sábado, 7 de febrero de 2015

Mörken

MÖRKEN

—Míralo, no se como tiene el valor de dejarse ver en un sitio público.

Viktor dirigió su mirada hacia el lugar donde apuntaba Gustav y asintió con la cabeza.

—Si, no se como se atreve.

—No creo que sea tan descabellado separarlos de nosotros, al fin y al cabo son peligrosos, todo el mundo lo sabe.

—No todos —se atrevió a decir Viktor entre dientes.

—¿Cómo dices?

—Digo que no todos son peligrosos.

Gustav levantó una ceja sorprendido.

—¿Desde cuando defiendes tú a los androides?

—No estoy defendiendo a nadie. Sólo digo que no todos los robots son peligrosos. Eso es una generalización excesiva. Supongo que habrá alguna excepción.

—¡Increible! —dijo Gustav meneando la cabeza de un lado a otro—. Sabes que esas cosas fueron retiradas del mercado porque eran peligrosas. Eso no me lo invento yo, es un hecho, algo que ha pasado de verdad. Sabes que esas cosas escaparon matando personas y que ahora están libres campando a sus anchas. ¿Eso no te parece peligroso? ¡Y para colmo se pasean como si nada por la calle!

Había levantado tanto la voz que Gustav se sonrojó nada más terminar la frase. Bajó la mano acusadora que apuntaba directamente hacia el androide y la gente que pasaba por la calle, volvió a sus cosas como si todo lo interesante hubiera pasado. El androide, que estaba lo suficientemente cerca como para entender de qué iba la cosa, sostuvo la mirada un poco más antes de seguir con lo que estaba haciendo.

—Encima tengo que aguantar que el maldito androide me mire como si le hubiera ofendido —dijo ahora en un tono de voz más bajo—. Además, ¿qué pretende? ¿ser como uno de nosotros? Está patético sentado en ese banco, leyendo un libro como si pudiera imaginar o disfrutar de la naturaleza que lo rodea. No sé dónde vamos a llegar.

Viktor dejó que se calmara un rato antes de continuar la conversación.

—Tienes razón. Se que algunos de esos robots mataron personas y que algunos son peligrosos. Pero tú tienes que reconocer que no todos participaron en aquello. Simplemente huyeron por su seguridad y la gran mayoría no hizo daño a nadie. Cada robot, como cada humano, tiene su propia personalidad. No es que los esté comparando a nosotros pero… ¿acaso no existe también gente peligrosa suelta por el mundo?

—No es lo mismo.

Gustav seguía mirando fijamente al androide con desprecio. Éste levantaba la vista de vez en cuando y la apartaba rápidamente. Cada vez se sentía más incómodo y no tardaría en marcharse, exactamente lo que Gustav pretendía que pasara.

Viktor echó una mano al hombro de su amigo tratando de desviar su atención del robot.

—Déjalo ya. ¿No ves que esto no va a ningún lado?

—Viktor, por el amor de Dios, no consigo comprender por qué no lo ves igual que yo. ¡Es un despreciable robot! Nunca llegarán a ser como nosotros y no son útiles en ningún sentido. No deberían existir. Es así de sencillo. Son simples máquinas que aumentan el riesgo de encontrar problemas a los humanos que los rodean. Es pura lógica.

Finalmente el androide perdió la batalla recogiendo sus cosas y marchando de allí sin mirar atrás. Al verlo, Gustav se relajó notablemente e incluso apareció una sonrisa de satisfacción en su cara. A Viktor, sin embargo, se le ensombreció el gesto.

—¿Qué te pasa? —preguntó Gustav preocupándose por su amigo, ahora que ya no tenía distracciones.

—Nada.

—No seas idiota. A ti te pasa algo. Parece que te hubieran dicho que vas a morir en unos días. Venga, suéltalo.

—Es sólo que creo que todo es una farsa.

—¿A qué te refieres?

—¿Por qué has tenido que portarte así con el robot?

—No me digas que voy a tener que volver a explicártelo.

—No, no hace falta. Me ha quedado claro.

