miércoles, 29 de mayo de 2013

Vélmenni


Vélmenni

Me giré al escuchar sus pasos. Ahí estaba, de color gris metalizado y negro azabache. El primer robot autómata listo para su venta al público. Era extraordinario ver su aspecto imponente y aún así, poder manejarlo a voluntad. Echando la vista atrás, puedo decir que aquel fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.

Meses más tarde, yo mismo adquirí uno de aquellos robots. Lo llamé Robbie en honor a Asimov. Podía ver como aquel amasijo de cables cumplia sus funciones y lo que era más inesperado, me ofrecía una grata compañía. No tardé en conversar con él y con el tiempo, empecé a verle más como un compañero que como un electrodoméstico.

Sin embargo, el mundo cambiaba más allá de la puerta de mi hogar. Las grandes industrias robóticas comenzaron a expandirse. Todas eran extremadamente ambiciosas y pretendían dominar aquel sector que ahora sostenía la economía de sus países.

Sólo unos pocos años hicieron falta para que el mundo se viera envuelto en un conflicto bélico mundial. La gente había especulado durante años cómo sería ese momento y ahora que había llegado, era peor de lo que podían imaginar. Los robots, utilizados como máquinas de guerra, destrozaban y mataban tal como se les ordenaba. No se les podía culpar, sólo eran máquinas y podían ser usadas para bien o para mal.

La guerra se hizo cada vez más intensa. En un principio, los robots eran una excusa para no perder vidas humanas, pero todos sabíamos que aquello era una gran mentira. Mandaban a sus metálicos guerreros a las zonas civiles para minar la moral de sus enemigos. Sólo unos pocos intentaban defenderse sin éxito. Los robots eran máquinas de matar y no distinguían edad ni sexo.

De manera inexplicable conseguí mantenerme a salvo. En cuanto todo empezó, huí en busca de refugio. Me llevó unos meses encontrar aquellas grandes cuevas, ocultas en medio de ninguna parte.

El mundo se había convertido en un lugar despiadado. Se había utilizado el progreso en detrimento de la humanidad. Ahora solo reinaba el caos y la miseria. Me sentía impotente ante tanto sufrimiento. En esos momentos echaba de menos a Robbie y me sentía culpable por hacerlo. Los robots, que habían sido nuestros amigos durante tan poco tiempo, ahora eran nuestros asesinos. Decidí que era hora de comenzar, posiblemente no para el resto del mundo que seguía en guerra, pero sí para mí que había fabricado un mundo subterráneo alejado de todo.

Me coloqué en la entrada de mi refugio y miré al horizonte. Las columnas de humo negro y el fulgor de las llamas lo ocupaban todo. Me cubrí bajo la sombra de la cueva, con los ojos fijos en aquel desastre. Tenía que pasar página, no podía hacer nada por salvarlos. Noté la humedad en mis mejillas, la presión en el pecho y cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.

martes, 23 de abril de 2013

CYBORG - Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

CYBORG
Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

Su nombre era Adler. Mientras permanecía postrado en una cama de hospital, los médicos debatían acerca de su estado. Minutos después, se diagnosticó muerte cerebral. No tenía familia ni amigos, su cuerpo sería donado a la ciencia.
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En el año 2461 el término Cyborg era algo normal.  La gran parte de la población poseía complementos robóticos que mejoraban su cuerpo. Prácticamente no quedaban humanos puros.

Un edificio gigantesco con grandes ventanales era el lugar donde se investigaba cómo elaborar nuevas herramientas para el cuerpo. Aquel centro, disponía de departamentos de robótica ósea, muscular, ocular, creación de extremidades, órganos internos... Pero había una sección desconocida para la mayoría de los que trabajaban allí.

Aquel laboratorio, frío y solitario, investigaba cómo crear un cerebro robótico. Prácticamente era el único órgano humano que no se había creado. Era tan complejo, tan inalcanzable, que nadie se atrevía a intentarlo. Pero allí, un magnífico cerebro compuesto de cables, engranajes, tubos y tornillos, brillaba sobre la mesa auxiliar del quirófano número 3.

El cuerpo de Adler estaba sobre la mesa de operaciones. Sería el primer cyborg con un cerebro artificial.

Había un gran debate en cuanto a cómo funcionaría aquel cerebro. Sin embargo, la recopilación de recuerdos y  patrones mentales previos al trasplante eran la clave. A todos los efectos, al salir de allí, Adler seguiría siendo Adler.

