sabía. No debía acercarse.

—Tengo que irme de aquí —musitó sin apartar la vista de aquel inquietante personaje.

El reflejo se enfureció exagerando todavía más sus malvados rasgos. Aquella expresión de odio y crueldad fue el empujón que necesitaba para salir de allí de una vez por todas. Haciendo uso de todas sus fuerzas, consiguió darse la vuelta y levantó el pie en un intento de dirigirse hacia la puerta. En ese momento y sin que él lo viera, el reflejo enfurecido alargó su brazo atravesando la espesa masa de cristal líquido e introdujo su mano deforme en esta realidad que no era la suya. Antes de que pudiera dar un paso, agarró su camisa y tiró de él con fuerza arrastrándolo sin remedio. En cuanto atravesó por completo el portal que él mismo había creado, a aquella realidad malvada, la habitación quedó en silencio. El espejo no mostraba más que la oscuridad de esa tenebre habitación. Era como si nunca hubiese ocurrido nada.

sábado, 7 de febrero de 2015

Mörken

MÖRKEN

—Míralo, no se como tiene el valor de dejarse ver en un sitio público.

Viktor dirigió su mirada hacia el lugar donde apuntaba Gustav y asintió con la cabeza.

—Si, no se como se atreve.

—No creo que sea tan descabellado separarlos de nosotros, al fin y al cabo son peligrosos, todo el mundo lo sabe.

—No todos —se atrevió a decir Viktor entre dientes.

—¿Cómo dices?

—Digo que no todos son peligrosos.

Gustav levantó una ceja sorprendido.

—¿Desde cuando defiendes tú a los androides?

—No estoy defendiendo a nadie. Sólo digo que no todos los robots son peligrosos. Eso es una generalización excesiva. Supongo que habrá alguna excepción.

—¡Increible! —dijo Gustav meneando la cabeza de un lado a otro—. Sabes que esas cosas fueron retiradas del mercado porque eran peligrosas. Eso no me lo invento yo, es un hecho, algo que ha pasado de verdad. Sabes que esas cosas escaparon matando personas y que ahora están libres campando a sus anchas. ¿Eso no te parece peligroso? ¡Y para colmo se pasean como si nada por la calle!

Había levantado tanto la voz que Gustav se sonrojó nada más terminar la frase. Bajó la mano acusadora que apuntaba directamente hacia el androide y la gente que pasaba por la calle, volvió a sus cosas como si todo lo interesante hubiera pasado. El androide, que estaba lo suficientemente cerca como para entender de qué iba la cosa, sostuvo la mirada un poco más antes de seguir con lo que estaba haciendo.

—Encima tengo que aguantar que el maldito androide me mire como si le hubiera ofendido —dijo ahora en un tono de voz más bajo—. Además, ¿qué pretende? ¿ser como uno de nosotros? Está patético sentado en ese banco, leyendo un libro como si pudiera imaginar o disfrutar de la naturaleza que lo rodea. No sé dónde vamos a llegar.

Viktor dejó que se calmara un rato antes de continuar la conversación.

—Tienes razón. Se que algunos de esos robots mataron personas y que algunos son peligrosos. Pero tú tienes que reconocer que no todos participaron en aquello. Simplemente huyeron por su seguridad y la gran mayoría no hizo daño a nadie. Cada robot, como cada humano, tiene su propia personalidad. No es que los esté comparando a nosotros pero… ¿acaso no existe también gente peligrosa suelta por el mundo?

—No es lo mismo.

Gustav seguía mirando fijamente al androide con desprecio. Éste levantaba la vista de vez en cuando y la apartaba rápidamente. Cada vez se sentía más incómodo y no tardaría en marcharse, exactamente lo que Gustav pretendía que pasara.

Viktor echó una mano al hombro de su amigo tratando de desviar su atención del robot.

—Déjalo ya. ¿No ves que esto no va a ningún lado?

—Viktor, por el amor de Dios, no consigo comprender por qué no lo ves igual que yo. ¡Es un despreciable robot! Nunca llegarán a ser como nosotros y no son útiles en ningún sentido. No deberían existir. Es así de sencillo. Son simples máquinas que aumentan el riesgo de encontrar problemas a los humanos que los rodean. Es pura lógica.

Finalmente el androide perdió la batalla recogiendo sus cosas y marchando de allí sin mirar atrás. Al verlo, Gustav se relajó notablemente e incluso apareció una sonrisa de satisfacción en su cara. A Viktor, sin embargo, se le ensombreció el gesto.