Gustav se removió inquieto. No entendía nada. Su exposición era lógica y el único que se comportaba de forma preocupante para él era Viktor. No sabía qué decirle, ni siquiera sabía por qué hablaba así y esperó impaciente a que su amigo continuara.

—Dices que los robots no sirven para nada. ¿Y para qué sirvo yo? ¿Para qué sirves tú?

Gustav se quedó pensativo. Nunca se lo había planteado así, pero la respuesta era sencilla para él. Ellos tenían derecho a estar allí. Eran humanos, eran naturales. Los robots eran máquinas inventadas por él hombre. El problema era que no sabía cómo expresarlo para que su amigo lo entendiera de una vez.

—Nosotros somos humanos —dijo dubitativo, mientras se le ocurría una manera de explicarlo—. Tú sirves para ser mi amigo. Sirves para hacer feliz a la gente que te rodea. En definitiva, aunque no hicieras ningún trabajo de provecho en el mundo, servirias para transmitir sentimientos a las personas que te rodean y eso ya es algo de utilidad.

Viktor sonrió y miró a su amigo como quien mira a un ingenuo niño que acaba de decir que la pobreza se puede eliminar creando más billetes.

—Si esa es la regla que utilizas para separar robots inútiles de humanos útiles estás más perdido de lo que pensaba. ¿Qué piensas al ver a ese robot leyendo bajo un árbol, en el parque, a plena luz del día?

—Se me revuelve el estómago —contestó rápidamente Gustav haciendo una mueca.

—Pues eso, querido amigo, es un sentimiento. Así que, según tú, ese robot ya es útil porque te ha hecho sentir algo.

—No, no, no. No intentes tergiversar mis palabras. Cuando digo “hacer sentir” me refiero a cosas positivas, a poder confiar en él, que te haga sentir bien, que no creas que pueden cruzársele los cables en cualquier momento y matarte sin un motivo aparente.

—¿Y tú sientes eso por todas las personas que te rodean? No sabía que te llevaras bien con todo el mundo. Mismamente el otro día me estuviste hablando sin parar de “aquel idiota que no dejaba de molestarte” y que “odiabas profundamente”.

—Ya bueno, pero eso es distinto.

—Mira Gustav, no tienes ni idea, eso es lo que pienso. Miras a un robot y sientes desprecio por él y lo que no sabes es que si ese robot tuviera la misma apariencia que tú no te enterarías de lo que es. Esas máquinas pueden aportar cosas, de eso estoy totalmente seguro, no se cuales ni si serán lo que tú llamas útiles, pero lo que está claro es que sirven para algo. Si no puedes ver eso es que estás totalmente ciego. ¡Que digo! Estás totalmente ciego de verdad y ni siquiera lo sabes.

Nunca había oído hablar así a Viktor. Se comportaba de una manera totalmente desconocida para él. En los breves momentos después de su disertación, meditó sobre todas aquellas palabras. ¿Por qué le molestaba tanto a Viktor que pensara así de los robots? ¿Qué se le estaba escapando? Pensó en lo que había dicho, robots con la misma apariencia que él, y le entró un escalofrío. Pero luego volvió a pensarlo. Robots como humanos. ¿Cómo podría notar la diferencia? ¿Acaso Viktor estaba en lo cierto? No, no podía estarlo. Un robot era un robot. Aunque uno de ellos se vistiera de humano se notaría lo que era. En el mismo momento en que le respondiera al saludo sabría que era un robot. ¡Qué disparate! Ninguna persona podría conversar con un robot. Era imposible que uno de ellos mantuviera una conversación compleja como la que estaba teniendo con su amigo. Esas conversaciones eran las que forjaban amistades, las que creaban conflictos y las que determinaban la personalidad de quienes nos rodean. Un robot no podía tener una de esas conversaciones.

—Me daría cuenta. Si tuviera la misma apariencia que cualquier otro humano lo sabría.

—No estés tan seguro.

—¿Por qué no?