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Una semana después desperté. Mi nombre era Adler, pero no era él. Sus recuerdos seguían estando ahí, podía entender qué tipo de persona había sido, pero yo era diferente, no era la misma “persona”.

Más bien, me gustaba pensar en mí mismo como un robot. Sabía que lo que me definía de cara al mundo era el término cyborg, pero yo no me sentía como tal. Yo era único y estaba fuera de lugar en cualquier gremio.

En mis primeros días de vida, intenté buscar un sitio donde encajar sin éxito. Era una tarea difícil. Por un lado, estaban los cyborgs, humanos que pretendían ser robots. Yo no encajaba en ese grupo. O me envidiaban o los intimidaba. Por otro lado, estaban los robots. Estos eran inteligentes, incluso podían proporcionar una buena conversación, pero no alcanzaban la capacidad de mi exclusivo cerebro. En definitiva, estaba solo.

Pero no era algo que me preocupara. Una vez que descarté la posibilidad de entablar una relación social con cualquier otro sistema inteligente, me di cuenta de que no era algo necesario para mi. Al entender aquella sencilla verdad, me plantee el mundo que me rodeaba, ¿por qué los demás, incluso los robots, necesitaban compañía?

Sabía que yo no era como el Adler original. Compartiamos esa esencia de ser ermitaño, pero había una diferencia abismal entre su sentimiento de soledad y mi indiferencia ante el mismo problema. Que no necesitara a nadie no era algo heredado de sus patrones mentales.

Busqué en esos recuerdos extraños que había en mi cabeza y descubrí que Adler había sido un tipo bastante inculto. Sabía leer, escribir y era inteligente pero no había aprovechado el gran afluente de información que existía a su alrededor, lo que hacía que mi nivel de conocimientos del mundo exterior fuera escaso.

Semanas que se convirtieron en meses y meses que se convirtieron en años pasaron mientras yo recogía toda aquella información. Entonces comprendí algo evidente y desconcertante: Mientras que los humanos luchaban por convertirse en robots, los robots luchaban por convertirse en humanos, pero el porqué, era algo que escapaba a mi singular cerebro.

Hasta cierto punto, podía comprender que los humanos quisieran ser robots. Era una manera de mejorar sus capacidades. Yo no había necesitado recurrir a nada de eso, mi cerebro era el único elemento artificial de mi cuerpo. Y ¿para qué cambiar nada más? El cuerpo podía funcionar de manera perfecta sin añadir nada. Admiraba el uso de estas extensiones sintéticas en el caso de gente enferma o discapacitada, pero su uso en gente totalmente sana me parecía un insulto a la naturaleza humana. No negaba el hecho de que había elementos prácticos, pero prefería a los humanos puros. Seguramente era algo fácil de pensar cuando ya disponía de la mejor herramienta artificial que se había fabricado.

Sin embargo, lo que me era más difícil de asimilar era que los robots quisieran ser humanos. ¿Era posible que simplemente fuera una farsa vendida en los libros y las películas? Sin embargo, no lo era. Todos los robots que había conocido querían experimentar los sentimientos.

Era algo sorprendente que tanto unos como otros quisieran conservar el complejo sistema de los sentimientos. Bajo mi opinión eran un lastre. Un conjunto de emociones y mezclas químicas que producían reacciones extrañas en los peores momentos. Podía parecer bonito experimentar felicidad, amor, orgullo o empatía pero esos sentimientos no podían existir si no se sentía por contraste tristeza, soledad, inutilidad o incomprensión. Sentir esas cosas debía ser desagradable. Y sabía lo que era pasar por aquello gracias a los recuerdos del antiguo Adler.

A diferencia de todas estas sensaciones confusas yo no sentía nada. Mi cerebro funcionaba de una manera racional sin las interferencias del sistema límbico. Podía notar la satisfacción que el viejo Adler sentía cuando sus sentimientos no intercedían en una decisión y eso me gustaba.

Lo bueno de mi cerebro era que, aunque no tenía sentimientos químicos, si tenía sentimientos racionales. Podía determinar si algo me gustaba o no, pensar en qué persona quería que fuera mi amiga o cuál mi enemiga e incluso experimentar una pseudo-decepción si alguien me fallaba. Pero no era más que un cúmulo de datos que me hacían tener una reacción lógica ante un suceso.

Por eso me parecía aún más extraño que los robots quisieran tener sentimientos. Ellos no podían ni pensar en experimentar esas sensaciones como yo lo hacía. Al fin y al cabo yo tenía como referencia recuerdos de un antiguo cerebro humano y podía procesar mayor número de información. Pero ¿y ellos? ¿porqué pensaban que sentir era algo bueno?