—¿Qué te pasa? —preguntó Gustav preocupándose por su amigo, ahora que ya no tenía distracciones.

—Nada.

—No seas idiota. A ti te pasa algo. Parece que te hubieran dicho que vas a morir en unos días. Venga, suéltalo.

—Es sólo que creo que todo es una farsa.

—¿A qué te refieres?

—¿Por qué has tenido que portarte así con el robot?

—No me digas que voy a tener que volver a explicártelo.

—No, no hace falta. Me ha quedado claro.

Gustav se removió inquieto. No entendía nada. Su exposición era lógica y el único que se comportaba de forma preocupante para él era Viktor. No sabía qué decirle, ni siquiera sabía por qué hablaba así y esperó impaciente a que su amigo continuara.

—Dices que los robots no sirven para nada. ¿Y para qué sirvo yo? ¿Para qué sirves tú?

Gustav se quedó pensativo. Nunca se lo había planteado así, pero la respuesta era sencilla para él. Ellos tenían derecho a estar allí. Eran humanos, eran naturales. Los robots eran máquinas inventadas por él hombre. El problema era que no sabía cómo expresarlo para que su amigo lo entendiera de una vez.

—Nosotros somos humanos —dijo dubitativo, mientras se le ocurría una manera de explicarlo—. Tú sirves para ser mi amigo. Sirves para hacer feliz a la gente que te rodea. En definitiva, aunque no hicieras ningún trabajo de provecho en el mundo, servirias para transmitir sentimientos a las personas que te rodean y eso ya es algo de utilidad.

Viktor sonrió y miró a su amigo como quien mira a un ingenuo niño que acaba de decir que la pobreza se puede eliminar creando más billetes.

—Si esa es la regla que utilizas para separar robots inútiles de humanos útiles estás más perdido de lo que pensaba. ¿Qué piensas al ver a ese robot leyendo bajo un árbol, en el parque, a plena luz del día?

—Se me revuelve el estómago —contestó rápidamente Gustav haciendo una mueca.

—Pues eso, querido amigo, es un sentimiento. Así que, según tú, ese robot ya es útil porque te ha hecho sentir algo.

—No, no, no. No intentes tergiversar mis palabras. Cuando digo “hacer sentir” me refiero a cosas positivas, a poder confiar en él, que te haga sentir bien, que no creas que pueden cruzársele los cables en cualquier momento y matarte sin un motivo aparente.

—¿Y tú sientes eso por todas las personas que te rodean? No sabía que te llevaras bien con todo el mundo. Mismamente el otro día me estuviste hablando sin parar de “aquel idiota que no dejaba de molestarte” y que “odiabas profundamente”.

—Ya bueno, pero eso es distinto.

—Mira Gustav, no tienes ni idea, eso es lo que pienso. Miras a un robot y sientes desprecio por él y lo que no sabes es que si ese robot tuviera la misma apariencia que tú no te enterarías de lo que es. Esas máquinas pueden aportar cosas, de eso estoy totalmente seguro, no se cuales ni si serán lo que tú llamas útiles, pero lo que está claro es que sirven para algo. Si no puedes ver eso es que estás totalmente ciego. ¡Que digo! Estás totalmente ciego de verdad y ni siquiera lo sabes.

Nunca había oído hablar así a Viktor. Se comportaba de una manera totalmente desconocida para él. En los breves momentos después de su disertación, meditó sobre todas aquellas palabras. ¿Por qué le molestaba tanto a Viktor que pensara así de los robots? ¿Qué se le estaba escapando? Pensó en lo que había dicho, robots con la misma apariencia que él, y le entró un escalofrío. Pero luego volvió a pensarlo. Robots como humanos. ¿Cómo podría notar la diferencia? ¿Acaso Viktor estaba en lo cierto? No, no podía estarlo. Un robot era un robot. Aunque uno de ellos se vistiera de humano se notaría lo que era. En el mismo momento en que le respondiera al saludo sabría que era un robot. ¡Qué disparate! Ninguna persona podría conversar con un robot. Era imposible que uno de ellos mantuviera una conversación compleja como la que estaba teniendo con su amigo. Esas conversaciones eran las que forjaban amistades, las que creaban conflictos y las que determinaban la personalidad de quienes nos rodean. Un robot no podía tener una de esas conversaciones.

—Me daría cuenta. Si tuviera la misma apariencia que cualquier otro humano lo sabría.

—No estés tan seguro.