Viktor levantó la mano y se hizo un corte a la altura del dedo índice con algo que Gustav no supo identificar ni averiguar de dónde había salido. El corte rodeaba el dedo en su base y la sangre brotaba. Tras dejar el utensilio cortante en el banco, agarró el dedo con la otra mano y comenzó a darle vueltas. Gustav estaba tan estupefacto que no podía articular palabra. Después de varias vueltas, el dedo se separó de la mano, uniéndose únicamente por unas cuerdas ensangrentadas y retorcidas que no se correspondían con la anatomía humana. Gustav tardó unos momentos en comprender que eran cables. Miró alternativamente el dedo y  la cara de su amigo sin saber qué decir. Viktor habló por él.

—Te lo he dicho. Estás ciego y ni siquiera lo sabes.

La Muerte del Cosmonauta

LA MUERTE DEL COSMONAUTA


La luz artificial entró por las falsas ventanas anunciando la hora de levantarse. A pesar de estar a años luz de su casa habían dormido bien.

Uri Dolman fue el primero en levantarse e ir al módulo cocina a preparar el desayuno. Poco después, Aleksander entró por la puerta.

—¿Qué tenemos para hoy? —preguntó entre bostezos.

—Lo mismo de siempre, papilla de vitaminas con sabor a plátano.

—No, me refiero al trabajo. ¿Cuál es nuestra prioridad ahora que estamos en la superficie?

—Aquel punto en el mapa —Mientras se llevaba la comida a la boca, señaló a su izquierda.

El mapa del satélite brillaba en azul sobre un fondo negro en una pantalla colgada del techo. En el se apreciaban los escasos accidentes geográficos y un punto palpitante en la esquina noreste.

—¿De qué se trata?

—No lo sé —contestó Dolman masticando su puré—. Por eso tenemos que ir a verlo.

—Pero, ¿es algo grande?

Aleksander no estaba muy convencido de querer salir de la Cápsula de Superficie, aunque sabía que era algo inevitable. Estaba allí precisamente para explorar aquel satélite al que nunca antes había llegado nadie. Por un lado era emocionante, ser el primero en pisar un lugar tan apartado de la Tierra, pero por otro, no podía quitarse la sensación de claustrofobia. Al fin y al cabo, él sólo estaba allí por sus conocimientos sobre medicina especializada y arqueología, algo asombroso por sí sólo, pero que carecía de utilidad para explorar un satélite en medio de la nada. Pero, cosas de la vida, le habían elegido a él para acompañar a Dolman y no había podido negarse.

—No lo parece. Antes de aterrizar programé la Nave Nodriza para que hiciera un análisis detallado de la superficie cada quince minutos. Ese punto es lo único que aparece. No ocupa más de dos metros cuadrados y lleva ahí toda la noche. Tendremos que ir a comprobar de qué se trata.

La superficie del satélite era arenosa y carente de colorido. Las rocas salpicaban el paisaje de forma heterogénea provocando una sensación de caos y soledad. La penumbra continua lo acentuaba. La arena se esparcía por el horizonte mostrando que fuera se movía el aire aunque dentro de sus trajes no pudieran notarlo.

—Aquí es —anunció Dolman a través del comunicador con voz metálica.

—¿Ya? Por el mapa hubiera jurado que estábamos más lejos.

—Las apariencias engañan. Este satélite es muy pequeño —Torpemente sacó un aparato del traje y lo miró. Tras unos segundos, frunció el ceño y observó alternativamente aparato y entorno esperando encontrar algo—. No veo nada raro. Aquí sólo hay rocas.

Aleksander observó también.

—¿Cómo de exacto es ese aparato?

—Digamos que tiene cierto margen de error.

—A lo mejor lo que buscamos se esconde tras una de estas rocas.

Dolman pareció considerar esa opción unos momentos hasta que finalmente accedió.

La búsqueda era tediosa. Aquellos aparatosos trajes lo hacían todo el doble de complicado. A esas alturas habían perdido toda esperanza de encontrar algo. Entonces fue cuando Dolman masculló un «¡Oh Dios mio!» que hizo que a Aleksander se le helara la sangre.

