martes, 23 de abril de 2013

CYBORG - Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

CYBORG
Parte 1: Más que un robot. Más que un humano.

Su nombre era Adler. Mientras permanecía postrado en una cama de hospital, los médicos debatían acerca de su estado. Minutos después, se diagnosticó muerte cerebral. No tenía familia ni amigos, su cuerpo sería donado a la ciencia.
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En el año 2461 el término Cyborg era algo normal.  La gran parte de la población poseía complementos robóticos que mejoraban su cuerpo. Prácticamente no quedaban humanos puros.

Un edificio gigantesco con grandes ventanales era el lugar donde se investigaba cómo elaborar nuevas herramientas para el cuerpo. Aquel centro, disponía de departamentos de robótica ósea, muscular, ocular, creación de extremidades, órganos internos... Pero había una sección desconocida para la mayoría de los que trabajaban allí.

Aquel laboratorio, frío y solitario, investigaba cómo crear un cerebro robótico. Prácticamente era el único órgano humano que no se había creado. Era tan complejo, tan inalcanzable, que nadie se atrevía a intentarlo. Pero allí, un magnífico cerebro compuesto de cables, engranajes, tubos y tornillos, brillaba sobre la mesa auxiliar del quirófano número 3.

El cuerpo de Adler estaba sobre la mesa de operaciones. Sería el primer cyborg con un cerebro artificial.

Había un gran debate en cuanto a cómo funcionaría aquel cerebro. Sin embargo, la recopilación de recuerdos y  patrones mentales previos al trasplante eran la clave. A todos los efectos, al salir de allí, Adler seguiría siendo Adler.

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Una semana después desperté. Mi nombre era Adler, pero no era él. Sus recuerdos seguían estando ahí, podía entender qué tipo de persona había sido, pero yo era diferente, no era la misma “persona”.

Más bien, me gustaba pensar en mí mismo como un robot. Sabía que lo que me definía de cara al mundo era el término cyborg, pero yo no me sentía como tal. Yo era único y estaba fuera de lugar en cualquier gremio.

En mis primeros días de vida, intenté buscar un sitio donde encajar sin éxito. Era una tarea difícil. Por un lado, estaban los cyborgs, humanos que pretendían ser robots. Yo no encajaba en ese grupo. O me envidiaban o los intimidaba. Por otro lado, estaban los robots. Estos eran inteligentes, incluso podían proporcionar una buena conversación, pero no alcanzaban la capacidad de mi exclusivo cerebro. En definitiva, estaba solo.

Pero no era algo que me preocupara. Una vez que descarté la posibilidad de entablar una relación social con cualquier otro sistema inteligente, me di cuenta de que no era algo necesario para mi. Al entender aquella sencilla verdad, me plantee el mundo que me rodeaba, ¿por qué los demás, incluso los robots, necesitaban compañía?

Sabía que yo no era como el Adler original. Compartiamos esa esencia de ser ermitaño, pero había una diferencia abismal entre su sentimiento de soledad y mi indiferencia ante el mismo problema. Que no necesitara a nadie no era algo heredado de sus patrones mentales.

Busqué en esos recuerdos extraños que había en mi cabeza y descubrí que Adler había sido un tipo bastante inculto. Sabía leer, escribir y era inteligente pero no había aprovechado el gran afluente de información que existía a su alrededor, lo que hacía que mi nivel de conocimientos del mundo exterior fuera escaso.

Semanas que se convirtieron en meses y meses que se convirtieron en años pasaron mientras yo recogía toda aquella información. Entonces comprendí algo evidente y desconcertante: Mientras que los humanos luchaban por convertirse en robots, los robots luchaban por convertirse en humanos, pero el porqué, era algo que escapaba a mi singular cerebro.

Hasta cierto punto, podía comprender que los humanos quisieran ser robots. Era una manera de mejorar sus capacidades. Yo no había necesitado recurrir a nada de eso, mi cerebro era el único elemento artificial de mi cuerpo. Y ¿para qué cambiar nada más? El cuerpo podía funcionar de manera perfecta sin añadir nada. Admiraba el uso de estas extensiones sintéticas en el caso de gente enferma o discapacitada, pero su uso en gente totalmente sana me parecía un insulto a la naturaleza humana. No negaba el hecho de que había elementos prácticos, pero prefería a los humanos puros. Seguramente era algo fácil de pensar cuando ya disponía de la mejor herramienta artificial que se había fabricado.

Sin embargo, lo que me era más difícil de asimilar era que los robots quisieran ser humanos. ¿Era posible que simplemente fuera una farsa vendida en los libros y las películas? Sin embargo, no lo era. Todos los robots que había conocido querían experimentar los sentimientos.

Era algo sorprendente que tanto unos como otros quisieran conservar el complejo sistema de los sentimientos. Bajo mi opinión eran un lastre. Un conjunto de emociones y mezclas químicas que producían reacciones extrañas en los peores momentos. Podía parecer bonito experimentar felicidad, amor, orgullo o empatía pero esos sentimientos no podían existir si no se sentía por contraste tristeza, soledad, inutilidad o incomprensión. Sentir esas cosas debía ser desagradable. Y sabía lo que era pasar por aquello gracias a los recuerdos del antiguo Adler.

A diferencia de todas estas sensaciones confusas yo no sentía nada. Mi cerebro funcionaba de una manera racional sin las interferencias del sistema límbico. Podía notar la satisfacción que el viejo Adler sentía cuando sus sentimientos no intercedían en una decisión y eso me gustaba.

Lo bueno de mi cerebro era que, aunque no tenía sentimientos químicos, si tenía sentimientos racionales. Podía determinar si algo me gustaba o no, pensar en qué persona quería que fuera mi amiga o cuál mi enemiga e incluso experimentar una pseudo-decepción si alguien me fallaba. Pero no era más que un cúmulo de datos que me hacían tener una reacción lógica ante un suceso.

Por eso me parecía aún más extraño que los robots quisieran tener sentimientos. Ellos no podían ni pensar en experimentar esas sensaciones como yo lo hacía. Al fin y al cabo yo tenía como referencia recuerdos de un antiguo cerebro humano y podía procesar mayor número de información. Pero ¿y ellos? ¿porqué pensaban que sentir era algo bueno?

Convertí aquella idea en un objetivo. Estaba convencido de que el mundo sería un lugar mejor sin las respuestas emocionales y decidí que tenía que convertirlo en una realidad. Una ardua tarea me esperaba y sin previo aviso mi sueño se hizo realidad.


Continuará en la segunda parte: Lobotomía global.

1 comentario:

  1. ¡Hola Eunice!

    Aunque puede que ya te lo haya dicho antes en otro comentario, la ciencia ficción me ha dado siempre mucho respeto a la hora de ponerme a escribir por lo complejo que es imaginar una sociedad futura y, como no, el sentir que emana de la misma.

    Aquí no muestras a Adler como persona, porque nada más aparecer ya está muerta, sino como una mezcla entre robot y humano, sobre todo en el choque entre racionalidad y sentimiento. Aunque esta primera parte es breve, parece intuirse que puede acabar como el rosario de la aurora. Aún así, espero con ansias la segunda parte para ver qué se propone el nuevo y mejorado Adler.

    ¡Un saludo!

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