—¿Por qué no?

Viktor levantó la mano y se hizo un corte a la altura del dedo índice con algo que Gustav no supo identificar ni averiguar de dónde había salido. El corte rodeaba el dedo en su base y la sangre brotaba. Tras dejar el utensilio cortante en el banco, agarró el dedo con la otra mano y comenzó a darle vueltas. Gustav estaba tan estupefacto que no podía articular palabra. Después de varias vueltas, el dedo se separó de la mano, uniéndose únicamente por unas cuerdas ensangrentadas y retorcidas que no se correspondían con la anatomía humana. Gustav tardó unos momentos en comprender que eran cables. Miró alternativamente el dedo y  la cara de su amigo sin saber qué decir. Viktor habló por él.

—Te lo he dicho. Estás ciego y ni siquiera lo sabes.

La Muerte del Cosmonauta

LA MUERTE DEL COSMONAUTA


La luz artificial entró por las falsas ventanas anunciando la hora de levantarse. A pesar de estar a años luz de su casa habían dormido bien.

Uri Dolman fue el primero en levantarse e ir al módulo cocina a preparar el desayuno. Poco después, Aleksander entró por la puerta.

—¿Qué tenemos para hoy? —preguntó entre bostezos.

—Lo mismo de siempre, papilla de vitaminas con sabor a plátano.

—No, me refiero al trabajo. ¿Cuál es nuestra prioridad ahora que estamos en la superficie?

—Aquel punto en el mapa —Mientras se llevaba la comida a la boca, señaló a su izquierda.

El mapa del satélite brillaba en azul sobre un fondo negro en una pantalla colgada del techo. En el se apreciaban los escasos accidentes geográficos y un punto palpitante en la esquina noreste.

—¿De qué se trata?

—No lo sé —contestó Dolman masticando su puré—. Por eso tenemos que ir a verlo.

—Pero, ¿es algo grande?

Aleksander no estaba muy convencido de querer salir de la Cápsula de Superficie, aunque sabía que era algo inevitable. Estaba allí precisamente para explorar aquel satélite al que nunca antes había llegado nadie. Por un lado era emocionante, ser el primero en pisar un lugar tan apartado de la Tierra, pero por otro, no podía quitarse la sensación de claustrofobia. Al fin y al cabo, él sólo estaba allí por sus conocimientos sobre medicina especializada y arqueología, algo asombroso por sí sólo, pero que carecía de utilidad para explorar un satélite en medio de la nada. Pero, cosas de la vida, le habían elegido a él para acompañar a Dolman y no había podido negarse.

—No lo parece. Antes de aterrizar programé la Nave Nodriza para que hiciera un análisis detallado de la superficie cada quince minutos. Ese punto es lo único que aparece. No ocupa más de dos metros cuadrados y lleva ahí toda la noche. Tendremos que ir a comprobar de qué se trata.

La superficie del satélite era arenosa y carente de colorido. Las rocas salpicaban el paisaje de forma heterogénea provocando una sensación de caos y soledad. La penumbra continua lo acentuaba. La arena se esparcía por el horizonte mostrando que fuera se movía el aire aunque dentro de sus trajes no pudieran notarlo.

—Aquí es —anunció Dolman a través del comunicador con voz metálica.

—¿Ya? Por el mapa hubiera jurado que estábamos más lejos.

—Las apariencias engañan. Este satélite es muy pequeño —Torpemente sacó un aparato del traje y lo miró. Tras unos segundos, frunció el ceño y observó alternativamente aparato y entorno esperando encontrar algo—. No veo nada raro. Aquí sólo hay rocas.

Aleksander observó también.

—¿Cómo de exacto es ese aparato?

—Digamos que tiene cierto margen de error.

—A lo mejor lo que buscamos se esconde tras una de estas rocas.

Dolman pareció considerar esa opción unos momentos hasta que finalmente accedió.

La búsqueda era tediosa. Aquellos aparatosos trajes lo hacían todo el doble de complicado. A esas alturas habían perdido toda esperanza de encontrar algo. Entonces fue cuando Dolman masculló un «¡Oh Dios mio!» que hizo que a Aleksander se le helara la sangre.

—¡Qué pasa! ¡Qué has visto!

—Miralo tu mismo —contestó sin apartar la vista de lo que había detrás de una enorme roca.

Allí, semienterrado, estaba el cuerpo sin vida de un cosmonauta. A través del cristal de su casco podía verse el hueso amarillento del cráneo, sin un átomo de carne por el paso del tiempo. Los dos se miraron sin saber qué decir. Aquello era demasiado para el primer día.