—¡Qué pasa! ¡Qué has visto!

—Miralo tu mismo —contestó sin apartar la vista de lo que había detrás de una enorme roca.

Allí, semienterrado, estaba el cuerpo sin vida de un cosmonauta. A través del cristal de su casco podía verse el hueso amarillento del cráneo, sin un átomo de carne por el paso del tiempo. Los dos se miraron sin saber qué decir. Aquello era demasiado para el primer día.

—¿Cómo…? —fue lo único que consiguió articular Aleksander sin poder decir en voz alta la pregunta que los dos tenían en la cabeza: ¿Cómo narices había llegado hasta allí?

Aleksander se dio un susto de muerte cuando escuchó la voz del sistema del traje. «Oxígeno al 10%. Quedan 60 minutos de autonomía». Sin darse cuenta habían pasado horas observando la espeluznante escena sin articular palabra.

—¿Qué hacemos? —dijo Aleksander.

—Llevémoslo a la nave. Es lo único que se me ocurre.
Entre los dos, sujetaron el cuerpo con cuidado y lo llevaron hasta la nave, algo nada difícil teniendo en cuenta que sólo era un saco de huesos, y lo colocaron sobre la camilla del módulo médico. Ahora, ya sin aquel incómodo traje de por medio, observaron al sujeto detenidamente.

—¿Te has dado cuenta de que su traje es demasiado ligero para ir sobre una superficie extraterrestre?

—Si, es lo primero que he visto, creo que no se trata de un traje espacial —contestó Aleksander meditabundo—. Diría que se trata de un traje biológico de nivel 4, el de mayor protección.

—No lo entiendo —En la cara de Dolman se plasmaba la frustración. Nada tenía sentido.

—¿No se suponía que éramos los primeros en viajar más allá de Marte?

Dolman no contestó. La respuesta a esa pregunta era clara y sin embargo allí estaba ese esqueleto para ponerla en duda.

Un examen de los restos determinó que se trataba de un hombre caucásico que, en algún momento de su vida, se había fracturado un brazo que había cicatrizado perfectamente. Nada en el traje daba algún dato adicional. Al menos los conocimientos de Aleksander habían servido para algo.

Por más que Dolman miraba el instrumental de la cápsula nada indicaba que en la superficie del satélite hubiera alguna nave. Pero entonces, ¿Cómo había llegado aquel hombre allí? Y, si alguien lo había llevado y luego se había marchado ¿Por qué lo habían abandonado?

—Debemos volver donde lo encontramos —sugirió Dolman al cabo de unos días—. Está claro que ni su cuerpo ni su ropa pueden decirnos nada más. A lo mejor allí queda algo que no vimos la primera vez.

Aunque reacio, Aleksander accedió a volver. No tenían alternativa.

Era como si allí nunca hubiera ocurrido nada. La arena que el viento arrastraba había borrado sus huellas y había tapado el lugar donde antes estaba el cuerpo.

—Tendremos que buscar bajo la arena —mencionó Dolman con un gesto de resignación.

El oxígeno descendía lentamente. 90%, 80%, 85%... Las horas pasaban y la búsqueda se hacía cada vez más tediosa con la arena como enemiga.

—Creo que tengo algo —dijo al fin Dolman y sacó algo del suelo.

—¿Qué es?

—No se… ¿Una caja? ¿Un maletín? Tú deberías saber mas de esto que yo.

La caminata de vuelta se hizo más larga que de costumbre mientras pensaban en el botín. Al abrirlo comprobaron que, efectivamente, se trataba de un maletín.

—Es una maleta de muestras. Se utiliza para guardar los residuos microbióticos que se encuentran al explorar una zona infectada. Es muy común cuando surge una epidemia de una enfermedad desconocida. Lo que no alcanzo a comprender es qué pinta esto aquí. No se utilizan este tipo de equipos en el espacio.

—Bueno, al menos es una confirmación de que, el traje que lleva nuestro cosmonauta misterioso, es un traje biológico y no uno espacial.

—No se de qué puede servirnos ese dato, estamos igual que al principio.