Convertí aquella idea en un objetivo. Estaba convencido de que el mundo sería un lugar mejor sin las respuestas emocionales y decidí que tenía que convertirlo en una realidad. Una ardua tarea me esperaba y sin previo aviso mi sueño se hizo realidad.


Continuará en la segunda parte: Lobotomía global.

martes, 2 de abril de 2013

Proyecto Arcoiris


PROYECTO ARCOIRIS

En el año 1943, el gobierno de los EEUU estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial. Tras la pérdida de gran parte de sus embarcaciones a manos de los Alemanes, decidieron que debían cambiar las tornas. Su plan no era otro más que conseguir la invisibilidad de sus barcos en los radares enemigos.

Su objetivo, era crear un campo electromagnético que curvara la luz alrededor del objeto permitiendo que se volviera invisible. Para este fin, utilizaron el USS Eldridge, el cual equiparon con grandes generadores para producir dicho campo electromagnético.

El primer intento, realizado el 22 de julio de 1943, tuvo lugar en la bahía de Filadelfia. Los resultados fueron sorprendentes cuando, en lugar de desaparecer a los radares, el buque, envuelto en una neblina verde, semi-desapareció a la vista durante unos segundos. Ahora, con esta nueva información, veían las posibilidades de hacer desaparecer físicamente sus barcos. Para perfeccionar este descubrimiento, decidieron parar los experimentos - los cuales acarrearon fuertes nauseas y dolores de cabeza a los marineros que participaron - y seguir investigando.

Tres meses después, el 28 de octubre de 1943, se llevó a cabo la segunda prueba. En esta ocasión el barco desapareció de forma física durante unos minutos. No sólo había desaparecido sino que algunas fuentes aseguraron que el barco se había teletransportado a la costa de Virginia.

Los resultados fueron desastrosos para la tripulación. Las consecuencias fueron desde problemas mentales y físicos hasta un pequeño número de marineros que regresaron incrustados en el acero, debido a la desintegración molecular.

Finalmente las investigaciones se abandonaron y el gobierno de los EEUU negó haber realizados dichos experimentos.

Esta es la historia de uno de aquellos marineros a bordo del USS Eldridge:


28 de octubre de 1943. Filadelfia. EEUU

Jerome Avner se dirigía hacia el barco con paso decidido. No sabía mucho sobre el experimento. Sólo sabía que intentaban hallar una manera de hacer los barcos invisibles al radar de los alemanes y que este no era el primer intento.

El nombre del barco era USS Eldridge. Estaba repleto de gente y su aspecto era diferente de cualquier destructor de escolta. Podían verse cuatro grandes bobinas de color cobrizo sobre la cubierta.

Estaba nervioso. Les habían dado instrucciones de que permanecieran en sus puestos con normalidad. De manera muy oportuna, recordó a aquel marine que había participado en el primer intento. Tenía unas migrañas terribles desde aquel día. No tenía por qué ser consecuencia directa del experimento, podía ser simple casualidad, pero no podía quitárselo de la cabeza.

Dieron aviso de que iban a comenzar. Al principio, no se notó nada distinto, pero pasado medio minuto, Jerome empezó a sentir miedo de verdad. Un zumbido intenso atravesó el barco. Al principio pensó que era el sonido de las máquinas, pero enseguida se dio cuenta de que aquel zumbido recorría su cuerpo de manera interna. Las bobinas de cubierta vibraban tanto que su forma se difuminaba. Aterrorizado, vio como una  niebla verdosa se formaba alrededor del barco.

Miró a su alrededor para buscar la cara de alguno de sus compañeros. Esperaba ver expresiones de calma y seguridad, que aquello que estaba pasando era algo de lo que no tenía que preocuparse. Pero lo que vió fue muy distinto. El pánico se dibujaba en sus rostros de la misma manera que se dibujaba en el de Jerome. La gran mayoría se habían quedado paralizados, esperando a que terminara. Sólo unos pocos intentaban moverse o huir.

Jerome Avner nunca había sido de los que se daban por vencidos. Después de contemplar el espectáculo, sabía que estaba en una situación peligrosa. Se lanzaría al mar antes de que fuera demasiado tarde. Comenzó a moverse. Aquel zumbido hacía sus miembros pesados. Levantó la pierna lentamente. Era como intentar moverse entre las aguas de un pantano. Su pierna permanecía en el aire, luchando por continuar su movimiento, entonces una luz azulada lo cegó. Después todo negro.