—¿Cómo…? —fue lo único que consiguió articular Aleksander sin poder decir en voz alta la pregunta que los dos tenían en la cabeza: ¿Cómo narices había llegado hasta allí?

Aleksander se dio un susto de muerte cuando escuchó la voz del sistema del traje. «Oxígeno al 10%. Quedan 60 minutos de autonomía». Sin darse cuenta habían pasado horas observando la espeluznante escena sin articular palabra.

—¿Qué hacemos? —dijo Aleksander.

—Llevémoslo a la nave. Es lo único que se me ocurre.
Entre los dos, sujetaron el cuerpo con cuidado y lo llevaron hasta la nave, algo nada difícil teniendo en cuenta que sólo era un saco de huesos, y lo colocaron sobre la camilla del módulo médico. Ahora, ya sin aquel incómodo traje de por medio, observaron al sujeto detenidamente.

—¿Te has dado cuenta de que su traje es demasiado ligero para ir sobre una superficie extraterrestre?

—Si, es lo primero que he visto, creo que no se trata de un traje espacial —contestó Aleksander meditabundo—. Diría que se trata de un traje biológico de nivel 4, el de mayor protección.

—No lo entiendo —En la cara de Dolman se plasmaba la frustración. Nada tenía sentido.

—¿No se suponía que éramos los primeros en viajar más allá de Marte?

Dolman no contestó. La respuesta a esa pregunta era clara y sin embargo allí estaba ese esqueleto para ponerla en duda.

Un examen de los restos determinó que se trataba de un hombre caucásico que, en algún momento de su vida, se había fracturado un brazo que había cicatrizado perfectamente. Nada en el traje daba algún dato adicional. Al menos los conocimientos de Aleksander habían servido para algo.

Por más que Dolman miraba el instrumental de la cápsula nada indicaba que en la superficie del satélite hubiera alguna nave. Pero entonces, ¿Cómo había llegado aquel hombre allí? Y, si alguien lo había llevado y luego se había marchado ¿Por qué lo habían abandonado?

—Debemos volver donde lo encontramos —sugirió Dolman al cabo de unos días—. Está claro que ni su cuerpo ni su ropa pueden decirnos nada más. A lo mejor allí queda algo que no vimos la primera vez.

Aunque reacio, Aleksander accedió a volver. No tenían alternativa.

Era como si allí nunca hubiera ocurrido nada. La arena que el viento arrastraba había borrado sus huellas y había tapado el lugar donde antes estaba el cuerpo.

—Tendremos que buscar bajo la arena —mencionó Dolman con un gesto de resignación.

El oxígeno descendía lentamente. 90%, 80%, 85%... Las horas pasaban y la búsqueda se hacía cada vez más tediosa con la arena como enemiga.

—Creo que tengo algo —dijo al fin Dolman y sacó algo del suelo.

—¿Qué es?

—No se… ¿Una caja? ¿Un maletín? Tú deberías saber mas de esto que yo.

La caminata de vuelta se hizo más larga que de costumbre mientras pensaban en el botín. Al abrirlo comprobaron que, efectivamente, se trataba de un maletín.

—Es una maleta de muestras. Se utiliza para guardar los residuos microbióticos que se encuentran al explorar una zona infectada. Es muy común cuando surge una epidemia de una enfermedad desconocida. Lo que no alcanzo a comprender es qué pinta esto aquí. No se utilizan este tipo de equipos en el espacio.

—Bueno, al menos es una confirmación de que, el traje que lleva nuestro cosmonauta misterioso, es un traje biológico y no uno espacial.

—No se de qué puede servirnos ese dato, estamos igual que al principio.

—Todavía nos queda la caja —señaló hacia ella como un mago al mostrar el conejo de la chistera.

Aleksander lo miró amonestador y se acercó a examinar el contenido.

—Muestras varias… —dijo apartando pequeñas bolsas de plástico transparente con tejidos minúsculos en su interior— y esto.

Sobre la mesa, un objeto cuadrado, negro y hermético adquiría toda la atención. A primera vista era difícil saber de qué se trataba, pero conforme lo observaban, descubrieron que era un receptor que debía recibir grabaciones de algún micrófono inalámbrico. Un análisis más exhaustivo del traje les reveló que el micrófono se encontraba incrustado al casco.

—¿Crees que grabó algo antes de morir? —dijo Aleksander.