—Todavía nos queda la caja —señaló hacia ella como un mago al mostrar el conejo de la chistera.

Aleksander lo miró amonestador y se acercó a examinar el contenido.

—Muestras varias… —dijo apartando pequeñas bolsas de plástico transparente con tejidos minúsculos en su interior— y esto.

Sobre la mesa, un objeto cuadrado, negro y hermético adquiría toda la atención. A primera vista era difícil saber de qué se trataba, pero conforme lo observaban, descubrieron que era un receptor que debía recibir grabaciones de algún micrófono inalámbrico. Un análisis más exhaustivo del traje les reveló que el micrófono se encontraba incrustado al casco.

—¿Crees que grabó algo antes de morir? —dijo Aleksander.

—Creo que si lo hizo, podremos escucharlo.

—¿Cómo?

—Tengo por aquí algo que puede servir —dijo mientras rebuscaba por algunos cajones—. Aquí está. Si abro la carcasa y saco la tarjeta de memoria puedo conectarlo con este adaptador al ordenador. Las tarjetas de estos chismes suelen ser universales así que no debería haber problema.

Junto al receptor desguazado Dolman conectó la tarjeta al adaptador. En el ordenador apareció un archivo de audio confirmando el éxito. La duración era de cinco horas.

«14 de Octubre de 2023. Entrada 1. Antecedentes.

A día 13 de Octubre de 2013 un grupo de espeleólogos han hallado restos de una estructura incierta en las profundidades de la Cueva de Voronia o Cueva de Kruber en el distrito de Gagra, Georgia. Según las declaraciones de los cinco espeleólogos la estructura es avanzada tecnológicamente, muestra signos de envejecimiento y permanece rodeada de follaje no identificado.

Fin de la entrada 1.

15 de Octubre de 2013. Entrada 2. Primera Exploración

Me dispongo a entrar en la zona R5-2350 de la Cueva de Kruber, lugar del avistamiento de una estructura avanzada tecnológicamente de procedencia desconocida y rodeada de follaje no identificado. La zona muestra los signos de desgaste propios del paso de aguas subterráneas pero no de acción humana.

(Ruido de pasos)

Confirmación visual con la estructura en cuestión.

(Ruidos diversos de movimientos y un clic)

Tomada fotografía general de la escena y catalogada como Evidencia 1.

(Ruido de pasos)

La estructura está rodeada por un extraño follaje. No consigo identificar ninguna de las plantas. Procedo a tomar muestras de algunas de ellas al azar para examinarlas con posterioridad. Catalogadas como Muestras 1 a 10.

(Ruido de traje en movimiento)

La estructura está formada por lo que parece ser algún tipo de aleación de metales y muestra evidentes signos de envejecimiento por desuso. Queda descartado el hierro por no haber indicios de óxido.

Me dispongo a adentrarme en la estructura.

(Ruido de pasos)

El interior presenta unas ….

(Ruido de estática)

(Ruido ambiental y unos extraños gemidos de fondo que van desapareciendo)

(Ruido ambiental)»

Pasados unos minutos apagaron la cinta y se miraron con evidente preocupación.

—Creo que no me ha quedado claro —dijo Dolman— ¿Ha dicho que estaba en Georgia?

—Eso parece.

—¿Y cómo narices ha llegado aquí desde Georgia?

—No se… ¿Crees que tiene algo que ver con la estructura que estaba investigando?

—Supongo que nunca lo sabremos con certeza.

—¿Y ahora qué?

Los dos estaban demasiado confundidos para saber qué hacer. Aunque la información que tenían parecía indicar que aquella estructura era la causante de todo, la grabación era demasiado confusa como para afirmarlo. Incluso en caso de ser cierto, todavía quedaba la cuestión de cómo una estructura en la Tierra podía enviar un hombre a un satélite situado a años luz.

—Deberíamos deshacernos del cadáver. Ya sabemos todo lo que podíamos saber y no pretendo llevarlo de souvenir.

—Coincido contigo. ¿Qué hacemos con él? —preguntó Aleksander.