Estaba confuso. No sabía dónde estaba, no sabía que había pasado. Notaba una extraña sensación. Parecía que flotara, pero no notaba aire a su alrededor. Realmente no notaba nada. Ni frio, ni calor, ni dolor... ni siquiera se notaba a él mismo. Estaba soñando. Era la única explicación racional que podía procesar. Pero era tan real... Podía tratarse de un sueño lúcido. Pero en aquellos sueños uno podía hacer lo que quisiera y, sin embargo, él no podía moverse. No podía hacer nada. No podía definir lo que pasaba realmente, pero podría haberlo definido como flotar en el espacio.

Después de un tiempo indeterminado en aquel estado, otra luz lo cegó. Sintió un chisporroteo en todo el cuerpo similar al que se siente cuando se ha dormido una extremidad. Creyó percibir que volvía a estar en cubierta. Sin darse cuenta, continuó con la laboriosa tarea de mover su cuerpo hacia el borde del barco. Su pierna se movió unos míseros centímetros y volvió a desaparecer. Esa era la sensación correcta, desaparecer. Tanto la primera vez como esta notaba que había desaparecido de la faz del planeta. Era como no existir.  

De nuevo, aquella sensación de vacío e impotencia. Flotaba sin rumbo en la no existencia. Pensó en su vida, en como sería a partir de ese momento. Sólo quería regresar. Volver a notar el suelo bajo sus pies. Un dolor punzante en la cabeza le hizo abandonar sus pensamientos. Era tan intenso que ni siquiera podía pensar en la idea de querer morir. Otro destello de luz lo devolvió a la superficie del barco.

Al igual que la vez anterior, continuó con el movimiento que había iniciado hace ya mucho tiempo. Esta vez no había barreras, nada impedía que moviera su cuerpo libremente, lo que provocó, que al intentar apoyar la pierna, cayera al suelo. Su pierna había desaparecido. Un muslo cortado de manera limpia y con una base tersa y lisa se hallaba en su lugar. Ante la horrible visión se desmayó. Al despertar nada volvió a ser igual. Jerome nunca sabría lo que había sucedido. Las secuelas psicológicas del incidente le hicieron perder la razón y nunca sabría la respuesta a qué sería de su vida después de aquello. Ya no tendría una vida, se la habían robado.

viernes, 1 de marzo de 2013

Anacrofobia


ANACROFOBIA

Llegaba media hora tarde. El disfraz, elegido por Will, había dado más problemas que otra cosa. Me había tocado ir de astronauta.

Desde fuera podía oírse la música. Llamé al timbre y esperé. Poco después, un robot me abrió la puerta.

—¡Pensaba que ya no vendrías! Estaba a punto de llamarte.

—Lo sé, lo siento. Ha sido culpa del disfraz. No pensé bien lo de las cremalleras.  

Pasé lentamente por la puerta y me sentí inquieto. No sabía porqué era, pero no me gustaba. Todo estaba muy oscuro. La música electrónica retumbaba en el suelo y las puertas estaban pintadas como si fueran escotillas de un submarino.

—Se nota que te has currado la decoración —dije a Will gritando para que mi voz se oyera.

—Lo se. Y todavía te queda lo mejor.

Mi inquietud crecía y se convertía en ansiedad. ¿Que había allí que me hacía sentirme tan inseguro? Will abrió la puerta del comedor y mi pregunta encontró respuesta. Era una fiesta temática. Tema: El futuro.

No podía respirar. Me mareaba. Necesitaba sentarme. Me aparté a duras penas de la puerta y me senté en los escalones de la entrada. Me quité el casco rápidamente y pegué una bocanada de aire.

—¿Te encuentras bien?  

—No. Creo que me voy a ir. No puedo estar aquí.

—¿Qué tontería estás diciendo? ¿Porqué? ¿Qué pasa? —preguntó Will entre gritos y gestos.

—No puedo explicártelo.

—No te oigo nada ¿«No...» qué?

Tras una serie de ademanes claros, acompañé a Will a la planta superior.

—En serio, si te lo cuento te reirás de mí.

—Te prometo que no lo haré.

Miré escéptico a mi amigo y tardé unos instantes en decidir si contárselo o no.

—Tengo Anacrofobia.

Will torció el gesto e hizo un amago de risa.

—¿Qué tienes qué?

