martes, 2 de abril de 2013

Proyecto Arcoiris


PROYECTO ARCOIRIS

En el año 1943, el gobierno de los EEUU estaba inmerso en la Segunda Guerra Mundial. Tras la pérdida de gran parte de sus embarcaciones a manos de los Alemanes, decidieron que debían cambiar las tornas. Su plan no era otro más que conseguir la invisibilidad de sus barcos en los radares enemigos.

Su objetivo, era crear un campo electromagnético que curvara la luz alrededor del objeto permitiendo que se volviera invisible. Para este fin, utilizaron el USS Eldridge, el cual equiparon con grandes generadores para producir dicho campo electromagnético.

El primer intento, realizado el 22 de julio de 1943, tuvo lugar en la bahía de Filadelfia. Los resultados fueron sorprendentes cuando, en lugar de desaparecer a los radares, el buque, envuelto en una neblina verde, semi-desapareció a la vista durante unos segundos. Ahora, con esta nueva información, veían las posibilidades de hacer desaparecer físicamente sus barcos. Para perfeccionar este descubrimiento, decidieron parar los experimentos - los cuales acarrearon fuertes nauseas y dolores de cabeza a los marineros que participaron - y seguir investigando.

Tres meses después, el 28 de octubre de 1943, se llevó a cabo la segunda prueba. En esta ocasión el barco desapareció de forma física durante unos minutos. No sólo había desaparecido sino que algunas fuentes aseguraron que el barco se había teletransportado a la costa de Virginia.

Los resultados fueron desastrosos para la tripulación. Las consecuencias fueron desde problemas mentales y físicos hasta un pequeño número de marineros que regresaron incrustados en el acero, debido a la desintegración molecular.

Finalmente las investigaciones se abandonaron y el gobierno de los EEUU negó haber realizados dichos experimentos.

Esta es la historia de uno de aquellos marineros a bordo del USS Eldridge:


28 de octubre de 1943. Filadelfia. EEUU

Jerome Avner se dirigía hacia el barco con paso decidido. No sabía mucho sobre el experimento. Sólo sabía que intentaban hallar una manera de hacer los barcos invisibles al radar de los alemanes y que este no era el primer intento.

El nombre del barco era USS Eldridge. Estaba repleto de gente y su aspecto era diferente de cualquier destructor de escolta. Podían verse cuatro grandes bobinas de color cobrizo sobre la cubierta.

Estaba nervioso. Les habían dado instrucciones de que permanecieran en sus puestos con normalidad. De manera muy oportuna, recordó a aquel marine que había participado en el primer intento. Tenía unas migrañas terribles desde aquel día. No tenía por qué ser consecuencia directa del experimento, podía ser simple casualidad, pero no podía quitárselo de la cabeza.

Dieron aviso de que iban a comenzar. Al principio, no se notó nada distinto, pero pasado medio minuto, Jerome empezó a sentir miedo de verdad. Un zumbido intenso atravesó el barco. Al principio pensó que era el sonido de las máquinas, pero enseguida se dio cuenta de que aquel zumbido recorría su cuerpo de manera interna. Las bobinas de cubierta vibraban tanto que su forma se difuminaba. Aterrorizado, vio como una  niebla verdosa se formaba alrededor del barco.

Miró a su alrededor para buscar la cara de alguno de sus compañeros. Esperaba ver expresiones de calma y seguridad, que aquello que estaba pasando era algo de lo que no tenía que preocuparse. Pero lo que vió fue muy distinto. El pánico se dibujaba en sus rostros de la misma manera que se dibujaba en el de Jerome. La gran mayoría se habían quedado paralizados, esperando a que terminara. Sólo unos pocos intentaban moverse o huir.

Jerome Avner nunca había sido de los que se daban por vencidos. Después de contemplar el espectáculo, sabía que estaba en una situación peligrosa. Se lanzaría al mar antes de que fuera demasiado tarde. Comenzó a moverse. Aquel zumbido hacía sus miembros pesados. Levantó la pierna lentamente. Era como intentar moverse entre las aguas de un pantano. Su pierna permanecía en el aire, luchando por continuar su movimiento, entonces una luz azulada lo cegó. Después todo negro.

Estaba confuso. No sabía dónde estaba, no sabía que había pasado. Notaba una extraña sensación. Parecía que flotara, pero no notaba aire a su alrededor. Realmente no notaba nada. Ni frio, ni calor, ni dolor... ni siquiera se notaba a él mismo. Estaba soñando. Era la única explicación racional que podía procesar. Pero era tan real... Podía tratarse de un sueño lúcido. Pero en aquellos sueños uno podía hacer lo que quisiera y, sin embargo, él no podía moverse. No podía hacer nada. No podía definir lo que pasaba realmente, pero podría haberlo definido como flotar en el espacio.

Después de un tiempo indeterminado en aquel estado, otra luz lo cegó. Sintió un chisporroteo en todo el cuerpo similar al que se siente cuando se ha dormido una extremidad. Creyó percibir que volvía a estar en cubierta. Sin darse cuenta, continuó con la laboriosa tarea de mover su cuerpo hacia el borde del barco. Su pierna se movió unos míseros centímetros y volvió a desaparecer. Esa era la sensación correcta, desaparecer. Tanto la primera vez como esta notaba que había desaparecido de la faz del planeta. Era como no existir.  

De nuevo, aquella sensación de vacío e impotencia. Flotaba sin rumbo en la no existencia. Pensó en su vida, en como sería a partir de ese momento. Sólo quería regresar. Volver a notar el suelo bajo sus pies. Un dolor punzante en la cabeza le hizo abandonar sus pensamientos. Era tan intenso que ni siquiera podía pensar en la idea de querer morir. Otro destello de luz lo devolvió a la superficie del barco.

Al igual que la vez anterior, continuó con el movimiento que había iniciado hace ya mucho tiempo. Esta vez no había barreras, nada impedía que moviera su cuerpo libremente, lo que provocó, que al intentar apoyar la pierna, cayera al suelo. Su pierna había desaparecido. Un muslo cortado de manera limpia y con una base tersa y lisa se hallaba en su lugar. Ante la horrible visión se desmayó. Al despertar nada volvió a ser igual. Jerome nunca sabría lo que había sucedido. Las secuelas psicológicas del incidente le hicieron perder la razón y nunca sabría la respuesta a qué sería de su vida después de aquello. Ya no tendría una vida, se la habían robado.

1 comentario:

  1. Leí hace mucho de esto en un libro sobre ciencia y misterios, pero no recordaba casi nada hasta que leí tu relato. Viene bien informarse un poco pero contradigo en lo que dijiste en Literautas. Incluso sin la previa lectura de lo que fue el Experimento Filadelfia, no deja de ser un relato impactante, asfixiante y angustioso.

    El imaginario nos permite en muchas ocasiones figurarnos una situación que a todas luces es inexplicable pero es posible que lo que le pasó al protagonista de tu relato sea lo más fiel posible a lo que pudo ocurrir.

    Mil perdones por no pasarme antes para seguir leyendo tu blog; aún así, mas vale tarde que nunca y, visto el resultado, me reafirmo en lo dicho.

    ¡Un abrazo!

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