—Podemos llevarlo de vuelta a donde lo encontramos y darle un entierro digno. Lo enterraremos junto a la roca en un hoyo profundo.

—¿Y qué hacemos con la grabación y las muestras?

—Eso nos lo quedamos. Lo metemos en una de esas bolsas herméticas y hacemos un informe detallado de todo lo ocurrido. Cuando lleguemos lo entregamos y nos olvidamos de todo.

A pesar de notar el peso de sus huesos, durante la caminata, todo parecía un mal sueño. Incluso mientras cavaban bajo la roca a más profundidad de la necesaria todo parecía irreal.

—¿Qué es eso que hay al fondo?

Más irreal se convirtió cuando Dolman encontró aquella placa metálica al fondo de la improvisada tumba.

—No lo toques, sólo puede traernos más problemas. Enterremos al hombre y vayámonos de aquí.

Pero todo se volvió realmente ilusorio cuando Dolman tocó la placa en contra de las advertencias de su amigo. El mundo se hundió en una profunda oscuridad y al despertar ninguno de los dos podía creer donde se encontraban. La extraña estructura de la Cueva de Kruben ahora se había convertido en su tumba.

martes, 24 de junio de 2014

Génesis

GÉNESIS

«Una grieta surcó el cielo provocando un sonoro crujido. El ruido fue tan fuerte que, aunque la grieta sólo podía verse desde el norte de Europa y parte de Rusia oriental, se oyó por todo el mundo. Nadie sabía qué hacer.

En los países subdesarrollados, desde donde no se percibía nada extraño en el cielo, achacaron aquel ruido a las deidades de cada lugar. En unos sitios estaban enfadadas, en otros anunciaba una intervención de propósito desconocido y en otros muchos se creyó que intentaban ponerse en contacto con el hombre para advertirles sobre un peligro.

En cualquier caso, en los lugares donde existía la ciencia, supieron enseguida cuál era el motivo real de aquel extraño suceso. La Tierra, recubierta de gases para protegernos, había sido víctima de una mezcla química entre las emisiones nocivas del humano en el suelo y las radiaciones cósmicas provenientes del espacio. Esta mezcla explosiva había dado lugar a que la capa de gases sufriera una sublimación inversa convirtiéndola en una gruesa capa de materia sólida.

Desde la superficie nadie se había percatado de tal cambio de estado. Sin embargo, las continuas lluvias de pequeñas rocas espaciales lo habían dejado al descubierto. Una de estas rocas, un poco más grande que las demás, había chocado con fuerza sobre la cúpula creando la grieta y generando un gran problema para el ser humano.

El tiempo que le quedaba a la Tierra para seguir siendo un planeta habitable era un misterio. Si la cúpula se rompía por completo crearía un agujero por el cual los rayos del sol entrarían sin filtros y el vacío del espacio lo consumiría todo en cuestión de horas. Si eso pasaba no habría escapatoria posible.

Horas después de aparecer la grieta teorizaban sobre la posibilidad de devolver la atmósfera a su estado gaseoso, pero al desconocer cuál era el nuevo material que se había formado era imposible encontrar una manera segura de llevarlo a cabo. Cuando al fin descubrieron que no había manera de devolverla a la normalidad empezaron a plantearse maneras de escapar de la Tierra.

Las naves espaciales que tantos años llevaban construyéndose no sólo no eran una opción sino que no podían albergar a toda la gente del planeta.Y si el cielo era una gruesa capa de un material sólido no podrían escapar hasta que esta no se rompiera por completo.

La situación era difícil y se estaba yendo de las manos. Poco a poco la población mundial empezó a conocer todos los detalles del asunto y el pánico se extendió por todo el globo. Aquellos que estaban tratando de encontrar una solución hicieron lo posible para que  cualquier idea, por descabellada que fuera, llegara a sus manos. Era una carrera contrarreloj y nadie sabía si realmente daría tiempo a encontrar una solución.