—Anacrofobia, miedo a los viajes en el tiempo. ¡Y tu gran idea es una fiesta en la que parece que hemos viajado mil años al futuro!

—¿Anacrofobia? ni sabía que eso existía —continuó Will todavía sorprendido—. Pero los viajes en el tiempo son algo imposible, sólo teoría. ¡Menuda tontería! Baja conmigo y disfruta de la fiesta. En cuanto te relaciones un poco te olvidarás de los trajes y el decorado. Me lo debes. Hoy no tienes excusa para irte.

Obligado y a regañadiente, bajé al epicentro de la fiesta. No podía aguantarlo, pero tenía que seguir allí.

—Mira, aquella parece interesante —gritó Will en mi oreja a la par que señalaba a una chica vestida de alienígena—. Vete y habla con ella. Seguro que después de que habléis un rato se te olvida que tienes esa cosa.

Me acerqué intentando no mirar a mi alrededor, centrándome sólo en la copa que ella sujetaba en la mano.

—Hola —dije algo nervioso y con la mirada fija en el suelo— me llamo Brian.

—¡Ooh! ¡Un cosmonauta! Es justo lo que estaba esperando. ¿Te gusta navegar por el espacio?

Levanté la vista y enarqué una ceja. La chica se había metido en el papel. Pero, si no dejaba de hablarme como si fuera un auténtico astronauta, no podría aguantar mucho más. Sin embargo, Will tenía razón, la chica era muy guapa y no quería ser grosero con ella, así que decidí seguirle el juego.

—Sí, es fantástico. Conozco muchas razas alienígenas pero hasta ahora ninguna tan atractiva como tú.

—Que pena que nuestras especies no puedan mezclarse...

La respuesta me hizo reir. Había sido un no en toda regla. Por un segundo, me olvidé de mi fobia. Pero mi reacción la dejó paralizada. No esperaba que me riera. ¿Acaso no era un chiste?

—Perdón. A lo mejor mi reacción ha sido exagerada. La verdad es que me gustaría charlar contigo. Pareces simpática.

Ella sonrió e hizo un gesto de comprensión.

—Entonces tengo la solución. Pero tendrías que venir conmigo.

—¿Ir contigo? —respondí extrañado— ¿A dónde?

—A mi casa. Aquí no estoy cómoda, hay mucho ruido. Allí seguro que podemos hacer algo para que tu especie y la mía sean compatibles —Mi cara debía ser un cuadro. Primero me rechazaba y ahora me invitaba a su casa— Pero sólo si quieres venir, puede que a lo mejor no estés preparado.

—¿Vives muy lejos? —respondí sin entender muy bien el juego de aquella chica.

—No demasiado. Unos cientos de años.

Comencé a sonreír pero un click sonó en mi cabeza. Mi sonrisa desapareció cuando vi que ella no reía. Ni siquiera parecía que estuviese bromeando. ¿Era cierto? ¿Vivía en otra época a «cientos de años»? Entré en pánico. Miré a mi alrededor en busca de Will pero quedé paralizado. Entonces, observé su mano sujetando mi brazo. Lentamente acercó su pulsera a la boca y sus labios susurraron, «Año 2326»

Noté un vacío y lo supe. Mi peor pesadilla se había hecho realidad.

viernes, 8 de febrero de 2013

Manía Persecutoria


MANÍA PERSECUTORIA


Los ensayos avanzaban satisfactoriamente. Yo tenía el papel protagonista y me lo sabía a la perfección. Todo era inmejorable, la idea de realizar la obra, poder contar con aquella gente, aquel teatro impresionante... pero algo en el ambiente cambió.

Alguien poco atento nunca lo hubiera dicho, pero yo lo notaba, todos estaban confabulados entre sí. Me di cuenta en uno de los primeros ensayos. Yago hablaba con Casio cuando aparecí y cruzaron una expresión de alarma. Duró unos instantes, pero ahí estaba.  Decidí fijarme más y fue en ese momento cuando confirmé que algo se tramaba entre mis compañeros.

Seguí trabajando en mi papel y acudiendo a los ensayos de manera regular, realizando mi labor de manera eficiente, pero cada vez era más evidente. Susurros, gestos, miradas, frases con mensajes ocultos que solo ellos entendían... ¿qué era aquello que ocultaban con tanta pasión?

Pasadas las semanas mi cabeza era un remolino. Habían pasado por ella todas las posibles explicaciones a aquel comportamiento y sin embargo, ninguna me convencía. En algún momento creí que todo se debía a delirios de persecución, pero algo en mi interior me decía que realmente me ocultaban algo. Intenté pensar que aquello no era tan grave y que la realidad era menos cruel que mi imaginación.