—Creo que si lo hizo, podremos escucharlo.

—¿Cómo?

—Tengo por aquí algo que puede servir —dijo mientras rebuscaba por algunos cajones—. Aquí está. Si abro la carcasa y saco la tarjeta de memoria puedo conectarlo con este adaptador al ordenador. Las tarjetas de estos chismes suelen ser universales así que no debería haber problema.

Junto al receptor desguazado Dolman conectó la tarjeta al adaptador. En el ordenador apareció un archivo de audio confirmando el éxito. La duración era de cinco horas.

«14 de Octubre de 2023. Entrada 1. Antecedentes.

A día 13 de Octubre de 2013 un grupo de espeleólogos han hallado restos de una estructura incierta en las profundidades de la Cueva de Voronia o Cueva de Kruber en el distrito de Gagra, Georgia. Según las declaraciones de los cinco espeleólogos la estructura es avanzada tecnológicamente, muestra signos de envejecimiento y permanece rodeada de follaje no identificado.

Fin de la entrada 1.

15 de Octubre de 2013. Entrada 2. Primera Exploración

Me dispongo a entrar en la zona R5-2350 de la Cueva de Kruber, lugar del avistamiento de una estructura avanzada tecnológicamente de procedencia desconocida y rodeada de follaje no identificado. La zona muestra los signos de desgaste propios del paso de aguas subterráneas pero no de acción humana.

(Ruido de pasos)

Confirmación visual con la estructura en cuestión.

(Ruidos diversos de movimientos y un clic)

Tomada fotografía general de la escena y catalogada como Evidencia 1.

(Ruido de pasos)

La estructura está rodeada por un extraño follaje. No consigo identificar ninguna de las plantas. Procedo a tomar muestras de algunas de ellas al azar para examinarlas con posterioridad. Catalogadas como Muestras 1 a 10.

(Ruido de traje en movimiento)

La estructura está formada por lo que parece ser algún tipo de aleación de metales y muestra evidentes signos de envejecimiento por desuso. Queda descartado el hierro por no haber indicios de óxido.

Me dispongo a adentrarme en la estructura.

(Ruido de pasos)

El interior presenta unas ….

(Ruido de estática)

(Ruido ambiental y unos extraños gemidos de fondo que van desapareciendo)

(Ruido ambiental)»

Pasados unos minutos apagaron la cinta y se miraron con evidente preocupación.

—Creo que no me ha quedado claro —dijo Dolman— ¿Ha dicho que estaba en Georgia?

—Eso parece.

—¿Y cómo narices ha llegado aquí desde Georgia?

—No se… ¿Crees que tiene algo que ver con la estructura que estaba investigando?

—Supongo que nunca lo sabremos con certeza.

—¿Y ahora qué?

Los dos estaban demasiado confundidos para saber qué hacer. Aunque la información que tenían parecía indicar que aquella estructura era la causante de todo, la grabación era demasiado confusa como para afirmarlo. Incluso en caso de ser cierto, todavía quedaba la cuestión de cómo una estructura en la Tierra podía enviar un hombre a un satélite situado a años luz.

—Deberíamos deshacernos del cadáver. Ya sabemos todo lo que podíamos saber y no pretendo llevarlo de souvenir.

—Coincido contigo. ¿Qué hacemos con él? —preguntó Aleksander.

—Podemos llevarlo de vuelta a donde lo encontramos y darle un entierro digno. Lo enterraremos junto a la roca en un hoyo profundo.

—¿Y qué hacemos con la grabación y las muestras?

—Eso nos lo quedamos. Lo metemos en una de esas bolsas herméticas y hacemos un informe detallado de todo lo ocurrido. Cuando lleguemos lo entregamos y nos olvidamos de todo.

A pesar de notar el peso de sus huesos, durante la caminata, todo parecía un mal sueño. Incluso mientras cavaban bajo la roca a más profundidad de la necesaria todo parecía irreal.

—¿Qué es eso que hay al fondo?

Más irreal se convirtió cuando Dolman encontró aquella placa metálica al fondo de la improvisada tumba.

—No lo toques, sólo puede traernos más problemas. Enterremos al hombre y vayámonos de aquí.

Pero todo se volvió realmente ilusorio cuando Dolman tocó la placa en contra de las advertencias de su amigo. El mundo se hundió en una profunda oscuridad y al despertar ninguno de los dos podía creer donde se encontraban. La extraña estructura de la Cueva de Kruben ahora se había convertido en su tumba.