Pero finalmente una persona de entre todas ellas la encontró. Nadie supo nunca a ciencia cierta quién fue esa persona, pero lo importante es que salvó la vida de todos. Su idea no era otra que construir habitáculos herméticos como los que se utilizaban al aislar amenazas biológicas. Su estructura debía ser más consistente y en lugar de llevar filtros hacia el exterior debía llevar una subcámara invernadero donde las plantas generarían el oxígeno y la comida suficiente para todos los tripulantes. A su alrededor llevaría cámaras que almacenarían agua congelada para absorber la radiación procedente del sol.

Parecía una idea descabellada pero, al no tener otra mejor, enseguida se llevó a cabo. En pocos años cada país poseía multitud de  “casas espaciales”. Aunque existían varios problemas como qué hacer en caso de encontrar otro planeta habitable o si realmente podrían vivir una cantidad de tiempo indefinido en ellas, el problema principal estaba resuelto. Todo el mundo entró y esperó.

Pasaron los días y cuanto más tiempo pasaba más gente se inquietaba pensando que el mundo siempre seguiría igual. Pero al mirar al cielo veían la grieta y se daban cuenta de que el momento llegaría antes o después.

Y sin hacerse esperar demasiado el día llegó. Un estruendo más fuerte que el que le precedió golpeó la cúpula por segunda vez. Miles de grietas se abrieron paso desde la grieta inicial y comenzó a granizar. Enormes pelotas de material sólido golpeaban las casas protectoras y todos esperaban que se rompieran de un momento a otro. Sin embargo el siguiente meteoro abrió un boquete en el cielo lo suficientemente grande para que el espacio se colara por él. El vacío inundaba el planeta y los fuertes golpes del granizo cada vez se escuchaban menos. En cierto momento, el sonido del exterior desapareció y todo lo que había alrededor comenzó a flotar. Aunque parecía que flotaba sin un rumbo fijo iban directos hacia el agujero. Otro meteorito golpeó la cúpula partiéndola en mil pedazos que cayeron de forma progresiva abriendo el hueco hacia el exterior cada vez más. Una tras otra las casa salieron hacia el espacio y todos comprobaron aliviados que estaban vivos y que el invento había cumplido su objetivo.

Pasaron muchisimos años y todo iba muy bien... hasta que lo encontraron. Aquel planeta era perfecto. Una segunda Tierra se alzaba inalcanzable ante sus ojos»

—¿Y consiguieron entrar en el planeta? —preguntó el niño con los ojos bien abiertos, mirando expectante.

—¡Claro que lo consiguieron! Por eso estás aquí. Aquel planeta que tus antepasados descubrieron y que les trajo tantos quebraderos de cabeza es este mismo, en el que tú estás viviendo.

—¿Y cuándo llegaron ya había casas?

El abuelo no pudo contener una carcajada.

—Claro que no —dijo mientras posaba su mano sobre la cabeza del niño y le revolvía el pelo— las casas las construyeron ellos. Tardaron mucho tiempo en conseguir que este sitio se pareciera a lo que es hoy. Tuvieron mucha suerte de encontrar un planeta con oxigeno, agua y un clima apropiado, pero conseguir los materiales y trabajarlos sin apenas herramientas fue todo un desafío.

—¿Tú construiste las casas? —dijo el niño abriendo la boca asombrado ante la posibilidad de tener ante él a una de esas personas.

—¡Tan viejo no soy! —contestó exagerando su reacción.

El niño sonrió consciente de que su abuelo bromeaba y comprendió que la historia que le estaba contando había ocurrido hacía mucho tiempo. Agarró el borde de las mantas que le cubrían todo el cuerpo y miró hacia fuera a través de la ventana.

—¿Cómo entraron? —preguntó al fin.

—Eso lo dejamos para mañana, ahora toca dormir.

El abuelo colocó las mantas asegurándose de que su nieto no pasara frío y le dió un beso en la frente antes de apagar la luz.

—Buenas noches —musitó en el umbral de la puerta.

—Buenas noches abuelo.

Y tras dormirse no pudo evitar soñar toda la noche con aquella historia, la historia de sus antepasados, la historia de cómo se había formado el mundo que él conocía.