Noches en vela, días en ayunas y ellos continuaban compartiendo su secreto. Entonces, y a causa de aquel malestar, fallé prácticamente todas mis frases en el último ensayo. El director de la obra, que interpretaba el papel del Dux, se acercó y me dijo:

- Te veo desmejorado últimamente, ¿te pasa algo?

¿Qué podía contestar? “Si, creo que todos planeáis algo a mis espaldas. Me observáis y me evaluáis continuamente. No puedo comer ni dormir pensando en la variedad de calumnias  e insultos que todos decís sobre mí”. Pero no, no podía decir aquello. Pronunciando esas palabras quedaría como un paranoico y les daría otra razón más para insultarme mientras se tomaban tranquilamente un café.

- Estoy agobiado por el estreno de mañana. Creo que algo no saldrá bien y no he tenido la oportunidad de hablar con los demás sobre ello. - fué lo que contesté finalmente.

Noté su expresión de alarma. Las gotas de sudor comenzaban a surgir de su amplia frente y el labio inferior temblaba indeciso. Creí que era mi momento y decidí preguntar.

- ¿Cree que están incómodos conmigo?

- ¡No! - contestó rápidamente - no creo que se trate de eso. ¿Seguro que no es un malentendido? Yo creo que todos están muy agusto con usted.

Intentaba hacer lo que sabía que haría. Quería que creyera que eran cosas mías. No iba a permitir que me tomaran por un paranoico.

- Creo que por el momento no estoy loco - un brillo extraño cruzó sus ojos y me hizo detenerme, tras unos segundos continué - creo que me evitan y que no tienen una buena opinión de mi, incluido usted.

Su lenguaje corporal indicaba que quería escapar de aquella conversación, no se sentía cómodo. Buscaba apoyo mirando alrededor, como si creyera que debía consultar qué debía responder a continuación. Al verse acorralado y sin nadie cerca para aconsejarle, su rostro tornó a un blanco pálido enfermizo, sus piernas flojearon, sus ojos se dirigieron al infinito y lanzó su mano en mi dirección buscando apoyo.

- ¿Se encuentra bien?

Absurda pregunta. Sabía que no se encontraba bien. Pedí ayuda al resto de los que allí estaban y entre todos, le llevamos a un sillón que formaba parte del atrezzo de la obra. Poco a poco fue recuperando el color y ví como todos asentían a la par, confirmando que sabía qué había pasado: yo había estado a punto de dar en la clave. ¿Llegaría a saber algún día de qué iba todo aquello? Y al pensar así, una sensación de deja vù me recorrió el cuerpo y supe que esto ya lo había vivido. No era la primera vez, ni la segunda. Posiblemente ya había ocurrido infinidad de veces.

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Desperté en mi habitación acolchada, otra vez. Ahora que sabía la verdad quería volver a la ignorancia. Siempre pasaba lo mismo, siempre los tomaba por enemigos. ¿Cuando conseguiría sumirme en aquel mundo de alucinaciones sin salir de él? Mis imaginarios compañeros de reparto intentaban evitarlo por todos los medios pero siempre volvía a la realidad, aquella realidad amarga y dolorosa. Envuelto en un sentimiento depresivo, sabiendo que pese a estar cuerdo me envolvía la locura, conseguí dormirme.

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Me dirigí al ensayo emocionado. Por fin había conseguido el papel que llevaba esperando toda la vida. Interpretaría a Hamlet.

viernes, 25 de enero de 2013

Los otros 30 días


LOS OTROS 30 DÍAS


10 de septiembre de 2062


Kurt se levantó al oír el timbre. Era extraño que el cartero estuviera allí a esas horas y más que llamara a su puerta directamente.


—¿Franz Muller?


—Soy su hijo. Franz murío hace un par de años.  


—Lo siento —respondió el cartero por cortesía—. En ese caso se lo explicaré a usted. No se si se habrá enterado que hace unos días, encontramos un saco de cartas que deberían haber llegado a sus destinos hace treinta años.


Hizo una pausa y prosiguió al ver la negativa en mi gesto.


—Ahora estamos repartiendo esas cartas. Una era para su padre. Siento que no haya podido recibirla él mismo.


Kurt miró el sobre con curiosidad. Se notaba que habían pasado por él los años. Dio la vuelta al envoltorio y el corazón empezó a latirle deprisa. Leyó el Remitente repetidas veces pensando que había leído mal. Pero no, el nombre estaba claro, Henrick Muller, su hermano muerto a la edad de 5 años.


Debía tratarse de una broma de mal gusto. Dentro de él, la foto de un hombre y una carta. El estómago le dio un vuelco. Aquel hombre tenía algo familiar, eran sus ojos, podía reconocer en ellos a su hermano. Parecía una locura. Sin embargo, el asombroso parecido lo convenció, de que por muy extraño que pareciera, aquella foto era real y leyó la carta:


20 de octubre de 2072


Querido padre,


La foto que te mando es una prueba de que no miento y que soy yo, tu hijo Henrick, el que te envía esta carta.


Siento darte esta noticia, pero tu hijo Kurt morirá hoy. Morirá atropellado por un coche al salir de la panadería, exactamente a las 12:36 de la mañana. Este hecho te afectará a lo largo de toda tu vida y de la del resto de tu familia.


He pasado muchos años intentando hacer que te sintieras mejor, sin conseguir ningún resultado. Sin embargo, hace unos años comencé una investigación y junto a mis compañeros, conseguí construir una máquina extraordinaria. Hoy me he dado cuenta de que la utilidad de esta máquina es avisarte para evitar la tragedia.


Imagino que te costará creer lo que estás leyendo. Por favor, aunque no me creas, sólo por si acaso, no vayas hoy a la tienda.


No se si funcionará, pero espero que así sea.


Tu hijo, que te quiere,


Henrick Muller.


Kurt estaba blanco como la nieve. Definitivamente era una locura. Su hermano, el que llevaba muerto treinta años, había mandado una carta desde el futuro para evitar su muerte. Claramente era una broma, pero aquella foto era tan real...


Aún así la verdad era evidente, él estaba vivo y su hermano estaba muerto. Lo que relataba esa carta no había sucedido y si él estaba leyéndola en aquel momento era porque no había llegado a su destino, así que tampoco había podido evitar el suceso. La lógica era aplastante, pero los ojos de aquel hombre impreso no dejaban de mirarle. Su hermano. El que podría haber sido su hermano de no haber muerto aquel día. Resignado, decidió pensar que era verdad. En ese caso, ¿que había salido mal? ¿Por qué había muerto su hermano en lugar de él?  


Se sentía impotente. Era tarde para arreglar lo sucedido. Desgraciadamente, él no poseía la máquina que había permitido a su hermano enviar aquel mensaje y aunque lo mandara, volvería a perderse en aquel amasijo de cartas durante otros 30 años.


Releyó la carta varias veces en busca de alguna solución, algo que consiguiera quitarle su inquietud. Entonces, una idea empezó a forjarse al volver a leer las palabras «junto a mis compañeros». Su hermano no había sido el único en construir aquel invento. ¿Sería posible pensar que aquella gente lo había desarrollado a pesar de su muerte? Miró la dirección que aparecía en el remite y se encaminó hacia allí.


Aquella dirección correspondía a unos apartamentos cerca de la universidad. Llamó a la puerta, nervioso. Un hombre de unos cuarenta años abrió y le miró extrañado. Se sentía estúpido en aquella situación. Sabía cuál sería la respuesta, pero decidió preguntar de todas formas.


—¿Conoce a  Henrick Muller?


—No, no me suena de nada. ¿Es algun profesor de la universidad?


—No —contestó Kurt dubitativo.


—Pues creo que  se ha equivocado, estos edificios son las residencias de los profesores.


Cayó en la cuenta. Al leer la carta pensó que su hermano trabajaría en alguna clase de laboratorio pero, ¿y si hubiera sido profesor?


—Por casualidad no enseñarán ciencias...


—Sí —respondió el hombre extrañado—. ¿Es usted alumno? No le reconozco.


—No, no voy a la universidad. Creo que el hombre que le he mencionado sí. Bueno, al menos lo hizo, posiblemente como profesor. Aunque en realidad no... bueno, es difícil de explicar. ¿Trabaja usted en algún proyecto actualmente?


—Oiga, no se muy bien de qué va esto —dijo de pronto a la defensiva—. Creo que debería irse.


—Espere, por favor. Es difícil de explicar. Si no es quien creo que es, me tomará por loco.


—Pues intente explicarse.


Kurt no vió más alternativa que entregarle la carta que llevaba en el bolsillo y dejar que la leyera. La cara de aquel hombre cambió por completo al leerla.


—Es curioso —respondió el profesor— llevo trabajando en un proyecto parecido más de diez años.


—Al parecer funciona. Ya lo ha hecho en algún momento.


El profesor invitó a Kurt a entrar. Se sentaron en una pequeña sala de estar y volvió a leerla.  Kurt le explicó lo que había sucedido cuando su hermano sólo tenía cinco años y lo confuso que se había sentido al recibir la carta.


—Todavía no me lo creo. Pensé que mi invento no funcionaría —dijo el profesor pensando en voz alta.


—¿Y por qué cree que todo ha cambiado?


—Efecto mariposa. Al mandar la carta pasó algo imperceptible que cambió el curso de los acontecimientos provocando que fuera él en lugar de usted el que muriera.


Kurt ya había oído hablar del efecto mariposa en alguna otra ocasión, así que sin pedir mayor explicación dio por bueno ese argumento.


—¿Podemos hacer algo?


—Cambiar algo en el pasado es peligroso. Puede que ayudándolo provoque la muerte de otra persona. Incluso puede que provoque una catástrofe.


—Pero en realidad ya sabemos qué sucederá si mi hermano sobrevive. Será profesor en esta universidad y le ayudará con su invento.


—No es tan sencillo —contestó el profesor frunciendo el ceño—. El tiempo es impredecible. Puede que esta vez muera su padre en lugar de su hermano o puede que provoque que otra cosa se estropee en otro lugar.


—No lo entiendo. Entonces, ¿para qué ha invertido tanto tiempo inventado esa máquina?


El profesor hizo amago de contestar pero vio que no había respuesta. Llevaba razón, había inventado la máquina para usarla. Él había pensado en algo distinto. Pensaba utilizarlo para descubrir la verdad sobre la antigüedad, sobre las costumbres de civilizaciones que habían existido hace miles de años. Incluso se había propuesto resolver el debate sobre el comienzo de la raza humana. Pero se dio cuenta de que, el resultado, podría ser el mismo. Un fallo en otro tiempo tan lejano podía costar la vida a millones de personas y sin embargo, tenía la oportunidad de ayudar a alguien y que sirviera para algo más. Salvar una vida. Cambiar un mal suceso por uno bueno. ¿Cambiaría el transcurso de la historia? Pensándolo bien solo eran 30 años y lo más probable era que el cambio fuera mínimo.


—Esta bien, le ayudaré.


Mientras Kurt escribía la carta, el profesor puso en funcionamiento la máquina. Era la primera vez que la iba a utilizar de verdad. Para evitar pasados errores, decidieron enviarla directamente a la puerta de la casa, así su padre la vería nada más salir.


Colocaron el sobre en la máquina y después de un breve zumbido el sobre desapareció. La suerte estaba echada.


20 de octubre de 2032


Franz abrochó el abrigo al pequeño Henrick mientras Kurt, torpemente, se abrochaba el suyo. Abrió, dispuesto a salir, pero le detuvo un sobre al pie de la puerta. Tenía su nombre escrito en mayúsculas. Extrañado, lo abrió.


Papá, soy tu hijo, Kurt. Seguramente no lo creas pero, aún así, intenta creerlo. Hoy, día 20 de octubre de 2032 uno de tus hijos morirá atropellado a la salida de la panadería. Se que te diriges allí ahora mismo. No nos lleves contigo. Esto ya ha pasado antes, en una ocasión morí yo y Henrick mandó una nota similar. Gracias a esa nota supe que podía hacer algo por evitar que en esta ocasión fuera Henrick el que muriera.


Espero que me creas,


Kurt Muller.


Franz miró a su hijo, que todavía forcejeaba con el último botón del abrigo. Sabía que él no había escrito aquello. Era demasiado pequeño para pensar y escribir una cosa así.


A pesar de que todo apuntaba a que era una broma de mal gusto, Franz decidió no llevar a ninguno de sus hijos a comprar. Más tarde, a las 12:36 de la mañana, vería que aquello no era una broma, cuando un coche gris se accidentó a la puerta de la panadería, arrollando todo lo que había a su paso. Franz se sintió agradecido por aquella carta y supo que había hecho bien siguiendo su consejo, sus hijos estaban a salvo en casa.


10 septiembre de 2062


Kurt despertó y lo primero que hizo fue llamar a su hermano Henrick. Al oír su voz notó cierto alivio. Parecía como si llevara años sin escucharla. Esa extraña sensación desapareció poco después. Ni Kurt ni Henrick sabrían nunca que habían salvado la vida de su hermano.